Capítulo 12 #3
Jaime estaba en la puerta principal de la casa de invitados, congelado, con una expresión a medio camino entre culpa, incomodidad y “ojalá Carmen me hubiera impedido esta idea también”.
—Voy a fingir —dijo despacio— que no he oído los últimos treinta segundos.
Lucía cerró los ojos.
—Jaime.
—No. En serio. Venía a ayudar con la mesa, he llamado, nadie contestaba, la puerta estaba abierta y tengo muy mal sentido de la oportunidad. Es un problema crónico. Estoy en tratamiento imaginario.
Nico se apartó de la puerta de la cocina.
Lucía se limpió la cara, dándose la vuelta.
Jaime no hizo bromas.
Eso fue lo que terminó de romperle un poco el pecho.
Su hermano entró unos pasos, pero no demasiado.
—Lu.
—Estoy bien.
—No, pero acepto la versión por ahora.
Ella tragó saliva.
—Necesitamos llevar la mesa.
Jaime miró hacia la sala.
—Claro. Mesa. Madera. Peso. Masculinidad útil. Eso puedo hacerlo.
Nico pasó junto a Lucía hacia la mesa.
No la tocó.
No dijo nada.
La frontera estaba de vuelta.
Pero ya no era la misma.
Jaime se acercó a ella mientras Nico revisaba las patas.
—¿Quieres que le pegue?
Lucía soltó una risa involuntaria y fea, mezclada con lágrimas que no llegaron a salir.
—No podrías.
—Podría contratar a alguien.
—No.
—Podría insultarlo con elegancia.
—Eso sí podrías.
—Podría decirle que su barba es demasiado calculada.
Lucía se rio un poco más.
Jaime sonrió apenas.
—Ahí estás.
Ella respiró hondo.
—No digas nada.
—No voy a decir nada.
—A nadie.
—A nadie.
—Ni a Patricia.
Jaime dudó medio segundo.
—A Patricia no le cuento secretos. Patricia los sabe antes de que se los digan.
—Jaime.
—Vale. No le diré nada.
Lucía asintió.
Nico levantó la vista desde la mesa.
—Necesitaremos dos personas más.
—Puedo llamar a Eduardo —dijo Jaime.
—No —dijeron Lucía y Nico a la vez.
Jaime los miró.
—Me encanta cuando el trauma tiene coreografía.
Lucía suspiró.
—Llama a un proveedor. O a alguien del servicio.
—Voy.
Jaime salió.
La casa quedó otra vez en silencio, pero ya no tenía la misma densidad. Algo había pasado. Algo se había dicho. Algo había empezado a moverse bajo los muebles, bajo el polvo, bajo la mesa que necesitaban para una cena que ya parecía cargar con más de lo razonable.
Nico se quedó junto a la mesa.
Lucía, en la cocina.
Entre ambos, una distancia de apenas tres metros y siete años.
—No voy a pedirte que me perdones —dijo él.
Lucía miró la taza rota.
—Bien.
—Pero no voy a volver a dejar que tu padre cuente por mí lo que siento.
Ella cerró los ojos.
Esa frase era un peligro.
No por lo que decía del pasado.
Por lo que insinuaba del presente.
—Nico…
—No tienes que responder.
—Entonces deja de decir cosas que parecen preguntas.
Él asintió.
—Lo intentaré.
Lucía volvió a la sala.
Se detuvo frente a la mesa y apoyó una mano sobre la superficie. La madera estaba fría, cubierta por una capa de polvo. Al pasar los dedos, dejó una marca limpia.
—Samira tenía razón —dijo.
—¿Sobre qué?
—La mesa sirve.
Nico la miró.
—Sí.
Lucía siguió acariciando la madera.
—Entonces llevémosla.
—¿Estás segura?
Ella levantó la vista.
La pregunta no era solo sobre la mesa.
Los dos lo sabían.
Lucía respiró.
—No.
Nico asintió despacio.
—Vale.
—Pero la llevamos igualmente.
Por primera vez en toda la tarde, él sonrió.
No mucho.
No con alivio.
Con algo parecido al respeto.
—De acuerdo.
Jaime volvió poco después con dos hombres del servicio y una absoluta incapacidad para no comentar el dramatismo de la situación mientras cargaban la mesa por el camino de tierra.
—Esto es simbólico —dijo, caminando hacia atrás y guiando una pata—. Me gusta. Sacamos la mesa del pasado y la llevamos al proyecto del futuro.
—Jaime —dijo Lucía—, te voy a poner una rama de olivo en la boca.
—¿Como símbolo de paz?
—Como tapón.
Nico soltó una risa.
Lucía lo miró.
Él la miró a ella.
Durante un segundo, el dolor de la cocina siguió ahí, pero no como un muro.
Como una herida al aire.
Eso era peor.
Y quizá también mejor.
Cuando llegaron a la bodega, Samira vio la mesa y abrió los brazos como si acabaran de traerle un altar.
—Sí —dijo—. Esta.
Mercedes, desde la entrada, observó la madera.
—Ah, la mesa de Amparo.
Lucía se quedó quieta.
Nico también.
Mercedes no pareció arrepentirse de haberlo dicho. Pero su voz, por una vez, no tuvo filo.
—Siempre me gustó —añadió—. Tenía más verdad que casi todos los muebles de esta casa.
Carmen, detrás de ella, asintió.
—Y aguanta salsa.
Samira golpeó la mesa con los nudillos.
—Entonces es perfecta.
Lucía miró a Nico.
Él tenía la vista fija en la madera.
No en ella.
No en nadie.
En la mesa.
Como si Amparo estuviera de algún modo allí, en la superficie recuperada, en la grieta, en la huella de una vida que nadie había tirado.
Lucía sintió que algo dentro de ella, algo muy cansado, dejaba de empujar por un momento.
—La limpiaremos bien —dijo.
Nico levantó la vista.
—Sí.
—Pero sin borrar las marcas.
Él la miró como si acabara de decir algo que importaba mucho más de lo que ella pretendía.
—No —dijo—. Sin borrarlas.
Y por primera vez desde que Nico Salvatierra volvió a entrar en su vida con un traje oscuro y una sonrisa suicida, Lucía no encontró una réplica.
Solo apoyó ambas manos sobre la mesa de Amparo y empezó a trabajar.