Capítulo 12 #2
Cuando cedió, el olor salió despacio: madera cerrada, polvo, sábanas antiguas, verano muerto, un poco de humedad y algo más que no pertenecía a los objetos. Memoria, quizá. La memoria también tenía olor, aunque nadie quisiera admitirlo en voz alta.
Lucía entró primero.
Necesitaba hacerlo.
El interior estaba en penumbra. Nico abrió una contraventana y la luz del atardecer cayó sobre la sala principal en una franja oblicua.
La casa era pequeña: una sala con chimenea, una cocina abierta, un dormitorio al fondo y una puerta lateral que llevaba a un cuarto de almacenaje.
Todo estaba cubierto por una capa fina de polvo.
Los muebles seguían allí. Un sofá de tela clara, dos sillas de mimbre, una estantería con libros viejos, la mesa bajo la ventana.
La mesa.
Lucía se obligó a mirarla como objeto.
Largo aproximado.
Madera clara.
Buen estado aparente.
Patas sólidas.
Superficie recuperable.
No como el sitio donde Nico le había enseñado a cortar pan sin aplastarlo.
No como la mesa donde Amparo dejaba limonada.
No como la mesa donde ella había escrito una lista absurda de cosas que quería hacer en Lisboa mientras Nico dibujaba la planta de un apartamento imaginario.
Objeto.
Madera.
Medidas.
Nada más.
—Sirve —dijo Nico.
Su voz sonó demasiado baja.
Lucía asintió.
—Sí.
Él se acercó a medir.
Lucía abrió la carpeta para anotar. Los dedos le temblaron apenas. Poco. No lo suficiente para que nadie más lo notara.
Nico lo notó.
Por supuesto.
No dijo nada.
Bien.
—Tres diez —dijo él.
Lucía levantó la vista.
—¿Qué?
—La mesa. Tres metros diez.
La cifra exacta de su negociación en la bodega.
El universo era insoportable.
—Perfecto —dijo.
—Ancho noventa.
—Perfecto.
—Altura setenta y ocho.
—También perfecto.
—Peso considerable.
—Eso no es perfecto.
—Necesitaremos cuatro personas.
—Jaime, tú, quizá un proveedor…
—Y yo —dijo Nico.
—Te he incluido.
—No. Me has incluido como herramienta. Quería constar como persona.
Lucía lo miró.
La luz de la ventana le marcaba el perfil. En aquella casa, Nico parecía más joven y más viejo al mismo tiempo. Más cerca del chico que había sido. Más lejos de ella.
—No sé qué hacer contigo como persona —dijo.
La frase salió sin defensa.
Nico dejó la cinta métrica sobre la mesa.
—Yo tampoco sé qué hacer conmigo como persona cuando estoy contigo.
Lucía se quedó inmóvil.
—No digas cosas así aquí.
—Perdón.
—No.
Él cerró la boca.
Lucía caminó hacia la cocina para alejarse de la mesa, de la frase, de él.
La cocina seguía casi igual. Armarios blancos, encimera de madera, una ventana pequeña sobre el fregadero. En una repisa había una taza de cerámica azul con una grieta en el asa.
Lucía la reconoció.
La había roto ella.
Una mañana.
Nico le había dicho que su café parecía pintura y ella le había lanzado un paño, fallando de forma espectacular y tirando la taza al suelo. Él la pegó después con un adhesivo horrible, insistiendo en que las cosas rotas que seguían sirviendo no debían tirarse.
Allí estaba.
Rota.
Pegada.
Sirviendo de nada.
—Lucía —dijo Nico desde la sala.
—No.
No sabía a qué respondía.
Quizá a todo.
Oyó sus pasos acercarse, pero se detuvo antes de entrar en la cocina.
—Estoy en la puerta —dijo.
—Qué considerado.
—Estoy aprendiendo fronteras arquitectónicas y emocionales.
La broma era suave.
No ayudó.
Lucía tocó la taza con un dedo.
—¿Sabías que seguía aquí?
—No.
—¿La recuerdas?
Nico tardó en responder.
—Sí.
Lucía cerró los ojos.
—Claro que sí.
—No puedo fingir que no recuerdo cosas solo porque duelen.
—Podrías intentarlo mejor.
—No me duele recordarlas de la misma forma que a ti.
La frase la hizo girarse.
Nico estaba en el marco de la cocina, sin cruzarlo. Alto, quieto, con las manos vacías por una vez.
—¿Qué quieres decir?
Él bajó la mirada.
—Que para ti esta casa termina en que yo no fui a la estación. Para mí no.
Lucía sintió el golpe de rabia antes que cualquier otra cosa.
—No me expliques cómo termina mi historia.
—No quería…
—Sí querías. Acabas de hacerlo.
—Tienes razón.
—No digas que tengo razón como si eso lo arreglara.
Nico apoyó una mano en el marco.
—Para mí esta casa también es mi madre. Y los veranos en los que ella trabajaba aquí. Y el primer sitio donde alguien como yo pudo querer algo que parecía demasiado grande. Arquitectura. Otra vida. Tú.
Lucía dejó la taza en la repisa.
Despacio.
—No me metas en la lista de tus ambiciones.
Nico la miró.
—No eras una ambición.
—¿No? Porque mi padre sí creía eso.
La frase quedó suspendida.
Nico se tensó.
Lucía lo vio.
Por fin.
Ahí estaba la grieta verdadera.
—¿Qué te dijo? —preguntó ella.
Nico cerró los ojos un instante.
—No aquí.
—Qué conveniente.
—Lucía…
—No. Qué bonito. En esta casa sí puedes decir que me querías, que me recuerdas, que no sabes qué hacer contigo cuando estás conmigo. Pero justo cuando llegamos a la parte en la que podrías explicar por qué me dejaste tirada, decides que no aquí.
—No es porque no quiera responder.
—Entonces responde.
Nico dio un paso dentro de la cocina.
Lucía no retrocedió.
—Tu padre me dijo que yo era una forma de castigo que estabas usando contra él.
La frase entró como una piedra por una ventana.
Lucía no entendió al principio.
O no quiso.
—¿Qué?
Nico hablaba despacio, como si cada palabra hubiera pasado años clavada en algún sitio y sacarla doliera.
—Dijo que tú estabas dispuesta a irte conmigo no porque quisieras una vida conmigo, sino porque querías demostrar que podías quemar la que él había preparado para ti. Que yo era útil para eso. El chico de fuera. El hijo de una empleada. La ruptura perfecta con los Montoro.
Lucía sintió que se le enfriaban las manos.
—Eso es mentira.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Si lo supieras, habrías ido a la estación.
Nico recibió el golpe sin moverse.
—Entonces no lo supe lo bastante.
A Lucía le tembló la respiración.
—¿Y le creíste?
—No al principio.
—Pero luego sí.
—Luego me hizo recordar cada vez que discutías con él y venías a buscarme. Cada vez que hablabas de irte como si la ciudad entera fuera una puerta de salida. Cada vez que decías que conmigo podías respirar.
Lucía sintió que los ojos le ardían.
—Porque era verdad.
—Ya lo sé.
—No. Sigues sin saberlo. Podía respirar contigo, Nico. Eso no significa que te usara como ventana.
Él cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, había algo roto en su cara.
—Tenía veinticuatro años, Lucía. Estaba enamorado de ti, muerto de miedo y convencido de que, si venías conmigo y luego te arrepentías, yo habría sido la razón por la que perdías a tu familia.
—Era mi familia.
—Lo sé.
—Mi decisión.
—Lo sé.
—Mi vida.
—Lo sé.
—¡Deja de decir que lo sabes!
La voz le salió más alta de lo previsto.
Rebotó en las paredes pequeñas de la cocina y pareció despertar toda la casa.
Nico no dijo nada.
Lucía respiraba rápido.
No quería llorar.
No allí.
No en la cocina de la casa de invitados.
No delante de la taza rota, la mesa de Amparo y el hombre que, al parecer, la había dejado porque su padre le había entregado una versión de ella tan cruel que él había decidido creerla antes que preguntarle.
—Podrías haberme llamado —dijo.
La voz le salió rota.
Odiaba eso.
—Podrías haberme preguntado. Podrías haber aparecido en la estación y decirme: “tu padre me ha dicho esto, dime que es mentira”. Yo te lo habría dicho. Te lo habría gritado. Te habría llamado idiota. Te habría besado después. O no. No lo sé. Pero habría sido mío. Habría podido elegir.
Nico bajó la cabeza.
—Sí.
—Me quitaste eso.
—Sí.
—No mi padre. Tú.
El silencio fue absoluto.
Lucía notó que una lágrima le caía por la mejilla y se enfadó con ella como si también fuera culpa de Nico.
Se la limpió rápido.
—No quería llorar.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
—Lucía…
—Sí pasa, porque ahora parece que esto me importa. Y no quiero que me importe tanto.
Nico dio otro paso.
Esta vez, ella sí retrocedió.
Él se detuvo de inmediato.
—Perdón.
La palabra sonó distinta.
No como las otras.
No como un reflejo. No como una costumbre. No como el intento de apagar una chispa antes de que ardiera la mesa.
Esta vez era completa.
Demasiado tarde, quizá.
Pero completa.
—Siento no haber ido —dijo Nico—. Siento haber escuchado a tu padre antes que a ti. Siento haber decidido que alejarme era una forma de quererte cuando en realidad era una forma de tener miedo. Siento que esperaras sola. Lo he sentido todos los días, aunque eso no sirva para nada.
Lucía apretó los labios.
Porque sí servía.
Ese era el problema.
No arreglaba nada.
No devolvía Lisboa.
No rescataba a la chica de la estación.
No borraba los años.
Pero servía.
Servía para poner nombre a una parte del dolor que había estado viviendo sin expediente.
Y eso la enfureció casi tanto como la alivió.
—No sé qué hacer con eso —dijo.
—No tienes que hacer nada ahora.
—Otra vez decidiendo?
Nico negó con la cabeza.
—No. Esta vez no. Esta vez espero.
Lucía soltó una risa pequeña, casi amarga.
—Se te da fatal.
—Estoy practicando.
Se miraron.
La cocina estaba tan callada que se oía el polvo.
Entonces, desde la sala, sonó un crujido.
Los dos giraron la cabeza.