mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

La casa de invitados

A las siete y cuarto de la tarde, Lucía descubrió que una finca familiar puede tener hectáreas enteras y aun así no ofrecer un solo sitio seguro donde esconderse de un exnovio, una florista perceptiva, una tía peligrosa, un hermano entusiasmado, una madre con manteles y un padre que pedía presupuestos como otros pedían agua.

La bodega empezaba a parecer otra cosa.

No terminada, no preparada, no vendible todavía. Pero sí posible.

Samira había conseguido transformar la estructura metálica del maletero en una especie de arco bajo y sobrio, cubierto con ramas de olivo y lino crudo.

Nico la había estabilizado con tanta discreción que Lucía no pudo acusarlo de arruinar la estética con soluciones prácticas.

Carmen había confirmado que podía servir desde la puerta interior si retiraban dos muebles del corredor.

Patricia había encontrado doce platos de cerámica blanca con borde irregular que Beatriz había comprado en un viaje a Portugal y olvidado porque “no eran lo bastante formales”.

Jaime había roto un farol, pero luego había arreglado otro, así que el balance moral de su aportación seguía en discusión.

Eduardo, por su parte, había sido enviado a catar vinos con Alfonso y Arturo.

Lucía consideró aquello un éxito estratégico.

—Necesitamos una mesa —dijo Samira, de pie en mitad de la bodega, con las manos en las caderas y el pañuelo rojo del pelo ligeramente torcido—. La de aquí es demasiado estrecha.

Lucía miró la mesa vieja cubierta por la lona.

—Podemos unir dos.

—No.

—Qué rápida.

—Unir dos mesas es lo que hace la gente cuando no ha pensado bien. Se nota en el centro. Se mueve. Los invitados lo detectan aunque no sepan qué detectan. Quieres una sola línea, una sola pieza.

—La mesa del comedor de verano es demasiado formal —dijo Patricia.

—Y Beatriz se desmayaría si la bajamos a la bodega —añadió Jaime.

—No me des esperanzas —murmuró Lucía.

Nico revisó sus notas.

—En el granero había una mesa larga, pero está combada.

—La del granero no sirve —dijo Carmen desde la entrada—. Tiene carcoma.

Todos la miraron.

Carmen ni parpadeó.

—Lo sé porque yo sí miro las cosas antes de poner platos encima.

—Gracias, Carmen —dijo Lucía.

—De nada. Y antes de que alguien proponga la mesa de la biblioteca, no cabe por la puerta.

Jaime bajó la mano que acababa de levantar.

—Cada vez que intento ser útil, Carmen ya ha desactivado mi idea.

—Es mi forma de ahorrar trabajo —respondió ella.

Samira miró a Lucía.

—¿No hay otra mesa antigua en la finca?

Lucía abrió la boca.

La cerró.

Nico levantó la vista al mismo tiempo.

No.

No, no, no.

Había una.

Claro que había una.

Una mesa de madera clara, larga, preciosa, con marcas de uso y una grieta irregular en un extremo.

Una mesa que Amparo usaba en verano para preparar conservas, ordenar cuentas, coser dobladillos y dejar pan, queso y cerezas en un cuenco grande cuando los chicos llegaban de la piscina.

Una mesa que Nico había lijado una vez durante tres tardes porque, según él, las cosas que se tocan todos los días merecen estar bien cuidadas.

Una mesa que estaba en la casa de invitados.

Lucía sintió que la bodega se quedaba demasiado callada.

—No —dijo.

Samira arqueó una ceja.

—Todavía no he preguntado.

—Pero vas a preguntar por la mesa de la casa de invitados.

Nico no dijo nada.

Jaime miró de Lucía a Nico y de Nico a Lucía.

—Ah —dijo—. Mesa con subtexto.

—No hay subtexto —dijo Lucía.

—Hay tanto subtexto que podría sostener doce platos y un centro de ramas de olivo.

Patricia le dio un empujón suave.

—Jaime.

—Perdón. Pero no estoy equivocado.

Samira no parecía interesada en el drama, lo que demostraba que era la única profesional de verdad en la sala.

—¿La mesa sirve?

Lucía miró a Nico.

Él seguía quieto.

Demasiado.

—No lo sé —dijo ella.

—Yo sí —dijo Nico.

La voz fue baja.

Lucía sintió que algo se le tensaba en la nuca.

—Puede servir —añadió él—. Si sigue allí.

Carmen asintió.

—Sigue.

Todos volvieron a mirarla.

Carmen se encogió de hombros.

—La casa se cerró, pero nadie tiró nada.

Lucía notó que la frase entraba más hondo de lo que debía.

Nadie tiró nada.

Por supuesto.

En Los Olivos nada desaparecía del todo. Solo se cerraba con llave y se esperaba a que alguien tuviera la mala idea de abrir.

—Pues vamos a verla —dijo Samira.

—No —dijo Lucía.

—Lucía —dijo Patricia con suavidad.

—No hace falta. Buscaremos otra.

—No hay otra —dijo Nico.

Ella giró hacia él.

—No ayudas.

—No estoy intentando ayudarte. Estoy intentando que la cena salga bien.

La frase debería haberla enfadado.

Lo hizo.

Un poco.

Pero también era exactamente lo que ella le había pedido: trabajo, no sentimentalismo.

Maldito por cumplir justo cuando le convenía.

—Puede ir Jaime —dijo Lucía.

Jaime levantó ambas manos.

—Yo puedo ir, pero aviso que no distingo una mesa útil de una tabla con ambición.

—Voy yo —dijo Samira.

—No conoces la casa.

—Por eso puedo entrar sin crisis emocional.

Lucía la miró con odio.

Samira la miró con amor práctico.

—Necesito saber si sirve. No necesito vuestro pasado. Solo largo, ancho, estado y si podemos moverla sin convocar a un notario.

—Voy yo —dijo Nico.

El silencio fue inmediato.

Lucía no lo miró.

Samira sí.

—Bien. Tú sabes cuál es.

—Sí.

—Mide y manda foto.

Nico asintió.

—Voy contigo —dijo Lucía.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Todos se quedaron quietos.

Jaime abrió la boca.

Patricia se la cerró con una mirada.

Samira cruzó los brazos.

—Interesante.

—Es mi proyecto —dijo Lucía.

—Nadie ha dicho que no.

—Y es mi finca.

—Técnicamente, de tu padre —apuntó Jaime.

Lucía lo miró.

—Te puedo poner a limpiar cera del suelo con un cepillo de dientes.

—Tu finca. Claramente tu finca.

Nico la observaba sin decir nada.

Eso la irritó.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—No pongas cara de “no hace falta que vengas”.

—No iba a decir eso.

—Claro que ibas.

—No.

—¿Entonces?

Nico metió las manos en los bolsillos.

—Iba a decir que cojas una chaqueta. Allí hará frío.

Lucía se quedó sin respuesta.

Peor.

Mucho peor.

Porque no era una orden. No era protección invasiva. No era “no vengas”. Era solo un dato dicho por alguien que recordaba cómo se enfriaba aquella casa al caer la tarde.

Patricia bajó la mirada.

Samira fingió revisar una rama.

Jaime sonrió como un idiota con instintos suicidas.

—Voy por una chaqueta —dijo Lucía.

—Buena idea —dijo Jaime.

—Tú cállate.

—Cállome.

Lucía subió a su habitación, cogió una chaqueta vaquera y tardó cuatro minutos en convencerse de que no se había ofrecido a ir con Nico por nostalgia, por miedo, por celos de que él entrara solo en aquel lugar o por cualquier combinación horrible de las tres cosas.

Iba porque era su proyecto.

Fin.

Al bajar, Nico la esperaba junto a la puerta trasera.

No en el vestíbulo.

No en el patio.

Junto a la puerta que llevaba al camino de tierra hacia la casa de invitados.

Llevaba una linterna en una mano y una cinta métrica en la otra. La imagen era tan práctica que casi parecía inocente.

Casi.

—Vamos —dijo ella.

—Sí.

Salieron.

El sol se estaba hundiendo detrás de los olivos, y la finca tenía esa luz de última hora que convertía hasta las piedras rotas en algo que una podría echar de menos.

El camino hacia la casa de invitados empezaba detrás del jardín, bordeaba el viejo invernadero y se internaba entre árboles.

No era largo. De niña lo recorría corriendo.

De adolescente, fingía que no esperaba encontrarse con nadie al girar la curva.

De adulta, llevaba años evitándolo con una precisión casi profesional.

Nico caminaba a su lado, dejando espacio.

Bastante.

Demasiado.

La distancia era correcta.

La molestaba igual.

—No tienes que ir tan lejos —dijo Lucía.

Él la miró.

—¿Perdón?

—Parece que me estás escoltando a distancia de seguridad.

—Intento no invadir.

—Pues deja de intentarlo tan fuerte. También se nota.

Nico soltó una risa breve.

—No sé cuál es la distancia correcta contigo.

Lucía miró el camino.

—Yo tampoco.

La frase salió más honesta de lo previsto.

Nico no aprovechó.

Otro punto peligroso a su favor.

Siguieron andando.

Al pasar junto al invernadero viejo, Lucía se obligó a mirar al frente.

Aquel lugar tenía demasiada información.

La primera vez que Nico la besó de verdad había sido detrás de ese invernadero, con las manos de ella llenas de tierra porque había intentado salvar una albahaca moribunda y él riéndose de su absoluta falta de talento botánico.

Nico también miró el invernadero.

Solo un instante.

Pero lo hizo.

—No —dijo Lucía.

—No he hablado.

—Has mirado.

—Los ojos todavía no están regulados en el contrato.

—Los regularé.

—Lo espero.

El camino giró.

Y apareció la casa de invitados.

Lucía se detuvo.

No había cambiado tanto como esperaba.

Eso fue lo peor.

Había algo de abandono, sí. Las contraventanas necesitaban pintura, la buganvilla había crecido demasiado sobre el porche y una parte del tejado tenía tejas desplazadas.

Pero la estructura seguía allí, blanca y baja, con la puerta azul desvaída y los dos escalones de piedra donde Nico se sentaba a quitarse las botas antes de que Amparo lo regañara por entrar con barro.

La casa parecía dormida.

No muerta.

Dormida.

Y Lucía sintió un odio absurdo por lo fácil que sería despertarla.

—Podemos volver —dijo Nico.

Ella giró la cabeza.

—¿Qué?

—Si no quieres entrar, vuelvo yo con Jaime.

—No.

—Lucía.

—He venido porque quiero.

Nico la observó.

—¿Eso es verdad?

Lucía miró la puerta azul.

Tardó en responder.

—Lo bastante.

Él asintió.

No la contradijo.

Subieron los escalones.

Nico sacó una llave vieja del bolsillo.

Lucía lo miró.

—¿Por qué tienes llave?

—Carmen.

—Carmen reparte llaves de traumas familiares con demasiada facilidad.

—Me dijo que hacía falta para la mesa.

—Claro.

Nico introdujo la llave en la cerradura.

La puerta se resistió.

No tanto como la bodega.

Solo lo justo para recordar que llevaba años sin abrirse.