mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Eso fue lo que la asustó.

La posibilidad de acostumbrarse a tenerlo cerca sin estar todo el tiempo sangrando.

A las seis y media, Carmen apareció en la puerta de la bodega.

—La señora Beatriz pregunta si vais a merendar.

—No tenemos tiempo —dijo Lucía.

—No he preguntado si teníais tiempo.

Samira dejó una rama en el suelo.

—Me cae muy bien esta mujer.

Carmen la miró.

—Tú comes también.

—Me cae menos, pero la respeto.

Subieron al patio, donde Beatriz había preparado café, zumo, pan, aceite, queso y fruta. La luz de la tarde empezaba a caer de una forma preciosa sobre los naranjos, y por primera vez desde su llegada, Lucía no sintió que Los Olivos la estuviera juzgando.

Se sentó en un banco de piedra con un vaso de agua.

Nico se sentó a su lado, dejando una distancia prudente.

Samira, al otro lado de Lucía, miró esa distancia.

Luego miró a Lucía.

Luego miró a Nico.

—Qué distancia tan estudiada.

Lucía bebió agua.

—No empieces.

—No he empezado. He observado.

Nico tomó un trozo de pan.

—Todo el mundo observa demasiado en esta finca.

—Porque dais material —dijo Jaime, dejándose caer en una silla—. Muchísimo material. Deberíais pensar en monetizarlo.

—Primero monetizo la finca —dijo Lucía—. Luego mis desgracias.

—Plan de negocio sólido.

Beatriz apareció con una bandeja de tazas.

—Samira, ¿café?

—Sí, gracias.

—Me ha encantado lo que has dicho de que no hacen falta flores.

Samira tomó la taza.

—No he dicho exactamente eso.

—Lo sé. Estoy intentando procesarlo.

—Va bien.

Beatriz sonrió con cierto esfuerzo y se sentó junto a Patricia.

Lucía las observó un instante. Su madre, intentando no controlar.

Patricia, intentando que nadie notara que estaba cansada.

Mercedes, bebiendo algo con hielo al otro lado del patio.

Jaime, manchándose con aceite. Samira, ocupando espacio como si hubiera nacido en medio de familias complicadas.

Nico, a su lado, con polvo en la camisa y un arañazo pequeño en el dorso de la mano.

—Te has hecho eso con la estructura —dijo Lucía.

Nico miró su mano.

—No es nada.

—Carmen tiene botiquín.

—Lucía, es un arañazo.

—Y tú eres arquitecto, no mártir de la ornamentación.

Samira se inclinó hacia Jaime.

—¿Siempre son así?

Jaime mordió pan.

—Según ellos, no.

Lucía ignoró a ambos y se levantó.

—Voy por algo para limpiarlo.

Nico también se levantó.

—No hace falta.

—Si vuelves a decir que no hace falta, te echo alcohol con entusiasmo.

—Qué imagen tan romántica.

—No era romántica.

—Con vosotros nunca se sabe —dijo Mercedes desde su silla.

Lucía fue a la cocina, encontró el botiquín gracias a Carmen, que le dio una mirada demasiado sabia, y regresó al patio con algodón, desinfectante y una tirita.

Nico seguía de pie junto a la mesa.

—Mano —dijo ella.

Él la miró.

—De verdad, no…

Lucía levantó el bote de desinfectante.

—Tengo arma química.

Nico extendió la mano.

Ella le limpió el arañazo con más cuidado del que requería la situación y menos del que su cuerpo parecía querer. Nico no dijo nada. Tampoco hizo bromas. Eso lo empeoró.

La mano de él era cálida, con pequeñas marcas de trabajo en los dedos. Lucía recordó esas manos manchadas de pintura en la casa de invitados. Esas manos abriendo una botella de gaseosa en la bodega. Esas manos agarrando una maleta que nunca llegó a viajar con la suya.

—Ya está —dijo, colocando la tirita.

—Gracias.

Lucía soltó su mano.

Demasiado tarde.

Todo el patio los estaba mirando.

Beatriz con ternura.

Patricia con preocupación.

Jaime con deleite.

Samira con advertencia.

Mercedes con una copa levantada como si estuviera brindando en silencio.

Eduardo, desde la puerta de la casa, con una expresión que Lucía no supo leer del todo.

—Era un arañazo —dijo ella.

—Claro —dijo Jaime—. Hemos visto todos que era una intervención puramente sanitaria.

Samira asintió.

—Urgencia médica. Casi pierde la mano por romanticismo ornamental.

—Os odio —dijo Lucía.

Nico miró la tirita.

—A mí me ha parecido excelente atención.

—No ayudes.

—Tarde.

Lucía volvió a sentarse, pero esta vez no junto a Nico. Se sentó al lado de Patricia, como una mujer sensata que sabía alejarse de las velas peligrosas antes de que el mantel empezara a oler a humo.

Su hermana la miró de reojo.

—¿Qué? —preguntó Lucía.

—Nada.

—Dilo.

—No.

—Patricia.

—Solo estoy pensando que quizá el problema no es que fingís mal.

Lucía bebió agua.

—No sigas.

—Quizá el problema es que, cuando no fingís, se nota más.

Lucía miró hacia la bodega.

La cena piloto aún no existía. La propuesta todavía estaba incompleta. Su padre podía decir que no. Eduardo seguía observando demasiado. La mentira seguía creciendo como una planta invasora alrededor de todos.

Y Nico estaba en el patio, con una tirita en la mano que ella le había puesto, hablando con Samira sobre cómo estabilizar una estructura de ramas sin robarle protagonismo a la piedra.

No, pensó Lucía.

No.

El problema seguía siendo fingir.

Tenía que serlo.

Porque cualquier otra explicación sería demasiado peligrosa para una semana que apenas iba por la mitad de su segundo día.