Capítulo 11 #2
Su madre no respondió.
Nico intervino, con cautela:
—El lino blanco podría funcionar en la casa principal, pero en la bodega absorbería demasiado protagonismo. Lucía está construyendo algo más cálido.
Beatriz lo miró.
Lucía también.
Él no dijo más.
Solo eso.
Un puente.
No una corrección.
Beatriz bajó la mirada a los manteles.
—¿Entonces qué propones?
Lucía señaló el tercero.
Un lino crudo, menos perfecto, con textura.
—Ese. Sin planchar demasiado.
Beatriz la miró como si acabara de sugerir servir sopa en un zapato.
—¿Sin planchar demasiado?
—Que tenga vida.
—Las arrugas no son vida, Lucía. Son abandono.
Mercedes levantó el vaso.
—Depende de la arruga.
Patricia intervino con suavidad.
—Mamá, el crudo quedará precioso con piedra y ramas de olivo.
Beatriz miró a Patricia.
Luego a Nico.
Luego, por fin, a Lucía.
—Está bien.
Lucía casi dio un paso atrás.
—¿Está bien?
—Sí. Pero las copas serán las finas.
—Las copas finas pueden vivir.
—Y no quiero platos desparejados.
—No serán desparejados. Serán seleccionados.
—Eso es una forma elegante de decir desparejados.
—Ves? Ya lo entiendes.
Beatriz intentó no sonreír.
Fracasó un poco.
Lucía sintió una pequeña victoria abrirse paso en un lugar donde no la esperaba.
Eduardo se acercó entonces, guardándose el móvil en el bolsillo.
—Si necesitáis proveedores, puedo llamar a alguien.
Lucía giró hacia él.
—No.
Nico no dijo nada.
Pero Lucía notó que el no le había salido a ella antes de que él pudiera siquiera tensarse.
Bien.
Aprendían.
—Ya tenemos proveedores —añadió—. Samira vendrá esta tarde.
—¿Samira?
—Mi florista.
—Ah. Perfecto.
Eduardo sonrió, pero sus ojos pasaron hacia el plano que Nico sostenía.
—¿Puedo ver?
Lucía le quitó el plano a Nico antes de que Eduardo pudiera acercarse.
—No.
—Vaya.
—No es un documento público.
—Solo intento entender el proyecto.
—Lo entenderás el sábado.
Eduardo inclinó la cabeza.
—Estás protegiéndolo mucho.
—Sí.
—Eso me gusta.
Nico dio un paso.
Lucía lo notó.
No hizo falta mirarlo.
Esta vez, antes de que él hablara, ella sonrió a Eduardo.
—Me alegra que te guste la distancia.
Patricia soltó una tos sospechosa.
Mercedes murmuró:
—Punto para la novia.
Nico se detuvo.
Lucía no lo miró, pero sintió que, de algún modo, aquello también había sido una conversación entre ambos.
No me defiendas.
Ya lo hago yo.
Lo sé.
A mediodía, la casa entera parecía haberse convertido en una maquinaria absurda.
Carmen coordinaba cocina y servicio. Beatriz alternaba entre colaborar y sufrir por el lino crudo.
Patricia revisaba vajilla con una paciencia casi maternal.
Mercedes se había autoproclamado “consultora de dramatismo” y opinaba sobre la colocación de velas.
Arturo desaparecía y reaparecía como un auditor de emociones.
Eduardo se ofrecía a ayudar en momentos tan precisos que Lucía empezó a sospechar que tenía sensores para detectar cuando ella estaba a punto de relajarse.
Nico trabajaba.
Eso era casi peor que verlo sonreír.
Porque trabajando era muy difícil odiarlo.
Se movía por la finca con libreta, móvil y cinta métrica.
Hablaba con proveedores, revisaba cables, comprobaba escalones, dibujaba soluciones rápidas sin convertirlo todo en una demostración de ego.
No intentaba dirigir a Lucía. No la corregía en público salvo cuando la seguridad lo exigía.
Y cuando discrepaba, lo hacía con esa frase que ya empezaba a ponerla nerviosa:
—Dame dos minutos y te explico por qué no.
Que era muy distinta de:
—No.
Y todavía más distinta de:
—Eso no se puede.
Lucía llevaba toda la vida oyendo “no” como una puerta cerrada.
Nico, en cambio, usaba los “no” como planos.
Y eso era injusto.
A las cuatro de la tarde, Jaime llegó con Samira.
También con dos faroles rotos, una multa de aparcamiento y una historia larguísima.
Tal como Lucía había predicho.
La furgoneta entró por el camino de grava dando un salto preocupante. Jaime bajó primero, con gafas de sol y gesto triunfal. Samira apareció detrás, con un pañuelo rojo en el pelo, pantalones anchos, una camiseta negra y una mirada que evaluó Los Olivos en tres segundos.
—Vale —dijo—. Entiendo por qué tu familia es insoportable.
Lucía, que salió a recibirlos con una cinta métrica colgada del cuello y polvo en el pantalón, la abrazó con fuerza.
—Has venido.
—Dijiste intervención psiquiátrica. Soy curiosa.
Jaime cerró la puerta de la furgoneta.
—También he venido yo. Gracias por el entusiasmo.
—Tú has venido porque te amenacé con contar lo de la moto —dijo Lucía.
Samira miró a Jaime.
—¿Qué moto?
—Nada.
—Interesante.
—No.
Samira sonrió.
—Ya hablaremos.
Jaime miró a Lucía, horrorizado.
—Has traído a una aliada peligrosa.
—Esa era la idea.
Nico apareció desde el lateral de la casa con la camisa algo manchada de polvo y una caja de herramientas en la mano.
Samira lo vio.
Levantó una ceja.
—Vela peligrosa.
Nico se detuvo.
—Florista intimidante.
—Bien. Recuerda tu sitio.
—Intento averiguarlo.
Samira lo estudió un instante.
Luego asintió, como si la respuesta hubiera sido aceptable aunque no suficiente.
—¿Dónde está la bodega?
—Por aquí —dijo Lucía.
—¿Y dónde está la mentira?
Jaime soltó una carcajada.
Lucía cerró los ojos.
—Samira.
—¿Qué? Necesito conocer el espacio completo de trabajo.
—La mentira está en todas partes —dijo Mercedes, apareciendo en la escalinata con un vestido verde y una copa en la mano—. Como la humedad en las casas antiguas.
Samira miró a Lucía.
—Me gusta.
—No la animes.
Mercedes bajó hacia ellas.
—Tú debes de ser la florista.
—Samira.
—Mercedes. Viuda, tía y experta en detectar tensión sexual mal gestionada.
Nico tosió.
Jaime se dobló de risa.
Lucía miró al cielo.
—Esta finca es un castigo.
Samira sonrió por primera vez desde que había llegado.
—Definitivamente me gusta.
La bodega cambió en cuanto Samira entró.
No físicamente, no todavía. Seguía siendo una cueva de piedra con humedad, cajas y polvo. Pero Samira tenía el don de mirar los espacios como si ya estuvieran en proceso de convertirse en otra cosa. Caminó despacio, tocó una pared, miró hacia la bóveda, olió el aire y se quedó en silencio.
Lucía esperó.
La opinión de Samira le importaba más de lo que quería admitir.
—No flores —dijo al fin.
Beatriz, que había entrado detrás de ellas, pareció recibir un golpe.
—¿Cómo que no flores?
—Pocas —corrigió Samira—. Muy pocas. Esto no quiere flores. Quiere rama, sombra, fruto, textura. Algo que parezca que la finca lo ha dejado ahí por descuido.
Lucía sintió alivio.
—Eso pensaba.
—Bien. No estás completamente perdida.
—Gracias.
—Las velas protegidas en cristal bajo. Nada colgando de la bóveda. La estructura metálica puede ir al fondo, pero hay que vestirla para que no parezca salida de un almacén municipal.
Nico levantó la mano.
—Eso dije yo.
Samira lo miró.
—Punto pequeño para la vela.
—Voy sumando.
—No te emociones.
Lucía sonrió.
—¿Puedes hacerlo?
Samira miró alrededor.
—Sí. Pero necesito ayuda. Y que nadie con apellido compuesto opine cerca de mí.
Eduardo, que acababa de asomarse a la entrada, se quedó inmóvil.
Jaime estalló en otra carcajada.
—Voy a casarme con esta mujer.
—No puedes —dijo Samira—. Me das sensación de multa recurrente.
—Eso es bastante exacto —dijo Patricia.
Eduardo entró de todos modos.
—Solo venía a ofrecer ayuda.
—No —dijeron Lucía, Nico, Samira, Jaime y Mercedes a la vez.
El silencio posterior fue perfecto.
Eduardo levantó ambas manos.
—Mensaje recibido.
Mercedes se abanicó, satisfecha.
—La coordinación de este equipo mejora.
La tarde se convirtió en movimiento.
Jaime y Nico descargaron faroles, cajas de velas, rollos de tela, ramas de olivo y la estructura metálica del maletero de Lucía.
Samira dirigía con frases cortas. Patricia etiquetaba vajilla y copas.
Beatriz sufría cada vez que alguien decía “asimétrico”.
Mercedes evaluaba desde una silla y ocasionalmente lanzaba comentarios que, por desgracia, resultaban útiles.
—La luz más baja —dijo una vez—. Nadie paga por verse las ojeras.
Samira chasqueó los dedos.
—Exacto.
—No te acostumbres a darme la razón —dijo Mercedes.
—No me acostumbro a nada que lleve perlas.
Lucía casi lloró de amor profesional.
Nico y ella apenas hablaron durante un rato.
No hizo falta. Trabajaban en paralelo: él aseguraba, ella componía; él medía, ella ajustaba; él decía “eso se cae”, ella decía “entonces lo hacemos caer bonito en otro sitio”.
Discutieron por la altura de dos faroles, por la distancia entre la mesa y la pared y por si la estructura debía ir centrada.
—Centrada parece altar —dijo Lucía.
—Descentrada parece error.
—No si el resto acompaña.
—El ojo buscará eje.
—Pues que lo busque y no lo encuentre. Eso genera movimiento.
Nico la miró.
—No estás hablando solo de decoración.
—Tú tampoco estás hablando solo de arquitectura la mitad del tiempo.
Samira levantó la cabeza desde el fondo.
—Os recuerdo que cobro por horas y no por subtexto.
Jaime apareció cargando dos cajas.
—Yo sí pagaría por subtexto.
—Tú pagarías por cualquier cosa que te permitiera no cargar esas cajas —dijo Patricia.
—También.
Lucía se dio cuenta, en algún momento entre las cinco y las seis, de que no estaba pensando en la mentira.
No mucho.
Estaba pensando en el recorrido de invitados, en la luz, en los tiempos de cocina, en la cara de Arturo cuando viera la bodega transformada. Estaba pensando en su trabajo. En su idea. En algo que podía sostener con las manos.
Y Nico estaba allí.
No como herida.
No solo.
Como parte del equipo.