mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Flores, tarimas y otras formas de perder el control

A las once y media de la mañana, Lucía tenía una lista de materiales, tres llamadas perdidas de Samira, una mancha de café en la carpeta de Los Olivos y la certeza de que organizar una cena piloto en cuarenta y ocho horas era una estupidez.

Una estupidez brillante, quizá.

Pero una estupidez.

La cocina de Los Olivos se había convertido en su centro de operaciones, porque era el único lugar de la casa donde Carmen podía vigilarla, Beatriz no podía controlar cada detalle sin parecer que estorbaba y Mercedes tenía suficientes bandejas de comida cerca como para distraerse un mínimo.

Lucía había extendido papeles sobre una mesa auxiliar: planos de la bodega, lista de proveedores, fotografías, presupuesto preliminar, paleta de materiales y un esquema del recorrido de invitados.

Al lado, Carmen pelaba tomates con la calma de quien había visto hundirse imperios familiares por motivos mucho menos complejos que una cena en una bodega.

—No uses esas servilletas —dijo Carmen sin levantar la vista.

Lucía miró la muestra que acababa de colocar sobre la mesa.

—¿Por qué?

—Son bonitas, pero no aguantan salsa.

—No va a haber salsa.

Carmen la miró por encima de las gafas.

—Niña, siempre hay salsa.

Lucía anotó: servilletas resistentes.

—Tú deberías dar clases en escuelas de negocio.

—No tengo paciencia para ricos jóvenes.

—Trabajas para mi familia.

—Exacto. Cupo cubierto.

Lucía sonrió y volvió a marcar elementos en la lista.

Samira había confirmado que podía venir, aunque su mensaje había incluido suficientes signos de exclamación como para considerarse una amenaza.

Jaime iba camino de Madrid para recogerla con la furgoneta de un proveedor local que, según él, “solo olía un poco a cabra”.

Patricia estaba ayudando a Beatriz a elegir ropa de cama para habitaciones que nadie había pedido cambiar.

Mercedes había encontrado un sillón en el patio desde donde podía emitir opiniones como si fueran decretos.

Arturo estaba encerrado en la biblioteca revisando informes con Nico.

Nico.

Lucía miró la hora.

Once treinta y siete.

Llevaba una hora sin verlo.

No es que lo estuviera contando.

Lo había mirado por casualidad.

Tres veces.

Carmen dejó el cuchillo.

—Si preguntas por él, acabamos antes.

Lucía levantó la cabeza.

—No iba a preguntar por nadie.

—Claro.

—Estoy pensando en tarimas.

—Las tarimas no hacen que pongas cara de enfado con nostalgia.

—No tengo cara de enfado con nostalgia.

—Tienes muchas caras, niña. Esa es de las más antiguas.

Lucía abrió la boca para defenderse, pero Patricia entró en la cocina antes de que pudiera arruinar su dignidad con una mentira mediocre.

—Mamá quiere saber si prefieres caminos de velas o faroles.

—Faroles —dijo Lucía.

—Ha dicho que las velas son más románticas.

—Mamá no va a conseguir que mi prueba de concepto parezca una pedida de mano con riesgo de incendio.

Patricia apoyó una mano en la mesa y revisó los papeles.

—Esto está quedando muy bien.

—Está quedando incompleto.

—Eso no contradice lo anterior.

Lucía se frotó los ojos.

—No tengo suficientes horas.

—Tienes a Jaime, que por una vez parece dispuesto a hacer algo útil.

—Jaime va a volver con Samira, tres faroles rotos, una multa y una historia larguísima.

—También tienes a Carmen.

—Carmen es el verdadero poder de esta finca.

Carmen asintió.

—Por fin una Montoro dice algo sensato.

Patricia sonrió, pero luego miró a Lucía con una seriedad más suave.

—Y tienes a Nico.

Lucía tomó el bolígrafo.

—No empecemos.

—No he empezado. He hecho una observación logística.

—Cuando la gente dice Nico en esta casa, nunca es logística.

—Esta vez sí. Papá lo está exprimiendo en la biblioteca. Ha conseguido que acepte que no se puede meter climatización visible en la bodega.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Papá ha aceptado eso?

—No exactamente. Ha dicho “lo veremos”.

—En idioma Arturo, eso es un avance evolutivo.

—Lo sé.

Lucía miró hacia la puerta de la cocina.

No porque esperara verlo.

Por supuesto que no.

Pero lo vio.

Nico entró con una carpeta técnica bajo el brazo, el móvil en una mano y expresión de haber discutido de ventilación con Arturo durante demasiado tiempo. Llevaba la camisa arremangada otra vez, lo cual debería haber sido ilegal en contextos de tensión emocional.

—La bodega puede funcionar el sábado —dijo, sin preámbulos.

Lucía sintió que el cuerpo se le relajaba un poco antes de recordar que no había dado permiso para ello.

—¿Seguro?

—Para una prueba, sí. No para uso comercial continuado sin intervención. Necesitamos instalación provisional, limitación de aforo, extintores adicionales, alfombras no, tarima sí y nada de humo.

—Te dije lo de las alfombras.

—Y yo te dije que no.

—Es importante que conste que tuve ideas malas y las superé.

—Constará en el informe.

Carmen dejó un plato de pan sobre la mesa.

—Come, Nico.

Él obedeció sin discutir.

Lucía lo miró.

—A mí me obligas y a él se lo dices con cariño.

—Porque él obedece antes.

—Eso es cierto —dijo Nico.

—No te alíes con Carmen. Es invencible.

—Precisamente por eso.

Patricia observó el intercambio con demasiado interés.

Lucía la señaló con el bolígrafo.

—Tú no mires.

—Estoy embarazada, no ciega.

—Qué desgracia.

Nico dejó la carpeta sobre la mesa y abrió un plano que había dibujado a mano. Lucía se inclinó automáticamente. Él señaló los puntos marcados.

—Entrada lateral para invitados. Aquí dos balizas ocultas y faroles decorativos.

Tarima desde este punto hasta la mesa. Mesa aquí, como dijimos.

Servicio por puerta interior, pero habrá que retirar las cajas del corredor y colocar apoyo de cocina antes de las siete.

Luz baja en perímetro. Nada colgado del techo sin revisión.

—Quería ramas de olivo suspendidas.

—No el sábado.

—Nico.

—Lucía, la bóveda es antigua y no voy a colgar nada con prisas para que una rama preciosa caiga sobre la cabeza de Eduardo. Aunque reconozco la tentación.

Patricia soltó una risa.

Carmen también.

Lucía se mordió una sonrisa.

—¿Y si las colocamos sobre estructura independiente?

—Eso sí.

—La estructura metálica del coche.

Nico levantó la vista.

—La que casi nos decapita?

—Esa misma. Tiene vocación artística.

—Tiene antecedentes penales.

—Pero puede funcionar.

Nico lo pensó.

—Si la estabilizamos, sí.

—Perfecto.

—No prometo que sea bonita.

Lucía se llevó una mano al pecho.

—Ahí entro yo.

—Lo sé.

Otra vez.

Lo sé.

Pero esta vez no sonó a disculpa. Sonó a confianza profesional.

A Lucía le molestó que le gustara.

—Entonces —dijo ella, girando el plano hacia Patricia—, camino con faroles, cóctel en patio, bajada a bodega, mesa única, estructura con ramas sobre la cabecera, luz baja, menú de Carmen y cierre con café en el patio.

—¿Cierre fuera? —preguntó Patricia.

—Sí. La bodega tiene impacto, pero no quiero que la gente termine sintiendo que ha cenado dentro de una cripta familiar.

—Eso podría gustarle a Mercedes —dijo Nico.

—A Mercedes le gustaría un funeral si hubiera buen licor.

—Confirmo —dijo Carmen.

Lucía tomó notas más rápido.

—Necesito que alguien mida la mesa antigua del granero.

—Yo —dijo Nico.

—Necesito que alguien revise copas y vajilla.

—Yo puedo —dijo Patricia.

—Necesito que mamá no toque las flores.

Patricia hizo una mueca.

—Eso es más difícil.

—Necesito que Eduardo no opine.

Nico miró hacia la puerta.

—Eso es casi imposible.

—Yo puedo ponerle una tarea inútil.

—¿Cuál? —preguntó Patricia.

Lucía pensó un segundo.

—Que revise la iluminación exterior con Alfonso.

Nico negó con la cabeza.

—Demasiado cerca del proyecto.

—Entonces que elija vinos con Jaime.

Patricia sonrió.

—Eso puede acabar en tragedia.

—Mientras sea lejos de mi bodega, acepto víctimas.

Carmen se aclaró la garganta.

—Y necesitas decidir menú.

Lucía se volvió hacia ella.

—Confío en ti.

—Eso ya lo sé. Pero el señor Arturo quiere verlo escrito.

—El señor Arturo quiere ver hasta sus emociones por escrito.

Nico tomó el bolígrafo y escribió en un lateral del plano:

Menú — pendiente Carmen / aprobado Lucía.

Lucía lo miró.

—¿Me acabas de poner por encima de mi padre en un documento?

—En este documento, sí.

—Qué valiente.

—Soy falso prometido. Vivo al límite.

Patricia bajó la vista para ocultar otra sonrisa.

Lucía decidió ignorarla por salud mental.

Un grito llegó desde el patio.

—¡Lucía!

Beatriz.

La voz de su madre tenía ese tono que podía significar una emergencia real, una duda sobre manteles o que alguien había colocado una silla en un ángulo emocionalmente incorrecto.

Lucía cerró los ojos.

—Si es por flores blancas, desertaré.

Salió de la cocina con Patricia detrás. Nico las siguió con el plano, porque aparentemente ahora los planos tenían movilidad propia y forma de arquitecto.

Beatriz estaba en el patio de los naranjos con tres manteles extendidos sobre sillas. Mercedes, sentada bajo un árbol con un vaso de agua que seguramente no era solo agua, observaba la escena con delectación. Eduardo estaba junto a la fuente, hablando por teléfono. Al verlos, colgó.

Qué oportuno.

—Cariño —dijo Beatriz—, he pensado que el lino blanco sería lo más elegante para la cena.

Lucía miró los manteles.

Blanco puro.

Perfecto.

Carísimo.

Muerto.

—No.

Beatriz parpadeó.

—¿No?

—No.

—Pero es el mejor lino.

—Para otra cena, quizá. Para esta, no.

—La bodega es oscura. Necesita luz.

—Necesita contraste, no una sábana bautismal.

Mercedes soltó una carcajada.

—Bautismal. Maravilloso.

Beatriz apretó los labios.

—Lucía, intento ayudar.

Y ahí estaba.

La frase que lo complicaba todo.

Porque era verdad.

Su madre intentaba ayudar. A su manera. Con manteles carísimos, flores blancas y una idea de la elegancia que había envejecido sin que nadie se atreviera a decírselo.

Lucía respiró antes de responder.

Ese gesto, pequeño, le costó más que cualquier tabla de costes.

—Lo sé, mamá. Pero necesito que la cena tenga una identidad clara. Si usamos blanco, parecerá una boda pequeña. Y no quiero que Arturo vea una boda. Quiero que vea un producto.

Beatriz frunció el ceño.

—Producto suena horrible.

—Rentable suena mejor?