Capítulo 10 #3
—Pero no es una mala base.
Lucía tardó medio segundo en entender la frase.
No es una mala base.
En idioma Arturo Montoro, eso equivalía casi a un poema épico.
Patricia sonrió abiertamente.
Jaime levantó ambas manos como si acabara de presenciar un milagro.
Beatriz se llevó una mano al pecho.
Lucía no se permitió reaccionar demasiado.
—Gracias —dijo.
—No es un elogio. Es una observación.
—Lo sé. Aun así, gracias.
Arturo cerró la carpeta.
—La cena del sábado será una prueba útil. Si puedes demostrar que el concepto funciona con los recursos actuales, hablaremos de una fase piloto.
Fase piloto.
Lucía sintió que la bodega se inclinaba un poco.
—De acuerdo.
—Nicolás, quiero tu informe técnico esta tarde.
—Lo tendrás.
—Lucía, quiero una versión ajustada de la propuesta antes de cenar.
—La tendrás.
Arturo asintió.
Luego se volvió hacia la salida.
Así.
Sin más.
Sin abrazo. Sin sonrisa. Sin “bien hecho”.
Pero Lucía, que conocía la economía emocional de su padre mejor de lo que quería admitir, supo que acababa de conseguir algo.
No una victoria.
Una entrada.
Y a veces, en casas como Los Olivos, una entrada era más difícil que cualquier triunfo.
Cuando Arturo salió, Beatriz soltó el aire.
—Bueno —dijo—. Creo que ha ido bien.
—Ha ido históricamente bien —dijo Jaime—. Papá ha usado una frase sin destruir la autoestima de nadie. Deberíamos poner una placa.
Patricia abrazó a Lucía por un lado.
—Lo has hecho genial.
Lucía se dejó abrazar un segundo.
Solo uno.
—No exageres.
—No exagero.
Beatriz se acercó también.
—Estoy impresionada, cariño.
Lucía se quedó quieta.
A veces su madre decía cosas que parecían una caricia y una aguja al mismo tiempo, pero esta vez no encontró la aguja. Solo la caricia.
—Gracias, mamá.
Beatriz miró alrededor.
—Aunque tendremos que limpiar muchísimo.
Ahí estaba.
La aguja.
Lucía casi se rio.
—Sí, mamá.
Mercedes apareció en la entrada justo cuando todos empezaban a salir.
—¿Me he perdido el examen?
—Papá no ha suspendido a Lucía —dijo Jaime—. Estamos en territorio desconocido.
Mercedes miró a Lucía.
—¿Lo ves? El truco es hablar de dinero antes de que los hombres reduzcan la belleza a capricho.
—Eso me dijiste tú ayer.
—Y, como siempre, tenía razón.
Lucía sonrió.
—Como casi siempre.
—No me provoques, niña, que aún no he desayunado con vermut.
Nico se quedó en la bodega cuando los demás salieron. Lucía fingió revisar unas hojas para quedarse también.
Cuando las voces se alejaron, el silencio volvió a ellos.
Esta vez distinto.
Menos cargado de beso.
Más cargado de algo incluso peor.
Gratitud.
—Gracias —dijo ella.
Nico la miró.
—No he hecho nada.
—Sí has hecho.
—He hecho mi trabajo.
—Y has dejado que yo hiciera el mío.
La frase quedó ahí.
Nico no respondió enseguida.
—Siempre debí hacerlo —dijo al fin.
Lucía sintió que la defensa le subía automáticamente.
—No estropees un buen momento con una frase enorme.
—Perdón.
—Y deja de pedir perdón por todo. También cansa.
Nico sonrió apenas.
—Entonces gracias por no tirarme nada cuando tu padre me preguntaba a mí.
—Lo pensé.
—Lo imaginé.
—Pero tus respuestas han sido aceptables.
—Qué entusiasmo.
—Estoy en racha de elogios. No abuses.
Nico cerró la libreta.
—Tu propuesta es mejor que aceptable.
Lucía lo miró.
—Nico.
—Profesionalmente.
—Ah.
—Y personalmente, también me alegra verte así.
La bodega se quedó demasiado quieta.
Lucía bajó la mirada a la carpeta.
—Norma de verdades innecesarias.
—Ya.
—¿Lo era?
Nico sostuvo su mirada.
—No para mí.
Lucía no supo qué hacer con eso.
Por suerte, o por desgracia, Jaime asomó la cabeza por la puerta.
—Interrumpo tensión o arquitectura?
Lucía cerró la carpeta de golpe.
—Voy a empezar a cobrar entrada cada vez que alguien aparezca en un umbral.
Jaime entró con una manzana en la mano.
—Bien. Porque vengo a ser útil.
—Eso sería una novedad tan grande que necesito sentarme.
—Papá me ha pedido que vaya al pueblo a por unas cosas. Mamá quiere flores. Carmen quiere manteles. Mercedes quiere ginebra. Yo quiero no morir de aburrimiento. ¿Qué necesitas tú para tu cena secreta en la cueva?
Lucía lo miró.
Luego miró a Nico.
Luego volvió a Jaime.
—Tarimas bajas, faroles, velas protegidas, ramas de olivo, tela de lino crudo, cuerda fina, copas extra, platos de postre que no parezcan de comunión y, si puedes, a Samira.
Jaime mordió la manzana.
—¿Una persona entera?
—Es mi florista. Está en Madrid.
—Me pides que secuestre a una florista?
—Te pido que la recojas con su material y la traigas esta tarde.
Jaime sonrió.
—Ahora sí parece una boda familiar.
—No es una boda.
—Ya, ya. Es un falso compromiso con cena piloto, bodega romántica y beso de emergencia. Totalmente distinto.
Nico miró a Lucía.
Lucía miró a Jaime.
—¿Quién te ha dicho lo del beso de emergencia?
Jaime señaló hacia arriba.
—Mercedes.
—Voy a encerrar a esa mujer en la bodega.
—Le encantaría. Dice que tiene buena acústica para confesiones.
Lucía se tapó la cara con la carpeta.
El día apenas empezaba.
Y Los Olivos ya parecía decidido a no dejarle respirar sin convertirlo todo en argumento.