mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

La garganta se le cerró un poco.

—Yo también la quería.

Nico bajó la mirada.

Durante unos segundos, la bodega pareció más suave. Menos llena de ellos dos y más llena de una mujer que les había dado bocadillos, consejos no pedidos y miradas cómplices cuando aún eran demasiado jóvenes para entender lo que estaban arriesgando.

—No te culpa —dijo Nico.

Lucía soltó una risa breve.

—Qué generosa. Yo sí me habría culpado un poco.

—Mi madre es mejor persona que nosotros.

—Eso no era difícil.

Nico sonrió.

Lucía también.

Esta vez no lo detuvo a tiempo.

La sonrisa quedó ahí, pequeña y real.

Un sonido de pasos en la escalera lateral les hizo separarse instintivamente aunque no se estuvieran tocando.

Arturo entró en la bodega con puntualidad de ocho y media, camisa impecable, libreta en mano y cara de hombre que ya ha decidido que nadie ha trabajado bastante antes de que él llegue.

Detrás venía Beatriz con gafas de sol en la cabeza, Patricia con una botella de agua y Jaime con un cruasán.

—Buenos días —dijo Arturo.

—Buenos días —respondió Nico.

Lucía miró el cruasán de Jaime.

—¿Ese es mío?

—Lo era espiritualmente —dijo él—. Pero lo he encontrado físicamente antes.

—Traidor.

—Hermana, si quieres dirigir eventos, debes aprender que en los desayunos se sobrevive por rapidez.

Patricia le quitó el cruasán y se lo dio a Lucía.

—Gracias —dijo Lucía.

Jaime la miró, ofendido.

—Eso ha sido violencia familiar.

—Era medio cruasán —dijo Patricia.

—Era mi medio.

—Tu medio necesitaba disciplina.

Beatriz observó la bodega con una mezcla de horror y posibilidad.

—Está muy… auténtica.

—Mamá, cuando dices auténtica parece que quieras fumigarla.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado con acento francés.

Nico tosió para ocultar una risa.

Arturo pasó al centro sin entretenerse.

—Enséñame.

Lucía tomó aire.

No “a ver qué has preparado”.

No “cuéntame tu idea”.

Enséñame.

Imperativo.

Pero también permiso.

Lucía dejó el cruasán sobre una barrica, abrió la carpeta y empezó.

Primero describió el recorrido de los invitados desde la entrada lateral.

Luego el cóctel breve en el patio de naranjos.

Después la transición a la bodega: puerta cerrada, luz encendida dentro, entrada lenta, impacto visual.

Habló de aforo limitado, ticket alto, posicionamiento premium, uso de producto local, calendario de eventos pequeños fuera de temporada alta y diferenciación frente a fincas masivas de boda.

Mientras hablaba, Arturo no la interrumpió.

Eso fue casi inquietante.

Beatriz miraba el espacio intentando verlo como Lucía lo describía. Patricia asentía de vez en cuando. Jaime había dejado de hacer bromas. Nico estaba apoyado junto a una pared, con la libreta en la mano, sin robarle una sola frase.

Lucía siguió.

Cuanto más hablaba, menos le temblaba la voz.

—No podemos vender Los Olivos como una finca grande para bodas grandes —dijo—.

Perderíamos contra espacios más preparados, más accesibles y con más capacidad.

Pero sí podemos venderla como un lugar privado para celebraciones que quieren parecer irrepetibles.

Pocas fechas. Pocas personas. Precio alto.

Mucho control. La finca no debe parecer alquilada. Debe parecer compartida.

Silencio.

Arturo la miró.

—¿Compartida?

—Sí.

—Eso suena poco escalable.

Lucía sintió el golpe.

Ahí estaba.

La frase.

La crítica.

La costumbre.

Pero esta vez no respondió con una broma.

Miró a su padre y sostuvo la carpeta con ambas manos.

—Lo exclusivo no escala por volumen, escala por margen.

Jaime abrió la boca.

Patricia también.

Beatriz se quedó quieta.

Nico bajó la vista, pero Lucía alcanzó a ver una sombra de sonrisa.

Arturo no sonrió.

Pero escuchó.

—Continúa —dijo.

Y Lucía continuó.

Le mostró los tres paquetes: cenas privadas, celebraciones familiares de lujo y encuentros de empresa boutique. Le dio rangos de precio. Costes aproximados. Necesidades de inversión mínima para una primera fase. Retorno estimado con diez eventos al año. Luego con quince. Luego con veinte.

Números.

Flores bonitas, sí.

Pero números.

Arturo hizo preguntas.

Lucía respondió algunas.

Nico respondió las técnicas cuando correspondía: ventilación, electricidad, accesos, seguridad, intervención mínima, fases de obra.

Y cada vez que Arturo intentaba deslizar una pregunta de concepto hacia Nico, él devolvía la pelota con una elegancia impecable.

—Eso entra en el modelo de uso. Lucía lo tiene contemplado.

—La decisión de aforo afecta a la experiencia, no solo a estructura. Mejor que lo explique ella.

—Técnicamente se puede hacer de varias formas. La que encaja con la propuesta es la que acaba de plantear Lucía.

Al tercer pase, Arturo lo miró con una ceja levantada.

Nico no se inmutó.

Lucía tuvo que concentrarse mucho para no sentir demasiadas cosas a la vez.

Cuando terminó, la bodega quedó en silencio.

No un silencio incómodo.

Un silencio de cálculo.

Arturo repasó las hojas.

—Está incompleto.

Lucía sintió que el estómago se le apretaba.

—Lo sé.

—Faltan costes reales de acondicionamiento.

—Nico los tendrá hoy.

—Faltan proveedores cerrados.

—Estoy en ello.

—Falta calendario.

—Puedo prepararlo esta tarde.

Arturo siguió leyendo.