Capítulo 10
Café, piedra y cosas que no se dicen
Lucía descubrió a las siete y cincuenta y ocho de la mañana que sus promesas nocturnas tenían la misma solidez que una silla plegable barata.
Había prometido ser más lista.
Más fría.
Más profesional.
Más todo.
Y, sin embargo, allí estaba: despierta desde las seis y media, con el pelo recogido de cualquier manera, los ojos algo hinchados, la carpeta de Los Olivos bajo el brazo y una absurda conciencia de que al otro lado de la puerta comunicante había un hombre que le había prometido café.
Café.
No flores.
No una disculpa definitiva.
No una explicación de siete años.
Café.
Qué bajo había caído su sistema defensivo si el café empezaba a parecerle un gesto peligroso.
Se vistió con unos vaqueros, una camiseta negra y una camisa abierta de lino, porque pretendía revisar bodegas, mover cajas, discutir con su padre y, si era necesario, arrastrar a Jaime por la finca para que cargara tarimas. No era un día para blusas profesionalmente besables.
A las ocho y dos minutos, alguien llamó suavemente a la puerta de su habitación.
No a la comunicante.
A la del pasillo.
Lucía abrió con el ceño fruncido.
Nico estaba al otro lado con dos vasos de café, una libreta bajo el brazo y aspecto de haber dormido incluso menos que ella.
Eso la satisfizo.
Un poco.
—Llegas antes —dijo.
—He venido por el pasillo para respetar la frontera internacional.
Lucía miró los cafés.
—¿Eso es para mí?
—No. Me gusta pasear con bebidas de repuesto.
—Gracioso a estas horas no.
—Lo tendré en cuenta para las nueve.
Ella tomó uno de los vasos y olió.
Café de verdad.
Fuerte.
Sin azúcar.
Con un chorrito de leche.
La memoria fue un golpe pequeño y molesto.
—Carmen te lo ha dado —dijo.
—Carmen me ha interrogado primero.
—Normal.
—Creo que he aprobado.
—Carmen no aprueba a nadie. Solo concede prórrogas.
Nico sonrió.
Lucía bebió un sorbo.
Estaba perfecto.
Maldita Carmen.
—Está aceptable —dijo.
—Qué entusiasmo.
—No te acostumbres.
—A estas alturas, ya sé que tus elogios vienen con armadura.
Lucía salió al pasillo y cerró la puerta.
—Mis elogios vienen poco. Eso es lo importante.
El pasillo del primer piso estaba silencioso.
La casa aún no había entrado en modo familiar.
No se oían voces de Beatriz ni pasos de servicio ni comentarios de Mercedes lanzados como cuchillos envueltos en terciopelo.
Solo el crujido antiguo de la madera, la luz temprana filtrándose por las ventanas y el olor a café que Lucía se negó a considerar íntimo.
Bajaron juntos la escalera.
Sin tocarse.
Sin hablar demasiado.
Lo cual, en comparación con las últimas veinticuatro horas, casi parecía una forma avanzada de madurez.
En el vestíbulo, Nico se detuvo para mirar hacia la galería.
—La casa necesita más luz natural en la zona norte.
Lucía siguió su mirada.
—Mi madre diría que necesita cortinas mejores.
—Tu madre diría que casi todo necesita cortinas mejores.
—Eso es tristemente exacto.
—Pero aquí hay un problema real de circulación. Si la finca va a recibir invitados externos, hay que separar recorridos. Familia, servicio, clientes.
—No digas clientes delante de mi madre. Dirá invitados.
—Y tu padre dirá usuarios.
—Y Mercedes dirá víctimas.
Nico soltó una risa baja.
Lucía bebió café para no sonreír.
Salieron al jardín trasero. La mañana estaba fresca, limpia, con una luz suave que todavía no había decidido quemarlo todo. Los olivos proyectaban sombras largas sobre la tierra. La casa de invitados quedaba más allá del camino, parcialmente oculta tras los árboles.
Lucía no miró.
O lo intentó.
Nico sí.
No mucho.
Pero sí lo suficiente para que ella lo notara.
—No —dijo.
Él volvió la mirada hacia ella.
—No he dicho nada.
—Tu cuello sí.
—¿Mi cuello?
—Todos tus músculos participan en conversaciones que tú finges evitar.
—Eso suena médicamente preocupante.
—Lo es para mí.
Nico no respondió.
Caminaron hacia la bodega por el lateral de la casa. De día, la puerta parecía menos dramática y más deteriorada. La pintura estaba saltada, el hierro necesitaba tratamiento y el escalón roto era aún más evidente.
Lucía lo señaló con el café.
—Primer punto: entrada peligrosa.
Nico abrió su libreta.
—Reparación de escalón. Nivelado mínimo. Iluminación de camino.
—Faroles bajos.
—Faroles bajos no sustituyen iluminación de seguridad.
—No, pero evitan que parezca la entrada de un parking.
—Podemos ocultar balizas en el lateral del muro.
Lucía lo miró.
—Eso sí.
—Punto para mí?
—No te emociones. Es medio punto.
—Lo acepto.
Nico empujó la puerta como la noche anterior, primero hacia dentro y luego tirando. La madera volvió a quejarse.
—Segundo punto: puerta orgullosa —dijo Lucía.
—Puerta hinchada por humedad.
—Técnicamente orgullosa.
—Lijado, ajuste de herrajes, barniz exterior.
—Y conservar ese sonido.
Nico se giró.
—¿El chirrido?
—No es chirrido. Es carácter.
—Es una puerta pidiendo auxilio.
—Es una puerta avisando de que entras en otro mundo. No quiero que parezca recién comprada.
Él la observó durante un segundo.
—Vale.
Lucía arqueó una ceja.
—¿No vas a discutir?
—No. Tienes razón.
—Qué mañana tan extraña.
Entraron.
Con la luz del día, la bodega perdió parte del misterio, pero ganó posibilidades.
Las piedras de la bóveda tenían matices grises, dorados y verdes por la humedad.
Había polvo, sí, y cajas viejas, y telarañas que Beatriz habría llamado inaceptables.
Pero también había profundidad, textura, una nobleza sin pulir que los salones perfectos de la casa principal no tenían.
Lucía dejó el café sobre una barrica vacía y abrió la carpeta.
—Mesa aquí —dijo, señalando el centro—. Doce comensales. Una sola línea. Nada de mesas redondas.
Nico caminó por el perímetro, midiendo con la mirada.
—Mesa de tres metros veinte.
—Dos ochenta.
—Con vajilla, centros y espacio real, tres veinte.
—No quiero que parezca una cena corporativa.
—No lo parecerá si trabajas bien proporciones.
—¿Me estás explicando proporciones?
—Estoy intentando que no choquen codos con el tercer plato.
—No habrá tercer plato.
—Tu madre está en esta casa.
Lucía abrió la boca.
La cerró.
—Tres metros diez.
—Tres veinte.
—Tres.
—Tres diez y sin centros voluminosos.
—Hecho.
Nico sonrió mientras anotaba.
Lucía lo observó un instante más de lo recomendable.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto cara de victoria.
—Era cara de negociación razonable.
—La odio.
—Ya estás odiando demasiadas partes de mí. Vas a necesitar índice.
Lucía tomó el café.
—No me tientes.
Trabajaron durante media hora con una eficacia que a Lucía le habría parecido irritante si no fuera porque la necesitaba.
Nico revisó enchufes, puntos de luz, humedades, ventilación y accesos.
Ella tomó fotos, grabó vídeos para Samira, hizo una lista de materiales y marcó con cinta de carrocero las zonas posibles para la mesa, el paso de servicio y la iluminación.
Cada vez que discrepaban, discutían rápido.
Sin drama.
Sin pasado.
Casi como dos profesionales.
Casi.
El problema era que, de vez en cuando, Nico decía algo exactamente útil. O ella anticipaba una objeción técnica antes de que él la formulara. O los dos se movían a la vez para apartar una caja y sus manos quedaban demasiado cerca.
Pequeñas grietas.
Nada grave por separado.
Pero los derrumbes rara vez empezaban con una explosión. A veces empezaban con una piedra que cede porque nadie quiso admitir que estaba suelta.
Lucía estaba midiendo la distancia desde la puerta interior cuando Nico dijo:
—Esta entrada puede funcionar para servicio, pero no para platos grandes.
—Entonces cocina monta aquí una mesa de apoyo.
—¿Dónde?
—Ahí.
—Eso bloquea la salida.
—No si usamos una mesa estrecha.
—Necesitas mínimo cincuenta centímetros de paso.
—Cuarenta y cinco.
—Cincuenta.
—Cuarenta y ocho.
Nico la miró.
—Negocias centímetros como si fueran territorio familiar.
—En esta familia todo es territorio.
Él bajó la mirada a la cinta métrica.
—Eso lo aprendí pronto.
Lucía sintió que el aire cambiaba.
Mínimo.
Suficiente.
—No hagas eso.
—Ha salido solo.
—Pues mételo de vuelta.
Nico asintió.
—Perdón.
Ella soltó el aire por la nariz.
—Cincuenta centímetros.
Él levantó la vista, sorprendido.
—¿Me estás dando la razón?
—No te acostumbres. Es puntual y con fines logísticos.
—Anotado.
Lucía se agachó para marcar el suelo. Al hacerlo, el móvil vibró en el bolsillo. Lo sacó.
Samira.
“Dime que sigues viva y que no habéis acabado prometidos de verdad.”
Lucía escribió:
“Necesito ramas de olivo, flores discretas, velas protegidas, faroles y una intervención psiquiátrica.”
Samira respondió:
“Las ramas y las flores sí. Lo otro lo facturo aparte.”
Lucía sonrió a la pantalla.
—¿Samira? —preguntó Nico.
Ella levantó la mirada.
—¿Celos profesionales?
—Miedo profesional. Me intimida.
—Bien. Es una mujer inteligente.
—Ya lo noté cuando me odió al verme.
—Samira no te odia.
—¿No?
—Te considera una vela peligrosa.
Nico se quedó callado.
Lucía comprendió demasiado tarde que había usado la frase exacta de Samira.
—¿Una vela peligrosa? —preguntó él.
—Sí.
—¿Por lo de quemar casas si una se despista?
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Cómo…?
Nico miró hacia la puerta.
—Amparo decía algo parecido.
Amparo.
El nombre de su madre cayó en la bodega con una suavidad inesperada.
Lucía se quedó quieta.
—Ah.
Nico no parecía haberlo dicho para herirla. De hecho, pareció darse cuenta tarde del efecto.
—Perdón.
—No. Está bien.
Y, para su sorpresa, era verdad.
Amparo no dolía igual que Lisboa. Amparo pertenecía a otra clase de recuerdos. Cálidos. Tristes, sí, pero no contaminados del todo.
Lucía recogió la cinta del suelo.
—¿Cómo está?
Nico la miró.
—¿Mi madre?
—Sí.
—Bien. Vive cerca de mi hermana. Tiene una terraza llena de plantas y una opinión muy dura sobre mis horarios.
—Eso suena a ella.
—Pregunta por ti a veces.
Lucía sintió un pinchazo.
No de rabia.
De vergüenza.
—No debería.
—¿Por qué?
—Porque desaparecí también.
Nico se quedó en silencio.
Lucía siguió antes de arrepentirse.
—Después de lo nuestro, no la llamé. No le escribí. Nada. Y ella siempre fue buena conmigo.
—Te quería.