Capítulo 9 #3
—Entonces no me hagas caso cuando estoy siendo contradictoria. O hazme caso. No sé. Estoy cansada.
Nico la miró con una suavidad que no ayudó.
—Puedo revisar la parte técnica mañana.
—Mañana estará mi padre.
—Antes.
—A las ocho y cinco, sí.
—Puedo levantarme a las siete y media.
—Yo no.
—Te traigo café.
—No utilices el café como manipulación emocional.
—Es manipulación logística.
Lucía se apoyó en el marco de la puerta.
Grave error.
Eso hacía que la conversación pareciera menos una entrega de cargador y más una escena.
—La cena del sábado tiene que salir bien —dijo ella.
—Saldrá bien.
—No digas eso. No lo sabes.
—Sé lo suficiente.
—No. Sabes de muros, suelos, accesos y formas muy irritantes de decir cosas que parecen tranquilizadoras.
—También sé que hoy, cuando has hablado de la bodega, todos te han escuchado.
Lucía miró hacia otro lado.
—Porque Eduardo propuso usarla.
—Porque tú supiste convertir una ocurrencia en una idea.
—No fue una ocurrencia. Yo ya lo había pensado.
—Lo sé.
Ella lo miró.
—¿Lo sabes?
—Lo vi en tus apuntes. La bodega estaba marcada antes de que Eduardo abriera la boca.
Lucía se quedó en silencio.
No sabía por qué necesitaba que alguien notara eso.
No debería necesitarlo.
Pero lo necesitaba.
Quizá porque en su familia las ideas siempre parecían pertenecer al último hombre que las decía con seguridad.
—Gracias —dijo, más bajo.
Nico no sonrió.
—De nada.
Otro silencio.
La puerta seguía abierta.
La norma de no disfrutar y la de no contar verdades innecesarias estaban tiradas en algún rincón de la habitación, probablemente junto al pijama que ella había olvidado.
—Lo del beso —dijo Nico.
Lucía cerró los ojos.
—Dijimos que no.
—No voy a decir lo que crees.
—¿Y qué creo?
—Que voy a decir que significó algo.
El pecho se le apretó.
—¿Y no?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Nico se quedó inmóvil.
Lucía sintió pánico.
—No respondas.
—Lucía…
—No. Olvida que he preguntado.
—No puedo.
—Pues inténtalo. Se te da bien desaparecer de cosas importantes.
La frase cayó entre los dos con un ruido seco.
Lucía se arrepintió al instante.
No porque fuera falsa.
Porque era cruel.
Nico bajó la mirada.
Durante un momento no dijo nada.
Luego asintió.
—Me merezco eso.
Lucía sintió que la vergüenza le subía por el cuello.
—No quería…
—Sí querías.
—Vale. Sí quería. Pero no así.
Nico volvió a mirarla.
—¿Hay una forma buena de decirlo?
—No.
—Entonces quizá era la que había.
Lucía odiaba que no se defendiera.
Odiaba que no le devolviera el golpe.
Odiaba que eso la obligara a ver su propio filo.
—Estoy cansada —dijo.
—Lo sé.
—No quiero pelear.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero que esto sea fácil.
Nico apoyó una mano en el marco, desde su lado.
—No lo es.
—Para ti parece serlo a veces.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Firme.
—No lo es —repitió—. No cuando tu madre me mira como si yo no hubiera hecho daño.
No cuando Mercedes me pregunta si te quiero.
No cuando tu padre sigue mirándome como si supiera exactamente dónde presionar.
No cuando tú me besas delante de todos y tengo que recordar que no tengo derecho a olvidarme de que era mentira.
Lucía dejó de respirar.
Ahí estaba.
La respuesta que no debía dar.
El beso había significado algo.
No lo había dicho con esas palabras.
No hacía falta.
—Entonces no lo olvides —susurró.
—No lo haré.
Se miraron a través de la puerta entreabierta.
Una puerta cerrada era sencilla. Una puerta abierta del todo habría sido una decisión. Pero aquel palmo era peor que ambas cosas: una frontera con rendija. Un casi. Y Lucía estaba harta de los casi. Casi Lisboa. Casi una explicación. Casi superar a Nico. Casi no sentir nada cuando la besó.
Casi.
La palabra más peligrosa del mundo.
—Tengo que dormir —dijo.
—Sí.
—Mañana hay bodega.
—Y café.
—Y mi padre.
—Y Eduardo.
—Dijimos que no hablaríamos de Eduardo.
—Cierto.
Lucía intentó sonreír.
Le salió algo pequeño, torpe y cansado.
—Buenas noches, Nico.
Él sostuvo su mirada un segundo más.
—Buenas noches, Lucía.
Cerraron la puerta al mismo tiempo.
Clic.
Clic.
La doble cerradura volvió a ocupar su sitio.
Lucía apoyó la frente en la madera.
Al otro lado no oyó pasos.
Quizá Nico seguía allí.
Quizá no.
No preguntó.
No podía.
Se apartó de la puerta, enchufó el móvil y apagó la lámpara. La habitación quedó oscura, salvo por la luz tenue que entraba desde el balcón. Se metió en la cama con la camiseta vieja, el pelo suelto y la sensación de que la jornada había durado tres semanas.
Cerró los ojos.
Intentó pensar en la bodega.
En tarimas.
En números.
En faroles.
En márgenes.
Pensó en la mano de Nico en su cintura.
Abrió los ojos.
—Idiota —susurró.
No supo si se lo decía a él, a sí misma o a la puerta.
Quizá a los tres.
Al otro lado de la pared, algo crujió.
Una tabla.
Un paso.
Una vida demasiado cerca.
Lucía se giró de espaldas a la puerta, cerró los ojos con fuerza y se prometió que al día siguiente sería más lista.
Más fría.
Más profesional.
Más todo.
Y, como todas las promesas que se hacen de madrugada en una casa llena de fantasmas, aquella sonó preciosa.
También sonó falsa.