Capítulo 9 #2
Lucía sintió una sonrisa acercarse y la detuvo con la misma disciplina con la que se detiene a un perro antes de cruzar una carretera.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
No se movieron.
Ese fue el problema.
La conversación había terminado, pero ninguno empezó a caminar. Lucía miró hacia la escalera. Nico también. Subir juntos parecía demasiado. Subir separados parecía sospechoso si alguien los veía. Quedarse allí era absurdo.
—Yo subo primero —dijo ella.
—Claro.
—Es mi casa.
—No lo he discutido.
—Y mi escalera.
—Tampoco.
—Y mi decisión.
Nico asintió.
—Lucía, sube.
La forma en que lo dijo, casi con risa, casi con cansancio, casi con ternura, la empujó por la escalera más que cualquier argumento.
Subió.
Sin mirar atrás.
Bueno, casi sin mirar.
A mitad del primer tramo cometió el error de girar la cabeza.
Nico seguía abajo, junto a la mesa, mirándola.
No con deseo descarado. No con nostalgia fácil. Con algo más difícil de sostener. Una atención quieta, dolida, como si quisiera memorizar a la mujer que subía por esa escalera porque ya no tenía derecho a pedirle que se quedara.
Lucía siguió subiendo.
Rápido.
Demasiado rápido para alguien que intentaba demostrar que no huía.
Al llegar a su habitación, cerró la puerta con cuidado. Luego apoyó la espalda contra ella y respiró.
Una vez.
Dos.
Tres.
La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara pequeña junto a la cama iluminaba el escritorio, la carpeta de Los Olivos y la bolsa de ropa abierta. La puerta comunicante seguía cerrada.
Perfecto.
Maravilloso.
Bendita puerta.
Lucía se quitó los botines, la americana y la blusa profesionalmente besable, como la había llamado Samira.
Rebuscó en la bolsa hasta encontrar una camiseta vieja y unos pantalones cortos que no deberían haber viajado a una finca familiar llena de invitados, pero que ahora parecían un acto de resistencia.
Se lavó la cara en el baño, se miró al espejo y descubrió que tenía los labios un poco más rojos de lo normal.
No por el vino.
No solo.
—No —le dijo a su reflejo.
Su reflejo no pareció convencido.
Volvió al cuarto, abrió la carpeta de Los Olivos y extendió algunas hojas sobre la cama.
Necesitaba trabajar. Si trabajaba, no pensaba.
Si pensaba en costes, no pensaba en manos.
Si calculaba aforo, no calculaba cuántos segundos había durado el beso antes de que dejara de ser estrictamente necesario.
Doce personas.
Mesa de dos metros ochenta o dos mesas unidas.
Tarima baja.
Luz indirecta.
Camino con faroles.
Servicio por puerta interior.
Ventilación.
Margen.
Escribió durante quince minutos.
Luego veinte.
Luego perdió cinco mirando la misma frase sin leerla.
Al otro lado de la puerta comunicante oyó pasos.
Se quedó inmóvil.
Nico había subido.
La habitación azul crujió suavemente con esos sonidos pequeños que una casa antigua amplifica sin permiso: una bolsa dejada en el suelo, un armario abierto, el agua del baño corriendo unos segundos. Lucía sintió cada ruido como si la puerta no fuera madera, sino piel.
Ridículo.
Era ridículo.
Había una puerta cerrada con llave.
Dos llaves.
Por ambos lados.
Nico no podía entrar.
Ella no podía entrar.
Nadie iba a entrar.
La seguridad técnica estaba garantizada.
La emocional, en cambio, parecía haber sido construida por el mismo incompetente que había dejado desnivelado el suelo de la bodega.
Lucía tomó el móvil.
Mensaje de Samira:
“¿Vivo, muerto o besado?”
Lucía escribió:
“Funcional.”
Samira respondió al instante:
“Eso significa besado.”
Lucía dejó el móvil boca abajo.
Traición digital.
Volvió a los apuntes. Escribió una lista de materiales para el sábado.
Revisó proveedores. Calculó tiempos. Si llamaba a Samira a las ocho, podría conseguir ramas de olivo, flores discretas, velas protegidas y quizá faroles.
La tarima era más complicada, pero no imposible.
Jaime podía recoger cosas en Madrid si se le chantajeaba con suficiente habilidad.
Patricia podía ayudarla a contener a su madre.
Carmen controlaría cocina y servicio. Nico revisaría estructura e instalaciones.
Nico.
Otra vez.
Escribió su nombre sin querer en el margen de una hoja.
Lo tachó con fuerza.
Demasiada fuerza.
El bolígrafo rasgó el papel.
—Fantástico —murmuró.
Un golpe suave sonó en la puerta comunicante.
Lucía levantó la cabeza.
No se movió.
Otro golpe.
Más bajo.
No insistente.
Solo una llamada.
—No —dijo ella.
Al otro lado, silencio.
Luego la voz de Nico, amortiguada por la madera:
—No iba a abrir.
—Me alegra que conozcas el concepto de cerradura.
—Solo quería pasarte algo.
Lucía miró la puerta como si fuera culpable.
—¿Qué?
—Tu cargador.
Lucía bajó la vista a la mesilla.
Vacía.
Luego al móvil.
Veintidós por ciento.
Maldición.
Había dejado el cargador en la planta baja o quizá en el coche. O quizá en otra dimensión donde las mujeres no besaban a sus exnovios bajo presión social.
—Déjalo en el pasillo —dijo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque lo tienes enchufado en la habitación azul.
Lucía frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Tu madre ha puesto aquí una caja con cosas tuyas. Supongo que de cuando usabas esta habitación de extensión del caos.
Lucía recordó de golpe que, años atrás, cuando venían muchos primos, ella invadía la habitación azul con libros, ropa, cargadores y media vida. Al parecer, algunas cosas habían quedado allí como fósiles.
—No lo necesito.
El móvil vibró en la cama.
Veintiuno por ciento.
Mentiroso tecnológico.
—Lucía.
—¿Qué?
—Es un cargador. No una propuesta de fuga a Portugal.
El corazón le dio un golpe.
—Mal ejemplo.
Silencio.
—Sí —dijo él al otro lado—. Mal ejemplo.
Lucía cerró los ojos.
Durante un segundo, la habitación entera pareció llenarse de todo lo que no estaban diciendo.
—Pásalo por debajo —dijo.
—No cabe. Es de los antiguos, con adaptador enorme.
—Pues tíralo por el balcón.
—Estamos en habitaciones distintas, no en un teatro del Siglo de Oro.
—Nico.
—Abro yo mi lado, tú abres el tuyo, te lo paso y cerramos. Operación de tres segundos.
Lucía miró la llave en la cerradura.
Tres segundos.
Solo tres.
Absurdo tener miedo de tres segundos.
Aunque, siendo justos, también había sido absurdo pensar que un beso breve no iba a mover nada.
—Voy a abrir —dijo ella—. No hagas comentarios.
—No haré comentarios.
—Ni pongas caras.
—Intentaré no tener cara.
—Eso ayudaría muchísimo.
Lucía giró la llave.
Clic.
El sonido pareció más fuerte que antes.
Al otro lado, otro clic.
La puerta se abrió apenas un palmo.
Nico estaba allí.
Descalzo.
Con vaqueros y una camiseta gris.
Lucía no estaba preparada para eso.
El traje era fácil de combatir. La camisa remangada también. Incluso el Nico arquitecto profesional, con planos y seguridad, tenía un lugar en el tablero.
Pero Nico descalzo en una habitación que olía a jabón y a madera vieja, con el pelo un poco revuelto y el cargador en la mano, parecía demasiado cercano a un recuerdo que ella no había autorizado.
Lucía bajó la vista inmediatamente.
Error.
Descalzo era peor si una miraba los pies, porque eso recordaba intimidad doméstica. No pasión. No drama. Algo mucho más peligroso: confianza.
—El cargador —dijo ella.
Nico se lo tendió.
Sus dedos no se tocaron.
Ambos fueron muy cuidadosos.
Demasiado.
—Gracias.
—De nada.
Tres segundos.
Ya estaba.
Cerrar.
Eso tenía que hacer.
Cerrar.
Pero la puerta siguió abierta.
Un palmo.
Suficiente para que la luz de ambas habitaciones se mezclara en el marco.
—¿Estabas trabajando? —preguntó él.
Lucía miró las hojas sobre su cama.
—Sí.
—¿Quieres que revise algo?
—No.
—Vale.
Ella apretó el cargador.
—No digas vale como si fueras a irte sin insistir.
Nico ladeó la cabeza.
—Eso era lo que querías.
—Ya lo sé.
—Entonces…