Capítulo 9
La norma que se rompió primero
El problema de besar a alguien para fingir que todo iba bien era que, durante unos segundos, todo podía parecerlo.
Ese fue el pensamiento más peligroso que Lucía tuvo durante el resto de la cena.
No el único, desde luego. También pensó que Jaime necesitaba urgentemente una mordaza, que Mercedes jamás debía tener acceso a micrófonos, que Eduardo Montalbán había observado el beso con demasiada atención y que su madre llevaba veinte minutos sonriendo como si acabara de confirmar la existencia del amor verdadero, los milagros discretos y las bodas en la finca.
Pero lo peor fue aquello.
Durante unos segundos, al besar a Nico, todo había parecido estar bien.
No resuelto. No perdonado. No limpio.
Bien.
Como si el cuerpo tuviera una memoria más generosa que el orgullo.
Como si sus manos aún supieran dónde colocarse aunque la cabeza gritara que no.
Como si los siete años, la estación y Lisboa no hubieran desaparecido, pero sí se hubieran quedado en silencio el tiempo exacto para que Lucía recordara lo fácil que había sido quererlo.
Eso era imperdonable.
Por eso pasó el resto de la cena sin mirarlo más de lo imprescindible.
Lo cual, teniendo en cuenta que estaba sentado a su lado y que su familia había decidido convertirlos en el centro emocional de la mesa, fue una hazaña comparable a desactivar una bomba con una cucharilla de postre.
—Entonces —dijo Teresa Montalbán, con los ojos brillantes—, ¿la boda sería aquí?
Lucía dejó el tenedor.
—No.
—Todavía no lo hemos decidido —dijo Nico al mismo tiempo.
Lucía giró hacia él.
Nico la miró con una calma demasiado ensayada.
—Cariño —añadió.
La palabra casi le provocó una embolia.
Jaime se inclinó hacia Patricia.
—Cada vez que dicen cariño, un ángel pierde la estabilidad emocional.
—Jaime —murmuró Patricia—, cállate.
—No puedo. Estoy viendo historia familiar en directo.
Beatriz, en cambio, parecía derretida.
—No hace falta decidir nada aún. Pero sería precioso. Los Olivos tiene tanto significado para vosotros…
Lucía sintió que el significado intentaba subírsele por la garganta.
—Mamá, acabamos de decir que no queremos prisas.
—No he dicho prisa. He dicho precioso.
—En esta familia, lo precioso acaba teniendo presupuesto, fecha y lista de invitados antes de que una pueda huir.
Mercedes asintió con solemnidad.
—Cierto. Tu madre puede organizar una boda entre el café y el licor.
—Qué injustas sois —dijo Beatriz.
—Realistas —corrigió Patricia.
Arturo, que llevaba varios minutos escuchando con esa quietud de hombre que no pierde información aunque parezca aburrido, miró a Lucía.
—Antes de hablar de bodas, convendría ver si el sábado somos capaces de organizar una cena de prueba sin convertir la finca en un decorado.
Lucía tomó aire.
Terreno profesional.
Eso sí podía manejarlo.
—No será un decorado.
—Eso espero.
—Será una experiencia.
Eduardo sonrió desde el otro lado de la mesa.
—Esa palabra se cobra cara.
—Exacto —dijo Lucía—. Empiezas a entenderlo.
Jaime dejó la copa en la mesa.
—Me encanta cuando Lucía factura desprecio.
Nico soltó una risa baja.
Lucía no lo miró.
No podía permitirse mirarlo cuando se reía.
La cena terminó más tarde de lo que debería.
Las conversaciones se fueron deshilachando entre café, licor, planes para el día siguiente y comentarios de Mercedes sobre bodas, viudedad y la superioridad moral de dormir sola con muchas almohadas.
Arturo se retiró primero, alegando llamadas pendientes.
Alfonso y Teresa se marcharon a sus habitaciones poco después.
Eduardo fue el último de los Montalbán en levantarse, naturalmente, porque los hombres como Eduardo no abandonaban una habitación hasta comprobar que su salida sería notada.
—Mañana me encantará ver esa bodega con luz —dijo a Lucía.
—La bodega no cambia de personalidad con luz.
—Quizá nosotros sí.
Nico, que estaba recogiendo su copa, se detuvo apenas.
Lucía sonrió a Eduardo.
—Lo dudo. Tú pareces bastante constante en cualquier iluminación.
Mercedes soltó una carcajada desde el sofá.
—Niña, vas a hacer que me duerma feliz.
Eduardo aceptó la respuesta con una inclinación de cabeza.
—Buenas noches, Lucía.
—Buenas noches, Eduardo.
Él miró a Nico.
—Nico.
—Eduardo.
Otro intercambio breve.
Correcto.
Ridículo.
Cuando Eduardo se fue, Jaime se estiró en la silla como si acabaran de terminar una función.
—Bueno. Creo que podemos afirmar que la noche ha sido un éxito.
—Hemos sobrevivido —dijo Patricia.
—Eso en esta familia es éxito.
Beatriz se acercó a Lucía y le dio un beso en la mejilla.
—Descansa, cariño. Mañana será un día intenso.
Lucía casi se rio.
Intenso.
Como si aquel día hubiera sido una tranquila introducción.
—Buenas noches, mamá.
Beatriz besó también a Nico.
Lucía se quedó helada.
Nico, por su parte, lo aceptó con una educación impecable, como si no acabaran de incluirlo oficialmente en un nivel de intimidad familiar peligrosísimo.
—Buenas noches, Beatriz.
Su madre sonrió.
—Me alegro de que estés aquí.
Nico no respondió enseguida.
—Gracias —dijo al fin.
Lucía miró hacia otro lado.
No quería ver esa escena. No quería que su madre, la misma mujer que llevaba años intentando colocarle una vida más sensata, mirara a Nico como si fuera una respuesta.
No quería que Nico pareciera incómodo de una forma casi dulce.
No quería sentir que, en una versión imposible del mundo, aquello podría haber ocurrido de verdad y no como parte de una mentira inventada entre la crema de calabaza y el arquitecto que llegó en tren.
Mercedes fue la última en despedirse.
Se acercó a Lucía, la besó en la frente y le susurró:
—La bodega funciona, sí.
Lucía se apartó.
—No empieces.
—No hablo de la bodega.
—Eso es precisamente lo que me preocupaba.
Mercedes le dio unas palmaditas en la mejilla.
—Duerme. Las mujeres tomamos peores decisiones cuando dormimos poco, pero a veces son las únicas interesantes.
—Qué consejo tan horrible.
—Soy viuda, no orientadora escolar.
Luego miró a Nico.
—Y tú.
—¿Sí?
—No ronques.
Lucía cerró los ojos.
Nico carraspeó.
—Haré lo posible.
—No por ti. Por ella. Lucía tiene mal despertar y buena puntería.
—Lo tendré en cuenta.
Mercedes se marchó satisfecha.
Por fin, el comedor quedó casi vacío.
Patricia había subido ya. Jaime se había llevado una botella abierta con la excusa de que no se podía abandonar a un vino en mitad de su desarrollo personal. Carmen retiraba platos con ayuda de una chica joven del servicio. Beatriz hablaba en voz baja con una de ellas junto a la puerta.
Lucía se quedó junto a la mesa, con la sensación de haber estado actuando durante tantas horas que ya no recordaba cuál era su postura natural.
Nico apareció a su lado.
No demasiado cerca.
Lo suficiente para que el cuerpo de Lucía lo registrara antes que su razón.
—Tenemos que hablar —dijo él.
Ella soltó una risa baja.
—No, Nico. Eso es exactamente lo que no tenemos que hacer.
—Sobre la cena de prueba.
Lucía lo miró.
—Ah.
—¿Esperabas otro tema?
—Esperaba demasiados. Todos malos.
Nico bajó la vista a la mesa.
—Mañana deberíamos revisar la bodega antes de que llegue tu padre. Tú y yo.
—Mi padre ha dicho a las ocho y media.
—Entonces a las ocho.
—No.
—Lucía…
—No voy a levantarme antes para meterme en una bodega contigo después de lo que ha pasado esta noche.
La frase salió.
Se quedó.
Los dos la miraron, metafóricamente, como se mira un vaso roto.
Nico alzó los ojos.
—¿Después de lo que ha pasado esta noche?
—El beso —dijo ella, porque fingir que no sabía a qué se refería habría sido aún más humillante.
—Ah.
—No digas ah.
—No sabía qué palabra estaba permitida.
—Ninguna.
—Eso complica hablar.
—Exacto.
Nico metió las manos en los bolsillos.
—Fue una emergencia.
—Sí.
—Tu norma.
—No uses mi norma contra mí.
—No la uso. La cito.
Lucía miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie estaba escuchando. Con su familia, esa era siempre una esperanza ingenua, pero necesaria.
—No puede repetirse.
—De acuerdo.
Demasiado rápido.
Lucía sintió una punzada estúpida.
—No hace falta que parezcas tan aliviado.
Nico la miró con una ceja apenas levantada.
—No estoy aliviado.
—Has dicho de acuerdo con mucha velocidad.
—Porque estoy intentando respetar tus normas.
—Pues respétalas más despacio.
Él cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, parecía luchar contra una sonrisa.
—No sé cómo ganar esta conversación.
—No puedes. Esa es la base de nuestra relación.
La palabra relación quedó entre ellos como una invitada inoportuna.
Lucía fingió no haberla oído.
Nico no tuvo tanta compasión.
—Falsa relación —dijo.
—Obviamente.
—Obviamente.
Se quedaron callados.
En alguna parte de la casa, una puerta se cerró. El sonido recorrió el pasillo y llegó hasta ellos como un recordatorio de que Los Olivos no dormía del todo. Nunca lo había hecho.
—Lucía —dijo Nico.
Ella levantó una mano.
—Si vas a decir que el beso…
—No.
—Bien.
—Solo iba a decir que mañana necesito revisar la instalación eléctrica de la bodega antes de hablar con tu padre. Si la cena va ahí, no quiero improvisar.
Aquello era razonable.
Lucía odiaba profundamente las cosas razonables cuando venían de Nico.
—A las ocho y cuarto —dijo.
—A las ocho.
—A las ocho y cuarto.
—Necesitamos tiempo.
—Necesito café.
—Traigo café.
Lucía lo miró.
—¿De dónde?
—Cocina.
—Carmen no deja entrar a nadie antes de las siete y media.
—A mí sí.
Lucía abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
—¿Por qué?
—Porque Carmen me quería.
La frase fue ligera, casi una broma.
Pero no lo fue.
No del todo.
Lucía sintió que algo antiguo rozaba el borde de la conversación.
—A las ocho y diez —dijo.
—A las ocho y cinco.
—Nico.
—Con café.
Ella lo señaló.
—Sin hablar del beso.
—Sin hablar del beso.
—Ni de Lisboa.
—Ni de Lisboa.
—Ni de Eduardo.
—Eso va a ser más difícil.
—Nico.
—De acuerdo. Ni de Eduardo.
Lucía suspiró.
—A las ocho y cinco.
—Perfecto.
—Con café.
—Con café.
—Y si el café es malo, se cancela todo el falso compromiso.
—Asumo la responsabilidad.