Capítulo 8 #4
—Mi familia ya convierte cada cosa que hago en una versión que puede contar en una cena.
Mi padre traduce mis decisiones en impulsos.
Mi madre traduce mis crisis en preocupación.
Jaime lo convierte todo en chiste porque es la única forma que tiene de no mirarlo demasiado.
Patricia lo ordena para que no le duela.
Y ahora Eduardo aparece y convierte lo nuestro en una anécdota de verano con giro romántico. No.
Nico la escuchaba sin moverse.
—Lo nuestro fue muchas cosas —continuó Lucía—. Fue precioso a ratos. Fue estúpido. Fue injusto. Fue una herida. Fue un error. Fue… no sé qué fue. Pero fue mío. También mío. Y estoy cansada de que todos me quiten las cosas y las nombren como les conviene.
Nico guardó silencio.
Lucía notó que había dicho demasiado.
Otra vez.
Los Olivos le estaba sacando verdades como si la finca tuviera derecho de excavación.
—Olvídalo —dijo.
—No.
—Nico.
—No voy a olvidarlo.
La respuesta fue tan firme que ella se quedó callada.
—Pero no voy a usarlo —añadió él.
Lucía no supo qué hacer con esa promesa.
Parecía pequeña.
Era enorme.
Desde el comedor llegó una explosión de risas. Jaime, sin duda. O Mercedes. O ambos celebrando algún crimen verbal conjunto.
—Tenemos que entrar —dijo ella.
—Sí.
—Y parecer normales.
—Eso va a ser más difícil.
—Habla por ti. Yo soy normalísima.
Nico la miró.
—Lucía.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara ha dicho muchísimo.
—Mi cara no participa en esta conversación.
Ella se sorprendió sonriendo.
Fue pequeño.
Involuntario.
Nico lo vio.
Y esa vez, en lugar de celebrarlo, en lugar de bromear, en lugar de acercarse, simplemente sonrió también.
Muy poco.
Como si ambos hubieran encontrado una moneda antigua en medio de una ruina y ninguno se atreviera a tocarla demasiado.
Entonces entraron.
El comedor seguía lleno de voces, platos de postre y copas medio vacías. Beatriz habló en cuanto los vio.
—Ahí estáis. ¿Todo bien?
Lucía y Nico se detuvieron en el umbral.
Demasiadas miradas.
Beatriz preocupada.
Arturo analítico.
Patricia alerta.
Jaime encantado.
Mercedes inocente como una bomba con perlas.
Eduardo sentado de nuevo, demasiado tranquilo.
Teresa y Alfonso fingiendo no haber notado nada raro, lo que en su mundo significaba haberlo notado todo.
Lucía sintió que la mentira volvía a exigirle algo.
No una explicación.
Una imagen.
Una pareja real no vuelve de una bodega a oscuras con dos metros de distancia, caras tensas y olor a conversación pendiente. Una pareja real se mira, se toca, se recompone. Una pareja real no necesita explicar porque el cuerpo explica por ella.
Nico pareció entenderlo al mismo tiempo.
No se movió.
Esperó.
La decisión, esta vez, quedó del lado de Lucía.
Maldito.
Maldito por entender la frontera.
Maldito por dejarle la llave.
Lucía respiró hondo.
Norma dos: nada de besos salvo emergencia.
Miró a Eduardo.
Miró a Arturo.
Miró a su madre, que ya estaba medio convencida de una felicidad que no existía.
Miró a Nico.
Emergencia, decidió.
Se acercó a él, le tomó la cara con una mano y lo besó.
No fue largo.
Esa era la idea.
Un beso breve. Funcional. Demostrativo. Una firma en la parte inferior de una mentira. Un “todo bien” sin tener que abrir la boca.
Pero había problemas logísticos en besar a Nico Salvatierra.
El primero era que Lucía recordaba demasiado bien cómo hacerlo.
El segundo, que Nico se quedó inmóvil una décima de segundo, sorprendido, y después respondió.
No de forma escandalosa. No la rodeó con dramatismo, no la inclinó como en una película, no hizo nada que pudiera convertir aquello en espectáculo.
Solo apoyó una mano en su cintura.
La otra le rozó el brazo.
Y le devolvió el beso con una suavidad tan cuidadosa que a Lucía se le rompió toda la estrategia.
Porque los besos falsos deberían tener algo de teatro.
Este tuvo memoria.
Tuvo pregunta.
Tuvo la clase de cuidado que dolía más que la urgencia.
Lucía se apartó antes de que el beso pudiera dejar de pertenecer a la mentira por completo.
El comedor estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Jaime tenía la boca abierta.
Patricia miraba el plato.
Beatriz parecía a punto de llorar, esta vez sin disimulo.
Mercedes se abanicaba con lentitud triunfal.
Arturo observaba.
Eduardo también.
Lucía sonrió.
Una sonrisa de prometida feliz.
Una sonrisa profesional.
Una sonrisa de mujer que acababa de prender fuego a una norma y fingía que solo había encendido una vela.
—La bodega funciona —dijo.
Nico tardó un segundo en mirarla.
Cuando lo hizo, Lucía comprendió que no había sido la única en perder el equilibrio.
—Sí —dijo él, con la voz un poco más baja de lo normal—. Funciona.
Jaime dejó escapar un silbido.
—No sé qué habéis revisado ahí abajo, pero apoyo el proyecto.
—Jaime —dijeron Patricia y Beatriz al mismo tiempo.
Mercedes levantó su copa.
—Por la bodega.
—Por favor, no —murmuró Lucía.
—Por la bodega —repitió Mercedes, más alto.
Y, como Los Olivos era una casa absurda habitada por personas aún más absurdas, todos terminaron levantando la copa.
Lucía también.
Nico también.
Pero no se miraron.
No inmediatamente.
Porque había mentiras que podían sostenerse con una sonrisa.
Y otras que empezaban a parecerse demasiado a algo que ninguno de los dos sabía cómo sobrevivir.