mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Lucía soltó una risa mínima.

—Qué considerado.

—No lo digo por consideración. Lo digo porque si te lo cuento ahora, parecerá que intento usarlo para cambiar lo que pasó. Y no quiero hacer eso.

Ella lo miró.

—¿Y qué quieres?

Nico no respondió enseguida.

Tal vez porque no tenía una mentira preparada.

Tal vez porque tenía demasiadas verdades y ninguna le parecía segura.

—Quiero que el sábado tu propuesta salga bien —dijo al fin.

Lucía parpadeó.

No era la respuesta que esperaba.

—¿Eso es todo?

—No.

El corazón le dio un golpe.

—Pero es lo único que tengo derecho a querer ahora.

La oscuridad cayó del todo cuando la pantalla del móvil se apagó.

Por un segundo, Lucía solo pudo oír su respiración.

Y la de él.

Y el sonido lejano de la casa.

Después, antes de que pudiera responder, la puerta lateral se abrió desde fuera.

La luz del jardín entró de golpe.

Lucía dio un paso atrás.

Nico también.

Eduardo estaba en el umbral.

Otra vez.

—Perdonad —dijo, aunque su cara no parecía especialmente arrepentida—. Beatriz pregunta si seguís vivos.

Lucía sintió una oleada de irritación tan intensa que casi la agradeció. La irritación era mucho más manejable que lo otro.

—¿Tienes algún problema para quedarte donde se te deja? —preguntó.

Eduardo alzó las cejas.

—Empezaba a preocuparme que la bodega hubiera reclamado a los prometidos.

Nico encendió de nuevo la linterna de su móvil.

—Estamos trabajando.

Eduardo miró de uno a otro.

—Claro.

La palabra fue ligera.

Demasiado ligera.

Lucía reconoció el tono. No era acusación abierta. Era insinuación elegante. Una de esas frases diseñadas para que cualquier defensa pareciera excesiva.

Nico también lo reconoció.

Y, por desgracia, esta vez decidió no dejarlo pasar.

—¿Quieres decir algo? —preguntó.

Eduardo se apoyó en el marco de la puerta.

—Solo que parecéis tener una relación muy intensa para dos personas que acaban de anunciar un compromiso del que nadie sabía nada.

Lucía sintió un golpe de alarma.

—No tenemos que demostrarte nada.

—A mí, no.

Eduardo dejó que la frase cayera.

A mí, no.

Es decir: a tu padre sí. A tu madre sí. A todos sí.

Nico dio un paso hacia la salida.

Lucía lo agarró del brazo.

No fuerte.

Suficiente.

Él se detuvo.

Ella notó el músculo tenso bajo sus dedos.

—No —murmuró.

Nico bajó la mirada hacia su mano.

Luego hacia ella.

—De acuerdo.

Lucía soltó su brazo.

Eduardo observaba el gesto con demasiado interés.

—Tranquilo, Nico —dijo—. No pretendía ofender.

—Entonces tienes un talento natural.

Lucía cerró los ojos.

—Por Dios.

Eduardo sonrió.

—Me parece lógico que haya preguntas. Lucía y tú tuvisteis una historia hace años. Desapareciste. Ahora vuelves como arquitecto de su padre. Ella anuncia un compromiso de la nada. Es romántico, sí. Pero también…

—Cállate —dijo Lucía.

Eduardo la miró.

Por primera vez, pareció sinceramente sorprendido.

—Lucía…

—He dicho que te calles.

La voz de ella no fue alta.

No hizo falta.

La bodega, la piedra y la noche le dieron suficiente eco.

—Puedes bromear conmigo —continuó—. Puedes hacer comentarios sobre la finca, sobre mi propuesta, sobre lo que recuerdas de cuando éramos adolescentes y tú eras insoportable con mocasines. Pero no hables de lo que no sabes. Y no uses mi historia con Nico para entretenerte.

Eduardo apretó la mandíbula.

Apenas.

Pero Lucía lo vio.

—No era mi intención.

—Entonces revisa tu método.

El silencio se alargó.

Nico estaba inmóvil a su lado.

No intervino.

No la defendió.

No añadió nada.

La dejó ocupar su propio espacio.

Lucía sintió, con una claridad inesperada, que aquello sí era apoyo. No el gesto de taparla, no la mano en la cintura, no la frase perfecta ante su padre. Solo callarse cuando ella estaba hablando.

Eduardo dio un paso atrás.

—Mis disculpas.

—Aceptadas si van acompañadas de retirada física.

Mercedes apareció detrás de él, como si la palabra “retirada” hubiera invocado su presencia.

—Eduardo, querido, cuando una mujer te pide que te marches con ese vocabulario, lo cortés es obedecer y lo prudente es correr.

—Ya iba —dijo él.

—No lo parecía.

Mercedes lo tomó del brazo con una dulzura venenosa.

—Ven conmigo. Jaime está explicando por qué las bodas son contratos de arrendamiento emocional y necesito que alguien joven finja escándalo.

Eduardo miró una última vez a Lucía.

Luego a Nico.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondió Nico.

Lucía no dijo nada.

Mercedes, antes de llevárselo, miró a ambos.

Sus ojos brillaron con una inteligencia que la edad no había suavizado en absoluto.

—Y vosotros dos —dijo—, si vais a fingir normalidad, al menos escoged lugares menos sugerentes que una bodega a oscuras. La imaginación de esta familia ya trabaja demasiadas horas.

Lucía se cubrió la cara con una mano.

Mercedes se marchó con Eduardo.

La puerta quedó abierta.

La luz del jardín entraba ahora sin obstáculos.

Lucía respiró.

Nico, a su lado, soltó el aire muy despacio.

—Gracias —dijo ella.

—No he hecho nada.

—Exacto.

Él la miró.

—De nada.

Lucía se apartó un mechón de la cara.

—Volvamos antes de que Jaime organice una búsqueda con perros.

—¿Estás bien?

Ella le dirigió una mirada.

Nico alzó las manos.

—Pregunta prohibida. Entendido.

—Estoy… funcional.

—Eso es algo.

—En mi familia, es casi salud mental.

Salieron de la bodega.

La noche parecía más abierta fuera, menos cargada, aunque Lucía sabía que eso era una ilusión. Nada estaba menos cargado. Solo habían cambiado de escenario.

Caminaron hacia la casa por el lateral. La luz de las ventanas proyectaba rectángulos dorados sobre el suelo. En algún lugar del jardín, los grillos insistían en vivir una noche normal. Lucía los envidió.

Antes de entrar, Nico se detuvo.

—Lo que has dicho ahí dentro…

—No necesito comentario.

—No iba a comentar. Iba a preguntar.

—Peor.

—¿Por qué te ha molestado tanto que hablara de nosotros?

Lucía giró hacia él.

—¿De verdad me preguntas eso?

—Sí.

—Porque no tiene derecho.

—Eso lo entiendo.

—No, no lo entiendes.

La voz se le tensó.