Capítulo 8 #2
Lucía se apartó un centímetro.
—Prueba.
Nico agarró el tirador, apoyó una mano sobre la madera y empujó hacia dentro antes de tirar. La puerta cedió con un quejido largo, ofendido y teatral.
Lucía cruzó los brazos.
—La has pillado en un momento vulnerable.
—Sin duda.
El olor de la bodega salió a recibirlos: piedra húmeda, madera vieja, polvo, vino antiguo, verano atrapado bajo tierra. Lucía dio un paso dentro y sintió de inmediato cómo bajaba la temperatura.
Nico movió la linterna despacio.
La luz recorrió el techo abovedado, las paredes de piedra, las barricas vacías alineadas al fondo, las hornacinas, el suelo irregular, una mesa larga cubierta por una lona y varias cajas apiladas junto a la pared.
Había telarañas en las esquinas y humedad en algunas juntas, pero también algo más.
Algo poderoso. Un silencio lleno de posibilidades.
Lucía lo vio.
Lo vio entero.
Una mesa imperial bajo la bóveda. Velas bajas. Copas finas. Pan sobre tablas de madera. Ramas de olivo suspendidas. Luz cálida rozando la piedra. Doce personas sintiendo que habían entrado en un lugar secreto. No una cena. Una confidencia.
—Aquí —dijo.
Nico la miró.
—Sí.
—Aquí tiene que ser la cena del sábado.
Él movió la linterna por el espacio.
—Necesitarás luz indirecta. Nada de focos frontales.
—Velas y apoyo bajo en perímetro.
—Riesgo de humo.
—Velas protegidas. Cristal. Pocas. Bien colocadas.
—El suelo hay que nivelarlo al menos en la zona de mesa.
—Temporalmente puedo usar tarimas bajas o alfombras gruesas.
—Alfombras, no. Humedad.
—Tarimas entonces.
—El acceso para servicio es malo.
—Carmen puede entrar por la puerta interior?
—Habría que revisarla.
Nico avanzó hacia el fondo y alumbró una segunda puerta, estrecha, medio oculta tras unas cajas.
—Ahí.
Lucía se acercó.
Demasiado rápido.
El tacón se le enganchó en una irregularidad del suelo.
Su cuerpo perdió equilibrio.
No mucho.
Lo suficiente.
Nico la sujetó antes de que cayera.
Una mano en su cintura.
La otra en su brazo.
Firme.
Inmediata.
El móvil quedó entre ambos, proyectando la luz contra la pared y dejando sus caras en una penumbra azulada.
Lucía no se cayó.
Ese fue el dato objetivo.
El resto fue un desastre.
Porque el cuerpo de Nico estaba demasiado cerca.
Porque su mano había encontrado el mismo lugar que la noche anterior en el comedor.
Porque sus dedos estaban calientes incluso en la bodega fría.
Porque Lucía recordó, sin pedirlo, otras veces en que esas manos la habían sujetado sin que hiciera falta una caída de por medio.
—Estoy bien —dijo.
La voz le salió menos firme de lo que habría querido.
Nico no la soltó al instante.
No porque la retuviera.
Porque él también pareció necesitar medio segundo para recordar cómo se hacía.
—Lo sé.
—Nico.
—Sí.
La soltó.
Despacio.
La ausencia volvió a ser una forma de contacto.
Lucía se apartó y se agachó para tocar el suelo, fingiendo un interés profesional intenso por la piedra.
—Aquí habría que cubrir.
—Sí.
—No por mí.
—No he dicho que fuera por ti.
—Estoy perfectamente capacitada para caminar por una bodega.
—Eso ha quedado claro.
Ella lo miró.
Nico mantenía una expresión seria.
Demasiado seria.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Pero quieres.
—Un poco.
Lucía se incorporó.
—Los arquitectos deberíais tener prohibido disfrutar de problemas estructurales ajenos.
—Era un problema de coordinación, no estructural.
—Qué alivio. Mi autoestima técnica sigue intacta.
Nico iluminó el techo para ocultar otra sonrisa.
Lucía sacó su propio móvil y empezó a hacer fotos. Necesitaba hacer algo. Medir. Pensar. Tomar notas. Convertir el aire cargado en una lista de tareas.
—Mesa aquí —dijo—. Entrada de invitados por lateral, quizá con faroles en el camino. Cóctel en patio, luego bajada a bodega. Nada de anunciar “pasen a cenar” como en una boda normal. Mejor que Carmen abra la puerta y se vea la luz dentro. Que parezca descubierto.
—Como si la finca guardara un secreto.
Lucía lo miró.
—Sí.
Nico se quedó observando la bóveda.
—Eso vendería.
—No digas vendería como si te sorprendiera.
—No me sorprende.
—Tu cara sí.
—Mi cara está ajustándose a que la bodega es mejor de lo que recordaba.
—La bodega siempre fue mejor de lo que los adultos recordaban.
Nico la miró.
Lucía supo que ambos estaban recordando lo mismo.
Una tarde escondidos allí con una botella de gaseosa robada, una tormenta golpeando arriba, Nico contándole que quería restaurar edificios porque las cosas rotas no siempre necesitaban ser sustituidas. A veces solo necesitaban que alguien entendiera cómo estaban hechas.
Lucía había dicho que eso sonaba muy romántico para hablar de paredes.
Él le había respondido que no estaba hablando solo de paredes.
—No —dijo ella.
Nico bajó la vista.
—No he dicho nada.
—Ibas a recordarlo.
—Sí.
—Pues no.
—De acuerdo.
La obediencia volvió a doler de una forma estúpida.
Lucía caminó hacia la puerta interior del fondo. Nico la siguió, a distancia prudente. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Daba a un corredor estrecho que subía hacia la zona de servicio, justo como ella esperaba.
—Perfecto —dijo—. Entrada de cocina.
—Estrecha para servicio continuo, pero suficiente para doce personas.
—Doce máximo. Lo dije.
—Lo dijiste.
—Puedes dejar de parecer impresionado.
—No estoy pareciendo. Lo estoy.
Lucía se volvió.
La luz de los móviles cruzaba sombras raras entre ambos.
—Nico.
—¿Qué?
—No necesito que me regales cumplidos para compensar el pasado.
La frase salió más fría que el aire de la bodega.
Nico guardó silencio.
Luego apagó la linterna de su móvil.
La oscuridad no fue total. La luz del teléfono de Lucía seguía encendida, baja, apuntando al suelo. Pero el espacio se volvió más íntimo de inmediato.
—No estoy compensando nada —dijo él.
—Pues lo parece.
—Entonces lo estoy haciendo mal.
—Eso seguro.
Él soltó el aire por la nariz, casi una risa sin ganas.
—Si te digo que algo es bueno, es porque creo que es bueno. Si te digo que una idea funciona, es porque funciona. Si te digo que la bodega puede sostener tu propuesta, no estoy intentando gustarte. Estoy haciendo mi trabajo.
Lucía se quedó quieta.
—Y si alguna vez te digo algo que no tenga que ver con el trabajo —continuó él—, intentaré que no sea para que me perdones. No tienes que perdonarme porque yo diga las frases correctas.
La bodega quedó en silencio.
Lucía sintió que la rabia habitual buscaba dónde agarrarse y no encontraba superficie.
—Odio cuando pareces razonable.
—Ya lo has mencionado.
—Lo mencionaré cuantas veces haga falta.
—Me parece justo.
—No digas que te parece justo. También lo odio.
Nico asintió.
Lucía bajó la mirada al móvil.
La pantalla mostraba una foto borrosa del suelo. Fantástico. Registro profesional de altísima calidad: una piedra movida y el borde de su zapato.
—Deberíamos volver —dijo.
—Sí.
Ninguno se movió.
Arriba, muy lejos, se oyeron voces. Tal vez desde el patio. Tal vez desde la casa. Los Olivos tenía esa acústica extraña de los lugares antiguos: las risas aparecían en rincones donde nadie estaba y los pasos parecían venir de habitaciones cerradas.
Lucía caminó hacia la salida.
Esta vez, despacio.
Nico fue detrás, alumbrando el suelo sin decir ni una palabra.
En la puerta lateral, antes de salir, ella se detuvo.
—Lo de Eduardo.
—¿Qué de Eduardo?
—No necesito esa tensión.
—Lo sé.
Lucía se giró.
—Vas a decirlo otra vez?
—Estoy intentando no hacerlo.
—Se nota.
—Lo siento.
Ella le sostuvo la mirada.
—Eduardo no me interesa.
Nico se quedó inmóvil.
Lucía no supo por qué lo había dicho.
No tenía obligación de aclararlo. Nico no tenía derecho a saberlo. Eduardo no era nada. La mentira no requería sinceridad en aquel punto.
Y, aun así, lo había dicho.
Quizá porque la idea de Nico imaginando algo distinto le resultaba insoportable.
Eso era todavía peor.
—No tienes que explicarme eso —dijo él.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué lo haces?
Lucía tragó saliva.
Buena pregunta.
Pésima persona para hacerla.
—Porque si vas a actuar como prometido celoso delante de él, prefiero que lo hagas por estrategia y no por estupidez masculina.
Nico dio un paso hacia ella.
Solo uno.
—No eran celos.
—Mentira.
—No solo eran celos.
La respuesta la dejó sin aire.
Ahí estaba.
Otra verdad innecesaria.
Otra grieta.
Otra frase que no tenía sitio en el contrato, ni en la bodega, ni en su plan de supervivencia.
—Nico…
—Lo sé.
—No.
—Perdón.
—No.
Ella levantó la mano, desesperada.
—No puedes hacerlo. No puedes corregirte después de lanzar la bomba. Eso no desactiva nada. No funciona así.
—No sé cómo funciona contigo ahora.
La frase fue tan sencilla que le quitó fuerza a la rabia.
Nico la miraba sin sonrisa, sin defensa, sin esa calma perfecta que a veces la sacaba de quicio. Parecía, por primera vez en mucho tiempo, perdido.
—Antes sabía —dijo él—. O creía saber. Sabía cuándo estabas enfadada de verdad y cuándo solo necesitabas discutir para poder respirar.
Sabía cuándo acercarme y cuándo dejarte espacio.
Sabía cuándo una broma iba a hacerte reír aunque quisieras matarme.
Ahora no sé nada. Y cada vez que intento hacerlo bien, piso algún sitio que todavía duele.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
La bodega se había vuelto demasiado pequeña.
—Pues deja de pisar.
—Estoy intentando mirar al suelo.
—No basta.
—Ya lo veo.
Se miraron.
La luz del móvil de Lucía empezó a apagarse por falta de actividad, reduciendo el mundo a una penumbra casi completa.
Ella debería haberse movido.
Debería haber abierto la puerta, salido al jardín y devuelto a Nico al ámbito seguro de los planos, las cenas, el “cariño” usado como arma y las normas escritas en la libreta de su padre.
Pero no lo hizo.
Porque había algo insoportablemente triste en verlo así.
Porque una parte de ella, una parte imprudente y antigua, seguía queriendo decirle dónde dolía para que dejara de tocar justo ahí.
—No sé si quiero saberlo —dijo.
Nico entendió la frase sin que ella añadiera nada.
Lisboa.
La estación.
Su padre.
La versión incompleta.
—No tienes que saberlo esta semana.