Capítulo 8
Beso de emergencia
Eduardo Montalbán tenía el talento exacto de aparecer donde nadie lo había invitado y comportarse como si el aire le perteneciera.
Lucía lo observó desde la barandilla del jardín, con la noche pegada a los hombros y la sensación de que Los Olivos acababa de decidir que una conversación incómoda no era suficiente.
Hacían falta tres personas, una copa de vino, demasiada historia y un hombre incapaz de interpretar la palabra “interrumpes” como una señal de retirada.
—Interrumpes —había dicho ella.
Eduardo sonrió.
—Entonces he llegado justo a tiempo.
Nico no se movió, pero algo en su quietud cambió. No fue un gesto grande. No dio un paso hacia Lucía, no apretó los puños, no adoptó ninguna pose absurda de macho herido. Solo dejó de parecer relajado.
Lucía lo notó.
Maldita fuera, lo notó.
—Qué curioso —dijo ella—. La mayoría de personas interpretaría eso como una invitación a marcharse.
—Nunca he sido mayoría.
—No lo digas con orgullo.
Eduardo bajó un par de escalones y entró en el jardín trasero.
La luz que salía del comedor le marcaba el perfil con un brillo suave, favorecedor, probablemente carísimo.
Llevaba la copa en la mano como si fuera una extensión natural de su educación privada.
Todo en él parecía diseñado para no descolocarse nunca: la camisa, la sonrisa, el pelo, el tono.
Incluso su manera de incomodar tenía buena postura.
—Beatriz se ha preocupado —dijo.
—Mi madre se preocupa si alguien respira sin avisar.
—Dijo que quizá te habías mareado.
—Y en lugar de mandar a Patricia o a Carmen, has venido tú.
—Me ofrecí.
—Eso no mejora la historia.
Eduardo sonrió un poco más.
—También quería hablar contigo.
Nico levantó la mirada.
—Estamos hablando nosotros.
La frase fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Lucía sintió un escalofrío de esos que una parte razonable de su cuerpo decidió malinterpretar como alerta y otra, más idiota, como interés.
Eduardo miró a Nico.
—Lo veo.
—Entonces es extraño que sigas aquí.
El silencio se tensó como una cuerda.
Lucía giró la cabeza hacia Nico. Él seguía apoyado en esa calma seca que no necesitaba volumen para ocupar espacio.
Eduardo, por primera vez en la noche, dejó que su sonrisa perdiera un poco de esmalte.
—No pretendía molestar.
—Vas tarde —dijo Lucía.
Eduardo soltó una risa breve.
—De acuerdo. Me lo merezco. Pero, antes de retirarme humillado al comedor, quería pedirte disculpas.
Lucía parpadeó.
—¿Por interrumpir o por existir en general? Necesito saber el departamento adecuado para archivar la disculpa.
—Por lo de antes. Lo de mencionar que tú y Nico ya os conocíais.
Nico no dijo nada.
Lucía cruzó los brazos.
—Lo has mencionado con mucha precisión para ser un accidente.
Eduardo bebió un sorbo de vino antes de contestar.
—Lo recordaba.
—Qué memoria tan inoportuna.
—Algunas historias se recuerdan solas.
Lucía sintió que la frase le rozaba la piel como una mano no deseada.
—No era una historia tuya.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero la has usado como si lo fuera.
Eduardo sostuvo su mirada un instante.
Luego asintió.
—Tienes razón.
Otra disculpa.
Aquello empezaba a ser preocupante.
El Eduardo adolescente habría respondido con una broma arrogante.
El Eduardo adulto parecía haber aprendido a escoger mejor sus armas.
Una disculpa pronunciada en el momento exacto podía ser más peligrosa que un insulto: desarmaba, abría huecos, obligaba a la otra persona a parecer injusta si seguía atacando.
Lucía odiaba tener que reconocer la técnica.
—Aceptada —dijo—. Puedes volver dentro.
—También quería decirte que tu idea para la finca me parece buena.
—Ya lo has dicho en la cena.
—Allí había público.
—Y aquí también.
Eduardo miró a Nico.
—Cierto.
Nico no reaccionó.
Lucía sí. Sentía la tensión de Nico a tres pasos de distancia como si el jardín tuviera otra temperatura donde él estaba.
—Mi opinión no cambia por repetirla fuera —continuó Eduardo—. Creo que estás viendo algo que tu padre todavía no ve.
Lucía entrecerró los ojos.
—No intentes caerme bien. Me confunde.
—No intento eso.
—Peor.
—Intento decirte que, si necesitas contactos, puedo ayudarte.
Nico soltó una risa baja.
No fue una risa divertida.
Eduardo giró hacia él.
—¿He dicho algo gracioso?
—No. Eso es lo peor.
Lucía cerró los ojos un segundo.
—Nico.
—Solo digo que Lucía ya ha rechazado tus contactos en la mesa.
—Muchas cosas se rechazan en una mesa por orgullo y se reconsideran después por estrategia.
—No conoces a Lucía.
La frase cayó limpia.
Directa.
Lucía abrió los ojos.
Eduardo miró a Nico con una sonrisa que ya no intentaba ser cordial.
—Y tú, por lo visto, sí.
El jardín entero pareció contener la respiración.
Lucía sintió que la noche se estrechaba otra vez. La conversación había dejado de ser sobre inversores, disculpas o propuestas. Había pasado a ese otro terreno más antiguo y más peligroso: quién tenía derecho a decir que la conocía.
Nadie, decidió Lucía.
Nadie tenía derecho.
Ni Eduardo, con su memoria social de veranos compartidos y apellidos cruzados.
Ni Nico, con sus recuerdos de cocinas, estaciones y promesas incumplidas.
Ni siquiera su familia, que llevaba treinta y un años mirándola como si fuera un texto que no acababan de corregir bien.
—Basta —dijo.
Los dos la miraron.
Lucía se separó de la barandilla.
—No soy un terreno en disputa. No soy una propuesta de inversión. No soy una finca con problemas de uso y acceso lateral. Si queréis mediros, buscad un metro y hacedlo en otro jardín.
Eduardo levantó ambas manos.
—Lucía…
—No. Tú querías ayudar. Gracias. No necesito ayuda ahora. Y tú —miró a Nico— querías defenderme. Gracias. Tampoco necesito defensa ahora.
Nico sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Lucía alzó un dedo.
—No.
Él cerró la boca.
—Perfecto —dijo ella—. Estamos aprendiendo.
Eduardo bajó la mirada a su copa, como si estuviera intentando ocultar una sonrisa.
—Admito que me había olvidado de esto.
—¿De qué?
—De que sigues teniendo la capacidad de hacer que todo el mundo se sienta ligeramente culpable y un poco impresionado.
—Eso no es un cumplido.
—Sí lo es.
—Entonces lo has formulado fatal.
—Probablemente.
Lucía empezó a caminar hacia el lateral de la casa.
—Voy a ver la bodega.
Nico se enderezó.
—Ahora?
—Sí.
—Es de noche.
—Qué observador.
—No hay luz suficiente en la escalera lateral.
—Tengo móvil.
—Tenías el móvil muerto ayer.
—Ha resucitado. Historia de superación.
Nico tomó aire.
Lucía vio el esfuerzo exacto que hizo para no decirle que no fuera sola, para no colocarse en el lugar de quien decide por ella. Lo vio con tanta claridad que casi dolió.
—Puedo acompañarte —dijo al fin—. Si quieres.
Si quieres.
Dos palabras pequeñas.
Una frontera.
Un ofrecimiento en lugar de una orden.
Lucía odió apreciarlo.
—Vienes como arquitecto —dijo.
—De acuerdo.
—Y callado.
—Eso no puedo prometerlo con rigor profesional.
—Hazlo con rigor sentimental, entonces.
Eduardo se movió también.
—Os acompaño.
—No —dijeron los dos a la vez.
Otra vez.
Lucía miró a Nico.
Nico la miró a ella.
Eduardo sonrió.
—Para dos personas que insisten tanto en que todo es vuestro, os sincronizáis muy bien.
Lucía sintió que el comentario le rozaba un nervio.
—Quédate aquí, Eduardo.
—Solo quería ver la bodega.
—La bodega seguirá existiendo mañana. Yo quizá no, si sigues hablando.
Mercedes apareció entonces en la puerta del jardín, envuelta en luz, con una copa en una mano y el abanico en la otra.
—¿Por qué nadie me ha avisado de que había una escena en el jardín?
Lucía alzó la vista al cielo.
—No es una escena.
—Querida, hay tres personas jóvenes, dos hombres guapos, una mujer enfadada y una barandilla. Eso es una escena desde Eurípides.
—Me voy a la bodega.
Mercedes abrió los ojos.
—Excelente elección. Las tragedias siempre mejoran bajo tierra.
—Tía Mercedes.
—¿Quieres que vaya?
—No.
—Bien. Me cansan las escaleras y las verdades.
Eduardo sonrió hacia la anciana.
—Yo puedo acompañarlas.
Mercedes lo miró por encima del borde de la copa.
—Qué empeño tienes, Eduardo.
—Solo soy curioso.
—No, querido. Los gatos son curiosos. Tú estás calculando.
Lucía casi aplaudió.
Eduardo inclinó la cabeza.
—Me rindo.
—Hazlo con más frecuencia —dijo Mercedes—. Te sentará bien.
Nico pasó junto a Lucía y abrió el camino hacia el lateral de la casa.
No le dijo que lo siguiera.
No la tocó.
No actuó como si el jardín, la noche o Eduardo le dieran derecho a asumir nada.
Solo caminó primero hacia la zona donde sabía que el suelo estaba más irregular.
Lucía lo siguió.
Y se odió un poco por confiar en que, si había una piedra suelta o una escalera mal iluminada, Nico ya la habría visto antes de que ella tropezara.
La entrada lateral de la bodega estaba al otro lado de la casa principal, junto a un muro cubierto de hiedra y una vieja puerta de madera reforzada con hierro.
De día, aquel rincón tenía un encanto rústico casi perfecto.
De noche, parecía el lugar exacto donde una familia rica escondía secretos, cadáveres o, en el caso de los Montoro, documentos fiscales bien archivados.
Nico sacó el móvil y encendió la linterna.
—Cuidado con el escalón.
—Ibas muy bien hasta que has dado una instrucción.
—Era información técnica.
Lucía bajó la vista.
Había un escalón roto.
—Acepto la información. Rechazo el tono.
—Tomo nota.
—No tomes tantas notas o acabarás con una tesis sobre mis reacciones.
—Ya sería larga.
Ella lo miró.
La luz del móvil le iluminaba un lado de la cara y dejaba el otro en sombra. El efecto era injusto. Nico siempre había tenido buen perfil, y la noche no estaba ayudando a restarle atractivo.
—No seas gracioso en espacios oscuros —dijo.
—¿Por qué?
—Porque no veo bien para despreciarte con precisión.
Él sonrió.
Lucía tiró de la puerta.
No se movió.
Volvió a tirar.
Nada.
—Está hinchada —dijo Nico.
—No está hinchada. Es orgullosa. Como todo en esta familia.
Él se colocó a su lado.
—Déjame.
Lucía lo miró.
—¿Quieres conservar los brazos?
—Solo voy a probar.
—He dicho que puedo.
—Y yo no he dicho que no puedas. He dicho que voy a probar. Hay diferencia.