mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

La historia no empezó en Los Olivos. Empezó en una discusión por cerezas robadas, en una risa en la cocina, en una tarde en la que Nico la miró como si ella no fuera demasiado. Y no terminó aquí. Terminó en una estación. Con una maleta. Sin él.

—No todas las historias que empiezan en un sitio tienen que terminar en el mismo —dijo.

La mesa se quedó callada.

Nico la miró.

Lucía se dio cuenta de que había hablado demasiado en serio.

Otra vez.

Mercedes fue la única que no apartó la mirada.

—Cierto —dijo la anciana—. Algunas no terminan. Solo se esconden muy mal.

Lucía quiso levantarse.

Quiso salir.

Quiso correr hasta la cocina, robar el cianuro imaginario y poner fin a la velada de una forma que al menos todos recordarían por algo distinto.

Pero entonces Nico se inclinó hacia ella.

No mucho.

Lo justo para que su hombro rozara el suyo.

—¿Quieres aire? —preguntó en voz baja.

Aire.

No “estás bien”.

No “tranquila”.

No “deja que te salve”.

Aire.

La palabra exacta.

Lucía no lo miró.

—Sí.

Nico dejó la servilleta sobre la mesa.

—Perdonadnos un momento.

Arturo levantó la vista.

—¿Ocurre algo?

—Necesito consultar una cosa con Lucía sobre la bodega —dijo Nico.

Lucía se puso de pie porque si no lo hacía, quizá no podría hacerlo después.

—Sí. La bodega.

Jaime murmuró:

—Nunca la arquitectura fue tan oportuna.

Patricia lo mandó callar.

Lucía salió del comedor con Nico detrás.

No tocaron.

No hablaron.

Cruzaron el pasillo lateral y salieron por la puerta que daba al jardín trasero. El aire de la noche cayó sobre ella como una bendición brusca. Olía a tierra, jazmín y piscina lejana. Las luces del comedor quedaban atrás, amarillas, llenas de voces y preguntas.

Lucía caminó hasta la barandilla de piedra que separaba el jardín del camino hacia los olivos.

Se apoyó allí.

Respiró.

Una vez.

Dos.

Tres.

Nico se quedó a unos pasos.

Por fin alguien no se acercaba más de la cuenta.

—No hacía falta que me sacaras —dijo ella.

—Lo sé.

—Podía hacerlo sola.

—También lo sé.

—Entonces deja de saber tantas cosas. Es agotador.

Nico miró hacia los olivos.

La noche le marcaba el perfil con sombras suaves.

—Cuando eras pequeña te escondías aquí después de discutir con tu padre.

Lucía cerró los ojos.

—Nico.

—Perdón.

—No, no perdón. Para. No puedes seguir trayendo versiones antiguas de mí cada vez que me ves respirar.

Él se quedó callado.

Lucía se volvió hacia él.

—No soy esa chica.

—Ya lo sé.

—No. No lo sabes. Porque cada vez que me miras parece que esperas encontrarla. La de antes. La que corría por esta finca. La que creía que podía irse contigo sin que nada se rompiera. La que pensaba que si alguien prometía estar, estaría.

Nico recibió la frase sin defenderse.

Eso la hizo seguir.

—Esa Lucía no existe.

—No estoy buscando a esa Lucía.

—Entonces deja de recordarla.

—No puedo.

La sinceridad fue tan inmediata que le cortó la réplica.

Nico dio un paso.

Luego se detuvo, como si recordara una frontera.

—No puedo —repitió—. Pero no porque quiera que vuelvas a ser ella.

—¿Entonces?

Él respiró hondo.

—Porque yo tampoco sé qué hacer con el chico que fui contigo.

Lucía se quedó quieta.

La noche pareció estrecharse entre ambos.

—Nico…

—No voy a hablar de Lisboa.

—Acabas de ponerla en la puerta.

—Lo sé.

—No digas…

—Perdón.

Lucía soltó una risa pequeña, rota.

—Eres desesperante.

—También lo recuerdo.

—No hagas chistes.

—No era chiste.

Se miraron en silencio.

Detrás, en el comedor, alguien rio. Quizá Jaime. Quizá Mercedes. La casa seguía respirando sin ellos, llena de velas, platos y conversaciones que no podían alcanzarlos por completo.

—Cuando Mercedes te ha preguntado si me querías —dijo Lucía—, deberías haber mentido mejor.

Nico bajó la mirada.

—¿Qué respuesta habría sido mejor?

—No sé. Algo menos… directo.

—No se me ocurrió.

—A ti siempre se te ocurre algo.

—Esta vez no.

Lucía sintió que la barandilla de piedra estaba fría bajo sus manos.

—No puedes decir esas cosas.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Porque para ti quizá son frases que ayudan a la mentira o que salen porque estamos aquí y todo es raro.

Pero yo tengo que sobrevivir a esto después.

Cuando termine la semana. Cuando tú vuelvas a Madrid, a tu vida, a tus casas antiguas y a tus silencios. Yo tengo que quedarme con lo que digas.

Nico se quedó muy quieto.

La frase había salido más vulnerable de lo que ella pretendía.

Demasiado.

Lucía se giró hacia el jardín.

—Olvídalo.

—No quiero que tengas que quedarte con otra herida mía.

La voz de Nico sonó baja.

Sin adornos.

Lucía cerró los ojos.

—Pues deja de acercarte con cuchillos envueltos en cosas bonitas.

Él no respondió.

Durante un momento, solo existió el ruido de los grillos.

Luego Nico dijo:

—Voy a intentar hacerlo bien.

Lucía abrió los ojos, pero no lo miró.

—No sé si eso me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Se quedaron así, separados por unos pasos y demasiados años.

Hasta que la puerta del jardín se abrió.

—Vaya —dijo Eduardo Montalbán—. Espero no interrumpir.

Lucía se volvió.

Eduardo estaba en el umbral con una copa en la mano y una sonrisa demasiado tranquila.

Nico no se movió.

Pero el aire cambió de nuevo.

Lucía sintió, con una claridad absurda, que la noche acababa de complicarse aún más.

—Interrumpes —dijo ella.

Eduardo sonrió.

—Entonces he llegado justo a tiempo.