Capítulo 7 #3
Otra vez.
Lucía se sentó porque negarse habría sido más llamativo.
—Gracias —dijo entre dientes.
—De nada —respondió él.
Eduardo se sentó al otro lado de Lucía.
—Parece que me toca rodeado de prometidos.
—Te acompaño en el sentimiento —dijo ella.
—Yo lo veo como una oportunidad.
—Ese es tu problema. Ves demasiadas cosas como oportunidades.
Nico tomó su servilleta y se la colocó sobre el regazo.
Lucía notó el gesto por el rabillo del ojo.
Eduardo también.
La cena empezó con salmorejo, pan crujiente y conversaciones cruzadas.
Alfonso hablaba de inversiones. Arturo respondía con frases secas.
Beatriz preguntaba a Teresa por su hija menor.
Patricia intentaba comer sin que nadie opinara sobre su embarazo.
Mercedes preguntaba a Jaime si ya había sentado cabeza y Jaime respondía que la cabeza era una estructura sobrevalorada.
Lucía intentó concentrarse en el salmorejo.
No lo consiguió.
Eduardo se inclinó hacia ella.
—Así que una cena de prueba en cuarenta y ocho horas.
—Así que sí.
—Ambicioso.
—Qué palabra tan diplomática.
—No era crítica.
—Todo lo que dices suena a crítica porque lo dices como si llevaras gemelos hasta en el pijama.
Eduardo se rio.
—Me alegra que sigas siendo así.
Lucía dejó la cuchara.
—No sabes cómo soy.
La respuesta salió más seria de lo previsto.
Eduardo también lo notó.
—Quizá no —dijo—. Pero me gustaría saberlo.
Nico se quedó quieto a su lado.
Lucía lo percibió antes de mirarlo.
No hizo nada.
No dijo nada.
Pero el aire cambió.
Eduardo sonrió de lado.
—Profesionalmente, quiero decir.
—Claro —dijo Nico.
Una sola palabra.
Suave.
Peligrosísima.
Eduardo giró hacia él.
—¿Perdón?
—Que claro. Profesionalmente.
El tono de Nico era impecable.
Lo bastante educado para no ser ofensivo.
Lo bastante seco para que Eduardo entendiera que sí lo era.
Lucía bebió agua para ocultar una sonrisa.
Arturo los observaba desde el otro lado de la mesa.
Por supuesto.
Nico lo sabía.
Por eso, cuando dejó la copa, su mano buscó la de Lucía bajo el mantel.
Ella se quedó inmóvil.
La mano de Nico cubrió la suya.
Cálida.
Firme.
Teatro.
Eso era teatro.
Un gesto de prometido delante de un posible rival y un padre sospechoso.
Nada más.
Lucía debería haberlo apartado.
Pero Eduardo estaba mirando.
Arturo también.
Y la mentira necesitaba coherencia.
Maldita coherencia.
Nico le acarició el nudillo con el pulgar.
Una vez.
Lucía sintió el roce hasta la garganta.
No era necesario.
No tanto.
Giró la cabeza hacia él con una sonrisa de mujer enamorada y ojos de asesina.
—Cariño —dijo.
Nico parpadeó.
Jaime, al otro lado de la mesa, se incorporó apenas.
—Oh —murmuró.
Lucía apretó la mano de Nico con demasiada fuerza.
—¿Me pasas el pan?
Nico sonrió lentamente.
—Claro, cariño.
Patricia cerró los ojos.
Mercedes se llevó la copa a los labios para ocultar su placer.
Beatriz pareció a punto de llorar de alegría.
Arturo no cambió de expresión, pero Lucía habría jurado que su ceja derecha se movió un milímetro.
Nico le pasó el pan con la misma mano que seguía sujetando la suya bajo la mesa.
Lucía no sabía si admirar la coordinación o romperle un dedo.
—Gracias —dijo.
—Lo que necesites.
Eduardo observó el intercambio con una sonrisa que ya no era tan cómoda.
—Sois muy… naturales.
—Lo intentamos —dijo Nico.
—No siempre nos sale —añadió Lucía.
—A veces discutimos —dijo él.
—A veces él se equivoca —dijo ella.
—A veces Lucía llama “discutir” a explicar por qué tengo que darle la razón.
—Porque suele ser así.
Nico la miró.
—Cariño.
La palabra, en su boca, debería haber sonado ridícula.
No sonó ridícula.
Sonó tan íntima que a Lucía se le olvidó durante medio segundo que la habían elegido como arma.
Eso era muy grave.
—No abuses —susurró ella.
—Has empezado tú.
—Y puedo terminarlo.
—No lo dudo.
Seguían tomados de la mano.
Bajo la mesa.
Fuera de la vista de la mayoría, pero no de ellos.
Nunca de ellos.
La conversación continuó, pero Lucía empezó a tener dificultades para escucharla. Cada vez que intentaba retirar la mano, Nico aflojaba lo suficiente para que pudiera hacerlo. Esa era la peor parte. No la retenía. No la obligaba. Dejaba la salida abierta.
Y ella, idiota, no la usaba.
Porque si retiraba la mano justo cuando Eduardo observaba, parecería raro.
Porque si la retiraba justo cuando Arturo analizaba, levantaría sospechas.
Porque si la retiraba justo cuando Nico estaba tan cerca, quizá se notaría demasiado que el contacto le importaba.
Así que la dejó ahí.
La cena avanzó hacia el pescado.
Luego hacia una ensalada de tomates.
Luego hacia conversaciones sobre el sábado.
Lucía explicó su idea con más detalle. Habló del recorrido, de la bodega, de no competir con grandes fincas de bodas sino con espacios boutique de alta gama.
Habló de limitar aforo para aumentar precio, de vender exclusividad real, de aprovechar temporadas bajas, de crear paquetes para empresas pequeñas y celebraciones familiares premium.
Al principio le tembló un poco la voz.
Luego dejó de temblarle.
Porque sabía de lo que hablaba.
Porque, por una vez, nadie podía fingir que solo estaba improvisando.
Nico no intervino salvo cuando Arturo hizo preguntas técnicas. Y cuando lo hizo, sostuvo sus ideas en lugar de reducirlas.
—La bodega necesitaría ventilación discreta y refuerzo eléctrico —dijo—. Pero el espacio tiene más potencial que cualquier carpa exterior.
—¿Coste? —preguntó Arturo.
—Depende del nivel de intervención. Mañana puedo darle una horquilla.
—Hazlo.
—Y el acceso lateral que propone Lucía evitaría cruzar zonas privadas de la casa —añadió Nico—. Eso es importante si queréis separar uso familiar de uso comercial.
Lucía lo miró.
Él seguía hablando con Arturo, pero su mano seguía sobre la suya bajo la mesa.
Profesional arriba.
Peligro debajo.
Era una metáfora tan obvia que Lucía la habría descartado por cursi en cualquier evento.
—Tiene sentido —dijo Eduardo.
Lucía giró hacia él.
—¿Perdona?
—Tu planteamiento. Tiene sentido.
No sonaba condescendiente esta vez.
Eso la molestó menos.
Un poco.
—Gracias.
—De hecho, conozco a un grupo de inversores que podría…
—No —dijeron Lucía y Nico a la vez.
La mesa se quedó en silencio.
Jaime soltó una carcajada.
—Perdón —dijo él—, pero eso ha sido precioso.
Lucía retiró por fin la mano de debajo del mantel.
O lo intentó.
Nico la soltó de inmediato.
Demasiado de inmediato.
Casi como si hubiera estado esperando a que ella decidiera.
Eso también fue molesto.
—No necesito inversores —dijo Lucía.
—Todavía —añadió Arturo.
—Papá.
—Un proyecto de esta escala puede requerir capital externo.
—Un proyecto de esta escala requiere primero una idea clara. Luego veremos si alguien mete dinero sin convertirlo en algo horrible.
Mercedes golpeó la mesa con el abanico.
—Exacto.
Arturo la miró.
—Mercedes.
—¿Qué? Una finca puede sobrevivir a la falta de capital. A la falta de gusto, no.
Eduardo levantó las manos.
—No pretendía invadir. Solo ofrecía contactos.
—Los contactos son como los gatos —dijo Jaime—. Entran por una ventana y de pronto creen que la casa es suya.
Patricia lo miró.
—Esa frase te ha quedado demasiado bien.
—Llevo toda la tarde preparándola.
La tensión se suavizó un poco, pero Lucía notó algo nuevo: Eduardo no se retiró del todo. Se limitó a observarla con más interés que antes. No interés romántico, o no solo. Interés estratégico.
Lucía decidió que el sábado no pensaba dejarle tocar su propuesta ni con una copa en la mano.
Cuando llegó el postre, Beatriz se levantó para pedir a Carmen café y Mercedes aprovechó la pausa con la precisión de un francotirador.
—Bueno, queridos. Hablemos de la boda.
Lucía dejó la cucharilla.
—No.
—No he preguntado.
—Yo tampoco.
—¿Grande o pequeña?
—Inexistente de momento.
—Respuesta evasiva. Nico, ¿tú qué prefieres?
Nico, que estaba bebiendo agua, se quedó quieto.
Lucía lo miró con advertencia.
—No respondas.
—Pequeña —dijo él.
Lucía lo pateó bajo la mesa.
Nico no hizo ni un gesto.
—Íntima —continuó—. En un lugar con historia. Sin demasiada gente opinando.
Mercedes se abanicó lentamente.
—Este hombre aprende rápido.
Beatriz suspiró.
—Sería precioso casaros aquí.
Lucía sintió que el postre se convertía en cemento.
—Mamá.
—Solo digo que Los Olivos…
—No.
—Pero si vais a reformar la finca…
—No vamos a casarnos en la finca.
—¿Entonces dónde? —preguntó Jaime, encantado.
—En ninguna parte.
—La boda invisible —dijo Mercedes—. Moderna, barata y difícil de fotografiar.
Nico miraba el plato.
Lucía no sabía si estaba intentando no reírse o no pensar.
Quizá ambas cosas.
Teresa Montalbán se inclinó hacia Beatriz.
—A mí me parece romántico. Una historia que empezó aquí y termina aquí.
Lucía sintió que algo se le cerraba en la garganta.
Empezó aquí.
Termina aquí.
No.