mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Eduardo se había servido vino blanco y estaba de pie junto a la fuente, ocupando el lugar donde Nico había estado antes.

Lucía lo consideró una falta de respeto arquitectónico.

—Lucía —dijo Eduardo—, ven, estaba diciendo que me encantaría ver tu propuesta para la finca.

—Qué valiente por tu parte, teniendo en cuenta que aún no he cenado.

—Siempre fuiste feroz con hambre.

La frase le molestó.

No por el contenido.

Sino porque pretendía una intimidad que no existía.

Eduardo la conocía de veranos familiares, cenas obligatorias y adolescencias cruzadas en ambientes donde todos los padres tenían apellidos conocidos y todos los hijos fingían no estar siendo clasificados.

No la conocía de verdad. No sabía nada de sus miedos, de su estudio, de Lisboa, de las facturas, de las veces que había querido volver a Los Olivos y no había podido.

Nico, en cambio…

No.

No iba a completar esa frase.

—Siempre fui feroz porque tú eras insoportable —respondió.

Eduardo se rio.

—También.

—Veo que Londres te ha enseñado a fingir humildad.

—Y Madrid a ti, a no perder encanto.

Lucía notó que Nico se detenía a su lado.

No la tocó.

No hizo falta.

La presencia fue suficiente.

Eduardo también lo notó.

Su mirada bajó un instante hacia el espacio entre ambos.

—Beatriz me ha contado la noticia —dijo.

Ahí estaba.

El terreno minado.

Lucía tomó su copa.

—Qué eficiente.

—Enhorabuena.

—Gracias.

—Debo admitir que me ha sorprendido.

—A mí también —dijo Jaime desde su silla.

Patricia le dio una patada.

—Ay.

Nico extendió una mano hacia la mesa y tomó una aceituna como si el falso compromiso fuera una cuestión perfectamente estable.

—Fue inesperado para todos —dijo.

—Pero bonito —añadió Beatriz.

—Muy bonito —dijo Teresa Montalbán, que no tenía ni idea de nada y aun así sonreía como si aquello confirmara una teoría personal sobre el amor—. Las segundas oportunidades son tan románticas.

Lucía casi se atragantó.

Nico se quedó inmóvil.

Mercedes levantó la cabeza como un halcón.

—¿Segundas oportunidades? —preguntó Alfonso.

Beatriz abrió los ojos.

Patricia miró al suelo.

Jaime dejó de fingir que no disfrutaba.

Eduardo sonrió.

—¿No lo sabíais? —dijo—. Lucía y Nico tuvieron algo hace años, ¿no?

El patio se quedó suspendido.

Lucía sintió que el aire desaparecía.

Aquello no era exactamente un secreto. No para todos.

Quienes habían pasado veranos en Los Olivos sabían que Nico y ella habían sido algo.

Quizá no cuánto. Quizá no la profundidad.

Quizá no Lisboa. Pero sí lo suficiente para que Eduardo, con su memoria selectiva y su vocación de cuchillo, pudiera sacarlo ahora y dejarlo sobre la mesa.

Beatriz palideció apenas.

Arturo no mostró sorpresa.

Eso fue lo que Lucía notó.

Su padre no mostró sorpresa.

Porque lo sabía.

Claro que lo sabía.

Siempre lo había sabido.

Nico también miró a Arturo.

Solo un segundo.

Luego volvió a Eduardo.

—Sí —dijo Nico—. Nos quisimos hace años.

Lucía sintió que la frase le atravesaba el pecho.

No “salimos”.

No “tuvimos algo”.

No “fue una historia de verano”.

Nos quisimos.

La palabra era sencilla.

Indefendible.

Verdadera.

El patio había dejado de ser una escena social y se había convertido en un lugar peligroso.

Mercedes cerró el abanico despacio.

Teresa suspiró.

—Qué precioso.

—No siempre —dijo Lucía.

La respuesta salió sola.

Nico la miró.

Eduardo también.

Lucía no estaba segura de haber querido decirlo, pero ya estaba dicho. Y, por una vez, no lo retiró.

No siempre.

Porque el amor no había sido precioso cuando ella esperó sola.

Ni cuando quemó la página con la dirección de Lisboa.

Ni cuando evitó Los Olivos durante años.

Ni cuando aprendió a bromear cada vez que algo le dolía demasiado.

Eduardo pareció advertir que había tocado algo vivo.

Su sonrisa perdió medio grado de seguridad.

—No pretendía incomodar.

—Qué curioso —dijo Jaime—. Porque suele ser justo cuando mejor te sale.

—Jaime —dijo Beatriz.

—No, no —respondió Eduardo con una sonrisa medida—. Es justo. De joven era un imbécil.

—También ahora, pero con más vocabulario —murmuró Mercedes.

Lucía tuvo que morderse el interior de la mejilla.

Nico, en cambio, no sonrió.

Seguía mirando a Eduardo con una calma que ya no tenía nada de amable.

—Lo que pasó hace años es nuestro —dijo Nico.

Nuestro.

Lucía sintió el peso de la palabra.

—Y lo que pasa ahora también —añadió él.

La mentira recibió un refuerzo perfecto.

Demasiado perfecto.

Beatriz se ablandó otra vez.

Teresa se llevó una mano al corazón.

Eduardo inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Pero no sonó derrotado.

Sonó interesado.

Como si acabara de encontrar una historia mejor de la que esperaba.

Lucía tuvo una intuición desagradable: Eduardo Montalbán no había venido solo a cenar. Había venido a evaluar. A observar. A colocarse donde pudiera resultar útil o molesto. Los hombres como Eduardo no disfrutaban tanto de las reuniones familiares si no podían sacar algo de ellas.

—Hablando de lo que pasa ahora —intervino Arturo—, mañana revisaremos la finca con Nico y Lucía. Quiero una evaluación clara antes del sábado.

—¿Antes del sábado? —preguntó Alfonso.

—Lucía presentará una propuesta de explotación para eventos privados —dijo Arturo.

La palabra explotación hizo que el proyecto de Lucía sonara de pronto como una mina o una plantación.

—Preferiría llamarlo proyecto de uso —dijo ella.

—El uso sin rentabilidad es decoración —respondió Arturo.

Nico dejó la copa sobre la mesa.

—La rentabilidad depende de que el uso tenga identidad.

Lucía sintió que el patio volvía a tensarse.

Eduardo sonrió apenas.

—Interesante.

—Mucho —dijo Mercedes—. Qué bien habla este hombre cuando no le obligan a fingir normalidad.

Beatriz lanzó a su tía una mirada que habría asesinado a alguien menos resistente.

Arturo miró a Nico.

—Eso habrá que demostrarlo.

—Para eso estamos aquí —respondió Nico.

Lucía observó a ambos.

La conversación profesional estaba ocurriendo a su alrededor, pero ya no la borraba. Nico había intervenido, sí, pero no para sustituir su voz. Más bien había abierto un espacio. Una grieta en la lógica de Arturo. Un lugar donde su propuesta podía respirar.

Y eso la inquietaba más que si Nico hubiera intentado besarla delante de todos.

A los besos se les podía poner una norma.

A esa clase de apoyo, no.

—Propongo algo —dijo Eduardo.

Lucía cerró los ojos mentalmente.

Por supuesto.

Los hombres como Eduardo siempre proponían algo cuando nadie se lo pedía.

—El sábado podríamos hacer una pequeña prueba —continuó—. Una cena con los que estamos aquí. Montaje real, recorrido real, bodega o patio, lo que Lucía considere. Sería una forma práctica de ver el potencial.

Beatriz se iluminó.

—Eso es una idea estupenda.

Lucía se quedó callada.

Porque lo era.

Maldita fuera.

Lo era.

Una cena de prueba podía mostrar la finca mejor que cualquier diapositiva. Podía convertir sus ideas en experiencia. Podía obligar a Arturo a ver lo que ella veía, no solo a leerlo en una hoja de cálculo.

Pero también significaba preparar un evento en cuarenta y ocho horas, delante de su familia, con Eduardo Montalbán observando, Nico evaluando y la tía Mercedes comentando cada servilleta como si fuera una declaración política.

—No sé si hay tiempo —dijo Patricia.

—Claro que lo hay —dijo Beatriz—. Tenemos a Carmen, a Lucía, proveedores cerca…

—Y yo puedo traer algunas cosas del estudio —dijo Lucía antes de poder detenerse.

Todos la miraron.

Nico también.

Ella levantó la barbilla.

—Si queremos una prueba real, hagámosla bien. No una cena familiar con mantel bueno. Una experiencia pequeña. Doce personas como máximo. Recorrido de bienvenida, cóctel en el patio de naranjos, cena en bodega. Iluminación baja. Producto local. Mesa única. Nada de flores blancas fingiendo inocencia.

Beatriz abrió la boca.

—Las flores blancas son elegantes.

—Son correctas. No es lo mismo.

Mercedes alzó la copa.

—Brava.

Lucía siguió, porque si se detenía quizá recordaría que acababa de aceptar un reto imposible.

—Necesitaré ver la bodega mañana, medir accesos, revisar tomas de luz, hablar con Carmen, llamar a Samira y preparar presupuesto. Si sale mal, al menos saldrá mal con criterio.

Nico la miraba.

No con sorpresa.

Con orgullo.

No.

No orgullo.

No iba a llamarlo así.

Con una atención que molestaba.

Arturo la observó durante un largo segundo.

—Bien —dijo.

Lucía esperó el pero.

—Hazlo.

No hubo pero.

Eso fue peor.

Porque ahora el suelo no temblaba por una crítica.

Temblaba por una oportunidad.

—Lo haré —dijo.

Eduardo levantó su copa.

—A esto sí que merece la pena brindar.

—No empieces a apropiarte de mi idea antes de que la haya ejecutado —dijo Lucía.

Él sonrió.

—Solo intentaba apoyarte.

—Entonces hazlo en silencio. Es una modalidad infravalorada.

Jaime soltó una carcajada.

—Cuñada… no, espera, hermana. Perdón. Me estoy confundiendo con los títulos.

Nico se inclinó apenas hacia Lucía.

—Has estado bien.

Ella no lo miró.

—Norma de comentarios innecesarios.

—Este también era necesario.

—Vas a desgastar esa excusa.

—Probablemente.

Antes de que Lucía pudiera contestar, Beatriz anunció que la cena estaba lista.

El grupo se movió hacia el comedor de verano, una sala amplia abierta al jardín por tres arcos de piedra.

La mesa estaba preparada con más cubiertos de los necesarios, copas finas, pan caliente y velas que, por primera vez en toda la tarde, Lucía aprobó en silencio.

Carmen sabía colocar luz mejor que cualquier manual de eventos.

Nico esperó a que Lucía entrara.

—No hagas eso —murmuró ella.

—¿Qué?

—Esperarme.

—Vamos juntos.

—Vamos falsamente juntos.

—Desde fuera se parece mucho.

—Ese es el problema.

Él no contestó.

Entraron.

La distribución de los asientos, por supuesto, era una trampa.

Beatriz había sentado a Lucía y Nico juntos en el centro de la mesa. A su otro lado, Eduardo. Frente a ellos, Arturo. Mercedes cerca de Jaime para maximizar incendios. Patricia junto a su madre, probablemente como medida de contención.

Lucía miró su silla.

Luego miró a su madre.

Beatriz fingió inocencia con la habilidad de una criminal elegante.

Nico apartó la silla para ella.