mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

El hombre sensato

Eduardo Montalbán llegó antes de la cena, que era exactamente el tipo de cosa que hacía Eduardo Montalbán.

Llegar pronto.

Vestir bien.

Sonreír como si cada habitación le debiera una bienvenida.

Tener la piel ligeramente bronceada, el pelo cuidadosamente despeinado y la irritante cualidad de parecer recién salido de una terraza cara de Lisboa, lo cual a Lucía le pareció un insulto personal por motivos que no pensaba examinar.

El sonido del coche se oyó desde el patio cuando el brindis de Jaime todavía flotaba en el aire y Lucía aún sostenía la copa como si fuera una defensa legítima.

Beatriz se incorporó al instante.

—Deben de ser los Montalbán.

—Qué alegría —dijo Lucía con la misma voz que usaría para anunciar una plaga bíblica.

Nico la miró.

—¿Ese es el candidato sensato?

—No lo llames así.

—¿Cómo prefieres que lo llame?

—Lejos.

Mercedes cerró el abanico con un golpe seco.

—Eduardo Montalbán era un niño guapo y profundamente desagradable.

—No ha cambiado tanto —dijo Patricia.

—Los desagradables rara vez cambian —sentenció Mercedes—. Solo aprenden a elegir mejores zapatos.

Jaime levantó la copa.

—Eso debería ir en el escudo familiar.

Lucía intentó levantarse para desaparecer, pero Beatriz ya estaba avanzando hacia la entrada con esa energía de anfitriona que no dejaba supervivientes.

—Lucía, ven a saludar.

—Tengo calambres.

—No tienes calambres.

—Pueden aparecer si me pongo de pie.

Nico, por desgracia, se levantó a su lado.

—Vamos.

Lucía lo miró con incredulidad.

—¿Perdona?

—Prometidos felices saludando invitados.

—Te recuerdo que eres falso.

—Pero profesional.

Jaime se puso en pie también.

—Esto no me lo pierdo.

Patricia suspiró.

—Jaime.

—¿Qué? Es una situación social importante. Debo apoyar a mi hermana.

—Debes cotillear.

—También.

Lucía dejó la copa en la mesa y se dirigió hacia la entrada con Nico a su lado, Jaime detrás y Mercedes siguiendo al grupo con la lentitud satisfecha de una emperatriz que acude a ver leones.

Al cruzar el vestíbulo, Lucía notó que Nico caminaba un poco más cerca de lo necesario.

—No hace falta que hagas eso —murmuró.

—¿Caminar?

—Marcar territorio.

—No estoy marcando territorio.

—Estás a dos centímetros de rozarme el codo con intención diplomática.

Nico bajó la vista hacia el espacio entre ambos.

—No sabía que tus codos fueran soberanos.

—Lo son. Y muy celosos de sus fronteras.

—Tomo nota.

—No tomes nada.

Pero cuando llegaron a la puerta principal y vieron a Eduardo Montalbán bajando del coche, Lucía cometió el error de agradecer, aunque fuera solo por dentro, que Nico estuviera a dos centímetros de su codo soberano.

Eduardo se quitó las gafas de sol con un gesto lento y calculado.

Por supuesto llevaba gafas de sol.

Por supuesto las llevaba aunque la tarde ya estuviera cayendo.

Por supuesto parecía creer que quitárselas merecía música de fondo.

Detrás de él descendieron sus padres, Alfonso y Teresa Montalbán, impecables, sonrientes y con esa clase de familiaridad antigua que permitía criticar una casa ajena mientras se elogiaban las flores.

—Beatriz, querida —dijo Teresa, abriendo los brazos—. Qué maravilla volver a Los Olivos.

—Teresita —respondió Beatriz, que solo usaba diminutivos cuando estaba en modo social de alto riesgo—. Qué alegría.

Lucía sintió la tentación de esconderse detrás de una columna.

Eduardo la vio.

Sonrió.

No una sonrisa espontánea, sino una de esas sonrisas que los hombres como Eduardo ensayaban quizá sin saberlo, frente a espejos de hoteles, ascensores privados y cristales de coches caros.

—Lucía Montoro —dijo—. Cuánto tiempo.

—Eduardo Montalbán —respondió ella—. No el suficiente.

Jaime soltó una tos que era claramente una carcajada mal disfrazada.

Beatriz cerró los ojos una décima de segundo.

Eduardo, para su desgracia, se rio.

—Veo que sigues igual.

—Y yo veo que tú sigues usando frases de personas que no escuchan la respuesta.

La sonrisa de Eduardo se afiló un poco, pero no desapareció.

—Me lo merezco. Fui un idiota cuando éramos más jóvenes.

Lucía parpadeó.

No esperaba eso.

Esperaba arrogancia, un comentario condescendiente, una alusión a lo mucho que había cambiado, quizá una frase sobre que seguía siendo “la Montoro divertida”. Pero una disculpa preventiva le arruinaba el ángulo de ataque.

Qué molesto.

—Qué conciencia tan puntual —dijo.

—Llega tarde, pero llega.

Nico, a su lado, no dijo nada.

Pero Lucía notó que observaba a Eduardo con atención.

Con demasiada atención.

Beatriz, desesperada por reconducir el encuentro hacia la civilización, hizo un gesto hacia Nico.

—Eduardo, no sé si conoces a Nicolás Salvatierra.

Eduardo giró hacia él.

Hubo ese segundo masculino, breve y ancestral, en el que dos hombres se miden sin mover más que los ojos.

Lucía lo vio.

O quizá lo imaginó.

No.

Lo vio.

—No tenía el placer —dijo Eduardo.

Nico le estrechó la mano.

—Nico.

—Eduardo.

El apretón duró un instante normal.

Quizá medio segundo más de lo normal.

Lucía estuvo a punto de mirar a Jaime para confirmar que no era la única que notaba aquello. Error. Jaime ya la estaba mirando con una expresión de felicidad absoluta.

—Nico es arquitecto —dijo Beatriz—. Se encargará de la reforma de la finca.

—Ah, claro —dijo Eduardo—. Mi padre comentó algo. Restauración patrimonial, ¿no?

—Entre otras cosas.

—Interesante. Yo estuve en un proyecto hotelero en Cascais hace unos años. Fascinante lo que se puede hacer con una propiedad bien situada y suficiente capital.

Lucía casi oyó el chasquido de alerta en la cabeza de Nico.

No se le movió la cara.

Pero algo cambió.

Nico tenía esa clase de orgullo silencioso que no necesitaba levantar la voz. El orgullo de quien se había ganado el acceso a salas donde otros habían nacido sentados. Y Eduardo acababa de pronunciar “suficiente capital” como si eso fuera lo más parecido a una idea.

—El capital ayuda —dijo Nico—. El criterio evita que lo estropee todo.

Mercedes, detrás de ellos, abrió el abanico con un placer casi obsceno.

—Punto para Nico —murmuró.

Eduardo sonrió.

—Totalmente de acuerdo.

No parecía totalmente de acuerdo.

Parecía haber decidido que Nico era interesante en el sentido en que un obstáculo puede ser interesante antes de apartarlo.

Entonces miró a Lucía.

—Y tú, Lucía, ¿también participas en la reforma?

La pregunta sonó amable.

Lucía oyó perfectamente la trampa.

También la oyó Nico, porque su cuerpo se quedó quieto de esa manera peligrosa que tenía cuando decidía no intervenir aún.

Todavía.

—En la reforma no —dijo Lucía—. En el proyecto de uso de la finca.

—Ah. Eventos, ¿verdad?

Ese “eventos” podría haber significado muchas cosas.

En boca de Eduardo significó “centros de mesa y cosas monas”.

Lucía sonrió.

—Sí. Eventos. Ya sabes, esas pequeñas reuniones sin importancia donde la gente mueve cantidades absurdas de dinero para aparentar que tiene emociones.

Jaime se cubrió la boca.

Patricia, que acababa de llegar a la puerta, murmuró:

—Muy bien.

Eduardo inclinó la cabeza, divertido.

—Tocado.

—Hundido, si seguimos conversando.

Beatriz se interpuso con una risa demasiado alta.

—Pasemos al patio. Carmen ha preparado algo para tomar.

Teresa Montalbán tomó el brazo de Beatriz y las dos entraron hablando de lo preciosa que seguía la casa, de lo mucho que había crecido Patricia desde la última vez, de lo elegante que estaba Mercedes y de otras mentiras útiles para sostener el entramado social.

Alfonso Montalbán saludó a Arturo, que había aparecido en el vestíbulo con la precisión de un radar fiscal. Jaime se acercó a Eduardo con una palmada en la espalda que parecía cordial y sonaba a amenaza. Patricia se quedó al lado de Lucía, observándolo todo.

Nico no se movió.

Lucía tampoco.

Durante un instante, quedaron un paso por detrás del grupo.

—¿Siempre habla así? —preguntó Nico.

—¿Eduardo?

—Sí.

—No. A veces respira.

Nico miró hacia el patio.

—No me gusta.

Lucía se volvió hacia él, sorprendida por la claridad de la frase.

—¿No te gusta?

—No.

—Qué rápido. Ni siquiera ha tenido tiempo de contar sus inversiones en primera persona.

—No necesito tanto.

Lucía entrecerró los ojos.

—¿Eso han sido celos?

—No.

Demasiado rápido.

—Interesante.

—No eran celos.

—Parecían celos.

—Era criterio.

—¿Criterio sobre Eduardo Montalbán?

—Exacto.

—¿Y tu criterio ha decidido que no te gusta porque habla de capital, me mira como si yo fuera una anécdota divertida o porque mi madre lo consideraba posible marido sensato?

Nico la miró.

—Sí.

Lucía notó una risa queriendo salir.

No le dio permiso.

—No puedes tener celos de alguien que nunca me ha interesado.

—No he dicho que pueda.

—Y no puedes tener celos siendo mi prometido falso.

—Eso parece una laguna del contrato.

—La cerraré esta noche.

Nico se inclinó apenas hacia ella.

No mucho.

Lo suficiente para que, desde el patio, parecieran dos prometidos compartiendo una confidencia.

—Si lo haces, incluye una cláusula para que no tenga que escuchar a Eduardo llamarte “Lucía Montoro” como si quisiera comprarte en una subasta.

El estómago de Lucía hizo una cosa ridícula.

Una cosa de esas que no deberían sucederle a una mujer adulta, con tres horas de sueño, problemas financieros y un exnovio convertido en falso prometido.

—No necesito que me defiendas de Eduardo.

—Lo sé.

—Ni de mi padre.

—También lo sé.

—Ni de nadie.

—Eso intento recordar.

Lucía lo miró.

Y ahí estaba otra vez.

Esa forma tan insoportable de no discutirle el punto importante.

—Bien —dijo ella.

—Bien.

—Pero puedes seguir usando frases secas contra Eduardo.

Nico arqueó una ceja.

—¿Eso sí?

—Eso sí. Por entretenimiento general.

—Me alegra ser útil.

Entraron en el patio.

La escena había cambiado en apenas unos minutos.

Donde antes había una falsa intimidad familiar, ahora había una representación social de manual.

Beatriz y Teresa sentadas juntas. Alfonso y Arturo hablando de mercados.

Patricia escuchando con educación. Jaime haciendo lo posible por parecer civilizado sin conseguirlo del todo.

Mercedes colocada en el mejor ángulo para verlo todo.