Capítulo 6 #3
Lucía se apoyó en la encimera.
—Eso es bastante probable.
Carmen no preguntó nada.
Esa era una de sus mejores cualidades.
En lugar de eso, le puso delante un trozo de pan con aceite y sal.
—Come.
—No tengo hambre.
—No he preguntado.
Lucía obedeció.
El pan estaba crujiente. El aceite, verde y fuerte. El sabor de Los Olivos desde siempre.
Carmen siguió colocando platos.
—El señor Nico está muy cambiado.
Lucía casi se atragantó.
—¿Señor Nico?
—Ya no es el chaval flaco que arreglaba enchufes en la casa de invitados.
—Nunca arregló enchufes. Los rompía con seguridad.
Carmen sonrió.
—Pero te hacía reír.
Lucía dejó el pan sobre un plato.
—Todo el mundo parece recordarme eso hoy.
—Porque se te había olvidado.
La frase fue suave.
No acusadora.
Por eso entró mejor.
Lucía miró hacia la ventana de la cocina, que daba al lateral de la finca. Desde allí se veía parte del camino hacia la casa de invitados. El sol empezaba a bajar y teñía las piedras de un color miel que ella conocía demasiado bien.
—Carmen…
—No voy a preguntar.
—Gracias.
—Pero voy a decir una cosa.
Lucía cerró los ojos.
—Eso es muy parecido a preguntar.
—Peor. Es gratis.
Lucía no pudo evitar sonreír.
Carmen dejó un paño sobre la encimera.
—Cuando alguien se va sin explicar, una se queda inventando razones. Y casi siempre inventa las que más duelen.
Lucía se quedó inmóvil.
—Él se fue.
—Sí.
—Eso no me lo inventé.
—No.
—Y no llamó.
—Tampoco.
—Entonces…
—Entonces quizá hay más verdad de la que te contó. No digo que eso lo arregle. Solo que las verdades a medias pudren mejor que las mentiras enteras.
Lucía tragó saliva.
No quería esa conversación.
No con Carmen.
No en la cocina.
No con el sabor del pan y el aceite todavía en la boca y la casa de invitados asomando por la ventana como un animal viejo.
—No estoy preparada para saber más.
Carmen la miró con una ternura que no pidió permiso.
—Eso sí me lo creo.
Lucía bajó la vista.
Durante un momento, ninguna dijo nada.
Luego Carmen le puso otro trozo de pan en la mano.
—Llévale esto a tu falso prometido.
Lucía levantó la cabeza.
Carmen siguió colocando platos, impasible.
—¿Mi qué?
—Niña, llevo cuarenta años sirviendo cenas en esta familia. He visto matrimonios reales con menos química y herencias falsas con más papeles.
Lucía abrió la boca.
No salió nada.
Carmen le guiñó un ojo.
—Tranquila. No se me paga por contar verdades. Se me paga por poner la mesa.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—¿Tan mal mentimos?
—Al contrario. Mentís demasiado bien para que sea solo mentira.
Eso fue infinitamente peor.
Lucía volvió al patio unos minutos después con una bandeja de pan, queso y una certeza terrible: en Los Olivos, hasta la cocina conspiraba.
Al salir, vio que Jaime se había sentado junto a Mercedes y los dos parecían aliados naturales de una guerra contra el sentido común. Patricia hablaba con su madre. Arturo revisaba algo en el móvil.
Nico estaba solo junto a la fuente.
La vio acercarse.
Lucía dejó la bandeja en la mesa y tomó un trozo de pan. Se lo tendió.
—Carmen dice que comas.
Nico lo aceptó.
—Carmen siempre tuvo autoridad.
—Demasiada.
—Gracias.
—No me las des. Es pan, no perdón.
Nico la miró.
La frase había salido más dura de lo que pretendía.
Lucía se arrepintió.
No lo suficiente para disculparse.
Él mordió el pan y miró hacia la cocina.
—Me alegra que siga aquí.
—A mí también.
—Era la única persona de esta casa que me hacía sentir bienvenido.
Lucía se quedó mirando la fuente.
—No la única.
La frase salió muy baja.
Casi sin voz.
Nico se volvió hacia ella.
Lucía no lo miró.
—Antes —añadió, porque necesitaba poner distancia temporal—. Antes no era la única.
El silencio entre ellos fue breve, pero cambió de temperatura.
Al otro lado del patio, Jaime alzó la voz.
—¿Interrumpo algo si propongo un brindis?
—Sí —dijo Lucía enseguida.
—Perfecto.
Jaime se puso de pie con la copa en alto.
Beatriz sonrió, encantada con cualquier cosa que pareciera celebración.
Arturo levantó la vista del móvil con resignación.
Mercedes se acomodó como si fuera a escuchar teatro clásico.
—Por Lucía —dijo Jaime—, que anoche llegó tarde a cenar y salió con un prometido. Una eficiencia sentimental que esta familia jamás sabrá valorar lo suficiente.
—Jaime —dijo Patricia.
—Por Nico, que entró como arquitecto y ascendió a cuñado en menos de cinco minutos. Un caso de promoción interna digno de estudio.
Nico bajó la cabeza, sonriendo.
Lucía quería matarlo por no sufrir más.
—Y por Los Olivos —continuó Jaime—, que esta semana será testigo de reformas, propuestas, cenas familiares, posibles peleas, tal vez un asesinato y, con suerte, algún beso incómodo que nos permita hablar durante años.
—Voy a empujarte a la piscina —dijo Lucía.
—No hay piscina en el patio.
—Te llevaré hasta ella.
Jaime alzó más la copa.
—Por los novios.
Todos levantaron las copas.
Incluso Arturo.
Incluso Nico.
Lucía, atrapada por la mirada brillante de su madre, por el abanico expectante de Mercedes, por la media sonrisa de Jaime y por la presencia tranquila de Nico a su lado, levantó la suya.
—Por los novios —dijo Beatriz.
—Por la mentira mejor vestida del año —murmuró Mercedes.
Lucía la oyó.
Nico también.
Se miraron.
Y, por un segundo peligrosísimo, casi se rieron juntos.
No como fingidos prometidos.
No como exnovios en guerra.
Como antes.
Lucía bebió de inmediato.
El vino estaba frío.
El patio precioso.
La familia insoportable.
Nico demasiado cerca.
Y la semana acababa de empezar.