Capítulo 6 #2
No sabía casi nada de la vida actual de Nico.
Eso era un problema logístico para la mentira y una ventaja emocional para su supervivencia. Cuanto menos supiera, menos material tendría su imaginación para reconstruirlo como persona completa.
—En Madrid —respondió él—. Cerca de Chamberí.
—¿Solo? —preguntó Mercedes.
—Tía.
—¿Qué? Es una pregunta inmobiliaria.
Nico sonrió.
—Solo.
Lucía no bebió, pero le apeteció hacerlo.
Solo.
La información no debía importarle.
No importaba.
—¿Y tu madre? —preguntó Beatriz, con un tono más suave.
La madre de Nico.
Amparo.
Lucía sintió otro recuerdo abrirse como una ventana.
Amparo Salvatierra trabajando en Los Olivos cada verano, llevando las cuentas pequeñas de la finca, organizando proveedores con más eficacia que cualquiera de los administradores de Arturo.
Amparo enseñándole a Lucía a quitar manchas de cereza de un vestido blanco.
Amparo dándole a Nico una mirada cuando lo pilló mirando demasiado a Lucía desde la cocina.
Nico bajó un poco la copa.
—Vive en Valencia. Está bien.
—Me alegro —dijo Beatriz, y pareció sincera—. Era una mujer estupenda.
—Lo es.
Lucía miró hacia los naranjos.
Había querido mucho a Amparo. Más de lo que podía reconocer sin sentir otra clase de culpa. Después de Lisboa, tampoco la llamó. No habría sabido qué decirle. Hola, tu hijo me ha destrozado, pero espero que estés bien. Demasiado largo para un mensaje. Demasiado poco para una despedida.
—¿Sabe que estás prometido? —preguntó Mercedes.
Nico se quedó quieto.
Lucía también.
Patricia abrió mucho los ojos.
Beatriz pareció darse cuenta tarde del problema.
Mercedes sonrió como si hubiera clavado un cuchillo en la fruta exacta.
—Todavía no —dijo Nico.
—Interesante.
—Íbamos a contárselo con calma —intervino Lucía.
—Claro —dijo Mercedes—. Las madres suelen apreciar que una se comprometa con calma y no por accidente en un comedor.
Lucía estrechó los ojos.
—Tía.
Mercedes bebió vino.
—No he dicho que sea falso. He dicho que tiene textura de accidente. Algunas de las mejores cosas la tienen.
Nico miró a Mercedes con una mezcla de cautela y admiración.
—¿Siempre habla así?
—Desde 1974 —dijo Beatriz—. Antes no consta.
—Antes también —dijo Mercedes—. Lo que pasa es que no me escuchabais.
La conversación se desplazó durante unos minutos a asuntos menos peligrosos: el calor, la reforma, el embarazo de Patricia, la llegada de Jaime, la posibilidad de que la cocina preparara salmorejo para la cena. Lucía se relajó lo justo para sentarse junto a su hermana, con Nico a su otro lado.
Error.
Al sentarse, su rodilla rozó la de él.
Un contacto mínimo.
Nada.
Una rodilla.
El cuerpo humano tenía muchas partes absurdas, y la rodilla debería haber sido una de las menos románticas.
Pero Lucía sintió el roce con una claridad insoportable.
Nico no se apartó enseguida.
Tampoco presionó.
Solo estuvo ahí.
Un segundo.
Dos.
Luego movió la pierna con naturalidad, como si no hubiera pasado nada.
Lucía bebió otro sorbo de vino.
—¿Demasiado pronto para empezar con tequila? —preguntó.
Patricia la miró.
—Estás conduciendo cero kilómetros más hoy.
—Eso no responde.
—Sí, demasiado pronto.
Mercedes alzó la mano.
—Yo apoyo el tequila.
—Tú siempre apoyas el caos —dijo Beatriz.
—El caos mantiene la circulación.
La puerta del patio se abrió entonces y Carmen apareció.
—Señora, ha llegado don Arturo.
Lucía notó cómo el ambiente cambiaba.
No mucho.
Pero sí lo suficiente.
La espalda de Beatriz se enderezó. Patricia dejó la copa sobre la mesa. Mercedes suspiró, como quien se prepara para una obra que ya ha visto demasiadas veces. Nico también lo percibió. Lucía lo supo porque se incorporó apenas un poco.
Arturo entró en el patio con su chaqueta en el brazo, hablando por teléfono.
—Diles que no acepto esa cifra —decía—. No, no es una contraoferta. Es una pérdida de tiempo con membrete.
Se detuvo al verlos.
—Luego te llamo.
Colgó.
Su mirada pasó primero por Beatriz, después por Patricia, por Mercedes, por Lucía y, al final, por Nico.
Siempre al final.
Como si el orden fuera una declaración.
—Buenas tardes —dijo.
—Arturo —saludó Mercedes—. Llegas tarde a la función, pero aún no han besado a nadie.
Lucía cerró los ojos.
—Tía Mercedes.
Arturo no pareció divertido.
—Mercedes.
—No me saludes como si fuera una inspección fiscal. Dame un beso.
Arturo obedeció con resignación. Besó a Beatriz, preguntó a Patricia cómo se encontraba y luego se volvió hacia Nico.
—Nicolás.
—Arturo.
Se estrecharon la mano.
El gesto fue correcto.
Demasiado correcto.
Lucía sintió la tensión en el aire con la precisión de quien escucha una copa a punto de agrietarse.
—¿El viaje bien? —preguntó Arturo.
—Sí —respondió Nico.
—Lucía conduce como si el mundo le debiera explicaciones —dijo Mercedes.
—Porque me las debe —contestó Lucía.
—Eso es cierto —dijo Nico.
Ella lo miró.
Pequeño punto a su favor.
Muy pequeño.
Arturo tomó una copa de vino que Beatriz le ofreció y se sentó sin perder el control de la escena.
—Mañana quiero revisar la finca temprano —dijo a Nico—. Fachada, bodega, instalaciones, accesos y casa de invitados.
Lucía se tensó.
La casa de invitados.
Nico no la miró.
—Perfecto —respondió.
—Lucía vendrá con nosotros.
Ella levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Si va a presentar una propuesta de uso para eventos, debe conocer el estado real de los espacios.
—Conozco esta finca desde que nací.
—Conoces la finca como hija de la familia. No como responsable de un proyecto.
Lucía sintió la frase como una palmada elegante.
No era del todo injusta.
Eso la hizo más molesta.
—De acuerdo —dijo.
Arturo pareció sorprendido de que no discutiera.
Nico también.
Lucía los ignoró a ambos.
—A las ocho —dijo Arturo.
—A las nueve —contestó Lucía.
Su padre la miró.
—A las ocho.
—A las ocho y media. Si quieres que piense de forma rentable, necesito café.
Mercedes levantó su copa.
—Negociación. Mi niña madura.
Arturo sostuvo la mirada de Lucía.
—A las ocho y media.
Lucía asintió.
No sonrió.
Era una victoria pequeña, pero las victorias pequeñas, en su familia, había que esconderlas bien para que no te las cobraran con intereses.
—Trae lo que tengas preparado —añadió Arturo.
La carpeta sobre la mesa parecía pesar el doble.
—Lo haré.
—Y tú, Nicolás —continuó—, quiero tu opinión sincera sobre la viabilidad arquitectónica de cada propuesta.
Lucía giró la cabeza hacia Nico.
Ahí estaba.
La trampa.
No era solo que ella tuviera que demostrar que sabía hacer su trabajo. Tenía que hacerlo con Nico evaluando, delante de Arturo, si sus ideas eran viables o no. Su falso prometido convertido en filtro técnico de su futuro profesional.
Maravilloso.
Perfecto.
Una pesadilla con planos.
—Por supuesto —dijo Nico.
Lucía lo miró.
Él no apartó la vista de Arturo.
—Pero separaría dos fases —añadió.
Arturo alzó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Viabilidad técnica y concepto de negocio. Lo primero puedo evaluarlo yo. Lo segundo es de Lucía.
Lucía se quedó quieta.
Arturo también.
Nico continuó con calma.
—Si mezclamos ambas cosas desde el principio, corremos el riesgo de descartar ideas comercialmente fuertes por ajustes técnicos solucionables. Primero entendamos qué propone. Después vemos qué necesita la finca para sostenerlo.
Silencio.
Mercedes abrió el abanico lentamente.
Patricia miraba a Nico como si acabara de subirle la nota en un examen invisible.
Beatriz sonreía.
Lucía no.
Lucía no podía sonreír.
Porque Nico acababa de defender su espacio profesional sin hacerla parecer débil.
Sin hablar por ella.
Sin salvarla.
Solo colocando una frontera.
La parte técnica es mía. Lo demás es de Lucía.
Arturo observó a Nico.
Luego miró a su hija.
—Me parece razonable.
Lucía sintió algo parecido a un vértigo.
Razonable.
Arturo Montoro acababa de considerar razonable que alguien defendiera su criterio.
Se obligó a beber un sorbo de vino para no mostrar demasiado.
—Perfecto —dijo ella.
La voz le salió tranquila.
Más tranquila de lo que estaba.
Nico la miró entonces.
Solo un instante.
Lucía no supo si quería darle las gracias o exigirle que dejara de hacer cosas difíciles de odiar.
Por suerte, el sonido de un motor entrando por el camino de grava desvió la atención.
Mercedes sonrió de inmediato.
—Ese desastre acústico solo puede ser Jaime.
—O un tractor con autoestima —dijo Lucía.
El coche de Jaime apareció unos segundos después, demasiado rápido para una entrada familiar y demasiado tarde para considerarse educado.
Frenó junto a la explanada con una seguridad innecesaria.
Bajó con gafas de sol, camisa abierta sobre una camiseta blanca y una bolsa de viaje que probablemente había hecho en siete minutos.
—Familia —dijo al entrar al patio—. Perdonad el retraso. He llegado justo cuando era narrativamente necesario.
—Para variar —dijo Patricia.
Jaime se quitó las gafas.
Vio a Nico junto a Lucía.
Sonrió.
—Cuñado.
—Jaime —dijo Nico.
Arturo suspiró.
—No empieces.
—Papá, por favor. Lucía se compromete con su ex, el arquitecto de la finca, después de años de misterio sentimental, y tú quieres que no empiece. Eso no es una petición. Es censura.
Lucía se levantó.
—Voy a ayudar a Carmen.
—No sabes dónde está la cocina? —preguntó Jaime.
—Sé dónde guardan los cuchillos.
—Me quedo aquí.
Nico hizo ademán de levantarse también.
Lucía lo frenó con una mirada.
No me sigas.
Él se quedó.
Bien.
Necesitaba respirar cinco minutos sin él. Sin su rodilla cerca. Sin su voz poniendo límites ante su padre. Sin la absurda sensación de que, si se descuidaba, Nico iba a comportarse exactamente como alguien que la conocía y la respetaba, y eso era mucho más peligroso que cualquier beso fingido.
Entró en la casa por la puerta del patio y caminó hacia la cocina.
El sonido de las voces quedó atrás, amortiguado por los muros gruesos. En el corredor olía a pan tostado, tomate y cera. Lucía pasó junto a la despensa, giró hacia la cocina y encontró a Carmen colocando platos con una eficiencia que debería estudiarse en escuelas de negocio.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Lucía.
Carmen la miró por encima de las gafas.
—Necesitas tú más ayuda que yo, niña.