Capítulo 6
El brindis que nadie pidió
Lucía tardó doce minutos en bajar al patio.
Los primeros tres los dedicó a quedarse de pie frente a la puerta comunicante, como si la madera fuera a hablarle.
Los siguientes cuatro, a abrir la maleta mínima que había preparado con tan poca cabeza que había traído tres blusas blancas, unos vaqueros, un vestido negro demasiado serio y ningún pijama decente para una semana de falso compromiso con su ex al otro lado de una puerta cerrada.
Los últimos cinco los pasó sentada en el borde de la cama, mirando la carpeta de Los Olivos.
Tu propuesta es buena.
La frase de Nico seguía ahí, molestando.
No porque fuera una frase bonita. No solo por eso. Sino porque la había dicho sin público. Sin necesidad de convencer a su madre. Sin ganar puntos delante de Mercedes. Sin esa sonrisa de hombre que sabía exactamente cuándo una mentira necesitaba un poco de azúcar.
La había dicho como si realmente lo pensara.
Eso era inadmisible.
Las mentiras debían ser fáciles de clasificar: esto es falso, esto sirve, esto termina el domingo. Pero Nico tenía la pésima costumbre de mezclar verdades pequeñas en lugares donde Lucía necesitaba suelo firme.
Se cambió de blusa porque la primera le pareció demasiado arrugada, la segunda demasiado transparente y la tercera demasiado “mujer que intenta demostrar algo a su familia”, aunque aquella era precisamente la definición legal de su estado actual.
Al final bajó con la segunda.
Porque el cansancio también tomaba decisiones.
El patio de los naranjos estaba preparado como si en lugar de una copa antes de cenar fueran a recibir a un embajador.
Había una mesa baja con bandejas de aceitunas, almendras, queso, pan de cristal, copas finas y una jarra de limonada con hierbabuena.
Las luces estaban encendidas entre las ramas, aunque todavía no había oscurecido del todo.
Beatriz había colocado flores blancas en jarrones pequeños y cojines de lino sobre las sillas de hierro.
Lucía lo vio todo en un solo golpe de vista profesional.
Demasiado blanco.
Demasiado simétrico.
Bonito, sí, pero sin alma.
Su madre convertía cualquier espacio en una fotografía correcta.
Lucía, en cambio, habría movido la mesa hacia la sombra, habría mezclado alturas, habría dejado que las buganvillas contaminaran el blanco, habría encendido velas bajas cuando cayera la tarde y habría cambiado las flores por ramas de olivo y limones cortados.
Pensó en anotarlo.
Luego recordó que, técnicamente, estaba bajando a fingir amor, no a corregir centros de mesa.
Nico ya estaba allí.
Por supuesto.
Se había cambiado de camisa. Llevaba una azul clara, las mangas remangadas y el pelo ligeramente húmedo, como si se hubiera lavado la cara para quitarse el viaje y hubiera salido del cuarto sin pedir permiso al espejo.
La tía Mercedes lo tenía atrapado junto a la fuente.
Patricia estaba sentada con una copa de agua con gas.
Beatriz daba instrucciones a Carmen sobre unas servilletas que nadie en su sano juicio iba a observar.
Arturo todavía no había llegado. Jaime tampoco, lo que demostraba que su hermano tenía el instinto dramático de aparecer cuando pudiera causar más daño.
Nico levantó la vista al verla.
No sonrió de inmediato.
Primero la miró.
Ese fue el problema.
No de forma descarada. No como un hombre evaluando una blusa, una boca o unas piernas.
La miró como alguien que notaba una diferencia.
Como alguien que vio el cansancio bajo el maquillaje ligero, la tensión en los hombros, el esfuerzo por entrar en aquel patio como si no estuviera pisando recuerdos.
Después sí sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Para los demás, probablemente de prometido enamorado.
Para Lucía, una amenaza.
—Ya está aquí la novia —anunció Mercedes.
—No soy la novia de nada ahora mismo —dijo Lucía.
—Esa frase, en una mujer prometida, es preocupante.
—Tía Mercedes, llevo quince minutos comprometida socialmente. Dame tiempo a adquirir vocabulario.
Nico se acercó a ella.
Lucía notó cómo su madre los miraba.
También Patricia.
También Mercedes, aunque Mercedes miraba a todo el mundo como si estuviera recopilando material para chantaje.
Nico se detuvo a su lado.
—Estás bien? —preguntó en voz baja.
Lucía sonrió hacia la mesa de bebidas.
—No empieces con preguntas que parezcan de verdad.
—Era una pregunta de verdad.
—Justo por eso.
Él no contestó, pero se quedó a su lado.
Demasiado cerca para ser casual.
A la distancia correcta para que su madre suspirara desde dentro, probablemente.
Beatriz se volvió con una copa en la mano.
—Lucía, cariño, ¿limonada o vino?
—Cianuro, si queda.
—Vino entonces —dijo Mercedes—. El cianuro lo reservamos para cuando llegue Arturo.
Patricia soltó una risa.
Beatriz fingió no oír.
Nico tomó una copa de vino blanco y se la ofreció a Lucía.
Fue un gesto mínimo.
Normal.
De pareja.
De prometido.
De hombre que sabe que ella bebe vino blanco cuando tiene que soportar reuniones familiares porque el tinto le da dolor de cabeza y el champán la vuelve temeraria.
Lucía la aceptó.
—Gracias —murmuró.
—De nada.
—No significa nada.
—Es una copa, Lucía.
—Contigo, hasta una servilleta puede convertirse en problema narrativo.
Nico bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Mercedes los señaló con el abanico.
—Eso.
—¿Eso qué? —preguntó Lucía.
—Eso me gusta.
—Me aterra que seas tan poco específica.
—La forma en que discutís. Las parejas demasiado felices aburren en las cenas. Las parejas que podrían besarse o lanzarse una copa son mucho más prometedoras.
Beatriz dejó escapar un sonido de horror suave.
—Mercedes.
—¿Qué? He estado casada cuarenta años. Sé de lo que hablo.
—El tío Gonzalo fingía sordera en las reuniones familiares —dijo Patricia.
—Porque era un hombre inteligente —respondió Mercedes—. Y porque yo hablaba mejor sola.
Lucía bebió un sorbo de vino.
Necesitaba algo en las manos.
Nico se colocó a su lado, no enfrente. Aquello también era peligroso. Enfrente podía mirarlo con distancia. A su lado, en cambio, parecían un bloque. Una unidad. Dos personas acostumbradas a enfrentar juntas a la tribu.
—Bueno —dijo Beatriz, sentándose—. Tenemos que hablar del sábado.
Lucía cerró los ojos.
—No tenemos que hablar del sábado.
—Claro que sí.
—Mamá, no.
—Será algo sencillo.
—Tus cosas sencillas requieren proveedores.
Beatriz fingió indignación.
—Eso no es cierto.
Patricia alzó las cejas.
—Mamá, para mi cumpleaños de los veinticinco contrataste a un cuarteto de cuerda.
—Era una cena íntima.
—Éramos ocho.
—Y el cuarteto tocaba muy bajo.
Mercedes asintió, satisfecha.
—Fue bonito. Un poco fúnebre, pero bonito.
Lucía dejó la copa sobre la mesa.
—No vamos a celebrar el compromiso.
Beatriz perdió parte de la sonrisa.
—¿Por qué no?
Porque no existe.
Porque el anillo no existe.
Porque mi prometido es mi ex.
Porque si celebramos una mentira con canapés, quizá el universo nos cobre IVA emocional.
—Porque es pronto —dijo Lucía.
Nico se movió apenas a su lado.
—Y porque Lucía prefiere las cosas pequeñas —añadió.
Ella lo miró.
Él siguió mirando a Beatriz.
—No queremos que se convierta en algo que nos supere antes de haberlo disfrutado nosotros.
Beatriz se ablandó de inmediato.
Mercedes observó a Nico con los ojos entrecerrados.
Patricia miró a Lucía.
Lucía miró a su copa.
Maldito.
Había dicho justo lo que su madre necesitaba oír. No “no queremos fiesta”. No “no se meta”. No “tenemos pánico”. Había convertido la negativa en una defensa romántica de la intimidad.
Era irritantemente bueno.
—Bueno —dijo Beatriz, conmovida—. Entiendo eso.
—Yo no —dijo Mercedes—. Pero me parece una excusa elegante.
—Podemos hacer una cena pequeña —continuó Beatriz—. Solo los que ya estamos aquí.
Lucía abrió la boca.
—Y los Montalbán —añadió su madre.
La boca de Lucía se cerró.
Patricia se removió en la silla.
Nico giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Montalbán? —preguntó.
—Viejos amigos de la familia —dijo Beatriz—. Eduardo, sobre todo, tenía muchas ganas de ver a Lucía.
—Eduardo tiene muchas ganas de verse a sí mismo reflejado en superficies caras —dijo Lucía.
Mercedes soltó una carcajada.
—Qué niño tan desagradable era.
—Sigue siéndolo —dijo Patricia.
—Pero ahora con traje a medida —añadió Lucía.
Nico observó la cara de Lucía con atención.
—¿Y por qué viene?
—Porque mi madre pensaba presentármelo como posible marido sensato antes de que yo improvisara uno defectuoso.
—No he dicho defectuoso —dijo Beatriz.
—No. Esa parte la aporto yo.
Nico bebió un sorbo de vino.
—Entiendo.
Lucía lo miró de reojo.
No le gustó aquel tono.
Demasiado tranquilo.
Demasiado controlado.
Como si acabara de guardar un dato para usarlo más tarde.
—No tienes que ponerte territorial —susurró ella.
—No me he movido.
—Te ha cambiado la mandíbula.
—Mi mandíbula no participa en esta conversación.
Lucía casi sonrió.
No debía.
Mercedes los miró alternativamente.
—¿Qué cuchicheáis?
—Anatomía —dijo Lucía.
Patricia se atragantó con el agua.
Beatriz se quedó petrificada.
Nico cerró los ojos un segundo.
Lucía comprendió demasiado tarde cómo había sonado.
—No. Quiero decir… mandíbula. Hablábamos de su mandíbula.
El silencio fue terrible.
Mercedes abrió el abanico.
—Querida, a mi edad una se agarra a cualquier explicación, pero reconozco que esa ha empeorado la escena.
Nico tosió contra su copa.
Lucía se cubrió la cara con una mano.
—Voy a tirarme a la fuente.
—Es poco profunda —dijo Nico.
—Para mí no. Para ti.
Esta vez Patricia no pudo contener la risa.
Y, de pronto, algo se aflojó en el patio.
No del todo. No lo suficiente para que Lucía olvidara la mentira. Pero sí para que el aire pareciera menos cargado. Beatriz sonrió. Mercedes se sirvió más vino. Nico, traidor, parecía disfrutar de la versión caótica de Lucía que su familia siempre intentaba corregir.
Esa era otra injusticia.
Con Nico, sus errores no parecían pruebas de que estuviera mal hecha.
Parecían parte del encanto.
Y ella no podía permitirse recordar cómo era sentirse así.
—¿Y tú, Nico? —preguntó Patricia, aprovechando el momento—. ¿Dónde vives ahora?
Lucía se tensó.