mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Lucía se acercó de inmediato a la puerta comunicante.

La puerta estaba allí.

Cerrada.

Blanca.

Inofensiva solo para alguien sin pasado.

Puso la mano en el pomo.

Giró.

Se abrió.

—Mamá.

Beatriz parpadeó.

—Ah, mira. Está abierta.

—Qué sorpresa.

Nico tosió.

Lucía lo miró.

—No.

—No he dicho nada.

—Estás pensando “sorpresa”.

—No puedo controlar todos mis pensamientos.

Mercedes asomó la cabeza desde el pasillo.

—¿La puerta comunica con tu cuarto?

—Sí —dijo Lucía.

—Qué práctico.

—No.

—Qué tradicional.

—Tampoco.

—Qué eficiente para evitar paseos nocturnos por el pasillo.

—Tía Mercedes.

—Solo constato arquitectura romántica.

Lucía cruzó la puerta hacia su habitación.

La suya.

El cuarto seguía casi igual, aunque Beatriz había cambiado la colcha y retirado algunos objetos demasiado adolescentes.

Pero el escritorio junto a la ventana era el mismo.

El armario empotrado. El espejo ovalado.

La marca pequeña en la pared que dejó una estantería al caer cuando tenía dieciséis años y culpó a Jaime con éxito parcial.

La ventana daba a la parte trasera, hacia el invernadero viejo y la línea de olivos donde empezaba el camino hacia la casa de invitados.

Lucía no miró allí.

No mucho.

Volvió a la puerta comunicante.

—Llave —dijo.

Beatriz buscó en un pequeño cuenco sobre la cómoda.

—Aquí.

Le entregó una llave de latón.

Lucía la introdujo en la cerradura de su lado y giró.

Clic.

El sonido fue precioso.

Clic.

Seguridad.

Clic.

Mentira contenida.

—Ahora del otro lado —dijo.

Nico estaba en la habitación azul, al otro lado del marco. La miró con una expresión que podría haber sido diversión si no fuera porque también parecía algo triste.

—¿Quieres que la cierre yo o prefieres supervisar?

—Supervisar.

—Por supuesto.

Él sacó la llave gemela del lado azul, la introdujo y cerró.

Clic.

Lucía respiró mejor.

Mercedes aplaudió una vez.

—Muy moderno. Prometidos con frontera.

—La mejor clase de prometidos —dijo Lucía.

Beatriz parecía ligeramente decepcionada.

Patricia parecía decidida a no reírse.

Nico apoyó la mano en el marco.

—¿Algo más que deba bloquear, tapiar o declarar zona neutral?

—Tu encanto —dijo Lucía.

—Ese no tiene llave.

—Qué desgracia.

Mercedes giró hacia Beatriz.

—Me gustan. Son insufribles. Eso siempre da buen matrimonio.

—No hay matrimonio todavía —dijo Lucía.

—Claro. Primero hay que ver cómo besa en público.

—¡Tía!

Mercedes se alejó pasillo abajo, satisfecha con su destrucción.

Beatriz, quizá percibiendo que su hija estaba a punto de hacer combustión, decidió cambiar de tema.

—Bajad cuando os hayáis instalado. Tomaremos algo en el patio antes de cenar. Arturo llegará sobre las ocho, y Jaime… bueno, Jaime llegará cuando el drama sea más conveniente para él.

—Entonces ya debería estar aquí —murmuró Lucía.

Patricia se acercó a ella.

—¿Quieres que te ayude a deshacer la maleta?

—No he traído maleta.

Su hermana miró las cajas del coche, la carpeta y la bolsa que Lucía había subido consigo.

—Has traído media empresa y dos camisetas.

—Prioridades.

—Luego hablamos.

—Todo el mundo quiere hablar conmigo últimamente. Estoy empezando a añorar cuando solo me criticabais.

Patricia le tocó el brazo.

—Cinco minutos. Sin interrogatorio.

Lucía no le creyó, pero asintió.

Su madre y Patricia salieron. Nico quedó en la habitación azul. Lucía en la suya. La puerta comunicante cerrada entre ambos.

Por fin.

Silencio.

Lucía dejó la carpeta sobre la cama, apoyó las manos en el colchón y respiró.

Una semana.

Solo una semana.

Siete días de fingir. De preparar una propuesta.

De esquivar a su madre. De evitar a su padre.

De sobrevivir a la tía Mercedes. De no mirar hacia la casa de invitados.

De no recordar Lisboa. De no preguntarse si Nico había dicho “sí” a Mercedes porque mentía bien o porque aún quedaba algo de verdad enterrado bajo todos esos años.

Al otro lado de la puerta, oyó un golpe suave.

No en la puerta.

En la pared.

Luego la voz de Nico, amortiguada.

—Lucía.

Ella cerró los ojos.

—La puerta está cerrada por una razón.

—No pensaba abrirla.

—Bien.

—Solo quería decirte algo.

—¿Es una emergencia?

—No.

—Entonces no.

Silencio.

Lucía se alejó de la puerta.

—Tu propuesta es buena —dijo él al otro lado.

Se quedó quieta.

—Eso ya lo has dicho.

—No delante de tu padre.

La frase la alcanzó despacio.

Lucía miró la carpeta sobre la cama.

—¿Y?

—Y deberías dejar que sea buena sin pedir perdón por ella.

No pudo responder.

No inmediatamente.

Porque eso era lo molesto de Nico: no solo recordaba a la chica que ella había sido. A veces parecía ver a la mujer que estaba intentando ser, incluso cuando ella todavía no sabía cómo sostenerla.

—Norma de verdades innecesarias —dijo al fin.

La voz le salió más baja de lo que pretendía.

Al otro lado, Nico guardó silencio un segundo.

—Esta era necesaria.

Lucía se quedó mirando la puerta cerrada.

La llave seguía echada.

La frontera seguía ahí.

Y, aun así, por primera vez desde que había llegado a Los Olivos, le pareció una defensa mucho más frágil de lo que quería admitir.