Capítulo 5 #2
Primero la cara. Luego los hombros. Luego las manos. Luego los zapatos. Después, de nuevo la cara, como si quisiera comprobar si el conjunto tenía sentido.
Nico sostuvo el análisis con una compostura admirable.
Lucía, que había visto a empresarios adultos sudar bajo el escrutinio de su tía, tuvo que concederle eso.
—Así que tú eres Nicolás —dijo Mercedes.
—Nico, si lo prefiere.
—Prefiero decidir después de verte de perfil.
Nico parpadeó.
Jaime habría pagado por estar allí.
Mercedes rodeó a Nico medio paso, lo miró de lado y luego asintió con solemnidad.
—Nico está bien. Nicolás parece nombre de marido que firma cheques. Nico parece nombre de hombre que besa en cocinas.
Lucía dejó caer casi la caja.
—¡Tía Mercedes!
Patricia se llevó una mano a la boca.
Beatriz hizo un sonido ahogado.
Nico, maldito fuera, se rio.
No una risa educada.
Una risa real.
Mercedes lo señaló con el abanico.
—Me gusta. Tiene dientes bonitos y no se asusta fácil. Eso en esta familia es casi un requisito médico.
—Estoy empezando a notarlo —dijo Nico.
—¿Quieres a mi sobrina?
La pregunta cayó sin transición.
Lucía abrió los ojos.
—No puedes preguntarle eso.
—Claro que puedo. Soy vieja, rica y viuda. La sociedad me debe entretenimiento.
—Tía.
—Calla, niña. Estoy interrogando.
Nico miró a Lucía.
Durante un segundo, ella vio pasar por sus ojos la misma duda que había sentido en el comedor: podía bromear, podía mentir, podía salir del paso. Había mil respuestas posibles para una pregunta imposible.
Pero Mercedes no era Arturo. Con Mercedes, las mentiras hechas de humo no duraban ni un sorbo de vermut.
Nico volvió la vista hacia la anciana.
—Sí —dijo.
Lucía dejó de respirar.
La respuesta fue sencilla.
Demasiado sencilla.
Sin adorno. Sin relato. Sin cocina. Sin promesas. Sin esa habilidad suya para construir frases que hacían que todos quisieran creerle.
Sí.
Mercedes lo observó durante un momento largo.
Luego sonrió.
—Vaya. Eso ha sonado peligroso.
—Lo es —murmuró Patricia.
Lucía le clavó una mirada.
Patricia fingió interesarse por una buganvilla.
Mercedes abrió el abanico con un golpe seco.
—Bien. Entonces entra. Quiero verte caminar por la casa.
—¿Para qué? —preguntó Lucía, agotada.
—Para saber si desentona.
—¿Con la casa?
—Con ella.
Señaló a Lucía con el abanico.
Lucía se quedó callada, y eso molestó mucho a su orgullo.
Porque la tía Mercedes decía barbaridades, sí. Pero de vez en cuando, entre el vermut y las frases imposibles, acertaba en lugares donde nadie más estaba mirando.
Nico recogió su bolsa de viaje.
—Intentaré no desentonar.
—Eso no se intenta, querido. Se nace, se aprende o se finge con talento.
—Entonces estoy en buenas manos.
Mercedes sonrió, complacida.
—También sabe sobrevivir. Excelente.
Entraron en la casa principal con una comitiva que a Lucía le pareció absolutamente desproporcionada: su madre hablando de habitaciones, Patricia caminando a su lado, Mercedes evaluando a Nico como si fuera una pieza de anticuario y Nico, irritantemente tranquilo, observándolo todo con ojos de arquitecto y de fantasma.
El vestíbulo de Los Olivos olía a cera, piedra fresca y flores recién cortadas.
El suelo hidráulico seguía teniendo las mismas baldosas verdes y blancas.
La escalera principal subía en dos tramos hacia la galería del primer piso.
A la derecha estaba el salón formal. A la izquierda, la biblioteca pequeña.
Al fondo, el corredor que llevaba a la cocina, la despensa, el patio interior y la puerta trasera.
Lucía lo vio todo de golpe.
Demasiados recuerdos.
La risa de sus primas.
El sonido de cubiertos antes de las cenas.
El eco de pasos descalzos.
Nico esperándola una madrugada al pie de la escalera con una mochila al hombro y la sonrisa de alguien que creía que el futuro cabía en dos billetes de tren.
No.
No iban a hacer eso.
No todavía.
—He pedido que suban tus cosas —dijo Beatriz a Nico—. Aunque Lucía y tú podéis llevar lo que sea delicado.
—Lo delicado viaja conmigo —dijo Lucía, levantando la carpeta de la propuesta.
Mercedes le arrebató la carpeta de las manos antes de que pudiera impedirlo.
—¿Qué es esto?
—Trabajo.
—Qué palabra tan fea para una finca tan bonita.
—Es una propuesta para Los Olivos.
Mercedes abrió la carpeta.
Lucía sintió un pánico absurdo.
—Tía, no está terminada.
—Nada interesante lo está.
La anciana pasó la primera página. Luego la segunda. Su expresión, por una vez, perdió teatralidad.
—Mmm.
Lucía odió ese “mmm”.
—¿Mmm bien o mmm vas a destruir mi autoestima antes de la merienda?
Mercedes siguió leyendo.
—Has puesto la bodega como espacio premium.
Lucía se sorprendió.
—Sí.
—Por fin alguien con sentido. Tu padre quería convertirla en sala técnica.
—¿Sala técnica?
—Dijo algo sobre climatización, servidores y no sé qué obscenidades modernas.
Nico hizo una mueca.
—Sería un crimen.
Mercedes lo miró.
—Punto para Nico.
Lucía intentó no disfrutar de aquella alianza.
—La propuesta está verde —dijo—. Tengo que completarla con números.
—Los números son importantes —dijo Mercedes, cerrando la carpeta—. Sirven para que los hombres crean que una buena idea ha sido suya.
Patricia soltó una carcajada.
Beatriz suspiró.
—Mercedes, por favor.
—¿Qué? Es verdad. Yo llevo cincuenta años haciendo que señores con corbata se sientan brillantes por repetir mis frases diez minutos después.
Nico miró a Lucía.
—Tomo nota.
—Tú no tomes demasiada nota —dijo ella.
—Eso —añadió Mercedes—. Tú, de momento, toma maletas.
Subieron al primer piso.
Cada escalón parecía recordarle a Lucía otra versión de sí misma.
La niña que bajaba corriendo. La adolescente que se escondía en la galería para llamar a amigas.
La mujer joven que se apoyaba en la barandilla mientras Nico la esperaba abajo, mirándola como si bajar hacia él fuera una decisión sencilla.
Al llegar al pasillo, Beatriz abrió la primera puerta de la derecha.
—La habitación azul.
El nombre siempre le había parecido poco imaginativo, pero exacto. Paredes azul grisáceo, muebles blancos, cama grande con cabecero de madera clara, cortinas de lino y un balcón pequeño que daba al patio de los naranjos. Seguía siendo una de las habitaciones más bonitas de la casa.
Y estaba junto a la suya.
Por supuesto.
—Aquí estarás comodísimo —dijo Beatriz.
Nico dejó la bolsa junto al armario.
—Es perfecta. Gracias.