mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

La habitación azul

Los Olivos seguía teniendo la mala educación de ser preciosa.

Lucía lo comprobó en cuanto el coche avanzó por el camino de grava y la casa principal apareció al fondo, blanca, antigua y demasiado segura de sí misma.

La luz de la tarde caía sobre la fachada como si alguien la hubiera colocado allí para una sesión de fotos: dorada, suave, injustamente favorecedora.

Las buganvillas trepaban por los muros con un desorden perfecto, los cipreses flanqueaban el camino con solemnidad y los olivos viejos, retorcidos por los años, seguían vigilando la finca como si hubieran visto demasiadas cosas y no pensaran confesar ninguna.

Lucía odiaba que le doliera verla.

Odiaba reconocer cada curva del camino. Cada grieta del muro.

Cada banco de piedra. El limonero junto a la cocina.

La fuente baja donde de niña se había caído con un vestido de domingo y de adulta había metido los pies una noche de julio mientras Nico le decía que Lisboa olía a azulejo caliente, café fuerte y vida nueva.

A su lado, Nico no dijo nada.

Eso fue peor que cualquier comentario.

Porque Lucía sabía que también estaba recordando.

Podía notarlo en la forma en que se había quedado quieto, con la mirada fija en la casa principal, los dedos apoyados sobre la bolsa de viaje y una tensión apenas visible en la mandíbula.

Nico Salvatierra, el hombre que en el comedor de los Montoro parecía capaz de improvisar una pedida de mano sin despeinarse, acababa de quedarse sin frases.

Bien.

Al menos la finca también sabía hacerle daño a él.

—No mires así —dijo Lucía.

Nico giró la cabeza.

—¿Así cómo?

—Como si esto significara algo.

—Significa.

—Para el proyecto.

—También.

Lucía apretó el volante y siguió conduciendo hasta la explanada frente a la entrada.

Había ya varios coches aparcados. El de su madre, impecable.

El de Patricia, familiar, práctico y absurdo en alguien que hasta hacía poco juzgaba los monovolúmenes como si fueran una enfermedad estética.

El todoterreno de su padre no estaba, lo que significaba que Arturo llegaría más tarde, probablemente en el momento exacto para incomodar a todo el mundo.

Detuvo el coche.

Ninguno se movió.

La casa los observaba.

Lucía soltó el aire.

—Recuerda las normas.

—Nada de Lisboa —dijo Nico.

—Bien.

—Nada de besos salvo emergencia.

—Me alegra que hayas memorizado la parte importante.

—No dormir juntos.

—Importantísima.

—No contar verdades innecesarias.

—Especialmente importante.

Nico la miró.

—No disfrutar.

Lucía abrió la puerta.

—Esa la incumples con demasiada facilidad.

—Estoy en proceso de mejora.

—Pues mejórate rápido.

Salió del coche antes de que él pudiera responder.

El aire de Los Olivos olía igual que siempre: tierra seca, hojas de limonero, piedra caliente y algo dulce que venía de la cocina.

Ese olor debería haber sido inocente. De verano.

De meriendas, de primas corriendo por los pasillos, de sábanas frescas y mosquitos.

Pero Lucía había aprendido que los lugares no guardan solo lo bonito.

Guardan todo. También lo que una preferiría dejar enterrado.

Abrió el maletero.

La estructura metálica se había desplazado durante el viaje y amenazaba con lanzarse al exterior como un animal enjaulado.

—No te muevas —le dijo.

—¿A mí o a la estructura? —preguntó Nico detrás de ella.

—Depende de quién obedezca mejor.

Él se colocó a su lado, demasiado cerca otra vez, aunque solo fuera para evaluar el maletero.

—Creo que si saco primero las cajas de la derecha, no nos mata.

—Optimista.

—Arquitecto.

—Eso no te convierte en experto en maleteros con trauma.

—No, pero reconozco una estructura inestable cuando la veo.

Lucía lo miró.

—Haz un chiste sobre mí y te dejo aquí dentro.

Nico levantó ambas manos.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Un poco.

Ella intentó no sonreír.

Fracasó durante medio segundo.

Nico lo vio.

Por supuesto que lo vio.

Y esa fue la primera emergencia real de la tarde: descubrir que, en Los Olivos, su sentido del humor seguía teniendo las llaves de una puerta que Lucía creía tapiada.

—No te acostumbres —dijo ella.

—Aún no he hecho nada.

—Por eso mismo.

Nico empezó a sacar cajas. Lucía cogió las bolsas de telas y la carpeta con los primeros bocetos.

Trabajaron en silencio, coordinándose con una facilidad irritante.

Él le pasaba lo pesado sin preguntar. Ella le indicaba dónde apoyar lo frágil sin explicaciones largas.

Había una intimidad doméstica en hacer algo tan simple como descargar un coche, y a Lucía le molestó casi más que el beso fingido de la noche anterior.

Los besos podían justificarse por el teatro.

La eficiencia compartida, no.

—Lucía.

La voz de Patricia llegó desde la escalinata.

Lucía levantó la vista.

Su hermana bajaba hacia ellos con un vestido azul marino, sandalias planas y una mano sobre la barriga apenas pronunciada.

A su lado, Beatriz aparecía con un sombrero de ala ancha y la expresión luminosa de una mujer que había dormido poco porque estaba emocionalmente ocupada en organizar la vida ajena.

—Ya estáis aquí —dijo su madre.

Lucía cerró el maletero con demasiada fuerza.

—Eso parece.

Beatriz miró a Nico.

Sonrió.

No era una sonrisa normal.

Era una sonrisa de madre que acaba de decidir que el hombre frente a ella quizá pueda convertir a su hija en alguien menos preocupante. Una sonrisa peligrosísima.

—Nico, querido.

Querido.

Lucía se atragantó con aire.

Nico, traidor a toda prudencia, se acercó a Beatriz y le dio dos besos con una naturalidad exquisita.

—Beatriz.

—Me alegra muchísimo verte aquí.

Lucía levantó una ceja.

—Mamá, le has visto exactamente una vez desde que reapareció en nuestras vidas.

—Y fue suficiente para alegrarme.

—Qué criterio tan rápido.

—Cuando una madre ve feliz a su hija, lo nota.

Patricia miró a Lucía.

Lucía miró a Patricia con un “ni se te ocurra”.

Nico tuvo la decencia de no decir nada, aunque la sombra de una sonrisa le rozó la boca.

—He preparado la habitación azul para ti —dijo Beatriz—. Lucía, tú estarás en la tuya.

—Con la puerta comunicante cerrada —recordó Lucía.

—Por supuesto.

La forma en que su madre dijo “por supuesto” insinuó que no pensaba absolutamente nada puro sobre aquella puerta.

Lucía deseó evaporarse.

—Hay llave, ¿verdad?

—Sí, cariño.

—Por ambos lados.

—Sí.

—Y funciona.

Beatriz parpadeó.

—No la he probado.

—Entonces la probaremos.

Patricia tosió.

Nico bajó la mirada al suelo con una seriedad sospechosa.

Lucía lo señaló con una caja.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Estabas a punto.

—Estaba pensando en bisagras.

—Claro.

—Profesionalmente.

—Naturalmente.

Beatriz soltó una risa encantada, como si aquello fuera exactamente la clase de complicidad que esperaba de unos prometidos.

Lucía se dio cuenta demasiado tarde de que discutir con Nico delante de su familia no debilitaba la mentira.

La fortalecía. Porque ellos siempre habían discutido así.

Con filo. Con ritmo. Con esa energía insoportable de dos personas que parecían pelearse para no hacer otra cosa.

Patricia se acercó para abrazarla.

—Hola —murmuró.

—No empieces.

—Ni he abierto la boca.

—Te oigo pensar.

—Entonces deja de hacer tantas cosas que merecen pensamiento.

El abrazo duró un segundo más de lo normal.

Lucía cerró los ojos muy brevemente.

Luego Patricia se apartó y miró a Nico.

—Bienvenido a Los Olivos.

—Gracias.

—Y suerte.

—Patricia —dijo Beatriz.

—¿Qué? Con nuestra familia.

Nico sonrió.

—Me lo advirtió Jaime.

—Jaime es parte del peligro —dijo Patricia.

—También me lo imaginaba.

Beatriz aplaudió suavemente, como si acabara de recordar que la vida tenía un programa.

—Vamos, vamos. Dejad esas cajas en la entrada. Carmen os ayudará después. Tenéis que instalaros antes de que llegue Mercedes.

Lucía se congeló.

—¿La tía Mercedes ya viene hoy?

—Llegó hace media hora.

—¿Qué?

Beatriz hizo una mueca.

—Dice que el chófer corría demasiado poco y decidió salir antes para compensarlo.

—Mamá, la tía Mercedes no tiene chófer.

—Ha contratado uno para el fin de semana.

—¿Por qué?

Patricia suspiró.

—Porque dice que una mujer de su edad debe llegar a las crisis familiares sentada detrás.

Lucía cerró los ojos.

—Voy a volver al coche.

—No seas exagerada.

—No exagero. Huyo con precisión.

Demasiado tarde.

La puerta principal de la casa se abrió de golpe.

—¡¿Dónde está el prometido?!

La voz de Mercedes Montoro atravesó la explanada como una trompeta de guerra perfumada.

Lucía se quedó inmóvil con una caja de lazos en las manos.

Nico miró hacia la entrada.

—¿Esa es…?

—El caballo del apocalipsis con collar de perlas —dijo Lucía.

—Lucía —la reprendió su madre, aunque sin demasiada convicción.

La tía Mercedes apareció en lo alto de la escalinata como si la casa la hubiera producido por puro exceso dramático.

Tenía setenta y muchos, quizá ochenta, aunque ella defendía que la edad era un dato administrativo y, por tanto, negociable.

Llevaba un caftán color marfil, gafas de sol enormes, un collar de cuentas doradas y un abanico que usaba más como arma de puntuación que como instrumento contra el calor.

Bajó los escalones con una energía que desmentía cualquier intento de catalogarla como anciana.

—Lucía Montoro —dijo—, ¿tú sabes la vergüenza que me habría dado enterarme de tu compromiso por tu madre y no por ti?

—Tía Mercedes, me comprometí anoche.

—Precisamente. Has tenido horas.

Mercedes llegó hasta ella, le sujetó la cara con ambas manos y la besó en las mejillas con una fuerza que casi le descolocó la mandíbula.

Luego la apartó, la miró de arriba abajo y chasqueó la lengua.

—Estás muy delgada de felicidad.

—Estoy normal de estrés.

—El estrés también adelgaza, pero no da brillo. Tú tienes algo.

—Ojeras.

—Eso también.

Después, sin pedir permiso, Mercedes giró hacia Nico.

Se quitó las gafas de sol.

Lo examinó.

De verdad lo examinó.