Capítulo 4 #4
Y quizá, en una carretera, con las manos ocupadas y sin tener que mirarlo de frente, era más fácil dejarla salir.
—A la estación —dijo.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Nico no respondió.
Lucía sintió que el cuerpo se le ponía rígido.
—Olvídalo.
—No.
—He dicho que lo olvides.
—No fui.
La respuesta la golpeó aunque ya la conocía.
Aunque había pasado aquella noche esperando hasta que el panel cambió, hasta que la gente se fue, hasta que la cafetería cerró, hasta que el guardia le preguntó si necesitaba ayuda y ella dijo que no porque todavía le quedaba una dignidad mínima que defender delante de desconocidos.
No fui.
Dos palabras.
Siete años.
Lucía asintió una vez.
—Vale.
Nico cerró los ojos.
—No digas vale así.
Ella soltó una risa breve.
Sin humor.
—No tienes derecho a pedirme tonos.
—Lo sé.
—No digas eso tampoco.
Nico guardó silencio.
El coche continuó por la carretera.
Lucía sintió que la garganta se le cerraba. No iba a llorar. No por eso. No ahora. No en un coche lleno de lazos, cajas, una estructura metálica y el hombre que no fue.
—Quiero saber una cosa —dijo ella.
—Dime.
—¿Pensabas avisarme?
Nico tardó demasiado.
Lucía tuvo que tragar la respuesta antes de oírla.
—Sí.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—¿Por qué?
Nico se pasó una mano por la cara.
Por primera vez desde que había reaparecido, pareció cansado de verdad. No sereno. No elegante. No arrepentido de forma contenida. Cansado.
—Porque pensé que si oía tu voz no sería capaz de mantenerme lejos.
Lucía soltó una risa rota.
—Qué conveniente.
—No lo digo para que suene bien.
—Pues menos mal.
—Sé cómo suena.
—¿Como cobardía?
—Sí.
El sí fue tan limpio que la rabia de Lucía no encontró dónde engancharse.
Eso la enfadó más.
—Bien —dijo.
—No está bien.
—No. No lo está. Pero es útil saber que al menos coincidimos en el diagnóstico.
Nico miró al frente.
—Tu padre habló conmigo.
Lucía sintió que el volante se volvía más duro bajo sus manos.
—Norma dos.
—Lo sé.
—Entonces cállate.
—Lucía…
—He dicho que te calles.
Esta vez él obedeció.
La obediencia no alivió nada.
Durante varios kilómetros, el coche solo tuvo el ruido del motor y el zumbido bajo de las ruedas sobre el asfalto.
Lucía se concentró en respirar. Inspirar.
Exhalar. No pensar en Arturo. No pensar en Nico frente a su padre.
No pensar en la posibilidad de que aquella historia tuviera piezas que ella no conocía.
No quería piezas nuevas.
Había aprendido a vivir con la versión que tenía: Nico no apareció. Nico eligió irse. Nico no la llamó. Nico rompió algo y ella sobrevivió.
Esa versión era cruel, pero estable.
No necesitaba grietas.
No necesitaba matices.
Los matices eran para la gente que no había esperado sola en una estación con una maleta azul.
Nico no volvió a hablar hasta que salieron de la autopista y tomaron la carretera secundaria hacia Los Olivos.
—¿Quieres parar? —preguntó.
—No.
—Has conducido todo el rato muy tensa.
—Es mi postura natural cuando llevo pasajeros indeseados.
—Lucía.
—Estoy bien.
—No he dicho que no lo estés.
—Entonces no preguntes como si no lo estuviera.
Él asintió.
—De acuerdo.
Lucía exhaló despacio.
—No vamos a tener esta conversación hoy.
—Vale.
—Ni mañana.
—Vale.
—Ni durante esta semana.
Nico guardó silencio.
Ella lo miró de reojo.
—Tienes que decir vale.
—No quiero prometer algo que no sé si puedo cumplir.
Lucía sintió una mezcla de miedo y furia.
—Pues aprende.
—Estoy intentando hacerlo mejor.
—¿Mejor para quién?
La pregunta quedó suspendida.
Nico no respondió de inmediato.
—Para ti —dijo al fin—. Y esta vez también para mí.
Lucía no supo qué contestar.
Por suerte, una curva apareció justo a tiempo para exigirle atención.
La carretera se estrechó. Los pinos empezaron a levantarse a ambos lados. La luz de la tarde caía oblicua sobre los campos secos y los muros de piedra. Ese paisaje pertenecía a Los Olivos. A los veranos de vestidos blancos, rodillas raspadas, cenas largas y calor pegado a la nuca.
Lucía sintió que el pasado se acercaba antes de ver la finca.
Nico también lo sintió.
No dijo nada.
Pero se enderezó un poco en el asiento.
Unos minutos después, apareció el camino de grava flanqueado por cipreses.
Los Olivos.
La verja de hierro seguía siendo la misma, aunque más oxidada. El muro encalado necesitaba una mano de pintura. Las buganvillas trepaban por uno de los laterales con una belleza salvaje que a Beatriz siempre le parecía excesiva y a Lucía siempre le había parecido perfecta.
Detuvo el coche frente al portón automático.
Ninguno habló.
Lucía bajó la ventanilla para introducir el código.
Su mano dudó un instante antes de pulsar los números.
Nico miró el muro, los cipreses, la curva del camino que llevaba a la casa principal.
—No ha cambiado tanto —dijo.
Lucía pulsó el último número.
El portón empezó a abrirse lentamente.
—Nosotros sí.
Nico la miró.
Ella mantuvo los ojos al frente.
Luego pisó el acelerador y entró en Los Olivos con su falso prometido al lado, su propuesta en el maletero y todos los fantasmas de su juventud esperándola bajo los árboles.