Capítulo 4 #3
—Tiene mejor acústica que el patio. Si limitas aforo y trabajas bien la iluminación, puede ser el espacio premium. Cenas privadas, invierno, presentaciones. El patio venderá mejor en fotos, pero la bodega puede justificar precio.
Lucía se quedó callada.
No porque no estuviera de acuerdo.
Sino porque estaba exactamente de acuerdo.
—Eso está en la página tres —dijo.
Nico la miró.
—Entonces voy bien.
Samira hizo un pequeño sonido.
Casi una risa.
Lucía la ignoró.
—¿Qué más?
Nico se inclinó un poco sobre los bocetos.
—El recorrido desde la entrada principal es bonito, pero demasiado largo para invitados mayores si llevas ceremonia a los cipreses. Necesitarías un punto intermedio o acceso lateral. La explanada junto a la alberca tiene potencial, pero el suelo está irregular. Si no se corrige, tacones y demandas.
—Ya lo he anotado.
—Claro.
Nico siguió mirando.
Esta vez más despacio.
No había condescendencia en su cara. Ni sorpresa paternalista. Ni ese brillo de quien felicita a un niño por haber dibujado algo reconocible. Había concentración. Respeto profesional.
Lucía no supo qué hacer con eso.
—Es bueno —dijo él al fin.
Dos palabras.
Nada más.
El pecho se le apretó de una forma ridícula.
—Es un borrador.
—Es un buen borrador.
—No necesitas sonar impresionado.
—No necesito. Lo estoy.
Samira miró a Lucía.
Lucía miró a Samira con una advertencia muda.
Samira sonrió como una mujer que acababa de ver una vela peligrosa acercarse demasiado a un mantel seco.
—Voy a cargar el coche —dijo Lucía, demasiado rápido.
—Te ayudo —dijo Nico.
—No hace falta.
—He visto la estructura metálica de dos metros en tu maletero desde el taxi. Sí hace falta.
Samira alzó una ceja.
—¿La estructura sigue en el coche?
—Es una instalación móvil —dijo Lucía.
—Es chatarra con aspiraciones —respondió Samira.
—Es parte de un photocall.
—De un photocall que terminó hace cuatro días.
—Me encariño con mis materiales.
Nico tomó una de las cajas sin pedir permiso.
Lucía estuvo a punto de protestar, pero la caja pesaba mucho y ella no era idiota a tiempo completo.
—Cuidado —dijo—. Ahí van copas.
Nico se quedó inmóvil.
—¿Copas reales?
—No, copas imaginarias. Por eso pesan.
—Pregunto porque en un coche lleno de estructuras metálicas me gusta conocer el nivel de riesgo.
—Moderado tirando a artístico.
Él sonrió.
Samira los observó en silencio mientras salían con la primera carga.
La tarde estaba templada. El coche de Lucía, un compacto blanco que había vivido más eventos que muchos invitados, estaba aparcado en doble fila con las luces de emergencia puestas y el maletero abierto.
Dentro había cajas, telas, un perchero plegable, una lámpara de mimbre, dos sacos de arena, una bolsa con velas, la famosa estructura metálica y algo que quizá había sido una guirnalda antes de perder la esperanza.
Nico miró el interior.
—Entiendo que lo de llevarme en el maletero era más amenaza que posibilidad logística.
—Podría atarte al techo.
—Eso sí daría credibilidad al compromiso.
Lucía retiró una caja del asiento trasero.
—No empieces.
Nico dejó las copas con cuidado.
Luego se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa.
Lucía no miró sus antebrazos.
Ni un poco.
Miró la estructura metálica.
Con mucho interés.
La estructura metálica no tenía antebrazos.
—Tú dile dónde poner las cosas —dijo Samira desde la puerta del estudio—. Se le ve útil.
—No necesito hombres útiles —dijo Lucía.
Nico levantó una caja.
—Hoy soy mobiliario auxiliar.
—Perfecto. Callado y en una esquina.
—Qué idea tan optimista tienes del matrimonio.
—Del falso matrimonio.
—Falso compromiso —corrigió él—. Todavía no me has llevado al altar.
Lucía casi dejó caer una bolsa de telas.
—No digas frases así en la calle.
—¿Por si alguien nos reconoce?
—Por si el universo toma notas.
Cargaron el coche en veinte minutos. O, mejor dicho, transformaron el caos absoluto en un caos ligeramente más seguro. Nico consiguió encajar la estructura metálica de modo que no amenazara directamente la nuca de nadie. Lucía tuvo que admitir, en silencio y solo ante Dios, que había sido útil.
Cuando terminaron, Samira abrazó a Lucía.
—Llámame si necesitas flores, cifras o una coartada.
—En ese orden?
—Depende de cómo vaya el viaje.
Luego miró a Nico.
—No la hagas llorar.
Lucía puso los ojos en blanco.
—Samira.
Nico sostuvo la mirada de la florista.
—Intentaré no hacerlo.
—No he dicho que lo intentes.
La respuesta quedó en el aire.
Nico asintió despacio.
—De acuerdo.
Samira pareció valorar aquel “de acuerdo” mejor que los anteriores.
Lucía, no.
A ella le molestó como todo lo que él decía con demasiada calma.
Subieron al coche.
Lucía conduciendo. Nico de copiloto. La bolsa de él encajada a sus pies. Una caja de lazos entre ambos en el asiento trasero, como si incluso los objetos quisieran recordarles que aquello iba de fingir algo romántico.
Durante los primeros cinco minutos, ninguno habló.
Lucía puso la radio.
Sonó una canción demasiado lenta.
La quitó.
Nico miró por la ventanilla.
—Puedes poner música.
—No quiero música.
—Vale.
—Y no digas vale así.
—¿Así cómo?
—Como si fueras razonable.
—Lo siento.
—Tampoco digas lo siento así.
Nico giró la cabeza hacia ella.
—Necesito una lista de tonos prohibidos.
—La estoy elaborando.
—¿Va antes o después de las normas de besos por emergencia?
Lucía apretó el volante.
—No vamos a hablar de eso.
—De acuerdo.
Ella lo miró de reojo.
—Estás disfrutando.
—Un poco.
—Norma cinco.
—No disfrutar. Lo recuerdo.
—Pues incumples.
—No he firmado nada.
—Firmaste con tu actitud.
—Mi actitud no es jurídicamente vinculante.
—Trabajo con eventos, Nico. Sé convertir cualquier cosa en vinculante si hay suficientes testigos y una minuta.
Él soltó una risa baja.
El sonido llenó el coche con una facilidad indecente.
Lucía cambió de carril con más brusquedad de la necesaria.
—Cuidado —dijo él.
—No hagas comentarios sobre mi conducción si quieres llegar con todos tus órganos.
—No era crítica. Era aprecio por mis órganos.
El tráfico de Madrid empezó a quedar atrás. Los edificios se fueron espaciando, la luz se volvió más limpia y la carretera abrió una línea de escape hacia la sierra. Lucía se concentró en las señales, en los retrovisores, en cualquier cosa que no fuera el hombre sentado a su lado.
Nico no invadía el espacio.
Ese era el problema.
No ponía el brazo cerca. No la miraba demasiado. No hacía nada que pudiera justificar una reacción. Su sola presencia bastaba. Era una presión silenciosa en el asiento del copiloto. Una versión adulta de todos los recuerdos que ella había metido en cajas sin etiquetar.
—Tu estudio es bonito —dijo él al cabo de un rato.
Lucía tardó en responder.
—No hace falta.
—¿El qué?
—Ser amable.
—No estoy siendo amable.
—Peor. Estás siendo específico.
Nico miró al frente.
—Es tuyo.
Lucía sintió que algo en su pecho se movía apenas.
—Eso sí.
—Se nota.
—¿Eso es bueno o malo?
—Bueno.
Ella no contestó.
—Antes —dijo él—, cuando hablábamos de irnos, decías que querías montar algo donde la gente entrara y sintiera que podía respirar.
Lucía se quedó tan quieta que el coche pareció avanzar sin ella.
—Norma de nostalgia —dijo.
—No era nostalgia.
—¿No?
—Era contexto.
—Qué palabra tan fea.
—Es lo que hay cuando intentas no decir recuerdos.
Lucía tragó saliva.
No quería saber que él recordaba eso.
No quería saber que, de todo lo que habían dicho con veinticuatro años, Nico guardaba una frase sobre respirar.
No quería saber que había visto su estudio y había entendido, sin que ella se lo explicara, que aquel local estrecho de Lavapiés era la versión adulta, endeudada y peleona de un sueño antiguo.
—No monté el estudio por ti —dijo.
—No he pensado eso.
—Bien.
—Lo montaste por ti.
Lucía apretó más el volante.
Qué facilidad tenía para acertar cuando más le convenía a ella que fallara.
—¿Y tú? —preguntó, porque necesitaba apartar la luz de sí misma—. ¿Restaurador de fincas familiares ahora?
—Entre otras cosas.
—Qué misterioso.
—No mucho. Casas antiguas, hoteles pequeños, espacios que no quieren convertirse en algo horrible con focos empotrados.
—Mi padre adora los focos empotrados.
—Lo sé.
—¿Cómo has acabado trabajando para él?
Nico miró por la ventanilla.
—Me llamó su equipo. Participamos en una licitación reducida. Presenté una propuesta. Gustó.
—¿Sabías que era Los Olivos?
—Sí.
Lucía sintió un pellizco en el estómago.
—¿Y aun así aceptaste?
Nico tardó un segundo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque es un buen proyecto.
—Hay muchos buenos proyectos.
—No como ese.
Lucía soltó una risa seca.
—Claro. La finca con valor sentimental del hombre que te odiaba era irresistible profesionalmente.
—Tu padre no me odiaba.
—Mi padre no odia. Mi padre evalúa negativamente con continuidad.
Nico sonrió apenas.
—Eso sí.
—No has respondido.
Él apoyó la cabeza en el asiento.
—Quería verla otra vez.
La carretera siguió avanzando.
Lucía no dijo nada.
—La finca —añadió Nico.
—Ya.
—Lucía.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho con el cuello.
—Mi cuello no participa en esta conversación.
—Tu cuello siempre ha sido muy expresivo.
—Nico.
—Perdón.
La palabra quedó ahí.
Esta vez no sonó ligera.
Lucía miró la carretera hasta que las líneas blancas empezaron a parecer demasiado brillantes.
—¿Fuiste? —preguntó.
No supo que iba a decirlo hasta que lo dijo.
Nico giró la cabeza.
—¿Dónde?
Lucía respiró hondo.
Lisboa estaba prohibido.
La estación también debería haberlo estado.
Pero la pregunta llevaba siete años viviendo debajo de su lengua.