mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Dejó el bolso, encendió la cafetera pequeña y pegó una nota en la pared:

LOS OLIVOS.

Debajo escribió:

NO FLORES BONITAS. NÚMEROS.

Luego añadió:

PERO TAMBIÉN FLORES BONITAS.

Trabajó durante horas.

Primero reunió fotografías antiguas de la finca: las que conservaba en el móvil, las que encontró en el archivo familiar compartido, algunas que Patricia le envió sin preguntar.

La fachada principal bañada por el sol de junio.

La bodega de piedra. La alberca vieja que nadie usaba.

El patio de los naranjos. La pérgola. La zona de cipreses.

La pequeña capilla desacralizada donde las primas jugaban a bodas con manteles robados de la cocina.

Lucía trazó recorridos.

Ceremonia simbólica junto a los cipreses.

Cóctel en patio de naranjos.

Cena bajo pérgola o en bodega según temporada.

Alojamiento premium limitado en casa principal.

Paquetes de eventos de treinta, cincuenta y ochenta personas.

Calendario de temporada alta.

Costes aproximados.

Inversión inicial.

Proveedores.

Margen.

Riesgos.

Ventajas.

Por primera vez en toda la mañana, la hoja de cálculo dejó de parecer una amenaza y empezó a parecer una puerta.

A mediodía, entró Samira, su florista de confianza, con un ramo de anémonas que no había pedido y una bolsa de cruasanes.

—Tienes cara de haber discutido con un hombre o con Hacienda —dijo.

Lucía aceptó el cruasán.

—Con ambos, si consideramos a mi padre una institución recaudatoria.

Samira tenía treinta y cinco años, el pelo rizado siempre recogido con pañuelos imposibles y una capacidad casi sobrenatural para detectar tragedias sentimentales por la postura de los hombros.

—Cuenta.

—Estoy comprometida.

Samira se quedó quieta.

Luego miró la mano izquierda de Lucía.

—No.

—Falsamente.

—Ah.

—Con Nico.

Samira dejó las anémonas sobre la mesa.

—¿Nico Nico?

—¿Cuántos Nicos conoces que puedan justificar esa cara?

—Solo uno, pero me gusta verificar antes de juzgar.

—Juzga.

—Estoy eligiendo por dónde empezar.

Lucía mordió el cruasán.

—No empieces por ningún lado. Es temporal. Una semana. Necesito que mi familia crea que estamos prometidos para que mi padre me deje presentar una propuesta para Los Olivos.

Samira la observó.

—¿Has dicho esa frase en voz alta antes?

—No entera.

—¿Y te ha parecido menos demencial al hacerlo?

—Un poco más.

—Bien. Eso significa que todavía tienes contacto con la realidad.

Lucía se dejó caer en el sofá verde.

—Le necesito para el proyecto. Él es el arquitecto.

Samira abrió mucho los ojos.

—No.

—Sí.

—¿Tu exnovio, falso prometido y arquitecto del proyecto familiar?

—Gracias por resumirlo con ese tono de denuncia.

—No es denuncia. Es admiración. Hay gente que arruina su vida con una copa de más. Tú necesitas una estructura en tres actos.

Lucía le lanzó un cojín.

Samira lo atrapó.

—¿Y cómo está?

Lucía miró hacia la pared de muestras.

—Más guapo.

—Mala noticia.

—Mucho más sereno.

—Peor.

—Y arrepentido.

Samira hizo una mueca.

—Peligrosísimo.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad o lo sabes como sabes que no debes comprar telas cuando estás triste?

Lucía miró hacia una caja nueva de lino color salvia que había adquirido después de una discusión con su madre.

—Ataque innecesario.

Samira se sentó a su lado.

—Lucía, cariño, un hombre arrepentido es como una vela encendida en una mesa preciosa: da ambiente, pero también puede quemarte la casa si te despistas.

—No me voy a despistar.

—Eso lo dijiste con las telas.

—Las telas no me rompieron el corazón.

—No, pero te dejaron sin presupuesto para febrero.

Lucía suspiró.

—Solo necesito aguantar una semana. Preparar una propuesta brillante. Fingir delante de mi familia. No hablar de Lisboa. No besarlo salvo emergencia.

Samira se quedó mirándola.

—¿Has incluido lo de besarlo en una lista de normas?

—Sí.

—Entonces vais a besaros.

—No.

—Lucía.

—Salvo emergencia.

—En las comedias románticas todo es una emergencia si hay suficiente iluminación.

Lucía cerró los ojos.

—Te odio.

—No, me necesitas. Y por eso voy a ayudarte con Los Olivos.

Lucía abrió un ojo.

—¿Sí?

—Sí. Pero no porque me guste este plan, que me parece una bomba envuelta en papel kraft. Lo hago porque tu idea para esa finca puede ser buenísima si dejas de intentar demostrarle a tu padre que eres seria y empiezas a demostrarle que eres rentable.

Lucía se incorporó.

—Eso me dijo Jaime.

—Por primera vez en su vida, tu hermano ha sido útil.

—No se lo digas. Se vendrá arriba.

Samira se acercó a la mesa y revisó los apuntes.

Durante la siguiente hora, trabajaron juntas.

Samira aportó costes reales de flor, opciones de temporada, límites logísticos y nombres de proveedores que podían hacer magia sin cobrar como si estuvieran reconstruyendo Versalles.

Lucía ajustó números, creó tres paquetes de evento y diseñó una primera página de presentación con una frase que escribió, borró y volvió a escribir cinco veces:

Los Olivos no debe convertirse en un salón de bodas. Debe convertirse en una experiencia íntima, elegante y rentable construida alrededor de lo que la finca ya es.

Samira leyó la frase por encima de su hombro.

—Esa.

—¿Sí?

—Esa no suena a “papá, mírame”. Suena a “sé lo que hago”.

Lucía tragó saliva.

—Bien.

—Muy bien.

A las cuatro, el estudio parecía haber sufrido un ataque de creatividad rentable. Había papeles en la mesa, muestras en el suelo, una tabla de costes abierta en el portátil y tres tazas de café abandonadas en distintos puntos del local como pruebas forenses de una mañana intensa.

Lucía se cambió en el baño.

No porque Nico fuera a verla.

Por supuesto que no.

Se cambió porque iba a conducir a Los Olivos, porque vería a su familia, porque necesitaba sentirse competente y porque la camiseta vieja con una mancha de pintura azul no comunicaba exactamente “directora de proyecto capaz de monetizar una finca histórica”.

Se puso unos vaqueros rectos, una blusa blanca, una americana ligera de cuadros y botines cómodos. Se recogió el pelo en una coleta baja. Se maquilló lo justo para parecer despierta y lo suficiente para ocultar que no lo estaba.

Cuando salió, Samira la miró de arriba abajo.

—Demasiado guapa para alguien que dice no estar intentando estar guapa.

—Estoy profesional.

—Estás profesionalmente besable.

—Samira.

—¿Qué? Soy florista. Trabajo con verdades delicadas.

Lucía se miró en el espejo de pared.

Estaba bien.

No espectacular.

No arreglada para él.

Bien.

Adulta.

Capaz.

Tal vez un poco temblorosa por dentro, pero eso no salía en el reflejo si no una sabía dónde mirar.

A las cuatro y cincuenta y ocho, un coche se detuvo frente al estudio.

Lucía frunció el ceño.

—No puede ser él. Dijo que no tenía coche.

Samira se asomó al escaparate.

—Taxi.

Lucía sintió una irritación absurda por no poder acusarlo de mentiroso en aquel punto concreto.

A las cinco en punto, Nico Salvatierra entró en el Estudio Luma.

No a las cinco y uno.

No a las cinco menos tres, como un hombre ansioso.

A las cinco exactas.

Qué insoportable.

Llevaba vaqueros oscuros, camisa blanca, chaqueta azul marino y una bolsa de viaje al hombro. Menos formal que la noche anterior. Más peligroso, quizá por eso. En el comedor de los Montoro, el traje había sido una armadura. Allí, bajo la luz cálida del estudio de Lucía, parecía demasiado real.

Se detuvo nada más cruzar la puerta.

Y miró.

No a ella.

Al estudio.

Lucía no supo por qué aquello la puso nerviosa.

Prefería que la mirara a ella. Podía defenderse de eso. Podía levantar la barbilla, soltar una frase, recordar que lo odiaba. Pero Nico mirando su local, sus mesas, sus muestras, sus bocetos, su sofá verde y sus cajas abiertas era otra clase de intimidad.

Era verlo entrar en una parte de su vida que ella había construido después de él.

Sin él.

A pesar de él.

—Llegas puntual —dijo, porque necesitaba llenar el silencio.

Nico giró la mirada hacia ella.

La recorrió apenas un instante.

Muy poco.

Lo justo para que Lucía sintiera, con una claridad molesta, que el cambio de ropa no había sido invisible.

—Me amenazaste con ello.

—Amenazo a mucha gente. No todas obedecen.

—Quizá no las amenazas bien.

Samira carraspeó desde la mesa.

Lucía cerró los ojos mentalmente.

—Samira, Nico. Nico, Samira.

Samira lo observó con la misma expresión con la que revisaba flores recién llegadas del mercado: buscando daños, frescura y señales de que algo no iba a durar.

—El famoso Nico —dijo.

Nico aceptó el juicio con una leve inclinación de cabeza.

—No sé si famoso es bueno.

—En este caso, no.

—Samira —advirtió Lucía.

—¿Qué? He sido muy educada. Podría haber empezado con “el infame Nico”.

Nico no se ofendió. O supo no demostrarlo.

—También justo.

Lucía lo miró.

—No la animes.

Samira cruzó los brazos.

—¿Vas a cuidar de ella?

—No necesita que la cuide.

La respuesta fue inmediata.

Y por eso mismo dejó a Lucía sin una réplica preparada.

Samira también pareció apreciarlo, aunque intentó ocultarlo con un gesto de sospecha.

—Bien contestado. ¿Vas a estorbarle?

Nico miró a Lucía.

—Intentaré no hacerlo.

—Respuesta menos convincente —dijo Samira.

—Estoy en desventaja. La conozco.

—Yo también. Por eso pregunto.

Lucía se interpuso entre ambos.

—Fantástico. Ya hemos hecho el ritual de intimidación. Ahora, si nadie quiere medirse con cuchillos ceremoniales, tenemos que irnos.

—Yo sí querría —dijo Samira—, pero tengo un centro de mesa a las seis.

Nico señaló los paneles apoyados junto a la mesa.

—¿Eso es para Los Olivos?

Lucía siguió su mirada.

Bocetos. Recorridos. Paletas de materiales. Tablas de números. Fotografías impresas. Todo demasiado expuesto.

—Borrador inicial.

Nico dejó la bolsa junto a la puerta y se acercó sin tocar nada.

Lucía tuvo que contener el impulso absurdo de recoger los papeles, como si fueran ropa interior tendida en una habitación ajena.

Nico observó el panel principal en silencio.

Demasiado silencio.

Lucía sintió que la impaciencia le subía por los brazos.

—Puedes decirlo.

—¿El qué?

—Lo que sea que estás pensando.

—Estoy pensando que la bodega no debería ser solo plan B para lluvia.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

Nico señaló una de las fotografías.