Capítulo 4
El estudio donde nadie pedía permiso
Lucía durmió tres horas, discutió con Nico en sueños durante dos y media, y pasó la media hora restante mirando al techo con la sensación de que su vida había sido escrita por alguien con demasiado vino y muy poco respeto por la estabilidad emocional ajena.
A las siete y doce de la mañana, se rindió.
Se levantó, se preparó un café tan cargado que debería haber requerido licencia municipal y abrió el portátil en la mesa de la cocina.
Su apartamento era pequeño, luminoso y ligeramente caótico, que era una forma amable de decir que había facturas mezcladas con muestras de tela, velas sin estrenar, dos cajas de lazos de terciopelo y un florero vacío que llevaba semanas esperando a que su dueña desarrollara una vida suficientemente adulta como para comprar flores para sí misma.
En la pantalla, el documento en blanco la miró con crueldad.
PROPUESTA DE USO PARA FINCA LOS OLIVOS.
Solo el título parecía burlarse de ella.
Lucía bebió café.
El café no arregló nada, pero al menos le recordó que tenía órganos internos.
La propuesta debía ser seria. Viable. Con números.
Con estrategia. Con todo aquello que su padre podía respetar incluso si le dolía admitirlo.
No bastaba con decir que Los Olivos tenía luz preciosa al atardecer, que los jardines podían convertirse en un recorrido de ceremonia íntima, que la antigua bodega era perfecta para cenas privadas con mesas largas y velas bajas, que la explanada junto a los cipreses pedía a gritos una estructura ligera de hierro y lino.
No.
A Arturo Montoro no se le conquistaba con lino.
Se le conquistaba con previsiones de ocupación, margen por evento y retorno de inversión.
Lucía abrió una hoja de cálculo.
La hoja de cálculo le devolvió su vacío con una indiferencia blanca y cuadriculada.
—No me mires así —murmuró.
El móvil vibró sobre la mesa.
Patricia.
Lucía lo miró como si fuera una amenaza con funda rosa.
No contestó.
Vibró otra vez.
Patricia.
Tercera llamada.
Patricia.
A la cuarta, Lucía aceptó que su hermana había heredado de su madre la perseverancia y de su padre la capacidad de asedio.
—Estoy viva —dijo al descolgar.
—Eso no responde a ninguna de mis preguntas.
La voz de Patricia sonaba demasiado despierta para una mujer embarazada, perfecta y probablemente alimentada por vitaminas prenatales de alta gama.
—No he venido preparada para un interrogatorio antes de las nueve.
—Pues haber pensado en eso antes de comprometerte con tu exnovio en medio de una cena familiar.
Lucía cerró los ojos.
—Técnicamente, me comprometí después del segundo plato.
—Lucía.
—Los detalles importan.
—¿Es falso?
Silencio.
Al otro lado de la línea, Patricia no suspiró, no insistió, no adornó la pregunta. Solo esperó.
Eso era lo peor de su hermana. Patricia tenía la elegancia de no empujar cuando sabía que el suelo ya se estaba rompiendo bajo tus pies.
Lucía se frotó la frente.
—Sí.
Patricia no dijo nada durante dos segundos.
—Vale.
Lucía abrió los ojos.
—¿Vale?
—Vale.
—¿Eso es todo?
—¿Quieres que grite?
—Me desconcierta que no lo hagas.
—Estoy embarazada. Reservo mis gritos para cuando alguien me diga otra vez que dormiré cuando nazca el bebé.
Lucía soltó una risa pequeña.
Le hizo bien.
Un poco.
—¿Se lo vas a contar a mamá?
—No.
Lucía se quedó quieta.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no es mi mentira.
La frase fue sencilla.
Y justamente por eso dolió.
Lucía bajó la mirada a la hoja de cálculo vacía.
—Gracias.
—Pero sí es mi familia —añadió Patricia—. Y si esto estalla, va a estallar encima de todos.
—Lo sé.
—No, Lu. Creo que no lo sabes. Mamá está emocionada de verdad.
La culpa regresó, puntal y precisa.
—Lo sé.
—Papá está sospechando de verdad.
—Eso también.
—Jaime está encantado de verdad.
—Jaime estaría encantado si un camarero tropezara con una sopa delante de la reina.
—Y tú estás… —Patricia se detuvo—. No sé cómo estás.
Lucía miró el portátil, el café, las facturas, el florero vacío.
—Yo tampoco.
Hubo un silencio más suave.
—¿Por qué Nico? —preguntó Patricia.
Lucía se rio sin ganas.
—Porque entró por la puerta.
—Eso explica la logística. No explica tu cara.
—No tenía cara.
—Lucía.
—Tenía una cara normal de persona sorprendida por una coincidencia desagradable.
—Tenías la misma cara que pusiste cuando te dije que se había casado Laura Beltrán.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué cara puse cuando se casó Laura Beltrán?
—La de “no me importa nada, por eso voy a hablar demasiado alto y beberme el cava de cuatro mesas”.
—Laura Beltrán me caía mal.
—Laura Beltrán salió dos meses con Nico después de que vosotros…
—No salieron dos meses.
—Mes y medio.
—Veintinueve días.
—Me encanta que no te importara.
Lucía se levantó de la silla y caminó hasta la ventana con el café en la mano.
Abajo, la calle empezaba a desperezarse: una furgoneta descargaba cajas frente a la panadería, una mujer paseaba a un perro con jersey, dos adolescentes cruzaban sin mirar el semáforo con esa fe suicida de quien todavía no paga seguros.
—No quiero hablar de Nico.
—Pues vas a pasar una semana fingiendo que quieres casarte con él.
—Gracias, Patricia. Siempre tan útil.
—Estoy intentando entender el tamaño del incendio.
—Grande.
—¿Bosque o edificio histórico?
—Finca familiar con invitados y champán.
—Peor.
Lucía apoyó la frente en el cristal frío.
—Necesito Los Olivos.
Patricia tardó un instante en responder.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Necesito un proyecto que la gente vea. Algo que no sea una boda de treinta personas en una terraza alquilada por horas. Algo grande. Algo mío. Si preparo una propuesta buena y papá tiene que valorarla delante de todos, quizá…
No terminó.
No porque no supiera qué quería decir.
Sino porque decirlo en voz alta la hacía sentir demasiado desnuda.
Quizá me tome en serio.
Quizá deje de mirarme como si estuviera jugando.
Quizá, por una vez, no tenga que convencer a mi propia familia de que existo con permiso.
—Quizá sí —dijo Patricia.
Lucía cerró los ojos.
—No digas eso si no lo crees.
—Creo que puedes hacer una propuesta brillante.
—No es lo mismo.
—No. Pero es la parte que depende de ti.
Lucía tragó saliva.
Su hermana perfecta tenía la molesta costumbre de acertar cuando dejaba de intentar ser perfecta.
—¿Papá va a cerrarse en banda?
—Papá va a hacer lo que hace siempre: pedirte que demuestres tres veces más que cualquiera para darte la mitad de crédito.
Lucía soltó una risa amarga.
—Qué motivador.
—Pero esta vez tienes ventaja.
—¿Cuál?
—Conoces Los Olivos mejor que cualquier estudio contratado. Sabes cómo se usa, cómo respira, qué partes de la finca tienen historia de verdad y cuáles son solo metros cuadrados caros.
Lucía abrió los ojos.
A veces olvidaba que Patricia también había crecido allí. Que bajo sus blusas perfectas y sus agendas impecables había una niña que una vez se escondió con ella en la bodega para comer melocotones robados hasta ponerse enfermas.
—Y tienes a Nico —añadió Patricia.
La ternura desapareció.
—No tengo a Nico.
—Tienes al arquitecto del proyecto, sea lo que sea en lo sentimental.
—Es mi ex.
—También.
—Y mi falso prometido.
—También.
—Y una persona a la que preferiría no deberle nada.
—Eso ya parece más difícil.
Lucía se separó de la ventana.
—No me ayudas.
—No te estoy llamando para ayudarte a mentir mejor.
—Entonces ¿para qué me llamas?
Patricia suspiró.
—Para preguntarte si estás segura de que puedes hacer esto sin hacerte daño.
Lucía miró su reflejo en el cristal de la ventana. Pelo recogido deprisa. Ojeras. Camiseta vieja. La cara de una mujer que había dormido poco y fingido mucho.
—No.
Patricia se quedó callada.
—No estoy segura —repitió Lucía—. Pero voy a hacerlo igualmente.
—Eso suena muy tuyo.
—No sé si es un halago.
—Tampoco yo.
Lucía sonrió apenas.
—Tengo que trabajar.
—Lu.
—¿Sí?
—Nico te hizo mucho daño.
La sonrisa se le borró.
—Lo recuerdo.
—Solo… no confundas que ahora parezca arrepentido con que antes no eligiera irse.
Lucía apretó el móvil contra la oreja.
La frase era justa.
Demasiado.
—No lo confundo.
—Bien.
—Pero Patricia…
—¿Qué?
Lucía miró otra vez la pantalla del portátil. El título de la propuesta. La hoja vacía. El día entero por delante. La semana esperándola como una trampa vestida de oportunidad.
—Yo tampoco quiero seguir siendo la persona que se quedó esperando en una estación.
Patricia respiró al otro lado.
—Entonces no lo seas.
Lucía colgó cinco minutos después, con la promesa arrancada de que llamaría si necesitaba ayuda, si Nico se comportaba como un idiota o si la tía Mercedes intentaba organizar una pedida oficial antes del postre.
A las ocho y media, ya estaba en el estudio.
El Estudio Luma ocupaba un local estrecho en una calle tranquila de Lavapiés, entre una tienda de reparación de bicicletas y una floristería marroquí que siempre olía a jazmín, tierra húmeda y algo verde que Lucía nunca había sabido nombrar.
El escaparate no era grande, pero lo había decorado con una mesa antigua recuperada, velas de distintos tamaños, un arco de ramas secas y un cartel de lino con letras negras:
EVENTOS ÍNTIMOS, ESPACIOS CON ALMA.
Su padre había dicho una vez que sonaba “poco escalable”.
Lucía había respondido que él sonaba “poco abrazable”.
No volvieron a hablar del cartel.
Al entrar, encendió las luces y el local despertó con esa belleza imperfecta que solo tenían los sitios pequeños construidos a base de insistencia.
Había estanterías llenas de muestras de vajilla, cajas con lazos de seda, jarrones desparejados, carpetas de proveedores, bocetos colgados en una pared de corcho y un sofá verde que había comprado de segunda mano y que Beatriz definía como “valiente”, que era su forma de decir horrible.
Para Lucía, aquel lugar era más casa que la casa familiar.
Allí nadie le preguntaba cuándo iba a sentar la cabeza.
Allí podía dejar una escalera en medio, comer de un táper sobre el suelo y llorar diez minutos en el baño sin que nadie lo convirtiera en diagnóstico de carácter.
Allí, si algo estaba torcido, se arreglaba con las manos.
No con apellidos.