Capítulo 3 #3
Luego de una libreta vieja donde una vez había apuntado su dirección de Lisboa, rodeada de corazones idiotas que le dieron tanta vergüenza al encontrarlos que arrancó la página y la quemó en el fregadero.
Nico sí había tenido su número.
O tal vez ya no.
Quizá también la había borrado.
La idea le molestó de una manera absurda.
—Dámelo —dijo.
Él se lo dictó.
Lucía lo guardó como “Nicolás Salvatierra”.
Ni Nico.
Ni ex.
Ni prometido accidental, aunque la tentación fue grande.
Nicolás Salvatierra.
Un nombre formal para una catástrofe con traje.
—Te escribo la dirección —dijo.
—Bien.
Nico no se movió.
Lucía tampoco.
El vestíbulo se extendía alrededor de ellos, demasiado amplio, demasiado iluminado. Al fondo se oía a su madre hablando con Carmen, probablemente sobre champán, sábanas y formas socialmente aceptables de anunciar un compromiso falso antes de que los novios falsos pudieran impedirlo.
—Lucía —dijo Nico.
Ella miró la pantalla de su móvil apagado.
—Está muerto.
—¿Qué?
—El móvil. Por eso no puedo escribirte ahora.
—No iba a hablar del móvil.
Claro que no.
Lucía levantó la vista.
Nico había perdido otra vez la sonrisa.
—Lo de antes —dijo—. En la biblioteca.
—Hemos dicho muchas cosas antes.
—Lisboa.
La palabra entró en el vestíbulo como una ráfaga fría.
Lucía dio un paso atrás.
Pequeño.
Suficiente.
—Primera norma.
—Lo sé.
—Entonces cúmplela.
—Solo quería decir que…
—No.
La firmeza de su propia voz la sorprendió.
Nico calló.
Lucía tragó saliva. Le temblaba algo por dentro, pero no iba a dejar que se notara. No allí. No esa noche. No con él.
—No puedes sacar Lisboa cuando te conviene parecer arrepentido.
Nico apretó la mandíbula.
—No intento parecer nada.
—Pues lo haces fenomenal.
—Lucía.
—No. Mañana fingimos. Esta semana fingimos. Delante de mi familia somos una pareja tan feliz que dará asco. Pero cuando estemos solos, tú y yo no somos nada. No somos amigos. No somos dos personas poniéndose al día. No somos una conversación pendiente.
La última frase dolió al salir.
Porque era mentira.
Sí eran una conversación pendiente.
Una larguísima.
Una que ella había pronunciado mil veces en su cabeza, en la ducha, en taxis, en camas ajenas, en noches tontas de domingo cuando la ciudad se quedaba demasiado quieta y el orgullo no hacía suficiente ruido.
Nico la observó con una tristeza serena que la enfadó más que cualquier defensa.
—De acuerdo —dijo.
Lucía odiaba esa palabra en su boca.
De acuerdo.
Como si aceptar sus límites fuera otra forma de tocarla.
—Bien.
—Mañana a las cinco.
—Mañana a las cinco.
Nico asintió.
Luego abrió la puerta principal.
El aire de la noche entró frío y húmedo. Olía a Madrid, a asfalto mojado, a hojas de los árboles de la calle, a la vida normal que continuaba fuera de aquella casa como si Lucía no acabara de dinamitar la suya.
Nico se detuvo en el umbral.
No se volvió del todo.
—Para que conste —dijo—, no habría dicho la verdad ahí dentro.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué?
—Aunque no hubieras seguido. Aunque no me necesitaras para Los Olivos. No te habría dejado sola delante de ellos.
Lucía sintió que la rabia le subía de nuevo, rápida, defensiva.
—No digas cosas bonitas ahora. Llegas siete años tarde.
Nico bajó la mirada.
—Lo sé.
Otra vez.
Esa maldita respuesta.
Salió antes de que ella pudiera decir nada más.
La puerta se cerró.
Lucía se quedó en el vestíbulo, con el móvil muerto en una mano, las llaves en la otra y un compromiso falso alrededor del cuello como una joya demasiado pesada.
A sus espaldas, alguien carraspeó.
Lucía cerró los ojos.
—Dime que no has oído nada.
—No he oído nada —dijo Jaime.
Ella se giró.
Su hermano estaba apoyado contra el marco del pasillo con las manos en los bolsillos y una expresión mucho menos burlona de lo habitual.
—Mientes fatal —dijo ella.
—Es de familia.
Lucía suspiró.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Jaime…
—No voy a preguntar por Lisboa.
El corazón le dio un golpe.
—No hay nada que preguntar.
—Eso también ha sonado fatal.
Lucía se abrazó a sí misma.
Durante un segundo se sintió ridícula. Como una niña con vestido manchado, esperando una reprimenda. Pero Jaime no se acercó para burlarse. No hizo ningún comentario. No la llamó dramática.
Solo la miró.
—¿Estás metida en un lío enorme? —preguntó.
Lucía soltó una risa pequeña.
—Estoy prometida con mi exnovio, que también es el arquitecto contratado por papá, y mañana tengo que conducir con él a la finca donde nos enamoramos antes de que me rompiera el corazón.
Jaime lo consideró.
—He visto líos peores.
—¿Sí?
—No. Pero quería sonar tranquilizador.
Lucía se rio.
Esta vez de verdad.
Un poco.
Jaime se acercó y le quitó suavemente las llaves de la mano.
—No conduzcas.
—Estoy bien.
—Estás a tres comentarios de robar un caballo, y ni siquiera hay caballos cerca.
—La tía Mercedes podría conseguir uno.
—Exacto. No demos oportunidades al destino.
Lucía aceptó las llaves de vuelta, pero no se movió.
—No se lo digas a Patricia.
—Patricia ya lo sabe.
—No lo sabe.
—Patricia sabía que tu ardilla era invisible y eso que tenía siete años. Créeme, lo sabe.
Lucía gimió.
—Voy a morir en Los Olivos.
—Probablemente. Pero con buena mantelería.
—Te odio.
—Eso dicen todas las mujeres de la familia cuando tengo razón.
Lucía miró hacia la puerta cerrada.
Nico ya no estaba.
Y aun así, la casa parecía llena de él.
Su voz. Su mano en la cintura. Su “no supe olvidar bien”. Su manera imposible de decir “lo sé” sin pedir perdón del todo y, al mismo tiempo, sin escapar.
—Jaime —dijo, más bajo.
—¿Sí?
—¿Crees que papá me dejará hacer el proyecto si lo presento bien?
Su hermano tardó en responder.
Eso ya era una respuesta.
—Creo que papá quiere que lo presentes bien para poder decir que no con argumentos.
Lucía cerró los ojos.
—Genial.
—Pero también creo que, si lo haces lo bastante bien, quizá no pueda decir que no sin quedar como el villano.
—Papá no tiene miedo de quedar como el villano.
—No. Pero tiene miedo de quedar como un mal empresario. Usa eso.
Lucía lo miró.
Jaime sonrió apenas.
—No soy solo una cara bonita con problemas de herencia.
—Nunca he pensado que fueras bonita.
—Cruel.
—Gracias.
—Prepara números —dijo él—. No solo flores bonitas y luces cálidas. Papá desprecia todo lo que no pueda meterse en una hoja de Excel.
—Mi trabajo no es eso.
—Tu trabajo también tiene que ser eso si quieres que él lo entienda.
Lucía asintió despacio.
Jaime, por una vez, no estaba bromeando.
Y tenía razón.
Si quería Los Olivos, no bastaba con demostrar que sabía transformar una finca en un lugar hermoso. Tenía que demostrar que la belleza también podía facturar.
—Vale —dijo.
—Y otra cosa.
—¿Qué?
Jaime miró hacia la puerta.
—Si vas a fingir con Nico, no finjas mal.
—¿Perdona?
—Papá no se va a tragar una relación de cartón. Mamá quizá sí porque ya está eligiendo centros de mesa, pero papá no. Si queréis engañarlo, vais a tener que parecer de verdad.
Lucía tragó saliva.
—No somos de verdad.
—Eso no es lo que te he dicho.
—Jaime.
—He visto cómo te miraba.
Lucía notó un calor incómodo en el cuello.
—No empieces.
—Y he visto cómo lo mirabas tú.
—He dicho que no empieces.
Jaime levantó las manos.
—Solo digo que, para ser una mentira, tiene demasiado material de archivo.
Lucía no respondió.
Porque esa era exactamente la parte que más miedo le daba.
No la mentira.
El archivo.
Todo lo que seguía guardado.
Todo lo que una semana en Los Olivos podía desenterrar.
Jaime le dio un beso breve en la mejilla.
—Vete a dormir, prometida accidental.
—Mañana te odiaré más.
—Lo espero con ilusión.
Lucía salió de la casa familiar minutos después, envuelta en el aire frío de la noche y en la certeza de que no iba a dormir.
Su coche estaba aparcado al otro lado de la calle, lleno de cajas, telas, muestras de flores secas y una estructura metálica de dos metros que, vista desde fuera, parecía el esqueleto de una decisión terrible.
Se sentó al volante.
No arrancó.
Apoyó la frente en el reposacabezas y cerró los ojos.
Había noches que dividían la vida en un antes y un después. Lucía conocía bien una de ellas: la noche en que Nico no apareció en la estación. La noche en que Lisboa dejó de ser una ciudad y se convirtió en una herida. La noche en que aprendió que las promesas podían quedarse sin dueño.
Aquella, sospechaba, iba a ser otra.
Encendió el móvil con el poco resto de batería que había revivido tras unos minutos de descanso. La pantalla se iluminó como si también quisiera acusarla.
Tenía tres mensajes de Patricia.
Uno de Jaime, enviado hacía treinta segundos:
“No mates al prometido antes del sábado. Mamá ya está mirando vajillas.”
Lucía soltó una risa cansada.
Luego abrió la agenda.
Nicolás Salvatierra.
El número nuevo la miraba desde la pantalla.
No debía escribirle.
No hacía falta escribirle.
Podía mandarle la dirección al día siguiente desde el estudio, de forma profesional, fría, sin emojis, sin signos de exclamación, sin ninguna palabra que pudiera interpretarse como invitación emocional.
Pero el dedo ya estaba sobre el contacto.
Lucía escribió:
“Mi estudio. Calle San Damián, 14. Mañana a las 17:00. Sé puntual.”
Lo leyó dos veces.
Añadió:
“Y no digas ‘sorpresa’ nunca más.”
Dudó.
Envió.
La respuesta llegó antes de que pudiera bloquear la pantalla.
“Llegaré puntual. Lo de ‘sorpresa’ no puedo garantizarlo en emergencias.”
Lucía miró el mensaje.
Sonrió.
Solo un segundo.
Luego recordó que odiaba a Nico Salvatierra.
Y arrancó el coche antes de que la sonrisa pudiera convertirse en algo peor.