Capítulo 3 #2
—Creo que ya has dicho bastante —aportó Jaime, feliz.
Beatriz tomó su copa de champán y bebió un sorbo largo.
—Bueno —dijo, intentando recomponer su dignidad maternal—. Sois adultos.
—Gracias por la confirmación legal —murmuró Lucía.
Patricia se tapó la sonrisa con la servilleta.
Arturo no parecía divertido.
—La habitación azul —repitió—. Y Lucía, la tuya de siempre.
—Con llave —dijo ella.
—¿Perdón?
—La puerta comunicante. Que tenga llave.
Nico bajó la vista.
Estaba luchando por no reírse.
Lucía lo habría empujado bajo la mesa.
—Naturalmente —dijo Arturo.
—Por ambos lados.
Jaime se secó una lágrima inexistente.
—Este compromiso es mi nuevo lugar feliz.
Lucía lo señaló.
—Tú. No vengas este fin de semana.
—Me temo que ya estoy invitado.
—Desinvítate.
—Jamás.
Beatriz se incorporó un poco.
—Entonces queda decidido. Mañana por la tarde salimos hacia Los Olivos. Yo iré temprano con Patricia para organizar la casa. Arturo irá después de comer. Jaime, cuando logre aparecer. Lucía, tú puedes llevar a Nico.
Lucía se atragantó de verdad.
—¿Qué?
—Será más cómodo. Así podéis hablar de vuestras cosas.
—¿Mis cosas?
—Vuestras cosas —corrigió Beatriz con una sonrisa encantada.
—Mamá, Nico tiene coche.
—No lo he traído —dijo él.
Lucía giró lentamente la cabeza.
—¿Cómo que no lo has traído?
—He venido en tren.
—Acabas de decirlo —recordó Jaime—. El tren milagroso que se adelanta.
—Puedo alquilar uno —dijo Nico.
—Tonterías —respondió Beatriz—. Lucía te lleva.
Lucía sonrió a su madre.
—Me encantaría. Pero mi coche está lleno de cajas.
—Las sacas.
—Y una lámpara.
—También.
—Y quizá una estructura metálica de dos metros para un photocall.
Beatriz parpadeó.
—¿Por qué llevas eso en el coche?
—Porque, a diferencia de algunas personas de esta mesa, yo sí trabajo en eventos.
—Lucía —dijo Arturo.
—Perdón. Ha sido mi impulso hablando.
Nico se inclinó un poco hacia ella.
—Puedo ir en el maletero si eso ayuda.
—No me tientes.
Jaime golpeó la mesa con un dedo.
—Yo pagaría por ver ese viaje.
—Tú pagarías por ver arder una tostadora si creyeras que alguien de la familia estaba dentro —dijo Patricia.
—Eso no es justo. Depende del familiar.
Beatriz suspiró.
—Lucía llevará a Nico. No hay más que hablar.
Sí había más que hablar.
Había muchísimo más que hablar.
Había siete años, una estación, Lisboa, una promesa rota, una finca, un falso compromiso, un anillo inexistente y la certeza de que pasar dos horas en un coche con Nico Salvatierra era una receta para cometer un delito o recordar cosas. Ambas opciones igual de graves.
—Perfecto —dijo Lucía.
Nico la miró.
Ella siguió sonriendo.
—Maravilloso. Me encanta conducir con estructuras metálicas y exnovios en el asiento del copiloto.
Otro silencio.
Lucía cerró los ojos.
—Prometidos —corrigió.
Demasiado tarde.
Jaime levantó ambas manos.
—No voy a decir nada porque, sinceramente, esto se comenta solo.
Arturo se levantó.
—Creo que por esta noche es suficiente.
Lucía casi se echó a reír.
Suficiente.
Había inventado un prometido, había reencontrado a su ex, había aceptado una semana en Los Olivos, había conseguido una oportunidad profesional y había insinuado delante de su familia que Nico podía ser simultáneamente su exnovio y su futuro marido.
Sí.
Suficiente parecía una palabra prudente.
—Nicolás —continuó Arturo—, podemos hablar mañana de los detalles de la reforma. Carmen te dará la carpeta con los informes de la finca.
—Perfecto.
—Y Lucía —dijo su padre.
Ella lo miró.
—Prepara una propuesta seria.
La palabra seria cayó con intención.
Pero esta vez Lucía no hizo una broma.
Quizá porque estaba cansada.
Quizá porque Nico estaba escuchando.
Quizá porque, por debajo de toda la vergüenza, toda la mentira y todo el desastre, había una oportunidad real.
Una rendija.
Una posibilidad.
—Lo haré —dijo.
Arturo sostuvo su mirada.
Luego asintió.
Ese asentimiento, pequeño y seco, le supo a desafío.
Lucía lo aceptó en silencio.
La cena se disolvió poco después, aunque “disolverse” en la familia Montoro significaba que todo el mundo se levantaba con frases pendientes, miradas cargadas y una educación tan perfecta que podría cortar cristal.
Beatriz abrazó a Lucía al despedirse.
Aquello fue inesperado.
Su madre olía a perfume caro y a crema de manos. La abrazó con cuidado, como si Lucía fuera un jarrón que siempre hubiera parecido a punto de caerse de la mesa.
—Podrías habérmelo contado —susurró.
Lucía se quedó rígida.
La culpa volvió.
No por la mentira, o no solo por la mentira. Por la parte de verdad que había debajo: que no le contaba cosas a su madre porque Beatriz no sabía recibirlas sin intentar corregirlas.
—Lo sé —dijo Lucía.
Beatriz se apartó y le acarició el pelo con un gesto casi antiguo.
—Espero que seas feliz de verdad.
Lucía no tuvo respuesta.
Por suerte, su madre no esperó una.
Patricia fue la siguiente. La abrazó con menos ceremonia y más fuerza.
—Mañana hablamos —murmuró.
—No.
—Sí.
—Patri…
—Mañana. Antes de que te subas al coche con tu arquitecto-prometido-exnovio-o-lo-que-sea.
—No es…
Patricia se apartó y la miró con calma.
—Lucía, te conozco desde que intentaste convencerme de que habías adoptado una ardilla invisible para no ir a clase de ballet. Mientes fatal cuando estás asustada.
Lucía tragó saliva.
—No estoy asustada.
Patricia ladeó la cabeza.
—Eso también lo decías de la ardilla.
Y se marchó.
Jaime, en cambio, no la abrazó. Jaime la rodeó como un detective en una escena del crimen.
—Estoy orgulloso de ti —dijo.
—No quiero saber por qué.
—Has conseguido en una cena lo que yo llevo años intentando: hacer que papá pierda el control de la narrativa.
—No era mi objetivo.
—Por eso ha sido arte.
Lucía cogió su bolso del respaldo de la silla.
—No empieces.
—Oh, voy a empezar muchísimo. Pero no ahora. Ahora dejaré que te vayas con tu prometido falso.
Lucía se quedó inmóvil.
Jaime sonrió.
Esta vez no con burla.
No del todo.
—Tranquila —dijo en voz más baja—. No voy a decir nada.
—No sabes nada.
—Sé que entraste a la cena soltera, saliste comprometida y entre medias apareció un hombre al que miraste como si quisieras besarlo y atropellarlo en el mismo acto.
—Eso no es saber. Eso es ser insoportable.
—Es mi don.
Lucía lo miró.
Jaime levantó las manos, esta vez sin teatralidad.
—No se lo diré a papá.
Ella no respondió.
—Pero ten cuidado —añadió él.
La frase, en Jaime, sonó extrañamente seria.
—¿Con Nico?
—Con todos. Pero sí. También con él.
Lucía tragó saliva.
—No necesito que me protejas.
—Lo sé. Por eso lo hago fatal.
Le dio un beso rápido en la frente, como cuando eran pequeños y él se burlaba de ella después de defenderla en secreto de algún primo idiota.
Lucía odió un poco menos a su hermano durante tres segundos.
Luego Jaime miró por encima de su hombro.
—Cuñado.
Nico apareció junto a la puerta del comedor con el abrigo en el brazo.
—Jaime.
—Mañana te mandaré un formulario.
—¿Un formulario?
—Para valorar si eres digno de mi hermana. Preguntas básicas. Ingresos, antecedentes penales, postura sobre la tortilla con cebolla, capacidad para sobrevivir a cenas pasivo-agresivas.
—Creo que acabo de pasar una prueba de campo.
—No te confíes. Esto era la demo.
Lucía empujó a Jaime con el bolso.
—Vete.
—Me voy porque quiero, no porque me intimides.
—Te intimido desde que tenías ocho años.
—Cierto.
Jaime se alejó silbando.
Lucía y Nico quedaron solos en el vestíbulo, aunque no realmente solos. En aquella casa nada era privado. Las paredes escuchaban. Las alfombras archivaban pasos. Los cuadros juzgaban con la experiencia de cinco generaciones.
Nico se puso el abrigo.
Lucía buscó las llaves en el bolso para no mirarlo.
—¿Te vas? —preguntó ella.
—A menos que quieras que me quede a dormir para reforzar la mentira.
Encontró las llaves y las apretó en el puño.
—Te advertí lo de no disfrutar.
—Estoy intentando sufrir, pero tu hermano me lo pone difícil.
—Jaime es una enfermedad familiar.
—Parece quererte.
Lucía levantó la vista.
—Qué observación tan innecesaria.
—No era crítica.
—En esta casa todo es crítica si lo pronuncias con la entonación adecuada.
Nico la miró durante un instante.
—Eso lo recuerdo.
Lucía sintió una presión en el pecho.
—No.
—¿No qué?
—No empieces frases con “eso lo recuerdo”. De hecho, no recuerdes nada delante de mí.
—Difícil.
—Haz un esfuerzo.
Nico bajó la mirada a sus manos. A las llaves apretadas entre los dedos.
—¿Vas a conducir así?
—¿Así cómo?
—Como si quisieras apuñalar el volante.
Lucía aflojó el puño.
—Mañana. Mañana puedes ser perceptivo. Hoy ya has gastado tu cupo.
—¿A qué hora salimos?
La palabra “salimos” le pareció indecente.
—No hemos quedado en que vayamos juntos.
—Tu madre sí.
—Mi madre también cree que Eduardo Montalbán es una oportunidad sentimental y no una denuncia pendiente.
—Puedo alquilar un coche.
Lucía lo miró.
Podía decirle que sí.
Era lo sensato.
Lo limpio.
Lo seguro.
Cada uno en su vehículo, cada uno con sus pensamientos, cada uno con sus heridas atadas en el maletero. Llegarían a Los Olivos con menos posibilidades de matarse y, sobre todo, con menos tiempo para hablar.
Pero entonces imaginó a Nico apareciendo solo en la finca. Su madre haciendo preguntas. Jaime sacando conclusiones. Arturo observando distancias.
Si iban a fingir, debían empezar antes de llegar.
Maldita coherencia.
—A las cinco —dijo.
Nico asintió.
—¿Dónde?
—En mi estudio.
—¿Dirección?
Lucía dudó.
No quería darle la dirección de su estudio.
No porque fuera un secreto. Podía buscarla en internet. Estaba en la web, en las tarjetas, en las facturas impagadas y, con mala suerte, en alguna reseña de una clienta que había escrito “precioso, aunque tardaron un poco en contestar”.
Pero decírsela en voz alta era otra cosa.
Era darle acceso a una parte de su vida que él no conocía. Una parte imperfecta, pequeña, peleada, suya.
—Te la mando —dijo.
—No tienes mi número.
La frase los dejó quietos.
Claro que no tenía su número.
Lo había borrado hacía años.
Primero de la agenda.
Luego de WhatsApp.