Capítulo 3
Manual básico para no parecer prometidos falsos
Cuando Lucía volvió al comedor, tuvo la sensación de que todos los muebles sabían algo.
La lámpara de araña parecía más brillante. Las copas, más llenas. Las flores del centro de mesa, más sospechosas. Incluso los retratos familiares colgados en las paredes parecían haberse inclinado un poco dentro de sus marcos dorados para seguir mejor el espectáculo.
Nico entró detrás de ella.
Demasiado cerca.
No pegado a su espalda, pero sí a una distancia que en cualquier otra circunstancia habría sido normal.
Esa era precisamente la tragedia: que Nico ocupaba el espacio cercano con una naturalidad absurda, como si su cuerpo recordara cosas que Lucía llevaba siete años intentando olvidar por pura disciplina emocional.
Jaime levantó la vista en cuanto los vio.
—Han vuelto —anunció—. Nadie parece herido. Decepción moderada.
—Jaime, por favor —dijo Patricia.
—Estoy siendo un anfitrión atento.
Lucía tomó asiento.
Nico no se sentó de inmediato. Primero apartó su silla con una cortesía impecable, esperó a que ella se acomodara y luego ocupó el lugar a su lado.
Lucía le dirigió una mirada rápida.
Una mirada que decía: “No te pases”.
Nico respondió con otra que decía: “Si vamos a hacerlo, lo hacemos bien”.
Lo odiaba.
Odiaba que tuviera razón.
—¿Todo aclarado? —preguntó Beatriz, con ese brillo nervioso de quien ya se ha imaginado tres tipos de flores, dos fechas posibles y una lista de invitados con prioridad diplomática.
—Todo —dijo Nico.
—Nada —dijo Lucía al mismo tiempo.
Jaime sonrió.
—Empezamos fuerte.
Lucía cogió la copa de champán y bebió un sorbo. Más pequeño que el anterior. Había descubierto que el alcohol no ayudaba a mentir mejor; solo hacía que las malas ideas parecieran tener iluminación romántica.
—Lo que Nico quiere decir —dijo ella— es que todo está aclarado entre nosotros.
—Y lo que Lucía quiere decir —añadió Nico— es que no quiere que hagáis un interrogatorio.
Lucía volvió la cabeza hacia él.
—No necesito traductor.
—Lo sé. Pero como prometido falso soy excelente dando apoyo logístico.
El silencio fue mínimo.
Imperceptible para cualquiera que no estuviera entrenado en detectar catástrofes.
Lucía sintió que se le helaba la sangre.
Nico también lo notó. Lo supo por el modo en que sus ojos cambiaron apenas un instante.
Jaime dejó la copa sobre la mesa con una lentitud teatral.
—¿Cómo has dicho?
Lucía sonrió.
Demasiado rápido.
Demasiado ancho.
—Prometido fantástico —corrigió—. Ha dicho prometido fantástico.
Patricia frunció el ceño.
—Yo he oído…
—Has oído mal —la cortó Lucía.
—Yo he oído falso —dijo Jaime.
—Tú oyes lo que te conviene desde que eras pequeño.
—Cierto, pero esta vez me convenía oírlo porque lo ha dicho.
Nico, para su desgracia, no parecía alarmado. Parecía ligeramente divertido. Como si acabara de resbalar al borde de un precipicio y apreciara la vista.
—He dicho “prometido fantástico” —confirmó él.
Jaime entrecerró los ojos.
—Mientes con mucha calma.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Me lo quedo igualmente.
Lucía cerró los ojos un segundo.
Aquella frase.
Otra vez.
Había demasiadas cosas de Nico en el aire. Demasiados ecos. Demasiadas versiones antiguas de ellos dos colándose entre los cubiertos, las copas y las mentiras improvisadas.
Arturo, que no había perdido detalle, apoyó los dedos sobre el mantel.
—Me gustaría hacer una pregunta.
—Solo una sería un cambio refrescante —murmuró Lucía.
—¿Por qué ahora?
La pregunta no iba dirigida a ella.
Iba dirigida a Nico.
Lucía lo notó en el tono, en la postura, en ese modo que tenía su padre de volver invisible a quien no quería interrogar todavía. Arturo miraba a Nico como si acabara de descubrir una grieta interesante en una pared que ya pensaba derribar.
Nico no se movió.
—¿Por qué ahora qué?
—¿Por qué volver a la vida de mi hija ahora?
Beatriz se removió en la silla.
—Arturo…
—Me parece una pregunta razonable.
—No —dijo Lucía—. Te parece una pregunta cómoda para hacer sentir incómodos a los demás.
Arturo no apartó la vista de Nico.
—Si están prometidos, supongo que Nicolás no tendrá problema en responder.
Lucía abrió la boca.
Nico apoyó una mano sobre la mesa.
No la tocó.
Solo dejó la mano cerca de la de ella. Una presencia medida. Un gesto calculado con tanta precisión que resultaba casi insultante.
—Volví por trabajo —dijo.
Lucía no sabía qué había esperado, pero no eso.
La verdad, quizá.
Una mentira bonita, tal vez.
No una frase tan limpia y tan cortante.
Arturo levantó apenas las cejas.
—Entiendo.
—Pero me quedé por Lucía.
El comedor se calló.
Lucía sintió que el corazón le daba un golpe seco.
Nico no la miró. Siguió mirando a su padre.
—No estaba en mis planes —continuó—. Imagino que eso no ayuda a la imagen de estabilidad que le gustaría para ella.
Jaime hizo un gesto con la copa.
—A mí me está gustando muchísimo.
Patricia le dio otro codazo.
—Pero hay cosas que no entran en un plan —dijo Nico—. A veces vuelves a una ciudad por un contrato y te encuentras con alguien a quien no supiste olvidar bien.
Lucía no respiró.
No bien.
Qué forma tan cobarde y preciosa de decirlo.
No “no olvidé”.
No “seguía enamorado”.
No “he pensado en ti cada día desde Lisboa”.
Solo: no supe olvidar bien.
Una frase lo bastante ambigua para pertenecer a la mentira.
Lo bastante exacta para hacer daño.
—Vaya —dijo Beatriz en voz baja.
Patricia miraba a Nico con una expresión nueva. Menos sospecha. Más curiosidad. Quizá incluso un poco de compasión.
Jaime había dejado de hacer bromas, lo que siempre era señal de que algo lo había tocado más de lo que admitiría.
Arturo, en cambio, no se conmovió.
—Muy conveniente —dijo.
—Papá —advirtió Lucía.
—No he dicho que no sea sincero. Solo que es conveniente.
Nico asintió.
—Lo es.
Lucía lo miró.
Él volvió por fin los ojos hacia ella. Y, maldita fuera, allí había algo que no estaba actuado.
—Pero no por eso es falso —añadió.
Lucía quiso odiarlo.
Con todas sus fuerzas.
Quiso odiar la facilidad con la que construía una historia habitable, el modo en que protegía la mentira sin convertirla en una caricatura, la precisión cruel con la que usaba partes reales para levantar una ficción.
Pero, sobre todo, quiso odiar que una parte pequeña y estúpida de ella deseara que esa frase hubiera sido verdad.
No por eso es falso.
Beatriz se aclaró la garganta.
—Bueno. Creo que todos estamos un poco sorprendidos, eso es evidente. Pero si Lucía es feliz…
Lucía casi se atragantó.
Feliz.
Qué palabra tan optimista para una mujer que acababa de fingir un compromiso con el hombre que le había destrozado el corazón, delante de su familia, para conseguir una oportunidad laboral en una finca llena de recuerdos y posibles homicidios.
—Lo soy —dijo, porque a esas alturas qué importaba una mentira más.
Nico bajó la mirada hacia la copa.
No sonrió.
Lucía no supo si agradecérselo o lanzarle el cuchillo de pescado.
—Entonces deberíamos celebrarlo en Los Olivos como se merece —continuó Beatriz.
—Mamá…
—No hablo de una gran fiesta —dijo ella, lo que en idioma Beatriz Montoro significaba exactamente una gran fiesta—. Algo íntimo. Familia cercana. Los Montalbán ya estarán allí. Los tíos. Quizá los primos de Sevilla.
—Eso no es íntimo. Eso es una evacuación regional.
—Y la tía Mercedes —añadió Patricia.
Lucía gimió.
—No.
Jaime se iluminó.
—Sí.
—La tía Mercedes no puede enterarse —dijo Lucía—. La tía Mercedes convertirá esto en una zarzuela.
—La tía Mercedes tiene derecho a la felicidad —dijo Jaime.
—La tía Mercedes llamó “preboda” al funeral del tío Gonzalo porque dijo que al menos todos íbamos bien vestidos.
Nico soltó una risa.
Lucía volvió la cabeza hacia él.
—No te rías. A ti te va a adoptar en cuanto te vea.
—¿Es peligroso?
—La última persona a la que adoptó acabó comprando un caballo.
—No tengo sitio para un caballo.
—Ella dirá que eso demuestra falta de ambición.
Beatriz, ignorando deliberadamente la conversación, parecía ya estar reorganizando el universo.
—Podríamos hacer una cena el sábado. Nada formal. Solo para brindar.
—Cuando mamá dice “nada formal” quiere decir que los hombres pueden llevar chaqueta sin corbata —dijo Jaime.
—Y las mujeres pueden respirar entre plato y plato —añadió Lucía.
Patricia sonrió en su copa.
Arturo tomó la palabra de nuevo.
—Nicolás se alojará en la casa principal.
Lucía se tensó.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Si va a revisar la reforma, es más práctico.
—Puede quedarse en la casa de invitados.
La casa de invitados.
El lugar donde no debían quedarse.
El lugar donde la memoria todavía tendría marcas de uñas en las paredes, aunque las hubieran pintado diez veces.
Nico lo pensó también. Lucía lo vio en su cara.
—La casa de invitados está cerrada —dijo Arturo—. Hay humedades.
Lucía casi se rio.
Por supuesto.
El universo no solo tenía sentido del humor. Además, era hortera.
—Entonces puede quedarse en un hotel —dijo ella.
Beatriz la miró como si acabara de sugerir que Nico durmiera en una zanja.
—¿En un hotel? Estando prometido contigo.
—Precisamente. Necesitamos conservar algo de misterio.
—Dormirá en la habitación azul —decidió Arturo.
Lucía sintió que el estómago le daba un vuelco.
La habitación azul estaba junto a la suya.
No compartían pared.
Compartían puerta.
Una puerta interior que, de niña, Lucía usaba para colarse en el cuarto contiguo cuando jugaba con sus primas. Una puerta que, en verano, su madre mandaba cerrar con llave para evitar que los niños corrieran por las habitaciones. Una puerta que de adulta no debería importar lo más mínimo.
Importaba.
Muchísimo.
—No —dijo Lucía.
Todos la miraron.
Sonrió.
—Quiero decir… Nico ronca.
Nico la miró.
—No ronco.
—Eso dices tú porque estás dormido.
—Dormiste conmigo lo suficiente para saberlo?
La frase cayó en la mesa.
Esta vez no hubo silencio.
Hubo un incendio.
Beatriz abrió los ojos como platos.
Patricia se quedó petrificada.
Jaime soltó una carcajada tan fuerte que Arturo lo fulminó con la mirada.
Lucía sintió que la cara entera se le encendía.
—Quería decir… —empezó Nico.
—No digas nada más —susurró ella.