Capítulo 2 #4
—Una semana —repitió, porque necesitaba volver a terreno firme—. Normas claras. Nada de nostalgia. Nada de confesiones. Nada de hacerte el encantador delante de mi familia.
—Eso último no puedo prometerlo.
—Nico.
—Me sale natural.
—Te sale insoportable.
—También.
Lucía respiró hondo.
—Primera norma: no me tocas si no es imprescindible.
—Define imprescindible.
—Que mi madre esté mirando, que mi padre sospeche o que Jaime esté disfrutando demasiado.
—Jaime siempre disfruta demasiado.
—Entonces habrá que valorar el grado.
Nico asintió.
—Segunda norma.
—Nada de hablar de Lisboa.
El nombre quedó entre ellos como una copa rota.
Nico tardó un poco en contestar.
—De acuerdo.
—Tercera: no improvises historias íntimas sobre pedidas de mano en cocinas.
—Pensé que había funcionado.
—Ese es el problema.
—¿Que funcione?
—Que sepas cómo hacer que funcione.
Nico bajó la mirada.
—No era todo mentira.
Lucía sintió que el pecho se le cerraba.
—Tercera norma ampliada: frases como esa quedan prohibidas.
—Entendido.
—Cuarta: cuando esto termine, desapareces otra vez.
Nico levantó los ojos.
Ahora sí.
Ahí estaba.
La herida exacta.
Lucía se obligó a sostenerle la mirada.
—No puedes pedirme que aparezca en mi vida, me revuelvas todo, me ayudes a montar una mentira familiar y luego te quedes cerca como si nada.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto.
—No sabía que ibas a estar aquí, Lucía.
—Yo tampoco sabía que ibas a volver.
—No he vuelto por ti.
La frase debería haberla aliviado.
En cambio, le arañó por dentro.
Lucía sonrió.
—Tranquilo. No pensaba añadirlo a mi lista de fantasías.
—He vuelto por trabajo.
—Y yo te necesito por trabajo. Mira qué historia de amor más bonita.
Nico la observó en silencio.
Luego asintió.
—Una semana.
Lucía soltó el aire.
—Una semana.
—Pero con una condición.
—No estás en posición de poner condiciones.
—Soy tu prometido. Creo que algo de poder negociador tengo.
Lucía lo señaló otra vez.
—No abuses de esa palabra.
—Condición —repitió él—. Si vamos a fingir, lo hacemos bien.
—¿Perdona?
—Tu padre no es idiota.
—Discutible.
—No emocionalmente. Estratégicamente. Si parecemos dos desconocidos sosteniendo una mentira con pinzas, nos va a desmontar antes del desayuno.
Lucía odiaba que tuviera razón.
—¿Qué propones?
—Coherencia.
—Qué sexy.
—Detalles. Fechas. Cómo nos reencontramos. Qué sabe cada uno del otro. Cómo discutimos. Cómo nos miramos. Cuándo tocarnos. Cuándo no. Qué responder si preguntan por la boda.
Lucía sintió un escalofrío de horror.
—¿Quieres planificar nuestro falso compromiso?
—Quiero sobrevivir a tu familia.
—Cobarde.
—Sensato.
—Peor.
Nico se acercó a la mesa y tomó una libreta de notas del escritorio de Arturo.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Qué haces?
—Un plan.
—Esa libreta es de mi padre.
—Entonces seguro que aprueba su uso.
—No puedes escribir nuestro falso noviazgo en papelería corporativa Montoro.
—Me parece poético.
Nico cogió una pluma.
Por supuesto que su padre tenía plumas en la biblioteca. Plumas carísimas para firmar decisiones irreversibles. Lucía pensó que había cierta justicia en usar una para documentar la mentira más absurda de su vida.
Nico escribió en la parte superior de una hoja.
Lucía se acercó a pesar de sí misma.
Había escrito:
Contrato de compromiso falso.
—No —dijo ella.
—Título provisional.
—Tacha eso.
Nico añadió debajo:
Versión discreta.
—Te odio.
—Eso conviene no ponerlo. Puede confundir a los testigos.
Lucía le arrebató la pluma.
—Dame.
Sus dedos se rozaron.
Fue un contacto mínimo.
Ridículo.
Una descarga breve, familiar y completamente inoportuna.
Ambos se quedaron quietos medio segundo.
Lucía apartó la mano primero.
—Vamos a hacerlo rápido —dijo.
—Eso dijiste una vez en la cocina de Los Olivos y luego discutimos cuarenta minutos sobre si la albahaca se cortaba o se arrancaba.
Lucía se giró hacia él muy despacio.
—¿Qué parte de “nada de nostalgia” se te ha complicado?
—La parte en la que tengo memoria.
—Arráncatela.
—Eso suena doloroso.
—Menos que escucharte.
Nico sonrió.
Y Lucía, contra todo pronóstico y contra toda dignidad, tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír también.
No.
Aquello era peligroso.
Mucho más peligroso que la mentira.
Porque mentir a su familia era una imprudencia.
Pero recordar que Nico Salvatierra todavía podía hacerla reír era una catástrofe.
Lucía escribió debajo del título:
Duración: siete días.
Luego añadió:
Motivo de ruptura futura: pendiente.
Nico leyó por encima de su hombro.
—“Pendiente” no es muy convincente.
—Tampoco lo es estar prometida con un hombre al que habría empujado por las escaleras hace diez minutos, y aquí estamos.
—Para que conste, me habrías empujado con elegancia.
—Soy una Montoro. La violencia también debe tener estilo.
Nico soltó una risa baja.
Lucía notó esa risa en lugares donde no quería notar nada.
Escribió con más fuerza.
Normas:
No hablar de Lisboa.
No besarse salvo emergencia.
No dormir juntos.
No contar verdades innecesarias.
No disfrutar.
Nico leyó la última.
—Esa va a ser difícil.
Lucía lo miró.
—Para ti, quizá. Yo pienso pasarlo fatal.
—Lo estás consiguiendo.
—Gracias.
La puerta de la biblioteca se abrió sin llamar.
Lucía dio un respingo y Nico, con una rapidez irritante, se inclinó sobre la libreta como si estuvieran revisando planos.
Jaime asomó la cabeza.
—Perdonad que interrumpa cualquier cosa turbia que esté ocurriendo aquí dentro.
—Fuera —dijo Lucía.
Jaime entró de todos modos.
—Mamá quiere saber si preferís champán o vino blanco para seguir celebrando. Papá quiere saber si Nicolás tiene alergias alimentarias. Patricia quiere saber si estás bien. Yo quiero saberlo todo.
Nico cerró la libreta con calma.
—Vino blanco está bien.
—Traidor —murmuró Lucía.
Jaime los miró a ambos.
Luego miró la libreta.
Luego volvió a mirarlos.
—¿Estabais haciendo una lista?
—De invitados —dijo Nico.
Lucía lo miró horrorizada.
Jaime abrió los ojos con deleite.
—¿Lista de invitados?
—No —dijo Lucía.
—Sí —dijo Nico.
—No.
—Borrador inicial —añadió él.
Lucía sonrió con tanta fuerza que le dolieron los pómulos.
—Nico está bromeando.
—Nico parece un hombre que no bromea con la papelería —dijo Jaime.
—Has captado mi esencia —respondió Nico.
Jaime se apoyó en el marco de la puerta.
—Me caes bien, cuñado.
—No le llames cuñado —dijo Lucía.
—¿Prometido de mi hermana te parece muy largo?
—Me parece falso.
El silencio duró apenas un instante.
Pero Jaime lo oyó.
Por supuesto que lo oyó.
Sus ojos brillaron.
Lucía sintió que acababa de tropezar en el primer escalón de una escalera larguísima.
Nico, sin cambiar la expresión, se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros.
—Está nerviosa —dijo.
Lucía se quedó rígida.
—No estoy nerviosa.
—Cuando Lucía está nerviosa, niega cosas evidentes.
Jaime miró el brazo de Nico sobre los hombros de su hermana.
Luego miró la cara de Lucía.
—Curioso. Yo habría dicho que cuando Lucía está nerviosa amenaza con destruir vidas.
—Eso también —dijo Nico.
Lucía le clavó el codo en las costillas.
Nico no se movió, pero soltó el aire con un leve golpe.
Jaime sonrió.
—Definitivamente, me caes bien.
—Jaime —dijo Lucía—, si no sales de esta biblioteca ahora mismo, voy a contarle a mamá lo de la moto.
La sonrisa de Jaime desapareció.
—Eso fue hace quince años.
—Mamá cree que fue un robo.
—Fue un préstamo no autorizado.
—Mamá adora las precisiones legales.
Jaime señaló a Nico.
—Bienvenido a la familia. Huye mientras puedas.
Y salió.
Lucía esperó a que la puerta se cerrara.
Luego se apartó del brazo de Nico como si quemara.
—¿Lista de invitados?
—Pánico creativo.
—Has hecho que esto sea peor.
—Tu hermano sospechaba.
—Mi hermano nació sospechando. De bebé no lloraba, interrogaba.
Nico miró la puerta.
—Me cae bien.
—Eso demuestra tu pésimo criterio.
—También me gustabas tú.
Lucía se quedó quieta.
Nico pareció arrepentirse en cuanto la frase salió.
—Gustabas —repitió ella.
—Lucía…
—No. Está bien. Tiempo pasado. Muy correcto. Muy gramatical.
—No quería decirlo así.
—No importa.
Pero importaba.
Qué estupidez.
Qué absoluta estupidez que una palabra pudiera doler después de siete años.
Lucía tomó la libreta y se la apretó contra el pecho.
—Volvamos al comedor antes de que Jaime organice una despedida de soltera.
Nico asintió.
Ella caminó hacia la puerta.
Antes de abrir, se detuvo.
—Una cosa más.
—Dime.
Lucía no se volvió.
—No me hagas quedar como si todavía estuviera enamorada de ti.
El silencio detrás de ella fue largo.
Demasiado largo.
Cuando Nico respondió, su voz sonó más cerca de lo que esperaba.
—Entonces no me mires como si te doliera que no lo esté yo.
Lucía abrió la puerta.
No porque tuviera una respuesta.
Sino porque, por primera vez en muchos años, no la tenía.