mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Pues imagínatelo —dijo Lucía.

Nico dejó por fin de sujetarle la cintura. La ausencia de su mano fue casi tan molesta como su presencia.

—Con permiso —dijo él.

Arturo asintió.

—Podéis usar la biblioteca.

Lucía soltó una risa seca.

—Qué apropiado. Un lugar lleno de objetos pesados.

Nico caminó hacia la puerta.

Lucía lo siguió notando cuatro pares de ojos clavados en la espalda. Al pasar junto a Jaime, este levantó la copa apenas un centímetro.

—Cuñado —dijo en voz baja.

Lucía le dio una patada en la espinilla.

Jaime soltó un quejido digno.

—Me alegro por vosotros —añadió, sufriendo.

—Te alegrarás menos si sigues hablando.

Nico esperó a Lucía en el pasillo.

La casa, fuera del comedor, parecía aún más silenciosa. Los techos altos devolvían los pasos con un eco discreto. Las paredes estaban cubiertas de cuadros familiares, generaciones de Montoro mirando desde marcos dorados con la misma expresión de superioridad genética.

Lucía pasó junto a Nico sin mirarlo.

—Biblioteca —dijo.

—Recuerdo dónde está.

—Qué pena. Esperaba que te perdieras.

—En esta casa, imposible. Está diseñada para que todo el mundo sepa exactamente dónde debe estar.

Lucía se detuvo.

No quería que esa frase le gustara.

No quería que él siguiera entendiendo cosas.

Abrió la puerta de la biblioteca y entró primero.

La habitación olía a madera encerada, papel viejo y autoridad masculina acumulada.

Estanterías hasta el techo. Sofás de cuero.

Una mesa enorme junto a la ventana. Un globo terráqueo absurdo que nadie había girado nunca.

Allí Arturo firmaba documentos, recibía llamadas importantes y decidía el futuro de personas que luego fingían haber elegido libremente.

Lucía cerró la puerta.

Despacio.

Luego se volvió hacia Nico.

La sonrisa de él seguía ahí. No entera. Apenas insinuada. Pero suficiente para incendiarla.

—Ni se te ocurra —dijo ella.

—¿Qué cosa?

—Divertirte.

—Tarde.

Lucía respiró hondo.

—¿Se puede saber qué demonios haces?

—Ahora mismo, creo que sobrevivo a un compromiso inesperado.

—No estás comprometido.

—Me tranquiliza. Ha sido todo muy rápido y todavía no he avisado a mi madre.

—Esto no tiene gracia.

La sonrisa de Nico se apagó un poco.

—No. Supongo que no.

El cambio de tono la descolocó lo justo para enfadarla más.

—Podrías haberme dejado en paz.

—Podría.

—Podrías haber dicho la verdad.

—También.

—Podrías haber hecho cualquier cosa menos rodearme la cintura y decir “sorpresa” como si fueras el protagonista insoportable de una comedia romántica barata.

Nico inclinó la cabeza.

—¿Barata?

—No te quedes con la parte menos grave.

—Es que me ha dolido.

—Me alegro.

Él se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Ese gesto, tan tranquilo, tan suyo, la hizo querer sacudirlo.

—Tú fuiste quien dijo que yo era tu prometido.

—Yo dije que mi prometido se llamaba Nicolás.

—Un matiz importante, claro. Hay muchísimos Nicolás entrando en tu comedor justo después.

—Entraste en el peor momento posible.

—Eso parece una especialidad nuestra.

Lucía se quedó quieta.

La frase abrió una grieta bajo sus pies.

Nuestra.

No había un “nuestra”.

No debía haberlo.

—No hagas eso —dijo.

—¿Qué?

—Hablar como si tuviéramos confianza.

Nico la miró.

Por primera vez desde que había entrado en la casa, no parecía divertido.

—¿No la tenemos?

Lucía soltó una risa sin humor.

—¿Es una pregunta seria?

—Te conocí antes que casi todos los que están sentados ahí fuera.

—Y luego desapareciste.

La frase salió afilada.

Directa.

Demasiado pronto.

Nico apartó la mirada un segundo.

Solo uno.

Pero Lucía lo vio.

Vio cómo algo le cruzaba la cara. Culpa, quizá. O cansancio. O una defensa levantándose.

—Lo sé —dijo él.

Dos palabras.

Sencillas.

Sin excusa.

Lucía habría preferido que dijera cualquier otra cosa. Que se justificara. Que se pusiera arrogante. Que le diera una razón para seguir odiándolo con comodidad.

Pero ese “lo sé” le quitó el suelo.

—No —dijo ella—. No lo sabes. No tienes ni idea de lo que sabes.

Nico asintió despacio.

—Probablemente no.

El silencio entre los dos fue distinto al del comedor.

Menos social.

Más peligroso.

En la biblioteca no había copas, ni familia, ni Jaime disfrutando del espectáculo. Solo ellos dos y todos los años que ninguno había sabido dónde poner.

Lucía cruzó los brazos.

—Esto termina ahora.

—De acuerdo.

La rapidez de su respuesta la descolocó.

—¿De acuerdo?

—Sí.

—No puedes decir “de acuerdo” así.

—¿Cómo prefieres que lo diga?

—Con más resistencia. O con menos cara de saber algo que yo no sé.

—Lucía, si quieres que salga ahí y diga que todo ha sido un malentendido, lo haré.

Ella abrió la boca.

Era lo que quería.

Exactamente eso.

Que él saliera, arreglara el desastre, asumiera parte de la vergüenza y se marchara.

Que la cena terminara con gritos, sí, con lágrimas quizá, con Jaime pidiendo otra botella, probablemente.

Pero terminaría. La mentira no se convertiría en una semana.

Ni en una finca. Ni en una habitación comunicada.

Ni en una lista de preguntas sobre bodas.

Solo tenía que decir sí.

Pero entonces recordó la mirada de Arturo.

La propuesta de Los Olivos.

La palabra “viable”.

La posibilidad de preparar un proyecto y demostrar, de una maldita vez, que podía hacer algo que su familia no redujera a un impulso.

Y odió a Nico por estar presente en el mismo instante que esa oportunidad.

—No puedo —dijo.

La voz le salió más baja.

Nico la observó.

—Ya.

—No digas “ya” como si me conocieras.

—Te conozco lo suficiente para saber que estás calculando cuánto desastre eres capaz de soportar si al final consigues algo que quieres.

Lucía lo señaló con un dedo.

—Ese tipo de frases son exactamente lo que he querido evitar durante siete años.

—¿Que alguien acierte?

—Que tú aciertes.

Nico no respondió.

Eso fue peor.

Lucía se giró y caminó hasta la mesa de su padre. Apoyó las manos en el borde. Necesitaba tocar algo sólido. Algo que no fuera Nico. Algo que no tuviera pasado.

—Mi padre nunca me habría ofrecido participar en Los Olivos si no hubieras estado ahí.

—Puede que sí.

—No seas generoso. No te pega.

—Me pegaba antes.

Lucía lo miró por encima del hombro.

—Antes no cuenta.

Nico sostuvo su mirada.

—Ya veo.

Otro silencio.

Lucía volvió a mirar la mesa.

Había un pisapapeles de cristal encima de unos documentos. Dentro del cristal, diminutas burbujas de aire parecían atrapadas para siempre. A Lucía le pareció una metáfora demasiado obvia y se enfadó también con el pisapapeles.

—Una semana —dijo.

Nico no se movió.

—¿Perdona?

—Una semana en Los Olivos. Fingimos delante de mi familia. Tú haces tu trabajo. Yo preparo mi propuesta. Después rompemos el compromiso de una forma elegante.

—¿Elegante?

—Creíble.

—Lucía, tú y yo nunca hemos roto nada de forma elegante.

La frase cayó entre ellos como una cerilla.

Ella lo miró.

—Precisamente por eso necesitamos practicar.

Nico exhaló una risa breve. No alegre. Casi triste.

—¿Y cuál sería la explicación?

—Diferencias irreconciliables.

—Muy matrimonial.

—Gracias.

—¿Y nadie se preguntará por qué una pareja que acaba de anunciar su compromiso rompe siete días después?

—Mi familia cree que soy inestable. Trabajaremos con el material disponible.

Nico la miró durante unos segundos.

—No.

Lucía parpadeó.

—¿Cómo que no?

—No voy a ayudarte a que tu familia confirme la peor versión que tiene de ti.

Aquello la golpeó con una precisión insoportable.

—No necesito que me protejas.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

—He pensado muchas cosas desde que he entrado en esa casa. Ninguna especialmente sensata.

Lucía sintió que el aire de la biblioteca se volvía más pequeño.

—No conviertas esto en algo que no es.

—¿Qué es entonces?

—Una mentira útil.

—Qué romántico.

—No estamos haciendo esto por romanticismo.

—Evidentemente.

La palabra dolió.

Lucía se odió por notarlo.

—Necesito ese proyecto —dijo, más seca de lo que pretendía—. Mi estudio necesita ese proyecto. Y mi padre necesita ver que puedo hacerlo. Si tengo que aguantar una semana de fingir que estoy prometida con mi ex para conseguir que me tome en serio, lo haré.

Nico la miró con atención.

—¿Tu ex?

Lucía apretó los dientes.

—No te emociones. Era una categoría administrativa.

—Me emociona poco la administración.

—Mejor.

—¿Eso soy?

—¿Mi ex?

—Sí.

Lucía sintió ganas de reírse, de gritar o de abrir una ventana y lanzar por ella el globo terráqueo.

—¿Qué quieres ser, Nico? ¿Una anécdota? ¿Un trauma? ¿Una advertencia para chicas de veinticuatro años con demasiada fe en los hombres que prometen Lisboa?

Nico se quedó inmóvil.

Esta vez sí le había dado.

Lo vio en sus ojos.

Y no sintió la satisfacción que esperaba.

—Me merezco eso —dijo él.

—No he acabado.

—Me lo imaginaba.

—Te mereces bastante más.

—Lo sé.

Otra vez.

Lo sé.

Lucía apartó la mirada.

—Deja de decir eso.

—¿Por qué?

—Porque hace mucho más difícil odiarte.

La confesión salió antes de que pudiera frenarla.

Nico no dijo nada.

Ni siquiera sonrió.

Solo la miró como si aquella frase hubiera cambiado la luz de la habitación.

Lucía se giró de nuevo hacia la mesa.

—No quería decir eso.

—Sí querías.

—No.

—Lucía.

—No me llames así.

—Es tu nombre.

—En tu boca no.

La habitación quedó suspendida.

Afuera, muy lejos, se oyó una risa de Jaime. Luego la voz de Beatriz. La vida familiar continuaba al otro lado de la puerta, reorganizándose alrededor de una mentira que todavía no sabía caminar sola.

Nico dio un paso hacia ella.

Solo uno.

Lucía no se movió.

—Tienes razón —dijo él.

—Eso siempre ayuda, pero vas a tener que ser más específico.

—No debería haber entrado en el juego sin preguntarte.

—No.

—No debería haberte tocado.

—No.

—No debería haber dicho sorpresa.

—Eso ha sido especialmente imperdonable.

Una sombra de sonrisa le cruzó la boca.

—Lo retiro.

—No puedes retirarlo. Mi hermano lo va a bordar en cojines.

—Lo siento.

Lucía lo miró.

Había dicho muchas cosas esa noche con tono de broma, con calma, con una facilidad que la irritaba. Pero ese “lo siento” fue distinto.

No parecía referirse solo al comedor.

Ella no estaba preparada para eso.