Capítulo 2 #2
—Enhorabuena, señorita Lucía —dijo ella, y sus ojos pasaron de Lucía a Nico con una chispa de reconocimiento—. Señor Salvatierra.
—Carmen —saludó Nico con una calidez que le salió natural.
Lucía recordó entonces que Carmen también lo conocía de Los Olivos. Que en otro tiempo le guardaba comida cuando Nico trabajaba hasta tarde con su madre en la finca. Que una vez lo llamó “buen chico” delante de Lucía y ella se sonrojó tanto que tuvo que fingir un ataque de tos.
Carmen sirvió el champán.
Lucía aceptó la copa como quien acepta una prueba incriminatoria.
Beatriz levantó la suya.
—Por Lucía y Nico.
—Mamá…
—Déjame tener este momento —dijo Beatriz, con los ojos brillantes—. No todos los días mi hija me anuncia que se casa.
—Técnicamente, te lo he anunciado bajo coacción emocional.
—Brindaremos también por eso si quieres.
Jaime alzó la copa.
—Por la coacción emocional. Tradición Montoro desde 1898.
Patricia le dio un codazo.
—Por Lucía y Nico —dijo ella, más suave.
Arturo fue el último en levantar la copa.
—Por Lucía y Nicolás —dijo—. Y por las explicaciones que, sin duda, nos darán.
Lucía bebió demasiado rápido.
Nico no.
Nico apenas se mojó los labios, como si necesitara tener todas sus facultades intactas para sobrevivir al interrogatorio.
—Bueno —dijo Beatriz, sentándose de nuevo—. Queremos saberlo todo.
—No —dijo Lucía.
—Sí —dijo Jaime al mismo tiempo.
—Jaime.
—Lucía, por favor. Has entrado tarde, has discutido con papá, te has inventado o no te has inventado un prometido y resulta que es el arquitecto guapo que acaba de entrar por la puerta. Esto es mejor que cualquier serie.
—No me lo he inventado —dijo ella.
La mentira se le pegó a la lengua como caramelo quemado.
Nico la miró de reojo.
—Claro que no.
Lucía apretó los dedos alrededor de la copa.
—¿Cuándo os reencontrasteis? —preguntó Patricia.
Lucía abrió la boca.
No tenía ni idea.
Nico contestó antes.
—En una obra.
Ella lo miró.
—En una obra —repitió.
—Lucía estaba preparando un evento en un edificio antiguo del centro. Yo estaba supervisando una reforma en el mismo inmueble.
Lucía parpadeó.
Aquello era una mentira sorprendentemente razonable.
—Sí —dijo ella—. Exacto.
—¿Y ahí volvió el amor? —preguntó Jaime.
—No seas cursi —dijo Lucía.
—Estoy intentando adaptarme al género.
—No volvió nada —dijo ella—. Nos tomamos un café.
—Tres —corrigió Nico.
Lucía volvió a mirarlo.
—Dos.
—Tres. El primero no cuenta porque te fuiste enfadada a los siete minutos.
Jaime soltó una carcajada.
—Eso sí me lo creo.
Lucía sintió un tirón extraño en el pecho.
Porque esa mentira era demasiado buena.
Demasiado ellos.
Nico no estaba inventando una pareja perfecta. Estaba inventando una pareja reconocible. Dos personas que discutían, se herían, se conocían y aun así volvían a sentarse frente a frente.
Una pareja peligrosa porque parecía real.
—¿Y cuándo te pidió matrimonio? —preguntó Beatriz.
Lucía casi escupió el champán.
—Mamá, no hace falta…
—Quiero saberlo.
—Fue sencillo —dijo Nico.
Lucía cerró los ojos un instante.
No.
No, por favor.
No le des cuerda.
—Muy sencillo —continuó él—. Nada espectacular.
—Me decepcionas, Nicolás —dijo Jaime—. Con Lucía hay que proponer matrimonio desde un helicóptero en llamas o no cuenta.
—Jaime —dijo Patricia, aunque se le escapó una sonrisa.
Nico miró a Lucía.
Y entonces su expresión cambió.
Muy poco.
Lo suficiente.
La diversión se le apagó en los ojos y quedó otra cosa. Algo más bajo. Más íntimo. Más difícil de esquivar.
—Fue una noche cualquiera —dijo—. Habíamos discutido.
—Qué raro —murmuró Jaime.
Nadie le hizo caso.
—Habíamos discutido —repitió Nico—, y Lucía llevaba veinte minutos explicándome por qué yo estaba equivocado en tres idiomas distintos, aunque solo habla dos.
Lucía notó que se le secaba la boca.
—Exagerado.
—Mucho. Después se calló de repente. Eso sí fue preocupante.
Beatriz sonrió.
Patricia también.
Incluso Arturo escuchaba con atención.
—Estábamos en la cocina —continuó Nico—. Ella descalza, porque siempre se quita los zapatos cuando cree que nadie la mira.
Lucía dejó de respirar.
Eso no podía saberlo ahora.
Eso pertenecía a antes.
A la casa de invitados. A Lisboa. A las noches en que ella estudiaba en la encimera mientras Nico intentaba preparar pasta con tres ingredientes y demasiada fe.
—Y pensé —dijo Nico— que quería tener todas las discusiones de mi vida con esa mujer.
El comedor entero se ablandó.
Lucía, no.
Lucía se quedó tan quieta que le dolieron los hombros.
Porque aquello no sonaba a invención.
Sonaba a algo que Nico podría haber pensado de verdad.
Años atrás.
Antes de no aparecer.
Antes de romperlo todo.
—Así que se lo pedí —terminó él.
Beatriz suspiró.
—Qué bonito.
—Qué manipulador —susurró Lucía sin mover apenas los labios.
—Gracias —susurró él.
—No era un cumplido.
—Me lo quedo igualmente.
Arturo apoyó los antebrazos en la mesa.
—Curioso.
Lucía se tensó.
—¿El qué?
—Que con una historia tan… íntima, no lleves anillo.
Silencio.
Lucía bajó la mirada a su mano izquierda.
Desnuda.
Por supuesto.
Porque las mentiras improvisadas rara vez incluyen joyería.
—Ah —dijo.
Brillante.
Una respuesta digna de una mujer adulta y comprometida.
Ah.
Nico tomó su mano antes de que pudiera inventar una explicación espantosa.
—Culpa mía —dijo.
Arturo lo miró.
—¿Tuya?
—El anillo era de mi abuela.
Lucía se quedó helada.
Esa parte era verdad.
Nico tenía un anillo de su abuela. O lo tenía entonces.
Una pieza sencilla, antigua, con una piedra pequeña que no valía demasiado dinero, pero que su madre guardaba como si fuera un tesoro.
Lucía lo había visto una vez, en una cajita de terciopelo azul.
Nico le había contado que su abuela había cruzado media España con aquel anillo cosido al dobladillo de la falda.
—Necesitaba ajustarse —continuó él—. Lucía tiene las manos más pequeñas de lo que parece para alguien que amenaza tanto con ellas.
Jaime se llevó una mano al pecho.
—Estoy empezando a quererlo.
—No te encariñes —dijo Lucía.
Nico siguió mirándola.
—Lo recogeré esta semana.
Lucía sintió el peso de esa frase como si acabara de ponerle el anillo de verdad.
Esta semana.
Él estaba alargando la mentira.
Dándole cuerpo.
Calendario.
Consecuencias.
Arturo no pareció del todo convencido, pero tampoco pudo señalar una grieta evidente. Y eso, en la casa Montoro, era casi una derrota.
—Entonces —dijo Beatriz, recuperando entusiasmo—, tenéis que venir a Los Olivos este fin de semana.
Lucía tardó medio segundo en comprender.
—No.
La palabra salió demasiado brusca.
Su madre parpadeó.
—¿Perdona?
—Quiero decir… Nico tiene trabajo.
—Precisamente —dijo Arturo—. Nicolás ya iba a venir. Necesitamos revisar la finca. Será más cómodo que se aloje allí unos días.
Lucía miró a Nico.
Di que no.
Dilo.
Diles que tienes reuniones, fiebre, una cirugía experimental, una peregrinación a Islandia. Cualquier cosa.
Nico la observó durante un instante que a ella le pareció demasiado largo.
—Puedo organizarme —dijo.
Lucía sonrió con violencia.
—Qué flexible.
—Solo cuando merece la pena.
Jaime soltó un sonido encantado.
—Esto es maravilloso.
—Y tú —continuó Beatriz, señalando a Lucía—, obviamente también vendrás.
—Tengo trabajo.
—Puedes trabajar desde allí.
—Tengo clientas.
—Puedes llamarlas.
—Tengo una vida.
—Por lo visto, una vida prometida con el arquitecto que ya va a estar allí —dijo Jaime—. Objetivamente, mamá ha ganado esta ronda.
Lucía lo fulminó.
Él levantó ambas manos.
—Solo narro los hechos.
Patricia intervino con una cautela que no pasó desapercibida.
—Quizá es un poco precipitado. Si Lucía y Nico querían mantenerlo en privado…
—Ya no es privado —dijo Beatriz con una sonrisa emocionada—. Y además, vendrán los Montalbán, los tíos, algunos primos… Será perfecto para anunciarlo bien.
Lucía sintió que la sangre abandonaba su cara.
—¿Anunciarlo?
—El compromiso.
—No hace falta anunciar nada.
—Lucía, cariño, no puedes soltar que te casas y pretender que no lo celebremos.
Sí podía.
Era justo lo que pretendía.
Soltarlo, sobrevivir, huir y quizá mudarse a un país sin extradición familiar.
—Mamá…
—Además —dijo Arturo—, me interesa ver cómo trabajáis juntos.
Lucía lo miró.
—¿Cómo?
—Tu madre y yo hemos hablado de lo que has dicho antes. Quizá tengas razón en parte. Si quieres participar en la línea estética de Los Olivos, tendrás ocasión de demostrarlo esta semana.
Lucía se quedó en silencio.
Aquello sí no lo esperaba.
Su padre no ofrecía oportunidades bajo presión emocional. Las administraba como préstamos con intereses.
—¿Estás hablando en serio?
—Siempre hablo en serio.
—Esa es una de tus mayores tragedias —murmuró Jaime.
Arturo lo ignoró.
—Nicolás se encargará de la parte arquitectónica. Tú podrías preparar una propuesta de uso para eventos privados. Algo concreto. Viable. Con números. Si es convincente, la tendremos en cuenta.
La tendremos en cuenta.
No era una victoria.
Ni siquiera una promesa.
Pero era una rendija.
Y Lucía odiaba que una parte de ella quisiera meter los dedos ahí y abrirla a patadas.
Porque Los Olivos podía ser el proyecto que su estudio necesitaba.
Un encargo grande. Visible. Familiar, sí, con todo lo que eso implicaba, pero grande. Podía demostrar que no estaba jugando. Que sabía crear algo serio. Que sus impulsos también podían tener planos, presupuestos y retorno de inversión.
Podía demostrarlo.
Delante de todos.
Junto a Nico.
Ese era el problema.
—No sé si es buena idea —dijo.
—No suele serlo —comentó Jaime—. Pero eso nunca te ha detenido.
Beatriz juntó las manos.
—Entonces decidido. Pasaremos la semana en Los Olivos. Será como antes.
Lucía y Nico se miraron.
Como antes.
No.
Nada sería como antes.
Antes Lucía creía que el amor bastaba. Antes Nico todavía era el hombre que iba a esperarla en una estación. Antes la finca era un lugar de verano, no una escena del crimen sentimental con piscina y servicio de habitaciones.
—Tengo que hablar con Nico —dijo Lucía.
—Claro —respondió Beatriz, encantada—. Tendréis muchas cosas que organizar.
—A solas.
Jaime apoyó la barbilla en una mano.
—Oh, esto también quiero verlo.