mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Sorpresa

Durante un segundo, nadie dijo nada.

Lucía habría agradecido un terremoto. Uno pequeño, localizado, con daños estructurales suficientes para obligarlos a evacuar el comedor y no hablar jamás de lo ocurrido.

También habría aceptado un apagón, una alarma de incendios o que Jaime se atragantara con una aceituna y desviara la atención familiar hacia una emergencia respiratoria.

Pero no ocurrió nada de eso.

Ocurrió algo mucho peor.

Nico Salvatierra seguía sujetándola por la cintura como si tuviera derecho a hacerlo.

Como si conociera la curva exacta donde apoyaba la mano.

Como si no hubieran pasado siete años desde la última vez que la tocó.

Como si no hubiera desaparecido de su vida sin una explicación decente, sin una llamada, sin una nota, sin el valor mínimo de mirar atrás mientras ella se rompía en pedazos con una maleta hecha y un billete a Lisboa que nunca llegó a utilizar.

Sorpresa, había dicho.

Lucía estuvo a punto de pisarle el pie.

Con fuerza.

Con tacón.

Con intención.

Pero entonces vio la cara de su madre.

Beatriz Montoro tenía una mano en el pecho, los labios entreabiertos y los ojos húmedos, como si acabara de asistir al anuncio de un milagro elegante y perfectamente fotografiable.

Patricia parecía dividida entre llamar a un médico y pedir explicaciones.

Jaime sonreía con una alegría tan intensa que rozaba la obscenidad.

Y Arturo Montoro miraba a Nico con una expresión imposible de leer del todo, aunque Lucía reconoció en ella algo que no le gustó: cálculo.

Su padre siempre calculaba.

Incluso las emociones ajenas.

Sobre todo, las emociones ajenas.

—¿Nicolás? —dijo Beatriz al fin.

La voz le salió más aguda de lo habitual.

—Nico —corrigió él con suavidad—. Por favor.

Lucía sintió el roce de su pulgar en el costado. Breve. Casi imperceptible.

Una advertencia.

O una burla.

O la memoria de otra vida en la que ese mismo gesto habría significado “tranquila, estoy aquí”.

No estaba tranquila.

Y él no tenía ningún derecho a estar allí.

—Nico —repitió Beatriz, como si estuviera probando el nombre para bordarlo ya en una servilleta de lino—. Vaya. Esto sí que es… inesperado.

—Para todos —dijo Lucía.

Nico bajó la vista hacia ella.

La muy miserable esquina de su boca volvió a moverse.

—Bueno —dijo él—, para nosotros un poco menos.

Lucía sonrió enseñando demasiados dientes.

—Claro.

“Te voy a matar”, pensó.

No debió de decirlo en voz alta, pero Nico la entendió igual. Siempre había tenido ese defecto: comprenderla cuando ella no quería ser comprendida.

—Perdonad —intervino Jaime, levantando un dedo—. Solo para asegurarme de que sigo correctamente esta obra maestra. Lucía está prometida con Nicolás Salvatierra, que casualmente acaba de entrar por la puerta como arquitecto de la finca familiar. ¿Es así o he bebido más vino del que recuerdo?

—Has bebido exactamente el suficiente para callarte —dijo Lucía.

—Imposible. Mi nivel óptimo de vino me vuelve más participativo.

Patricia le lanzó una mirada de advertencia.

—Jaime.

—¿Qué? Todos estamos pensando lo mismo. Yo solo soy el portavoz de la confusión colectiva.

Arturo seguía sin sentarse. Su mirada pasó de la mano de Nico en la cintura de Lucía a los dedos entrelazados de ambos y luego a sus caras.

Lucía supo que su padre estaba buscando grietas.

Fechas. Gestos. Incoherencias.

Una mentira, para Arturo Montoro, no era una ofensa moral. Era una estructura mal construida. Y las estructuras mal construidas se caían si uno sabía dónde presionar.

—Nicolás —dijo él—, no sabía que conocías a mi hija.

—Nos conocemos desde hace tiempo.

Nico no apartó la mirada de Arturo.

Lucía habría querido odiar la serenidad con la que lo dijo. La odiaba, de hecho. Pero también recordó, con una punzada absurda, que Nico nunca se había encogido delante de su padre. Ni siquiera cuando tenía veinticuatro años y Arturo lo miraba como si fuera una mancha en el mantel familiar.

—¿Desde Los Olivos? —preguntó Patricia.

Lucía sintió que el nombre de la finca abría otra puerta peligrosa.

Nico la miró apenas un instante.

—Sí —respondió—. Desde Los Olivos.

Beatriz se llevó las manos a la boca.

—Entonces… ¿esto viene de entonces?

Lucía notó que el corazón le daba un golpe torpe.

De entonces.

Como si entonces fuera una palabra inocente.

Como si no contuviera tardes enteras escondidos de todos, besos contra paredes calientes, promesas susurradas en una casa de invitados, planes de futuro hechos con la arrogancia preciosa de quienes aún no saben lo fácil que se rompe una vida.

Nico guardó silencio.

Lucía supo que debía hablar. Debía tomar el control de la mentira antes de que él decidiera embellecerla con demasiada verdad.

—No exactamente —dijo—. Nos reencontramos hace poco.

—¿Hace poco cuánto? —preguntó Arturo.

Jaime soltó una risa baja.

—Papá, vas a pedirle las declaraciones trimestrales del noviazgo.

Arturo ni lo miró.

—Solo intento entender por qué mi hija anuncia de pronto un compromiso del que nadie sabía nada.

Lucía levantó la barbilla.

—Porque no quería que lo supierais todavía.

—¿Por qué? —preguntó Beatriz, herida de inmediato.

La culpa le mordió a Lucía un tobillo.

Su madre tenía ese talento. Podía empujarla al borde de un acantilado y luego parecer sinceramente dolida porque Lucía no hubiera avisado de que pensaba caerse.

—Porque es mío —dijo Lucía.

No era la respuesta que había planeado.

Ni siquiera era una respuesta útil.

Pero fue cierta.

Y quizá por eso se hizo un silencio distinto.

Lucía tragó saliva. Nico seguía a su lado, demasiado cerca. Ella notaba el calor de su cuerpo, el olor limpio de su camisa, una nota de madera o jabón o memoria que le revolvió el estómago.

—Mi relación —añadió—. Mi decisión. Mi vida. Quería tener algo que fuera solo mío antes de que todos tuvierais una opinión.

Patricia bajó la mirada.

Beatriz pareció quedarse sin réplica durante un segundo.

Jaime dejó de sonreír con tanta fuerza.

Arturo, en cambio, no se ablandó.

—Un compromiso no es un capricho privado, Lucía.

—No es un capricho.

—Entonces no te molestará que pregunte cuándo pensabais contárnoslo.

La respuesta correcta era nunca.

La respuesta sensata era pronto.

La respuesta que Lucía pudo construir bajo presión fue una cosa intermedia, frágil y condenada.

—Esta semana.

—¿Esta semana? —repitió Patricia.

—Sí.

—Qué casualidad —dijo Jaime—. Justo entre la crema fría y la llegada del arquitecto.

—Jaime —dijo Beatriz.

—Estoy fascinado, mamá. No todos los días descubres que tu hermana tiene una vida secreta y sentido dramático.

Nico soltó una risa muy baja.

Lucía giró la cabeza hacia él.

Error.

No estaba preparada para verlo tan cerca.

Los años le habían hecho algo injusto. De joven, Nico había tenido esa belleza insolente de los chicos que no saben que una habitación cambia cuando entran. Ahora lo sabía. O quizá no. Quizá simplemente había aprendido a no disculparse por ocupar espacio.

Tenía el rostro más afilado, la mandíbula más marcada, una pequeña línea junto a los ojos que antes no estaba. Pero seguía teniendo aquella mirada oscura y atenta, capaz de hacer que Lucía sintiera que todos los demás hablaban desde otra sala.

—No ayudes —murmuró ella.

—Estoy siendo adorable —contestó él en voz baja.

—Estás siendo suicida.

—Después hablamos de eso.

Después.

La palabra se le clavó como una promesa y una amenaza.

Beatriz se levantó de pronto, quizá incapaz de contener más emoción o más desconcierto.

—Bueno. Esto merece una copa.

—No —dijo Lucía demasiado rápido.

Todos la miraron.

Sonrió.

—Quiero decir… no hace falta montar nada.

—Hija, acabas de decirnos que estás prometida —dijo su madre—. Claro que hace falta montar algo.

Lucía miró a Nico con pánico.

Él, traidor, parecía entretenido.

—Yo no quisiera interrumpir la cena —dijo él.

—Tonterías —respondió Beatriz, ya en modo anfitriona de emergencia—. Carmen puede traer champán.

—Mamá, de verdad…

—Lucía —la cortó Arturo—, si esto es cierto, no hay razón para esconderlo.

Si esto es cierto.

Lucía oyó perfectamente el desafío.

También Nico.

Lo notó en el modo en que su mano se asentó mejor en su cintura. No con posesión. Con presencia. Como si acabara de aceptar que aquello no era solo una broma impulsiva en una cena incómoda, sino una partida.

Y Nico siempre había sido irritantemente bueno jugando cuando todos creían que no tenía cartas.

—No lo estábamos escondiendo —dijo él.

Arturo lo miró.

—¿No?

—Lo estábamos cuidando.

El comedor volvió a callarse.

Lucía sintió una cosa peligrosa bajo las costillas.

No ternura.

No.

Imposible.

Solo sorpresa.

Nico no la miraba a ella. Miraba a su padre.

—Lucía tenía razón —continuó—. Hay cosas que, cuando entran demasiado pronto en una sala llena de opiniones, dejan de parecer tuyas.

Beatriz se quedó quieta.

Patricia observó a Nico de otro modo.

Jaime levantó las cejas, claramente impresionado.

Arturo sostuvo su mirada.

—Hablas como alguien que conoce bien a mi hija.

Nico sonrió apenas.

—La conozco.

Dos palabras.

Nada más.

Pero a Lucía le tembló algo por dentro.

Porque era mentira.

Y no lo era.

Nico conocía a una Lucía de veinticuatro años que ya no existía.

La Lucía que se reía demasiado alto, que se metía descalza en la fuente de Los Olivos, que hablaba de irse a Lisboa como quien habla de abrir una ventana.

Conocía a la chica que creía que el amor podía ser una respuesta suficiente contra una familia entera.

No conocía a la mujer que había tenido que reconstruirse después.

No conocía las noches en las que ella había querido llamarlo y se había mordido el orgullo hasta sangrar.

No conocía la versión de Lucía que aprendió a no esperar.

O quizá sí.

Quizá la estaba viendo mejor que nadie en esa mesa.

Y eso la enfadó todavía más.

Carmen apareció con una cubitera de plata, una botella de champán y una expresión cuidadosamente neutra. Lucía sospechó que Carmen había vivido lo bastante en aquella casa como para saber que las mejores tragedias familiares siempre empezaban con burbujas.

—Gracias, Carmen —dijo Beatriz.