Capítulo 1 #3
Beatriz parpadeó.
Arturo no se movió, pero sus dedos dejaron de girar la copa.
Lucía sintió un calor insoportable en la nuca.
Podía arreglarlo.
Todavía podía.
Podía decir “no estoy fingiendo que no quiero conocer a Eduardo”. Podía convertirlo en un malentendido. Podía fingir una tos, una bajada de azúcar, una posesión demoníaca. Cualquier cosa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó su madre.
Lucía se oyó reír. Una risa pequeña. Horrible. La risa de una mujer que acababa de saltar de un acantilado y fingía que estaba probando la temperatura del agua.
—Quiero decir que no hace falta que me presentéis a nadie.
Patricia se llevó una mano a la boca.
Jaime sonrió lentamente.
—No —murmuró él, encantado—. No me digas.
Lucía lo fulminó con la mirada.
Él levantó la copa, como brindando por su caída.
Beatriz se inclinó hacia delante.
—Lucía, ¿estás viendo a alguien?
No.
Por supuesto que no.
El último hombre al que había visto dos veces seguidas le había preguntado, durante la segunda cita, si su “energía intensa” era algo hormonal. Lucía había pedido el postre para llevar y se había marchado antes de que él pudiera compartir más diagnósticos.
—Sí —dijo.
La mentira tuvo el descaro de sonar convincente.
Su madre abrió la boca.
Su padre entrecerró los ojos.
—¿Desde cuándo? —preguntó Arturo.
Desde nunca.
Desde hacía tres segundos.
Desde que todos habían vuelto a mirarla como si su vida fuera una silla coja.
—Un tiempo.
—Define “un tiempo” —dijo Jaime.
—Define “no te metas”, Jaime.
—Imposible. Es mi vocación.
Beatriz se tocó el collar de perlas.
—¿Y por qué no nos lo habías contado?
Porque no existe, pensó Lucía.
Porque me lo acabo de inventar entre la crema y el pescado.
Porque soy una idiota con vestido manchado.
—Porque quería estar segura.
Patricia la miraba con una mezcla de sorpresa y sospecha. Su hermana era muchas cosas, pero no era tonta. Y conocía a Lucía lo suficiente para saber que, cuando mentía, adornaba demasiado.
—¿Segura de qué? —preguntó Patricia.
Lucía tragó saliva.
Ahí debía parar.
De verdad.
Ya había creado un novio imaginario. Bastaba. Podía dejarlo en algo difuso. Un hombre misterioso. Una relación reciente. Alguien que vivía fuera. Un médico, un arquitecto, un veterinario viudo con sensibilidad emocional y agenda incompatible con cenas familiares.
Podía construir una mentira pequeña.
Habitable.
Pero entonces Arturo dijo:
—Espero que no sea otro impulso.
Otro.
Como si pudiera hacer una lista.
Como si Nico también hubiera sido uno de esos impulsos.
Como si no hubiera sido amor.
Como si no le hubiera dolido durante siete años.
Lucía levantó la barbilla.
—No lo es.
—Me alegra oírlo.
No parecía alegrarse.
Parecía esperar el fallo en la estructura.
—De hecho —continuó Lucía, y una parte muy razonable de su cerebro empezó a gritarle desde lejos—, es bastante serio.
Beatriz dejó escapar un suspiro emocionado.
Oh, no.
—¿Serio? —repitió.
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, aunque seguía sentada.
—Muy serio.
Jaime apoyó los codos en la mesa.
—Esta cena acaba de mejorar muchísimo.
—Cállate —dijo Lucía.
—Ni hablar.
Patricia seguía observándola.
—Lucía…
Había advertencia en su voz. También cariño. Como si quisiera darle una oportunidad de retroceder antes de que fuera demasiado tarde.
Pero Lucía estaba demasiado cansada. Demasiado herida. Demasiado harta de que la miraran como un borrador mal corregido.
Así que hizo lo que mejor se le daba, según todos ellos.
Improvisó.
—Estamos prometidos.
El silencio que siguió no fue normal.
Fue un silencio con arquitectura propia.
Se levantó desde la alfombra, trepó por las paredes, se enredó en la lámpara de araña y cayó sobre la mesa con todo el peso de los Montoro, los Montalbán, Los Olivos, la estabilidad, los impulsos, las cenas familiares y las treinta y una velas invisibles que parecían arder siempre sobre su cabeza.
Beatriz se llevó las dos manos al pecho.
Patricia murmuró algo que pudo ser su nombre o una oración.
Jaime abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y sonrió como si la vida acabara de hacerle un regalo personal.
Arturo dejó la copa sobre la mesa con mucho cuidado.
—¿Estás prometida?
Lucía notó su propia sonrisa clavada en la cara.
—Sí.
—¿Tú?
—No hace falta que suenes tan sorprendido, papá. Tengo muchos defectos, pero hasta donde sé, la legislación española no me prohíbe casarme.
—¿Con quién? —preguntó Beatriz.
La pregunta era razonable.
Normal.
Esperable.
También era un precipicio.
Lucía abrió la boca.
No tenía nombre.
No tenía hombre.
No tenía plan.
Y justo entonces, como si el universo hubiera decidido castigarla con sentido del humor, sonó el timbre de la casa.
Carmen apareció en la puerta del comedor.
—Señor Montoro —dijo—, ha llegado el arquitecto.
Arturo frunció ligeramente el ceño.
—¿Ya?
—Sí, señor. Dice que disculpe la hora, pero que venía directamente de la estación.
Lucía no prestó demasiada atención.
Bastante tenía con intentar no morir atragantada con su propia mentira.
—Hazlo pasar al salón —dijo Arturo—. Iremos enseguida.
Carmen asintió, pero antes de marcharse añadió:
—Ha preguntado si prefería esperar aquí. Dice que conoce la casa.
Lucía se quedó helada.
Algo, una intuición absurda y antigua, le recorrió la espalda.
No.
Imposible.
Madrid estaba lleno de arquitectos. España estaba llena de arquitectos. El mundo entero parecía lleno de hombres con camisas blancas, planos enrollados y opiniones sobre muros de carga. No había ninguna razón para pensar en él.
Ninguna.
Excepto Los Olivos.
Excepto el pasado.
Excepto que la vida tenía una tendencia enfermiza a empujar donde todavía dolía.
Arturo miró a Carmen.
—¿Cómo ha dicho que se llamaba?
Carmen consultó la tarjeta que llevaba en la mano.
Lucía dejó de respirar.
—Nicolás Salvatierra.
El nombre cayó sobre la mesa y borró siete años de golpe.
Lucía sintió que el comedor desaparecía. La lámpara, las flores, la plata, la mirada de su madre, la sonrisa de Jaime. Todo se alejó.
Solo quedó ese nombre.
Nicolás Salvatierra.
Nico.
El chico de la casa de invitados.
El de las cerezas robadas.
El de Lisboa.
El hombre que no apareció.
Y entonces él entró en el comedor.
Más alto de lo que Lucía recordaba. O quizá más firme. Llevaba un traje oscuro sin corbata, el pelo algo más corto, la barba apenas insinuada y una seguridad tranquila que no pertenecía al chico que una vez se había manchado las manos de pintura en la finca de su padre.
Pero los ojos eran los mismos.
Malditamente los mismos.
Nico se detuvo en la entrada.
Vio a Arturo. Vio a Beatriz. Vio a Patricia. Vio a Jaime.
Y entonces la vio a ella.
Lucía sintió el impacto en algún lugar ridículo, justo debajo de las costillas.
Nico no sonrió.
No al principio.
Durante un segundo, pareció tan sorprendido como ella. Luego su mirada bajó apenas un instante a la mancha de café en el vestido, subió hasta su pelo rebelde, se detuvo en sus ojos y algo parecido a una memoria cruzó por su cara.
Una memoria peligrosa.
—Buenas noches —dijo él.
Su voz.
Lucía odiaba recordar su voz.
Odiaba que siguiera teniendo esa calma grave, esa forma de ocupar una habitación sin pedir permiso ni levantar el tono.
Arturo se levantó.
—Nicolás. Adelante. No esperaba que llegaras tan pronto.
—El tren se adelantó.
—Eso existe? —murmuró Jaime—. Creía que era una leyenda.
Nico le estrechó la mano a Arturo. Saludó a Beatriz con educación. A Patricia con una inclinación leve. A Jaime con un gesto de reconocimiento.
Y luego volvió a mirar a Lucía.
—Lucía.
Su nombre, en su boca, no sonó como lo decían los demás.
No sonó a reproche. Ni a advertencia. Ni a suspiro cansado.
Sonó a algo que había estado guardado demasiado tiempo.
Lucía se puso de pie porque no sabía qué hacer con las manos, con la cara ni con el corazón, que había empezado a comportarse como un animal asustado.
—Nico.
Jaime giró la cabeza hacia ella.
Despacio.
Demasiado despacio.
Patricia también.
Beatriz parpadeó.
Arturo observó el intercambio con un interés súbito.
Lucía comprendió, demasiado tarde, que había pronunciado aquel nombre con familiaridad.
Con historia.
Con herida.
Y, sobre todo, con una falta absoluta de estrategia.
—¿Os conocéis? —preguntó su madre.
Nico no respondió.
Lucía tampoco.
Se miraron apenas un segundo más de lo permitido entre dos personas que supuestamente solo se conocían de algo relacionado con reformas.
Jaime dejó la copa sobre la mesa.
—Lucía —dijo, saboreando cada sílaba—, ¿no era ahora cuando ibas a decirnos cómo se llama tu prometido?
El mundo se detuvo.
Lucía cerró los ojos una décima de segundo.
No.
No, no, no.
Cuando los abrió, Nico seguía mirándola.
Había confusión en sus ojos. Y cautela. Y algo más, algo peligrosamente parecido a la diversión empezando a despertar en una esquina de su boca.
Lucía quiso advertirle. Quiso decirle que no. Que ni se le ocurriera. Que aquello no iba con él. Que se largara de esa casa, de esa noche y de su vida igual que había hecho siete años antes.
Pero su familia esperaba.
Su padre esperaba.
Su madre esperaba.
Patricia parecía horrorizada.
Jaime parecía a punto de aplaudir.
Y Lucía, que llevaba toda la vida intentando que no la miraran como un error, hizo lo único que no debía hacer.
Dio un paso hacia Nico.
Le tomó la mano.
Y dijo:
—Se llama Nicolás.
Nico bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.
Luego volvió a mirarla a los ojos.
En ese segundo, Lucía lo supo.
Podía hundirla.
Podía soltar su mano, dar un paso atrás y explicar que aquello era una locura. Podía dejarla en ridículo delante de todos. Podía vengarse de cada reproche que ella nunca le había dicho en voz alta. Podía marcharse.
Tenía todo el derecho del mundo.
Pero Nico Salvatierra la miró como si acabara de entregarle una cerilla encendida en una habitación llena de gasolina.
Y sonrió.
Una sonrisa lenta.
Imperdonable.
Después le rodeó la cintura con una naturalidad tan íntima que a Lucía se le olvidó respirar.
—Sorpresa —dijo él.