Capítulo 1 #2
La cansaba entrar en esa casa como si entrara en un examen oral.
La cansaba preparar respuestas ingeniosas en el coche.
La cansaba fingir que no le importaban los comentarios.
La cansaba ser la graciosa para no ser la triste.
La cansaba llegar a su apartamento después de aquellas cenas, quitarse los zapatos y quedarse sentada en el suelo de la cocina, preguntándose por qué una mujer de treinta y un años todavía podía sentirse como una niña regañada por no haber coloreado dentro de la línea.
Pero no iba a decir eso.
No allí.
No delante de ellos.
—Me cansa más la crema fría —dijo.
Su madre apretó los labios.
—Hablando de cosas serias —intervino Jaime, quizá por piedad o quizá porque olía sangre y prefería repartirla—, ¿por qué estamos cenando todos un martes? Porque dudo que papá nos haya convocado para debatir sobre la puntualidad de Lucía. Aunque reconozco que sería muy Montoro.
Arturo se limpió la comisura con la servilleta.
—Hay varios asuntos familiares que comentar.
—Qué miedo —dijo Jaime.
—La finca de Los Olivos necesita una reforma importante.
Lucía levantó la mirada.
Los Olivos.
La finca familiar.
Jardines de grava blanca, buganvillas, una piscina rectangular donde Patricia aprendió a nadar sin salpicar y donde Lucía se rompió un diente intentando tirarse de cabeza desde una fuente. Cenas de verano bajo la pérgola, primos insoportables, vestidos de lino, mosquitos, limonada, sermones.
Y Nico.
Durante un segundo, el nombre apareció en su mente con tanta nitidez que Lucía tuvo que bajar la vista al plato.
Nico Salvatierra apoyado contra la pared de piedra de la casa de invitados, con una camiseta vieja, las manos manchadas de pintura y una sonrisa que a los veinticuatro años le había parecido una forma de incendio.
Nico riéndose cuando ella le robaba cerezas de la cocina.
Nico besándola detrás del invernadero, con el calor de julio pegado a la piel.
Nico prometiéndole Lisboa.
Nico no apareciendo.
Lucía cerró los dedos alrededor de la copa.
No. Esa noche no.
—He contactado con varios estudios —continuó Arturo—. La idea es restaurar la casa principal, modernizar las instalaciones y quizá adaptar una parte para eventos privados.
Lucía parpadeó.
—¿Eventos privados?
—Bodas, presentaciones, encuentros de empresa —dijo Beatriz—. Ahora se lleva mucho ese tipo de celebraciones con encanto.
Lucía la miró.
—Qué concepto tan novedoso. Alguien debería montar un negocio dedicado justo a eso.
Su madre tuvo la decencia de parecer incómoda.
—No es lo mismo, cariño.
—Claro que no. Si lo hago yo es un impulso. Si lo hace papá, es estrategia patrimonial.
—Lucía —dijo Arturo.
—No, me parece fantástico. De verdad. La finca familiar convertida en espacio para eventos. Qué idea tan original. Casi me pregunto de dónde habrá salido.
Patricia dejó el vaso con cuidado.
—Lu…
—¿Me vais a pedir asesoramiento o solo vais a fingir que no sabíais que llevo dos años dedicándome exactamente a esto?
Arturo la observó sin alterar el gesto.
—Precisamente por eso quería hablarlo esta noche. Podrías participar en algunos aspectos.
Algunos aspectos.
Qué generoso.
—¿Como cuáles? ¿Elegir las servilletas? ¿Decidir si las flores son demasiado impulsivas?
—Como apoyar la dirección estética del proyecto —dijo él—, bajo la supervisión del estudio que contratemos.
Ahí estaba el regalo, envuelto en veneno.
Lucía sintió calor en la cara.
No querían darle el proyecto. Querían permitirle estar cerca. Como a una niña a la que se le deja remover la masa del bizcocho mientras los adultos usan el horno.
—Qué honor.
—No empieces otra vez —dijo Beatriz.
—No, de verdad. Me conmueve que consideréis que mi negocio inexistente y mi falta de cabeza podrían servir para escoger cojines bajo supervisión profesional.
—Tu padre intenta incluirte —dijo Patricia.
Lucía la miró. Patricia se arrepintió al instante.
—¿Incluirme? —repitió Lucía—. Qué bonito. Yo pensaba que incluir a alguien significaba reconocer que quizá sabe hacer algo. No dejarle mirar desde una esquina mientras otros hacen su trabajo.
—No tienes experiencia en proyectos de esa escala —dijo Arturo.
—Porque nadie con proyectos de esa escala contrata a alguien a quien su propia familia trata como si siguiera vendiendo pulseras en un mercadillo.
El silencio volvió a la mesa.
Esta vez más denso.
Carmen entró para retirar los platos, percibió el ambiente y se movió con la precisión de quien había sobrevivido durante décadas a cenas familiares de gente rica: rápido, silencioso y sin mirar directamente a la explosión.
—Quizá no es el momento —dijo Beatriz.
—Nunca es el momento —respondió Lucía—. Ese es el truco.
Jaime se reclinó en la silla.
—Yo estoy empezando a pensar que esta cena sí era sobre la puntualidad. Parecía menos peligrosa.
Nadie le siguió la broma.
Arturo miró a Lucía durante unos segundos. Cuando habló, lo hizo con una calma que a ella siempre le había parecido peor que el enfado.
—Hay otra razón por la que queríamos verte.
Lucía sintió que el estómago se le hundía un centímetro.
—Qué bien. Me encanta cuando el juicio tiene varias fases.
—Los Montalbán vienen este fin de semana a Los Olivos.
—Mis condolencias a Los Olivos.
—Eduardo Montalbán ha vuelto de Londres —dijo Beatriz, como si anunciara la llegada de un príncipe europeo—. Está soltero.
Lucía se quedó inmóvil.
Luego miró a Jaime.
—Dime que esto es una broma.
Jaime levantó ambas manos.
—Yo solo he venido a cenar y a heredar algún día.
—Eduardo siempre ha preguntado por ti —dijo su madre.
—Eduardo Montalbán me llamó “la Montoro defectuosa” en una fiesta cuando teníamos diecisiete años.
—Éramos niños.
—Él tenía veintidós.
—Ha cambiado mucho —insistió Beatriz—. Es encantador, educado, de buena familia…
—Y soltero —añadió Lucía—. No olvidemos su mayor virtud.
Patricia apretó los labios, intentando no sonreír.
—No se trata de emparejarte a la fuerza —dijo Arturo.
Lucía lo miró.
—Papá, acabas de decir “Eduardo Montalbán ha vuelto de Londres” con el mismo tono con el que otros dicen “el hígado compatible ha llegado al hospital”.
—Solo pensamos que podrías darle una oportunidad.
—Yo pensé que podríamos cenar sin convertir mi vida sentimental en una junta extraordinaria, y mira qué decepción nos hemos llevado todos.
Beatriz se inclinó un poco hacia ella.
—Cariño, no tienes que verlo así. Solo queremos que estés con alguien que te aporte estabilidad.
Ahí estaba otra palabra sagrada.
Estabilidad.
La prima bien vestida del control.
—Estoy perfectamente sola.
—Nadie está diciendo lo contrario.
—Lo estáis diciendo todos. Muy coordinados, además. Casi parece ensayado.
—Lucía —dijo su padre—, no hay nada malo en admitir que necesitas a alguien sensato a tu lado.
La frase la golpeó en un lugar inesperado.
Alguien sensato.
Como si ella fuera un temporal. Como si amar a Lucía requiriera casco, seguro de hogar y un adulto responsable cerca.
Y de pronto, sin querer, volvió a ver a Nico.
No al Nico que la había abandonado. No al que no apareció aquella noche. Sino al de antes.
El que la miraba como si todo ese caos que su familia encontraba agotador fuera precisamente lo que la hacía brillante.
El que le decía “tienes miedo” cuando ella decía “estoy ocupada”.
El que la besaba en mitad de una frase porque, según él, había argumentos que merecían ser interrumpidos.
El que la conocía antes de que ella aprendiera a convertir cada herida en un chiste.
Se obligó a apartarlo de la cabeza.
Nico no era estabilidad.
Nico había sido el terremoto.
Y aun así, durante un tiempo, había sido el único lugar donde no se había sentido defectuosa.
—No necesito que me busquéis novio —dijo Lucía.
—Nadie te está buscando novio —contestó Beatriz.
—No. Claro. Solo habéis organizado una cena, mencionado a un soltero de buena familia y deslizado que mi vida sería menos preocupante si un hombre sensato me sujetara por los bordes.
Jaime levantó la copa.
—A mí me gustaría que constara en acta que esta frase ha sido preciosa.
—Jaime —advirtió Arturo.
—Perdón.
Beatriz miró a Lucía con una mezcla de cansancio y pena.
La pena fue lo que terminó de romper algo.
Lucía podía soportar la crítica. Podía soportar la condescendencia. Podía soportar que la compararan con Patricia, con la hija de Elena, con cualquier mujer del mundo que hubiera abierto una consultora rentable antes de los treinta.
Pero la pena no.
La pena era insoportable.
Porque convertía su vida en una desgracia que otros observaban desde una distancia cómoda.
—No hace falta que invites a Eduardo —dijo Lucía.
—Ya está invitado —respondió Arturo.
—Pues desinvítalo.
—No seas infantil.
—No soy infantil.
—Entonces compórtate como una adulta.
Lucía sintió que algo le subía por la garganta. No era rabia exactamente. Era una mezcla de orgullo, cansancio, vino blanco y demasiados años escuchando que, si no encajaba, el problema era la forma de su cuerpo y no el molde.
Dejó la copa sobre la mesa.
Demasiado fuerte.
El cristal sonó como un disparo pequeño.
—No puedo salir con Eduardo Montalbán —dijo.
Beatriz suspiró.
—Nadie te está pidiendo que salgas con él. Solo que lo veas.
—No puedo verlo.
—¿Por qué? —preguntó Arturo.
Y ahí estaba.
La salida.
Una puerta ridícula, peligrosa, absurda.
Lucía la vio abrirse delante de ella y supo que no debía cruzarla.
De verdad que lo supo.
Durante un segundo entero, fue una mujer sensata.
Una mujer adulta. Una mujer que podía respirar, contar hasta diez y decir: “Porque no quiero”.
Una mujer que podía levantarse de la mesa, coger su bolso y marcharse con la dignidad intacta y la noche arruinada, pero sin crear un desastre de proporciones bíblicas.
Durante un segundo entero, Lucía Montoro estuvo a punto de hacer lo correcto.
Entonces su madre dijo:
—Cariño, si es por vergüenza, no tienes que fingir que hay alguien.
Y Lucía cruzó la puerta.
—No estoy fingiendo.
La frase salió sola.
Todos se quedaron quietos.
Jaime fue el primero en incorporarse apenas un poco, como si acabaran de empezar los fuegos artificiales.
Patricia abrió mucho los ojos.