mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4)
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Capítulo 1
La cena en la que inventé un prometido
Lucía Montoro llegó tarde a la cena en la que, sin saberlo todavía, iba a inventarse un prometido.
No llegó elegantemente tarde, que era la única forma de retraso aceptable en su familia.
Llegó tarde de verdad: con el pelo peleado contra la humedad, un tacón haciendo un ruido sospechoso, el móvil muerto en el bolso y una mancha de café en el bajo del vestido color crema que su madre le había recomendado no ponerse jamás.
El comedor de la casa familiar estaba iluminado con esa perfección cruel que lo hacía todo más caro y a las personas menos humanas. La plata brillaba. Las copas estaban alineadas. Las flores parecían escogidas por alguien que sabía exactamente cuánto debía costar una disculpa.
Y todos la miraron.
Su padre levantó la vista del vino.
Su madre sonrió como si acabaran de anunciar una pequeña catástrofe social.
Su hermana Patricia, impecable, embarazada y luminosa, dejó la servilleta sobre el regazo con la delicadeza de quien jamás había tenido que correr por la calle con un zapato desabrochado.
Jaime, su hermano mayor, la observó por encima de la copa con esa media sonrisa que utilizaba cuando estaba a punto de disfrutar mucho de una desgracia ajena.
—Lucía —dijo su madre—. Qué sorpresa. Has venido.
Lucía respiró hondo.
Podía decir que el taxi se había perdido. Podía decir que había tenido una emergencia de trabajo. Podía decir la verdad: que había pasado diez minutos sentada en el coche, frente a la casa, reuniendo fuerzas para entrar en una habitación donde todos sabían exactamente cómo hacerla sentirse pequeña.
Así que sonrió.
—Y vestida. Hoy vengo completísima.
Nadie se rio.
Bueno, Jaime sí. Un poco. Lo justo para que su madre le dirigiera una mirada afilada como un abrecartas.
—Siéntate, por favor —dijo Beatriz Montoro—. La crema se está enfriando.
Lucía avanzó hacia la silla libre, intentando que el tacón no terminara de rendirse antes de llegar. Era una mesa demasiado larga para solo seis personas. Esa era una de las muchas especialidades de su familia: hacer que cualquier reunión íntima pareciera una junta de accionistas.
La casa Montoro olía a flores frescas, cera cara y expectativas imposibles. Todo en ella tenía un lugar asignado: los jarrones, los retratos, las bandejas, los silencios. Lucía, en cambio, nunca había terminado de encontrar el suyo.
Se sentó entre Jaime y una silla vacía que, supuso, estaría reservada para alguna nueva adquisición social de sus padres. Un inversor. Un socio. Un señor con gomina y apellido compuesto. En aquella casa siempre había alguien a quien impresionar.
—¿Problemas con el tráfico? —preguntó Arturo Montoro, su padre.
No sonaba como una pregunta. En boca de Arturo, casi nada lo era.
—Algo así.
—Qué curioso —dijo él—. Patricia ha venido desde el otro extremo de la ciudad y ha llegado puntual.
Patricia bajó los ojos al plato, incómoda. La pobre tenía tantas ganas de ser perfecta que a veces parecía pedir perdón por conseguirlo.
—Papá… —murmuró.
—No la estoy comparando —dijo Arturo, aunque por supuesto que la estaba comparando—. Solo señalo un hecho.
—Mi hecho llevaba tacones más cómodos —contestó Lucía.
Su madre cerró los ojos un segundo. Como si rezara. O como si estuviera contando hasta diez para no arrojarle el cucharón de plata.
—Lucía, cariño, podrías intentar no convertir cada comentario en una batalla.
—Podría —dijo ella, cogiendo la servilleta—. Pero entonces esta familia perdería su principal fuente de entretenimiento.
Jaime volvió a reírse.
—Yo, personalmente, he venido por esto.
—Tú has venido porque mamá te ha amenazado con quitarte de la herencia —dijo Lucía.
—También.
Patricia soltó una risita involuntaria. Pequeña. Casi culpable. Beatriz la miró y la risita murió de inmediato, como una vela bajo un vaso.
La cena continuó con esa coreografía elegante de platos servidos por Carmen, la mujer que llevaba trabajando en la casa desde que Lucía tenía memoria.
Carmen fue la única que le guiñó un ojo al servirle la crema de calabaza.
Ese gesto diminuto hizo que Lucía se sintiera, por un segundo, menos intrusa en la casa donde había crecido.
—¿Y el trabajo? —preguntó Beatriz.
Ahí estaba.
No habían llegado ni al segundo plato.
Lucía hundió la cuchara en la crema.
—Bien.
—¿Bien de bien o bien de “prefiero no hablar de ello”?
—Bien de “la crema está buenísima y sería una pena mezclarla con interrogatorios”.
—Tu madre solo se interesa por ti —dijo Arturo.
Lucía lo miró. Su padre estaba sentado en la cabecera, como siempre, con una chaqueta azul marino sin una arruga y esa expresión de hombre acostumbrado a que el mundo obedeciera antes de tener que levantar la voz.
Arturo Montoro no gritaba. No lo necesitaba.
Su decepción tenía mejor acústica que cualquier grito.
—Lo sé —dijo ella—. Mamá se interesa muchísimo por mí. Sobre todo por las partes de mí que considera reformables.
Beatriz dejó la cuchara en el plato.
—No empieces.
—Todavía no he empezado. Esto era solo el precalentamiento.
—Lucía —dijo Patricia, con suavidad—, mamá te preguntaba por la empresa.
La empresa.
Qué palabra tan generosa para definir un estudio minúsculo alquilado en un barrio donde los repartidores siempre se perdían, tres clientas fijas, una web que se caía cada dos semanas y una cuenta bancaria que Lucía miraba con la misma prudencia con la que una persona mira un animal salvaje.
Hacía dos años había dejado el bufete familiar, el camino cómodo, el sueldo insultante y la mesa de despacho con vistas al Retiro para montar su propio estudio de decoración de eventos íntimos.
Bodas pequeñas, cenas privadas, aniversarios, fiestas bonitas para gente que quería recordar algo.
Lucía era buena en eso. Tenía ojo. Tenía gusto.
Tenía una forma de transformar espacios que hacía que desconocidos le dijeran cosas como “es justo lo que imaginaba” con lágrimas en los ojos.
Lo que no tenía era estabilidad.
Y en la familia Montoro la estabilidad era una religión.
—Va saliendo —dijo Lucía.
—¿Va saliendo qué significa exactamente? —preguntó Arturo.
Significaba que había meses en los que pagaba todo a tiempo y otros en los que sonreía mucho al banco.
Significaba que trabajaba más horas que cualquiera de esa mesa y, aun así, todos la miraban como si estuviera jugando a las tiendas.
Significaba que estaba cansada, que tenía miedo y que cada vez que su familia le preguntaba “qué tal el trabajo” oía en realidad “cuándo vas a admitir que te equivocaste”.
—Significa que va saliendo —repitió.
—Elena me dijo el otro día que su hija ha abierto una consultora y ya tiene cuatro empleados —comentó su madre.
Lucía alzó la vista.
—Qué bien por la hija de Elena. ¿Le mando flores o basta con odiarla en silencio?
—No seas vulgar.
—Estoy siendo generosa. Hay días en los que podría hacer ambas cosas.
Jaime se tapó la boca con la servilleta. Patricia lo pateó por debajo de la mesa.
—Tu madre no lo dice para molestarte —intervino Arturo—. Lo dice porque tienes treinta y un años, Lucía. Ya no eres una niña.
Ahí estaba también.
La edad.
Como si los treinta y uno fueran una estación de tren desde la que ya solo salían vagones hacia la vergüenza.
—Gracias por recordármelo. Estaba a punto de pedir una trona.
—No se trata de bromear con todo.
—Qué raro. Yo pensaba que sí.
—Se trata de construir algo serio —dijo Arturo—. Una carrera. Un patrimonio. Una vida.
Lucía dejó la cuchara.
—Tengo una vida.
—Tienes impulsos.
La frase cayó sobre la mesa con una limpieza quirúrgica.
Patricia cerró los ojos. Jaime dejó de sonreír.
Lucía sintió el golpe en algún punto familiar del pecho. No fue sorpresa. Eso era lo peor. Una parte de ella llevaba toda la cena esperándolo, como quien espera que empiece a llover porque ya huele la tormenta.
Impulsos.
Así resumía su padre cada una de sus decisiones.
Dejar Derecho había sido un impulso.
Romper con el prometedor abogado que ellos adoraban había sido un impulso.
Montar su estudio había sido un impulso.
Cortarse el pelo por encima de los hombros, comprar un sofá amarillo, vivir sola, decir no, besar a quien no debía, marcharse de una fiesta familiar antes del postre, llorar en los baños de un restaurante caro y volver a salir sonriendo: todo eran impulsos.
Nunca convicciones. Nunca necesidades. Nunca deseos legítimos.
Impulsos.
—Arturo —dijo Beatriz, en un tono bajo.
Pero ya estaba dicho.
Lucía cogió la copa de vino. Bebió un sorbo. Sonrió porque, si no sonreía, quizá se le notaría demasiado.
—Pues para ser una colección de impulsos, me conservo bastante bien.
—Nadie dice que no tengas talento —dijo su padre.
Lucía casi se rio.
El “nadie dice que no” era una de las fórmulas favoritas de Arturo. Siempre iba antes de explicar exactamente por qué aquello que nadie decía era, en realidad, el problema.
—Tienes talento —continuó él—. Pero el talento sin disciplina no basta.
—Ajá.
—Y sin cabeza.
—Claro.
—Y sin un plan.
—Por supuesto.
—No puedes vivir eternamente improvisando.
Lucía miró a su alrededor. La mesa perfecta.
La familia perfecta. Patricia perfecta con su marido perfecto, que esa noche no había podido asistir porque estaba en Bruselas cerrando algo importantísimo.
Jaime perfecto en su cinismo de heredero brillante.
Sus padres perfectos en su capacidad para convertir la preocupación en humillación.
Y ella. La mancha de café en el vestido crema.
—No improviso eternamente —dijo—. Improviso por temporadas.
Beatriz suspiró.
—Cariño, ¿de verdad no te cansa estar siempre a la defensiva?
La pregunta, formulada con dulzura, le dolió más que todas las anteriores.
Porque sí. La cansaba.
La cansaba muchísimo.