mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

La mesa de Amparo

La mesa de Amparo cambió la bodega antes de que nadie pusiera una sola vela encima.

No era perfecta. Precisamente por eso funcionaba.

Tenía una grieta fina en un extremo, varios arañazos en la superficie y una marca circular que probablemente pertenecía a una cazuela caliente colocada sin pensar hacía demasiados veranos.

La madera había oscurecido por zonas y una pata cojeaba apenas, lo justo para que Nico se agachara con herramientas y Lucía pudiera fingir que no observaba la forma en que se le tensaba la espalda al trabajar.

—No mires así —dijo él, sin levantar la cabeza.

Lucía, que estaba doblando una pieza de lino crudo sobre la mesa, se quedó quieta.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo si me tiras una rama o me das instrucciones.

—Normalmente ambas opciones conviven en armonía.

—Lo noto.

Samira apareció detrás de Lucía con un puñado de ramas de olivo.

—Yo votaría por instrucciones. Las ramas las necesito.

—Gracias por tu apoyo —dijo Nico.

—No era apoyo. Era gestión de recursos.

Lucía tomó una de las ramas y la colocó sobre el lino.

—Necesito que la mesa conserve la madera vista.

—Sí —dijo Samira—. Camino de lino estrecho, no mantel. Velas bajas. Cerámica clara. Nada alto en el centro.

Beatriz, que observaba desde la entrada de la bodega con una expresión de sufrimiento educado, no pudo contenerse.

—¿Nada alto? Pero un centro con altura daría elegancia.

Samira y Lucía giraron a la vez.

Beatriz dio medio paso atrás.

—Solo era una sugerencia.

—Mamá —dijo Lucía—, estamos en una bodega. Si ponemos altura, la gente tendrá que hablar con las ramas.

—Una conversación con ramas sería mejor que algunas cenas familiares —comentó Mercedes desde una silla plegable.

Jaime, sentado en una barrica, levantó un dedo.

—Me siento señalado.

—Porque tienes conciencia —dijo Patricia.

—No. Porque tengo familia.

Carmen entró con una bandeja de vasos de agua.

—Bebed. Todos. Si os deshidratáis, luego os ponéis dramáticos.

—Carmen —dijo Jaime—, te informo de que algunos somos dramáticos con independencia del nivel hídrico.

—Eso se cura trabajando.

—Qué pensamiento tan autoritario.

—Coge esa caja.

Jaime obedeció.

Lucía observó la escena durante un segundo desde el centro de la bodega: Samira colocando ramas, Patricia revisando copas, Beatriz intentando no recolocar el lino, Mercedes opinando desde su trono improvisado, Jaime cargando una caja con el gesto de un mártir barroco, Carmen mandando más que todos y Nico ajustando la pata de la mesa de Amparo.

El espacio no estaba acabado, pero empezaba a tener pulso.

La bodega ya no parecía un almacén olvidado. Tampoco una postal forzada. Parecía algo más difícil y más valioso: una promesa en construcción.

Lucía se dio cuenta de que llevaba varios minutos sin sentir miedo.

No porque todo fuera bien. No iba todo bien.

Faltaban materiales, la luz aún no estaba resuelta, su padre quería cifras definitivas antes de la cena, Eduardo seguía rondando la finca como una idea mala con zapatos caros y la conversación en la casa de invitados seguía abierta dentro de ella como una ventana en mitad de una tormenta.

Pero, por primera vez desde que había llegado a Los Olivos, el miedo no ocupaba toda la habitación.

Había sitio para trabajar.

Eso era algo.

Nico se incorporó.

—Ya no cojea.

Lucía puso ambas manos sobre la mesa y la movió suavemente.

Firme.

—Bien.

—No suenes tan sorprendida.

—No estoy sorprendida. Estoy procesando que has sido útil sin estropear nada visible.

—Un hito.

—Pequeño, pero relevante.

Samira los observó por encima de unas hojas.

—Me gustaría recordaros que la tensión verbal constante cansa al equipo.

Jaime dejó la caja.

—No, no. A mí me da vida.

—Tú no eres equipo. Eres ruido con piernas.

Jaime se llevó una mano al pecho.

—Creo que me he enamorado.

—Se te pasará en cuanto te pida que cargues otra cosa.

—Ya me está gustando menos.

Mercedes se abanicó lentamente.

—Dejad de coquetear con la florista, Jaime. En esta familia solo puede haber un romance inconveniente por semana y el cupo está cubierto.

Lucía cerró los ojos.

—Tía Mercedes.

—¿Qué? Hay que ordenar los escándalos o se pisan.

Nico bajó la vista a la mesa, pero Lucía alcanzó a ver cómo intentaba no reírse.

—No te rías —murmuró.

—No me estoy riendo.

—Tienes la cara de alguien que ha decidido vivir.

—Eso suena positivo.

—No en ti.

Beatriz suspiró desde la entrada.

—No sé cómo podéis discutir tanto y parecer tan cómodos.

La bodega se quedó un segundo demasiado quieta.

Lucía sintió que todos los ojos se acercaban a ella y Nico.

Samira se volvió lentamente hacia Beatriz con una ceja levantada. Jaime abrió la boca con felicidad anticipada. Patricia le dio un codazo preventivo. Mercedes sonrió como si acabaran de servirle un licor.

Nico fue quien respondió.

—La comodidad nunca ha sido nuestro problema.

Lucía lo miró.

La frase era demasiado cierta.

Demasiado abierta.

Demasiado todo.

—Nuestro problema es que él no sabe cuándo callarse —dijo ella.

—Y ella cree que callarse es una rendición —añadió Nico.

—Y los dos tienen razón —sentenció Mercedes—. Qué agotador para todos los demás.

Lucía tomó una caja de velas.

—Voy a colocar esto antes de que alguien más haga psicoanálisis con mobiliario.

Samira la siguió hacia el fondo.

—Tarde. El mobiliario ya ha abierto heridas.

Lucía la miró.

—No empieces tú también.

—No empiezo. Pero tienes la cara de alguien que ha hablado de algo importante.

—¿Eso también lo sabes por mis hombros?

—Por tus hombros, por su silencio y porque Jaime lleva media hora sin hacer bromas realmente crueles sobre él. Eso significa que sabe algo.

Lucía se volvió hacia su hermano.

Jaime levantó la caja que cargaba.

—Estoy trabajando. No puedo ser sospechoso y proletario a la vez.

—Tú puedes ser muchas cosas malas simultáneamente —dijo ella.

—Gracias.

Samira bajó la voz.

—¿Estás bien?

Lucía miró a Nico sin querer.

Él estaba hablando con Carmen sobre la puerta interior de servicio, señalando medidas en la libreta. No la miraba. No intentaba entrar en su conversación. No hacía nada más que existir al otro lado de la bodega y, aun así, la pregunta de Samira se llenó de él.

—No lo sé —dijo Lucía.

Samira asintió como si esa fuera una respuesta completa.

—Eso ya es más honesto que “funcional”.

—Estoy funcionalmente confusa.

—Mejor.

—No parece mejor.

—Lo es. La claridad absoluta suele ser mentira o resaca.

Lucía colocó una vela dentro de un cilindro de cristal.

—Me ha contado parte de lo que pasó.

Samira no cambió de expresión.

—¿Y?

—Y ahora no sé si quiero odiarlo, perdonarlo, gritarle o pedirle que me lo cuente todo.

—Puedes hacer las cuatro cosas. Quizá no a la vez, por logística.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Me quitó la posibilidad de elegir.

—Eso no se arregla con una explicación.

—No.

—Pero una explicación puede cambiar dónde colocas el dolor.

Lucía miró a su amiga.

—Eso ha sido muy bonito para alguien que amenaza con tijeras de florista.

—Soy multidisciplinar.

Lucía bajó la vista a las velas.

Cambiar dónde colocas el dolor.

Quizá era eso lo que la conversación en la casa de invitados había hecho. No quitarlo. No hacerlo más pequeño. Solo moverlo de sitio. Sacarlo de la zona ciega donde llevaba años golpeándose contra sí misma.

La estación seguía ahí.

Pero ahora había otra escena antes.

Arturo hablando con Nico. Arturo convirtiendo su amor en un acto de rebeldía inmadura. Nico creyéndole lo bastante como para no ir.

No lo absolvía.

No.

Pero la herida ya no tenía una sola forma.

Y eso la desorientaba.

—No quiero que esto se convierta en una novela de perdón rápido —dijo Lucía.

Samira la miró.

—Cariño, llevas siete años enfadada. Rápido no es.

Lucía colocó otra vela.

—Touché.

—Además, puedes perdonar algo y aun así decidir que no quieres volver.

La frase cayó con suavidad.

Pero cayó.

Lucía no respondió.

Porque esa era la cuestión que llevaba toda la tarde escondiéndose detrás de tarimas, faroles y presupuestos. No si podía perdonar a Nico. No todavía. Sino qué significaría perdonarlo si, al hacerlo, descubría que había una parte de ella que no quería alejarse.

—No estamos volviendo —dijo.

—No he dicho que lo estéis haciendo.

—Lo has pensado.

Samira miró hacia Nico.

—He pensado que cuando dos personas se miran como vosotros, fingir es un trabajo a tiempo completo.

Lucía siguió colocando velas.

—Por eso estoy agotada.

Antes de que Samira pudiera responder, Arturo apareció en la entrada de la bodega.

La temperatura emocional descendió varios grados.

Incluso Mercedes dejó de abanicar durante un segundo, lo que en ella equivalía a una alarma de incendios.

Arturo observó la mesa, el lino, las ramas, los faroles, las cajas, el movimiento. No dijo nada al principio. Ese era uno de sus recursos más efectivos: dejar que el silencio hiciera el trabajo sucio.

Lucía se enderezó.

—Papá.

—Lucía.

Su mirada pasó por la mesa de Amparo.

—¿De dónde ha salido esa mesa?

Nico levantó la vista.

Lucía respondió antes de que él pudiera.

—De la casa de invitados.

Algo cruzó por la cara de Arturo.

Rápido.

No culpa. Arturo no era un hombre que dejara la culpa a la vista. Tal vez reconocimiento. Tal vez cálculo. Tal vez la molestia de ver que un objeto que él había dejado encerrado volvía a ocupar el centro de una escena sin pedir permiso.

—No sabía que siguiera allí —dijo.

—Carmen sí.

Carmen, desde el fondo, no levantó la vista de las copas.

—Yo sé muchas cosas.

Arturo miró a la mesa de nuevo.

—Pertenecía a Amparo.

Nico se quedó muy quieto.

Lucía también.

—Sí —dijo ella.

—Era una buena mesa.

Nico sostuvo la mirada de Arturo.

—Lo es.

El silencio se tensó de inmediato.

No era una discusión abierta. No había reproches explícitos. Pero Lucía sintió, como un cambio de presión, que la mesa había llevado algo de la casa de invitados directamente al centro de la bodega. Algo que Arturo no podía controlar del todo.

—Encaja con el concepto —dijo Lucía.

Arturo la miró.

—¿Con el concepto?

—Sí. No quiero que parezca mobiliario alquilado. Quiero que la finca se use a sí misma.

Mercedes levantó la copa.

—Eso es excelente.