Solo nosotros tres #2
Para mí fue una experiencia nueva, sin ningún precedente.
Poco a poco fui aceptando cada vez más de su polla y el placer fue en aumento.
Grité cuando noté su glande tocando mi cérvix.
Me gustó y gemí escandalosamente. Escucharme debió de darle el impulso final a Hugo, porque abandonó toda precaución y se transformó.
Sus manos recorrían todo mi cuerpo, amasaban mis tetas, estrujaban mi culo e incluso metió dos dedos en mi boca, que lamí gustosa.
La sensación empezaba a ser apabullante.
Cada vez que se enterraba en mi coño, una ráfaga de placer me recorría y me quedaba sin aliento.
Mis músculos se quedaron sin fuerza y apenas podía mover las caderas.
Me apoyé en su pecho y me dejé llevar. Había empezado teniendo yo el control, pero Hugo había cambiado las tornas y me estaba follando como un animal.
El placer era tan intenso y continuo que me corrí enseguida, como una adolescente.
—Aaaahhhhh... Hugo... Hugo... Hugo...
Fue uno de los orgasmos más placenteros de mi vida.
Tan intenso que creo que por un momento perdí la vista.
Intenté serenarme y respirar profundamente, pero no estaba en los planes de mi amigo.
O no se dio cuenta de que me había corrido o le daba igual.
El caso es que siguió taladrándome como una máquina hasta que se corrió en mi coño y me provocó un segundo orgasmo que me dejó vencida sobre su pecho, boqueando, intentando recordar cómo se respiraba.
Mi cuerpo se estremecía con réplicas de placer.
No podía hablar. Solo podía pensar que mi dulce y tímido amigo era un macho empotrador. Si hubiera podido, me habría reído.
—¿Qué? ¿Qué tal el benjamín? —me preguntó Álex, sentándose a mi lado y acariciando mi sofocado rostro.
—Guau —respondí. Me había repuesto lo suficiente como para volver a ser persona.
Sonriendo, levanté el torso para mirar a Hugo. Me devolvió la mirada con una sonrisa de oreja a oreja. Su mano acariciaba lentamente mi trasero.
—¿Me estás tocando el culo? —le pregunté fingiendo estar ofendida.
Solo duró un segundo, pero me dio tiempo a percibir su alarma antes de que volviera a sonreír. Me reí contenta y le di un fuerte beso en los labios. Aunque fuera capaz de hacerme perder el sentido a pollazos, yo al menos todavía podía vacilarle.
—Me voy a lavar, chicos —me levanté y fui al agua—. Preparad la comida. Por algún motivo, me ha entrado un apetito voraz.
Durante la comida, me puse unas braguitas sin molestarme en cubrirme el pecho.
Tuve que insistir para que los chicos se vistieran, aunque lo único que conseguí fue que se pusieran los calzoncillos.
Me reí cuando se sentaron cada uno a un lado, muy cerca de mí.
Hablamos de todo un poco y comimos tranquilamente.
Eso sí, me tocaban continuamente como si tal cosa.
Casi siempre tenía alguna mano en el muslo, otra me acariciaba la cintura, el hombro o me rozaba el pecho.
Yo me reía por dentro y simulaba no darme cuenta, pero había que sumar el apreciable bulto en sus calzoncillos, por lo que me mantenía en un estado continuo de excitación.
Nada más terminar de comer, los chicos lavaron los platos y los cubiertos.
Normalmente nos turnábamos, pero creo que me lo quisieron ahorrar.
Eran unos cielos. Como de costumbre, nos dirigimos después al árbol bajo el que descansábamos tras la comida.
Sabía que, si me sentaba entre las piernas de alguno de ellos, como solía hacer, no tardaría en descontrolarse el tema y el afortunado jugaría con mi cuerpo. No me parecía mala idea en absoluto.
Sin embargo, en cuanto los chicos se sentaron, mi predicción resultó equivocada.
—Mireia, cielo —me dijo Álex con voz mimosa—, me apetece muchísimo que me hagas una mamada.
¡Cómo se podía tener tanta cara! Y pedírmelo así, como si fuera algo normal. Le fruncí el ceño.
—Perdona, cariño —se disculpó levantando las manos—. Si no te apetece, no pasa nada. Pensé que, como mi polla es tan linda...
Se bajó los calzoncillos lo justo para que su miembro asomara. La verdad es que sí que era bonito. Aunque me miraba con cierta jactancia y debería haberle rechazado, lo cierto es que la excitación que me había provocado durante la comida aumentó y, en fin, la carne es débil.
Me arrodillé entre sus piernas y le bajé los calzoncillos.
—Buena chica —me dijo con toda la cara.
Ignoré su prepotencia y agarré su miembro. Estaba a medio gas, así que lo acaricié con las dos manos. Me fascinó sentirlo crecer bajo mis cuidados. Di varios besos juguetones a su glande hasta que lo tuve grande y fuerte ante mí.
—¿Ves, Álex? —le dije, mientras lo masturbaba suavemente.
—Es muy linda.
—Ya estamos, no es linda, es cojonuda. Lindo es un gatito; esto es un tigre», me reí.
Con muchas más ganas de lo que lo había hecho cuando me lo pidió, bajé la cabeza y empecé a mamársela.
Lamía su longitud y chupaba su glande. Miraba a menudo la cara de Álex y me complacía el gesto de placer que le provocaba.
Me pasó una cosa curiosa: no había tenido ganas de hacerlo, pero en cuanto empecé, me di cuenta de que lo disfrutaba.
Me gustaba el sabor de su piel, sentir su fuerza y su dureza.
Era como cuando estás en casa y no te apetece salir de fiesta, pero luego sales y lo pasas bien.
—Chúpame los huevos, cariño, sé buena.
Bajé más la cabeza y aparté su pene para poder lamer sus testículos.
Bajo el vello, la piel era suave y fresca.
Los recorrí con la lengua y me metí uno en la boca.
Recibí de premio el jadeo de mi amigo. Jugué con él en mi boca y después cambié al otro.
Sin ser del todo consciente, llevé una mano entre mis piernas y me acaricié; estaba muy caliente.
Por fin dejé los huevos de Álex y me metí la polla hasta la garganta. Sujeté la base con la mano libre y empecé a subir y bajar.
—Así, Mireia, chúpamela así.
Cachonda perdida, dándome toquecitos en el clítoris, seguí con la mamada. Subía y bajaba tragando todo lo posible, disfrutando de la dura polla. Sin embargo, eché algo en falta. Cogí una de las manos de Álex y la puse sobre mi cabeza.
—Ja, ja, ja. ¿Quieres que te ayude?
Sin sacarme la polla de la boca, hice gestos afirmativos.
Álex puso la otra mano también y dirigió la mamada.
Como esperaba, mi amigo me obligó a chupársela más tiempo y más profundo, tanto que se me saltaron las lágrimas.
Estaba tan cachonda que no solo me acariciaba el clítoris, sino que también me metí dos dedos.
Tragué todo su semen cuando se corrió y esperé a que se vaciara antes de alcanzar mi propio orgasmo, que disfruté con su polla en la boca.
—Haces las mejores mamadas, amiga. Creí que se me iba a salir el cerebro por la polla —me dijo Álex, cogiéndome del pelo para que lo mirara.
Le sonreí ampliamente y, como no podía ser menos, me encargué de Hugo.
Nos miraba con envidia, pero noté su excitación.
Sobre todo, en el tamaño de su miembro, ja, ja, ja.
Me costó más que con Álex, debido al tamaño.
Fue una mezcla de mamada y paja a dos manos.
Había aprendido de verme con Álex y se encargó de manejar mi cabeza a su gusto.
Álex intervino diciéndome obscenidades que me excitaban.
Cosas como: «Qué bien la chupas», «se nota que te gustan las pollas», «eres una buena zorra» o «te voy a obligar a que me la chupes cada vez que te vea». Esta última me calentaba especialmente.
Después de tragarme también el semen de Hugo, me recosté contra él, sentándome entre sus piernas, y llevé su mano entre mis muslos. Necesitaba correrme otra vez. Luego, la siesta fue tranquila y muy relajada.
Al despertar, vi que Hugo me miraba con cariño y me acarició la tripa. No se había movido para dejarme descansar. Por eso le quería, a los dos, de hecho.
—¿Qué hacemos esta tarde? —le pregunté bajito para no molestar a Álex.
—Follar —contestó Álex, que al parecer no estaba dormido—. Ya que nos vamos mañana, tenemos que aprovechar. Voy a follarte hasta que mi polla no pueda más. Luego te seguiré follando en mi imaginación.
—Parece buena idea —apoyó Hugo.
Me entró calor de repente y me sorprendió a mí misma que la idea no me pareciera mal, sino todo lo contrario. Cada vez que había hecho algo con mis amigos había sido muy placentero. Era como algo nuevo, distinto a mis experiencias anteriores. Mejor.
—Vale —respondí, provocando dos enormes sonrisas.
—¿Y me la vas a volver a chupar? —me preguntó Álex. Quería provocarme.
—Todas las veces que quieras —respondí sumisa.
—¿Me dejarás correrme en tu preciosa carita?
—Claro. Te puedes correr donde quieras.
—¿Puedo follarte a lo perrito? —me sorprendió Hugo. Debía de tener algo especial esa postura.
—Sí, como más te apetezca.
—Va a ser una tarde cojonuda —se rió Álex.
Y lo fue.