Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) Solo nosotros tres
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Solo nosotros tres

Le miré estupefacta hasta que me entró la risa.

Me reí a carcajadas, contagiándole. Todo esto sin dejar de acariciar sus miembros ni de recibir sus manoseos en los pechos.

Claro, como le sobraba una mano a cada uno, mi culo enseguida recibió el mismo tratamiento.

El pequeño tanga no tardó en deslizarse bajo mis nalgas.

—Chicos, ¿es que vais a desnudarme entera? — dije suspirando. Me encantaba todo lo que me hacían.

—Es justo que estemos todos igual, además, has sido tú la que has empezado cogiéndome la polla —se justificó Álex con una sonrisa.

—Y mira que me he resistido —reí.

—Solo lo hago para verificar que no hayáis cogido hongos o algo, comprenderéis que no me resulta agradable, pero me sacrifico en honor a nuestra amistad.

—Ya. Supongo que tener dos pollas en las manos no te gusta nada —dijo Álex siguiéndome la corriente.

—Exacto. Las cosas que una hace por los amigos...

Unos dedos exploradores se habían introducido entre mis muslos y tocaban mi rajita.

—¿Qué hacéis? Dejad de meterme mano.

Mis palabras no tuvieron mucha fuerza. Seguro que no ayudó el hecho de que separara las piernas. Los dedos acosadores me acariciaron hábilmente. Me estaba poniendo cachonda por segundos.

—Parece que te ha dado mucho el sol, Mireia —intervino Hugo—. Te noto la cara roja.

Lo que me faltaba, que también se cachondeara Hugo. El caso es que me rendí. Si no bastara con sentir sus duros y calientes miembros en mis manos, el magreo en mis tetas, mi culo y mi coño me llevó al límite. Giré la cabeza y besé a Hugo. Después de un intenso morreo, repetí con Álex.

—Quiero correrme —les pedí al terminar con voz entrecortada.

—Ven —dijo Álex, y tiró de mi mano. Protesté al dejar de sentir sus caricias, pero le seguí.

Me llevó hasta la piedra donde solíamos sentarnos y se acomodó.

Me atrajo hacia él hasta que me senté encima de su miembro, pero, a diferencia de otras veces, esta vez estaba de frente.

Sus manos me hicieron bajar hasta que mi rajita hizo contacto con su miembro.

No necesité más guía por su parte. Sin ningún tipo de vergüenza, me moví sobre él frotando placenteramente mi coño.

Sentir su polla entre mis labios vaginales me producía unas sensaciones increíbles que me llevarían al orgasmo en cuestión de segundos.

Me dejó unos minutos antes de meter la mano entre nuestros cuerpos y apuntar su miembro a mi agujerito.

—Te voy a follar, amiga —dijo, y me miró esperando mi respuesta.

—Hazlo ya —respondí, porque en ese momento lo deseaba tanto que solo pude consentir. No era capaz de más.

Me levanté lo justo para darle espacio y, cuando se situó en la posición correcta, me dejé caer despacito.

Su polla entró lentamente, dilatando mis paredes y haciéndome gemir.

Subí y bajé un par de veces hasta tenerlo entero en mi interior.

Ya estaba hecho. Oficialmente estaba follando con uno de mis dos mejores amigos mientras el otro miraba.

Bueno, miró hasta que se me pegó a la espalda, me apretó las tetas como si quisiera arrancármelas y me susurró al oído:

—Mueve el culito, cariño. No me canso de decir esta frase —dijo Álex, mientras me agarraba el trasero.

No podía hablar, pero le obedecí y moví el culo con las manos apoyadas en sus hombros. Era genial la sensación de su polla entrando y saliendo de mí. Me llenaba por completo. Hugo me hizo girar la cara y me besó. No fui capaz de corresponder demasiado bien, pero me conformé con gemir en su boca.

Solo duró un par de minutos. Unos minutos que se me hicieron muy cortos, pero la estimulación que recibía era demasiado intensa para prolongarlo más de lo que hubiera querido.

La polla de Álex me volvía loca; sus manos apretando mi culo y su mirada ardiente me enardecían; las manos de Hugo en mis tetas y sentir su enorme polla pegada a mi espalda me excitaban aún más.

—¿Te vas a correr, amiga? —me dijo Álex entre jadeos. Me conocía de toda la vida. —Yo también —respondí como una loca—, ¿puedo dentro?

No lo habíamos hablado. El caso es que la píldora anticonceptiva no me sentaba bien, así que me había puesto un DIU.

Estaba protegida. Asentí otra vez. Eso pareció inyectarle energía a mi amigo, porque me agarró con más fuerza del culo y me meneó como un loco, haciéndome cabalgar su polla de forma frenética.

—Aaaahhhhhh...

Era increíble el placer que me producía; además, que me manejara como a una muñeca me ponía muy cachonda.

—Toma, Mireia, toma. Te voy a follar hasta que pierdas la cabeza.

Increíblemente, se movió más rápido. El orgasmo que había ido creciendo poco a poco en mi interior estalló de forma salvaje y mi cuerpo se tensó, lleno de placer.

—Aaaaaaahhhh... Me corro...

Sentí su ardiente esperma llenar mi coño mientras me deshacía de gozo. Rodeé su cuello y metí mi cabeza en el hueco de su hombro. Mis caderas seguían moviéndose a toda velocidad sobre su polla. Creo que fue el orgasmo más largo y satisfactorio de mi vida.

Cuando por fin descargó todo en mi interior, Álex me abrazó y suspiró. Me dio un beso en la sien. Sentí a Hugo acariciar mi espalda con cariño.

—Joder, amiga, creo que tu coño está hecho a la medida de mi polla —me dijo Álex con una sonrisa floja.

—Pues no te acostumbres —contesté con una risita—, que esto no se va a repetir —dije, y vi su expresión de incredulidad. —Bueno, a lo mejor lo podemos hacer otra vez antes de irnos.

Se le cambió la cara y me dio un beso rápido. Me agarró para levantarme.

—Espera, Álex, espera —le dije, aferrándome más fuerte a su cuello—, déjame sentirte un poco más.

Me gustaba la sensación de su miembro en mi interior. Miembro que, por cierto, seguía notando duro y grande. Estaba muy sensible como para moverme, pero me apetecía prolongar el momento.

—Ja, ja, ja. Esta es la prueba.

—¿De qué?

—De que te gusta mi polla. Ya no puedes vacilarme.

—Es que tu polla es muy linda.

Le di otro rápido beso y me reí.

—Sí, es linda, pero bien que gemías como una gatita, ¿o era zorrita? —me pellizcó un pezón.

—Hasta que nos vayamos, te dejo que me llames como quieras —le sonreí y moví ligeramente el culo. Su polla se estaba ablandando, pero era muy estimulante.

Teníamos la mirada fija en el otro, reflejando nuestro cariño, y tuvo que ser Hugo el que me recordara que seguía ahí, rodeando mi cintura.

¡Me había olvidado de él! El pobre me miraba sin decir nada.

Acaricié su pecho y bajé la mano hasta llegar a su miembro.

Enrojezco solo de pensar en el efecto que tendrá en mí cuando invada mi coño.

Porque no pensaba follarme a un amigo y dejar de hacerlo con el otro.

—¿No estarás pensando en meterme esta polla enorme? —le dije poniendo morritos.

—Bueno, la verdad es que sí —dijo, aunque sonriendo bajó la mirada.

—¿Y cuándo tenías pensado hacerlo?

—Pues... ¿ahora?

—¿No me vas a dejar descansar?

—Deja de vacilar —dijo Álex. Estás deseando acostarte con Hugo.

Me reí y le cogí de la mano. Me levanté sintiendo cómo el miembro de Álex salía de mi satisfecho coño y salí del agua acompañada por Hugo.

—Túmbate, cariño —le dije, señalando las esterillas—. Prefiero estar yo arriba.

La verdad es que no sabía cómo sería que me penetrara algo tan grande. Suponía que me dolería, pero no quería defraudar a mi amigo.

Hugo se tumbó, quedando su polla mirando al cielo.

Me arrodillé a su lado y le di un piquito.

Bajé por su pecho y su estómago, repartiendo besos, hasta llegar a su miembro.

Intentando mirar a mi amigo, lamí su sobrada longitud de abajo a arriba, le besé varias veces la punta y volví a lamer.

Después, con dificultad, me la introduje en la boca y jugué con la lengua.

Quién me iba a decir que me gustaría tanto chupar la polla a mis amigos.

—¡Qué vista tengo desde aquí! —dijo Álex, que ya había salido del agua—, mejor que desde cualquiera de estos cerros.

Y es que seguía de rodillas, con el culo en pompa.

Me reí de su acostumbrado descaro y chupé un poco más.

Cuando lo tuve bien ensalivado, me senté en el regazo de mi amigo y le agarré la polla.

La froté varias veces contra mi vagina, comprobando que estaba sobradamente húmeda, y presioné hacia abajo.

Creo que solo pude recibir la cabeza porque acababa de follar y estaba muy cachonda.

Noté cómo las paredes de mi vagina se estiraban al máximo para acoger al monstruo. Respiré profundamente y repetí la operación. Dolía mucho, pero mi excitación superó el dolor y seguí intentándolo hasta conseguir meterme la mitad.

—Eres una campeona —dijo Álex, y le miré.

El capullo me estaba grabando con el móvil de Hugo. Lo ignoré.

Hugo estaba curiosamente inmóvil. Con las manos a los lados, no se movía ni un pelo.

Le sonreí y me moví arriba y abajo. Cada vez resultaba más fácil.

Casi sin darme cuenta, el movimiento empezó a fluir con relativa facilidad y el dolor se fue difuminando, expulsado por el placer.

Pero algo no iba bien: mi chico estaba tan quieto que parecía que me estuviera metiendo un consolador.

—Hugo, ¿pasa algo? —le pregunté.

—Es que normalmente a las chicas les duele y lo dejan —dijo con expresión entre triste y avergonzada. El pobre necesitaba confianza. Me moví un poco más y comprobé que ya no dolía.

—Yo no soy una chica. Soy Mireia, tu mejor amiga, y estoy deseando que me folles.

Hugo levantó levemente las caderas.

—Tócame.

Cogí sus manos y las puse en mi cintura. Me adapté al ritmo de mi amigo y, por fin, empezamos a follar.