Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) La acampada se calienta #3
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La acampada se calienta #3

Salí gateando, mostrándoles mi retaguardia, y sin esperarles corrí hacia la charca.

Había disfrutado muchísimo y no me arrepentía de nada, pero seguía sintiéndome un poco avergonzada.

No tardaron en reunirse conmigo y nos limpiamos mientras hablábamos de lo precioso que estaba el cielo nocturno y de lo agradable que era la temperatura.

Tácitamente, evitamos mencionar nada de la locura que acababa de suceder.

Eso sí, a la hora de meternos de nuevo en la tienda, yo me puse únicamente unas braguitas y los chicos se quedaron desnudos.

Hugo apagó la luz y, como si se hubieran puesto de acuerdo, cada uno me deseó buenas noches dándome un morreo impresionante.

Me dormí con una sonrisa tonta en los labios.

Al despertar, el interior de la tienda ya estaba iluminado por la luz del amanecer.

Al levantar la cabeza, vi que mis amigos seguían desnudos y mi mirada se dirigió, como imantada, a sus penes.

Los contemplé un rato con una leve sonrisa.

Al recordar el sabor de los dos en mi boca, mi respiración se agitó.

Tuve que hacer un esfuerzo para serenarme y salir de la tienda.

Lo de anoche había sido genial, realmente fantástico, una experiencia que no esperaba disfrutar con mis amigos, pero no quería llevar las cosas más lejos.

Desayuné y di un pequeño paseo sin alejarme mucho.

Al volver, ya estaban levantados los chicos.

Hablamos como si no hubiera pasado nada y los tres hicimos un recorrido por una zona que todavía no habíamos visto.

Es cierto que mis amigos me toquetearon un poco el trasero por el camino, pero, por lo demás, se portaron magníficamente.

Debatimos sobre cuándo dar por terminada la excursión.

Al volver a la tienda, quedó claro. Hicimos inventario y resultó que solo teníamos comida para ese día, así que al día siguiente tendríamos que volver a casa.

Me invadió tal tristeza que los chicos me abrazaron al darse cuenta.

—Mireia, no te pongas triste —me decía Hugo acariciándome la espalda—. Han sido unos días estupendos y lo hemos pasado genial. Quédate con eso.

Le besé en la mejilla, sabiendo que tenía razón.

—Además —añadió Álex—, podemos repetirlo el año que viene o en Navidad. Aunque con el frío no podamos ver tu culito rico —dijo, mientras sentía su mano acariciando mi retaguardia.

—¿Sí? —pregunté ilusionada.

—¿Lo volveremos a hacer?

—Pues claro —afirmó tajante—. Además, si me echas de menos, siempre puedes venir a casa a ayudarme cuando no pueda dormir —dijo, meneando las cejas con picardía.

—¡Cerdo! No pude resistirme a darle un beso.

—¿Nos hacemos unas fotos antes de comer? —propuso.

—Mi móvil tiene solo un quince por ciento de batería, no creo que dé para mucho —respondí.

—Yo no he usado el mío en estos días —dijo Hugo yendo a su mochila—, estará a tope.

—Guay —dijo Álex, mirándome con una enorme sonrisa. Espero que salgas sexy, cariño.

Me hice fotos con Álex y luego con Hugo. Después les hice varias fotos a ellos juntos y terminamos haciéndonos unos selfis los tres. Pensaba que daríamos por terminada la sesión de fotos, pero al parecer no iba a ser así.

—¿Hacemos algo un poquito más... divertido? —Álex pensó un momento—.

—¿Cómo, divertido? —le dije— ¿Quieres que salgamos riéndonos?

—En realidad, pensaba en algo más picante.

—Picante. ¡Ja! Imaginé que lo que el muy capullo quería era ver mi culo o mis tetas. Iba a mandarlo a paseo cuando siguió hablando.

—Podrías mojarte la camiseta. Quedarías muy sexy.

—Ah.

Bueno, no me parecía tan malo; incluso podría ser divertido, como él decía.

—De acuerdo, pero solo eso. No me pidas más.

Me acerqué a la orilla, me salpiqué la camiseta, pero el resultado no me convenció mucho, así que terminé metiéndome en el agua hasta el cuello.

Al salir, sonreí al ver su mirada fija en mis pechos bajo la prenda totalmente transparente.

Me sonrojé un poco cuando su mirada bajó y comprobé que mi tanga también transparentaba el vello de mi pubis. En fin, de perdidos al río.

—Quédate ahí, cielo —me pidió Álex, y empezó a tirarme fotos.

Según me iba indicando, posaba de frente, de perfil o de espaldas, sacando el trasero. Veía a los dos tan ilusionados que me reía feliz con sus peticiones, que no dudaba en cumplir.

—Ahora, cariño, sujétate los pechos como si se los estuvieras ofreciendo.

Me sujeté los pechos y los levanté mientras ponía morritos. Luego saqué la lengua de forma insinuante.

—Eres increíble, Mireia. Deberías ser modelo.

—No seas pelota, Álex.

Sin embargo, me hacía ilusión posar para ellos.

—Voy a grabar un vídeo, baila un poco para la cámara.

En cuanto me hizo una señal, empecé a moverme al ritmo de una canción que solo se escuchaba en mi cabeza. Levanté los brazos, moví las caderas, me puse las manos en el trasero y giré de forma seductora.

—Mueve ese culito, Mireia —me pidió Álex. Me fijé en que mis dos amigos me miraban con enormes sonrisas.

Obedecí y lo hice para ellos. Después, levanté mi camiseta de forma insinuante, dejando que atisbaran la parte inferior de mis senos. Terminé la actuación mandándoles un beso.

—Has estado increíble —aplaudió Hugo.

—De verdad que has estado increíble —coincidió Álex—, ahora repítelo sin camiseta.

Me quedé mirándolo hasta que me sorprendí a mí misma a punto de acceder.

—Creo que mejor me voy a dar un baño. Ya hace calor.

Como estaba descalza, me metí directamente en el agua antes de cometer una imprudencia.

—Aguafiestas —exclamó Álex.

Devolvió el móvil a Hugo y empezó a quitarse la ropa. No pude evitar reírme al verlo quedarse completamente en pelotas y meterse conmigo. Reconozco que me dio pena cuando el agua cubrió una parte interesante de su anatomía.

—Oye, Mireia —dijo, poniéndose a mi lado y rodeando mi cintura—, me he fijado en dónde mirabas. ¿Tanto te gusta?

—No sé, no está mal, normalita, supongo —le dije, aguantando la risa.

—¿Ah, ¿sí? No decías eso anoche —dijo, y me agarró con fuerza haciéndome cosquillas.

—¡Quita, besugo! —me retorcí—. Anoche no había luz y me pareció más resultona, pero no te preocupes, porque es linda». Los esfuerzos por mantenerme seria eran tremendos.

—¿Linda? ¿Mi magnífica polla es linda? ¿Es que quieres deprimirme?

Estaba tan indignado que el pobre hasta se olvidó de las cosquillas. No pude contenerme más y me reí a carcajadas. Justo entonces llegó Hugo.

—¿De qué te ríes?

—Ayer no parecía pensar así, ¿verdad, cariño? —me cogió y me estrujó entre sus brazos.

—Ayer parecía gustarte cuando me pajeabas, ¿no? —asentí con una suave sonrisa—, seguro que disfrutaste con mi polla cuando me hacías esa magnífica mamada que no olvidaré nunca, ¿verdad?

Mi corazón se aceleraba al recordarlo.

—Incluso creo que te gustó mucho tragarte mi fabuloso semen, ¿no crees?

—Un poquito —levanté la mano y aproximé el índice al pulgar.

—Mejor, Mireia. Como has sido sincera, voy a honrarte y concederte el privilegio de dejarte tocar mi polla. Y, por esta vez, no pienso cobrarte.

Se me escapó una carcajada y le permití que llevara mi mano a su miembro. Admito que me encantó sentirlo entre mis dedos. Lo acaricié y apreté suavemente, sintiendo cómo crecía. Cuando estuvo duro, deslicé la mano arriba y abajo.

—Ejem —carraspeó Hugo, poniéndose a mi otro lado.

Me reí y sujeté también su pene. Repetí el procedimiento hasta que me encontré masturbando a mis dos amigos.

—No os quejaréis. Aquí tenéis a vuestra amiga haciéndoos una paja —dije, mirándolos uno tras otro.

—Ninguna queja —rió Hugo.

—Bueno... —dijo Álex, que me cogió la barbilla para que lo mirara—, como por las noches, me encantaría que te quitaras la camiseta.

—Vale —respondí, y solo tuve que pensarlo un momento. Abandoné sus miembros el tiempo imprescindible para despojarme de la camiseta y enseguida retomé las pajas.

—¡Qué buena estás, Mireia! —Álex me miraba el pecho con una enorme sonrisa—, tienes los pezones duros.

No se conformó con decir lo obvio, sino que lo verificó apretándome uno. Hugo le siguió con el otro. Mientras les hacía una paja, ellos acariciaban deliciosamente mis tetas.

—Hay que ver, Mireia —reflexionó Álex—, quién nos iba a decir que, después de tantos años, nos dejarías tocarte las tetas mientras nos hacías una paja a los dos a la vez.

—Tienes razón, creo que estoy siendo una verdadera zorra. Será mejor que lo dejemos.

—¡No! —gritó Hugo.

—¡No! En realidad, es bueno —me sonrió con picardía—, esto significa que nuestra amistad ha subido de nivel, como si estuviéramos en un videojuego. Estoy muy contento por ti, sobre todo. Eres la heroína protagonista y vas ascendiendo. Me pregunto hasta qué nivel vas a llegar.