Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) La acampada se calienta #2
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La acampada se calienta #2

Sin contestarme, me cogió la mano que tenía en sus genitales y me la llevó hasta su pene.

Lo rodeé con los dedos antes de darme cuenta de lo que hacía y apartarme.

El muy capullo encontró mi mano en la oscuridad y me la volvió a poner en la polla.

Me aparté otra vez. La tercera vez que lo hizo, cedí y mantuve el agarre.

Me la movió arriba y abajo varias veces antes de liberarme.

—Sé buena y sigue tú —me pidió.

—Quítate la camiseta, tócamela, bésame, hazme una paja... ¡Eres un mandón! —grité muy bajito para no despertar a nuestro amigo.

—Sí, lo estás deseando, Mireia.

Tenía razón. En cuanto cogí su polla en la mano, lo supe. En la oscuridad, intuía su mano subiendo y bajando, dándose placer, pero secretamente ansiaba ser yo la que lo masturbara. Además, me excitaba mucho que me diera órdenes de esa forma tan dominante y considerada a la vez.

—Idiota —en cualquier caso, él no tenía por qué saberlo.

—Hazlo despacio, cielo. Es la hostia que me hagas una paja, déjame disfrutarlo.

Como no podía verme, sonreí ampliamente.

La situación me encantaba y me excitaba a partes iguales.

Con su miembro rodeado por mis dedos, subía y bajaba la mano, disfrutando de su dureza y calidez.

Me esforzaba en hacerle disfrutar e iba cambiando el ritmo: unas veces aceleraba y otras lo hacía más despacio. Podría estar horas.

—Así, amor. Lo haces genial. Dame otro beso.

Obedecí y nos besamos un rato. Empezó a explorar mi cuerpo, acariciándome la cintura y los pechos. Luego acunó mi mejilla e introdujo el pulgar entre mis labios. Se lo chupé como si fuera una golosina. Estaba cada vez más excitada.

—¿Estás cachonda? —me preguntó.

—¿Por ti? —Para nada —mentí.

—Yo creo que sí.

—Tienes mucha imaginación —dije, mientras mi mano seguía trabajando su polla.

—Quítate el tanga, Mireia.

—¿Más órdenes?

—Venga, cariño, si no puedo verte.

—Mandón.

A pesar de la protesta, me quité el tanga. No lo dudé, porque estábamos a oscuras, aunque posiblemente le hubiera obedecido igual, aunque hubiera habido luz. El muy ceporro me había calentado enormemente. Su mano enseguida comprobó mi total desnudez.

—Me encanta tu culo, ¿te lo había dicho?

—No lo recuerdo —dije riéndome.

—Creo que a ti te encanta mi polla. ¿Te apetece chupármela, cariño?

—No, creo que no deberíamos —dije, y la imagen de mi boca engullendo su polla me desestabilizó.

—Me apetece mucho, amiga.

—Te estoy haciendo una paja, ¿no te basta? —En realidad, no sabía si quería chupársela, pero no quería llegar demasiado lejos.

—Claro, cariño, no me hagas caso.

Me enterneció tanto que siguiera respetando mis deseos que, sin dar más vueltas para no arrepentirme, me puse de rodillas y lamí su glande. Álex jadeó y noté que se crispaba cuando me metí su polla en la boca. Agarrando la base con la mano, se la mamé subiendo y bajando la cabeza.

—Eres genial, Mireia. La mejor.

—¿No te jode? Claro, se la estaba chupando, era genial y la mejor, y todo lo demás.

A pesar de eso, me enorgullecí por su halago.

Hice con la mamada lo mismo que con la paja.

No me di prisa. Metí la cabeza entre sus muslos y lamí sus testículos con cariño; luego subí por toda su longitud y le hice una mamada, para volver a empezar.

Aunque mi enorme calentura me impulsaba a hacerle llegar al orgasmo, sabía que le gustaba lento y me contuve.

Mientras tanto, su mano había encontrado mi coño y lo exploraba a conciencia.

Tan pronto acariciaba mi clítoris como me penetraba con un dedo.

—Ya no voy a aguantar, cariño, me la chupas demasiado bien. ¿Puedo correrme en tu boca?

Me daba asco. Mucho. Desde la primera vez que un tío me lo hizo por sorpresa, no lo soportaba.

—Como tú quieras —respondí, era Álex el que me lo pedía.

—Buena chica.

Me agarró del pelo y dirigió la mamada. Me obligó a profundizar más de lo que me resultaba cómodo y, aun así, me gustó.

Aguanté las arcadas cuando me empujó hacia abajo y levantó las caderas para que recibiera toda su polla.

Mi nariz topó con su pubis varias veces.

Se movía de forma cada vez más frenética hasta que su polla pareció hincharse y lanzó la primera descarga en mi boca.

Gemí al recibirla y tragué como pude. Varias más sucedieron a la primera y engullí todas.

En mi estado de excitación, tuve un momento para pensar que no era asqueroso, sino todo lo contrario.

El sabor me resultó indiferente, pero me maravilló la sensación de devorar su semilla, no sé por qué.

Cuando terminó, le lamí entero para dejarlo limpio. Luego me tumbé a su lado y le abracé.

—Me lo he tragado todo —le susurré gozosa como una niña al oído. Me alegraba mucho de haberlo conseguido.

—Lo has hecho muy bien, cariño.

Le di un piquito con los labios cerrados, por si no le gustaba el sabor de su semen, y le estreché más fuerte.

—Ahora túmbate tú. Ahora te toca a ti.

Hace solo un rato no tenía claro si hubiera llegado tan lejos.

En ese momento, contuve una risita de felicidad.

Había contenido mi excitación centrándome en sus necesidades, pero su oferta me resultaba irrechazable.

Se hizo a un lado y me puse boca arriba, separando las piernas para hacerle sitio entre ellas.

Si había tenido dudas o reparos en entregarme a mi amigo, la necesidad de mi cuerpo las había desvanecido.

Ni siquiera me di cuenta de que Hugo se movía hasta que tuve que entrecerrar los ojos porque encendió una linterna.

¡Estaba completamente desnuda! Mi primera reacción fue taparme.

Me tapé los pechos con un brazo y el pubis con la otra mano, pero la risita de Álex y las miradas ansiosas de mis dos amigos hacia mi cuerpo me hicieron detenerme.

Me parecía un poco hipócrita cubrirme en ese momento.

Miré a Hugo, sonreí y volví a separar las piernas. No iba a renunciar a mi merecido orgasmo. Embelesada contemplando la excitada expresión de Hugo, ni me enteré de las maniobras de Álex hasta que sentí su lengua en mi rajita.

Enterré mis dedos en su cabello cuando me lamió de abajo a arriba. Doblé las piernas para darle mejor acceso. Me torturó lamiendo mis labios hasta que, por fin, introdujo la lengua entre ellos.

—¡Qué bien lo haces!

Empujé su cabeza y le obligué a bajar otra vez; lo que necesitaba ahora no eran palabras, sino hechos.

Pareció entenderlo, porque se dedicó plenamente a complacerme.

Tenía la mano entre los dientes para evitar gritar de placer.

Mientras tanto, Hugo se desnudó y, como siempre me pasaba con él, me asombró el gran tamaño de su miembro.

A esas alturas, yo ya gemía sin parar. Álex era un maestro y me estaba haciendo disfrutar como una loca.

Su lengua hacía magia en mi coño. No podía dejar de mirar la polla de Hugo.

Su mano parecía pequeña en comparación mientras se masturbaba viéndome.

Algo debió de ver en mi mirada, porque se acercó de rodillas sin decirme nada ni pedir permiso y me puso la polla en la cara.

—Hugo, ¿qué... —conseguí decir entre jadeos.

Mi amigo no me contestó. Se limitó a mirarme con lujuria y a darme golpecitos en la cara con la punta del pene. Bajó por mi frente, la mejilla y la nariz. Cuando su obsceno camino le llevó hasta mi boca, dejé que golpeara mis labios unas pocas veces antes de separarlos y sacar la lengua.

Mis gemidos aumentaron cuando me metió la cabeza del pene en la boca. Era tan grande que mis labios se estiraron. Por fortuna, se limitó a dejar la punta dentro mientras se masturbaba. Mi lengua jugueteó con su glande mientras la de Álex convertía mi coño en un manantial.

Tardé escasamente un par de minutos en correrme, algo que hacía tiempo que no me pasaba. A pesar del enorme placer que sentí, no dejé de lamer la polla de Hugo en ningún momento, que se masturbaba cada vez más rápido. Finalmente, no pudo aguantar más.

—Ya, Mireia, ya. ¿Puedo...? —me dijo apresuradamente. Asentí con la cabeza, con la boca ocupada. Me imaginaba que me estaba pidiendo permiso para correrse en mi boca y estaba más que dispuesta.

Sin embargo, no fueron esas sus intenciones.

Gruñendo profundamente, lanzó el primer chorro de semen en mi boca, pero después la sacó, se la meneó frenéticamente y apuntó a mi cara.

El disparo en mi mejilla me sorprendió. Siempre me había parecido asqueroso, pero sabía que a los hombres les excitaba mucho porque les hacía sentirse poderosos.

Correrse en la cara de una mujer debe darles una sensación de superioridad, un sentimiento atávico de dominación, como si marcaran algo como de su propiedad.

A pesar de todo, vi la mirada desenfocada de Hugo y su expresión de placer, y cada vez que uno de sus chorros quemaba mi piel, gemía de gusto.

Me sentía tremendamente satisfecha por recibir su semilla.

Contradicho todo lo que pensaba anteriormente, así es como me hacía sentir.

Caí rendida, flanqueada por mis dos amigos. Durante un rato, los tres estuvimos en silencio, simplemente estando allí. Juntos. Yo miraba el techo de la tienda con las manos recogidas en el abdomen. No pensaba en nada, solo escuchaba las respiraciones de mis amigos.

—Creo que esta noche vamos a dormir muy bien los tres —rompió el silencio Álex.

Hugo se rió quedamente a mi lado y yo también me reí. Aunque estaba algo avergonzada por haberme dejado llevar tanto, me sentía genial. Les di una palmada a cada uno en la pierna, me incorporé y les dije:

—Vamos a lavarnos, el benjamín me ha dejado la cara perdida.

—Mireia —dijo Hugo, cogiendo mi mano y mirándome contrito—, perdona si me he pasado, pensé que...

—Calla, tonto —le dije, dándole un cachete cariñoso en la cara—. Me ha gustado mucho.

—¿De verdad?

—Sí, cariño.

—Sí, cariño. Aunque no te acostumbres. Venga, vamos al río.