La acampada se calienta
El resto de la tarde lo pasamos bañándonos, charlando y riéndonos de tonterías. Me gustó que ninguno de mis amigos mencionara lo que había pasado. Después de cenar, nos sentamos alrededor del fuego y Hugo sacó una baraja.
—Dame, dame, me sé un juego genial —dijo Álex, quitándole las cartas.
Repartió cuatro cartas a cada uno y dejó el mazo en el centro.
—Ahora hay que descartarse de una, la que menos os guste — explicó.
—Pero, oye, ceporro —le dije—, ni siquiera nos has explicado las reglas del juego, ¿cómo voy a saber de qué descartarme?
—La que menos te guste, Mireia. Ya te lo he dicho —me miró como si estuviera clarísimo—. No te preocupes, que os lo voy contando sobre la marcha.
—Lo que tú digas —cedí.
Tenía un dos de bastos, así que lo cambié por una sota de copas. Los chicos también cambiaron una carta y Álex las enseñó. Hugo y yo le imitamos.
—Pierde, Mireia —dijo mi amigo después de observar las cartas atentamente.
—¿Ya? —No entendía nada.
—Sí, este juego es bastante rápido. Como has perdido, tienes que besar a uno de nosotros. ¿Ves? Tú tienes la sota de copas.
—O sea, que el que tenga la sota de copas besa, ¿es eso? —Tuve que hacer esfuerzos para no reírme; empezaba a entender en qué consistía el juego.
—Exacto, veo que ya lo has pillado. ¿Seguro que no sabías jugar? —Me dijo ufano. Elige y besa, cariño.
—Me parece que ya sé perfectamente de qué va esto —refunfuñé.
Me levanté. Álex estaba sentado, me incliné hacia él hasta que levantó la cara para recibir mi beso, pero, en el último segundo, me volví hacia Hugo. Me encantó la sonrisa que puso justo antes de que juntara mis labios con los suyos. Solo le di un par de piquitos antes de volver a mi sitio.
—¡Qué aburrida! —me dijo Álex. Le saqué la lengua. Otra ronda.
Repartió, nos descartamos y enseñamos las cartas. Cómo no, volví a perder.
—Cuatro de oros —dijo Álex señalando mis cartas—. Tienes que acariciar el pecho del que quieras.
Me levanté riéndome y repetí la finta a Álex. Me arrodillé detrás de Hugo, le rodeé con los brazos y le acaricié el pecho. No le debió de convencer, porque se quitó la camiseta. Mi amigo no estaba musculado, ni siquiera fibroso como Álex, pero disfruté pasando mis manos por su pecho y su abdomen.
En la siguiente ronda, tuve que besar el cuello de Álex.
Esta vez se aseguró de que le tocara a él, porque, al llevar el siete de bastos, tenía que besar a quien estuviera a mi derecha.
Me reí de su ocurrencia y cumplí la prenda.
Aunque me temía que la cosa fuera escalando, hasta ese momento lo estaba pasando genial.
Conseguí que Álex se estremeciera antes de volver a mi sitio.
—Venga, ceporro —le dije—. Otra ronda y a ver si esta vez no pierdo yo.
Después de enseñar las cartas, Álex dictaminó:
—Hay que quitarse todo y quedarse solo con una prenda.
—Protesto —exclamé—. No puede ser que...
—Para, para, cariño —me interrumpió—. ¿Quién te ha dicho que has perdido tú?
Me costó un poco entenderlo, pero luego aplaudí encantada.
—Fíjate en las cartas. Está claro que hemos perdido Hugo y yo», dijo, señalando las cartas de cada uno.
—Es verdad —dije fingiendo considerarlo—. No sé cómo se me ha pasado.
Les aplaudí mientras se quitaban la ropa y silbé cuando se quedaron en calzoncillos. Estaba harta de verlos así, pero era divertido.
Echamos otra ronda y perdí, como esperaba.
—Beso con lengua a tu izquierda —sentenció Álex, sorprendiéndome por no elegirse a sí mismo.
Me acerqué y me arrodillé junto a Hugo.
Nos dimos unos besos castos antes de que su lengua entrara en mi boca y su mano recorriera mi pierna. Yo acuné su cara entre mis manos. Para la poca experiencia que decía que tenía, besaba genial. Tras un buen rato, me separé algo jadeante y muy satisfecha.
—Venga, Mireia, otra ronda —dijo Álex, que ya estaba repartiendo las cartas.
Me senté y cambiamos una carta cada uno.
—Vaya, esta vez pierdo yo: beso a elegir.
Evidentemente, vino a mi lado y me agarró la nuca.
Acercó su cara a la mía y me miró de forma penetrante.
Lo hizo con tal intensidad en la mirada que cerré los ojos, algo intimidada.
El morreo que me dio después podría servir para un manual de besos.
Cuando se apartó, mi respiración era agitada y me temblaban las piernas.
Ni siquiera presté atención a la siguiente ronda hasta que Álex dictó sentencia.
—Tienes que tocarnos la polla un ratito a cada uno.
—¿No te estás pasando? —le dije algo mosqueada. Me estaba encantando pasar el rato así con ellos, pero podíamos pasarnos de la raya.
—Son las cartas, cariño —dijo mostrando las manos con gesto inocente—, pero si quieres lo dejamos.
—No. Cumpliré mi prenda», aunque no terminaba de parecerme bien, estaba excitada y, en el fondo, una vez que Álex lo dijo, me apetecía hacerlo.
«Dejaos los calzoncillos», les pedí para no parecer demasiado complaciente.
Primero toqué a Hugo. Su polla me esperaba enorme bajo la tela y mentiría si dijera que no lo disfruté.
Recorrí su longitud varias veces, asombrada, como siempre, de su gran tamaño.
Le di un piquito en los labios para terminar.
Su sonrisa no tenía precio, al contrario que la de Álex.
Aun así, también disfruté acariciando su miembro.
Era bastante grande y estaba durísimo. Mis dos amigos eran unos hombretones.
Quizá me puse algo cachonda al recordar las veces que se había masturbado a mi lado, porque mi mano empezó a pajearlo sola.
—¿Te mola, ¿eh? —me dijo ufano.
—Cerdo —le lancé una colleja que solo le dio de refilón y me fui a mi sitio.
—En fin —dijo—, todo lo bueno se acaba. ¿Otra ronda?
Repartió y, ¿qué casualidad?, volví a perder yo.
—Mira, mira, dos oros y un caballo. —Esto significa que tienes que bailar delante de cada uno moviendo el culito, cariño.
—¿Estás seguro? —le pregunté no sé por qué.
—Por supuesto. Me sé las reglas perfectamente —me dijo asintiendo muy serio.
—Desde luego, tú no tendrías precio diciendo la buena fortuna.
—Si quieres, luego te predigo el futuro —dijo el ceporro con una enorme sonrisa—, pero ahora mueve ese estupendo culito para nosotros, Mireia.
Se dieron la vuelta, de espaldas al fuego, y me coloqué ante Hugo.
Levanté los brazos y le hice un bailecito sin moverme del sitio.
Moviendo las caderas, me fui girando hasta quedar de espaldas y moví el trasero en círculo.
Con el tanga que seguía llevando, tenía una visión completa de mi retaguardia.
Después, sacudí las caderas de un lado a otro.
Al sentir sus manos en el culo, volví a hacer movimientos circulares.
Di por finalizado el primer baile al sentir un enorme beso en una de mis nalgas.
Repetí el espectáculo para Álex. Este fue mucho más expresivo que Hugo.
—Así, así, joder, qué culo, nunca he visto nada igual —sus palabras soeces, curiosamente, me iban encendiendo—. Muévelo más, cariño, así, así.
Cuando me sujetó con las dos manos, me incliné y seguí meneando el culo. Me ponía cachonda que le gustara tanto y quería complacerlo.
—Dios mío, Mireia, tienes un culazo de escándalo.
Estaba a punto de terminar el baile, antes de que perdiera el control, cuando me atrajo hacia él y me dio un mordisco juguetón en una nalga. Intenté zafarme, pero no me dejó hasta que me mordió el otro lado. Estaba mucho más cachonda que dolorida, así que me escapé riéndome a carcajadas.
—¿Seguimos? —me preguntó.
Dudé unos instantes antes de negarme. Si seguíamos jugando así, perdería el poco autocontrol que me quedaba.
—Será mejor que no —le dije.
—Lo que tú digas, cariño. ¿Vemos un rato las estrellas antes de acostarnos?
Asentí encantada con ambos. Al igual que se propasaban conmigo cuando querían, luego respetaban mis deseos sin poner ninguna pega. Eran geniales.
Estuvimos otra hora mirando el cielo sin dejar de charlar.
Esa noche, Álex no me molestó con su inquietud ni con sus movimientos. Esperó a que Hugo se durmiera para decírmelo directamente.
—Mireia, me voy a hacer una paja, ¿te quitas la camiseta?
Me senté y me la quité sin decir nada. Sentí una de sus manos pasar por mi pecho, comprobando que me había quitado la camiseta antes de notar que se quitaba los calzoncillos.
Debió de estar haciéndolo un rato antes de empezar a moverse rítmicamente.
Una de mis manos fue a su pecho y la otra a su pierna.
—Dame un beso —le oí susurrar.
Me incliné y busqué sus labios en la oscuridad. Los encontré y compartimos un beso húmedo y profundo. Mis manos acariciaron su piel.
—Me estoy acordando de tus tetitas en mis manos —musitó.
—Calla, no me lo recuerdes.
—¿Es que no te gustó?
—Sabes que sí.
—Es que soy un maestro. Tócame más, Mireia.
Me reí y seguí acariciándolo mientras recordaba la vergonzosa sesión de magreo de tetas y lo que pasó después.
Hasta entonces había estado muy tranquila, pero al recordarlo y sentir cómo Álex se masturbaba pensando en ello, empecé a excitarme.
Mis manos se volvieron más atrevidas: una acunaba sus testículos y la otra bajaba hasta tocar el vello de su pubis.
—Genial, cariño —me dijo.
Me incliné y le di un rápido beso en los labios, mientras continuaba con las caricias.
Era consciente del ritmo parsimonioso que empleaba, pero me parecía bien.
Sabía que así él prolongaba el placer y era muy libre de hacerlo como quisiera; no es que mi tarea fuera desagradable, ja, ja, ja.
Aproveché para disfrutar de la blandura de sus huevos.
Me gustaba masajearlos con la mano. Lo que no esperaba es que se detuviera de pronto.
—¿Te pasa algo? —le pregunté intrigada.