Sin escapatoria #4
—Sí — suspiré. —Sabéis que no he tenido muchas relaciones, aunque con Dani es con quien menos sexo he tenido, sin duda. Al principio nos llevábamos genial. No es que folláramos mucho, pero teníamos mucha complicidad y nos queríamos. Luego, quizá por monotonía, hemos ido perdiendo la chispa.
—Pero seguís queriéndoos.
—Ya no estoy segura. Creo que nos estamos dejando llevar; es cómodo trabajar los dos en el mismo sitio y tiene sus ventajas.
—Me parece triste —intervino Hugo.
—Sí —respondí—. Creo que voy a aprovechar estos días para pensarlo.
—Oye, no te pongas triste —dijo Álex, que me dio un beso en el cuello y me achuchó con fuerza.
—Para nada. Estoy muy contenta de compartir estos días con vosotros. Es como cuando éramos pequeños y pasábamos las vacaciones todo el día juntos.
—Es verdad, yo también estoy muy feliz —dijo Álex, y Hugo lo ratificó.
—Os quiero mucho, chicos.
—Lo sé, cariño, aunque ya no seas tan pequeña —dijo Álex, poniéndome las manos sobre los pechos.
Intenté apartarlo, pero me sentía tan a gusto que finalmente no quise. En lugar de eso, las apreté contra mí. Se sentía bien. Estuve un rato presionándolas contra mis pechos y luego llevé las manos a mi regazo. Álex no dudó en seguir tocándome, pero no como esperaba.
Me acarició y sopesó los pechos con exquisita suavidad. Pasaba las manos por ellos levemente, con una presión tan tenue que era como la caricia de una pluma. Me gustó tanto que cerré los ojos y suspiré.
—Eres increíble, amiga.
Me subió la camiseta muy despacio, dándome tiempo a negarme, y continuó acariciando mi piel directamente. Ronroneé de gusto. Siguió agasajándome con toques tan ligeros que me derretí en sus manos. Sus dedos rodearon mis pezones y los frotó con suavidad. Reaccionaron endureciéndose.
—¿Te gusta, cariño? Si quieres, paro.
—No, sigue —murmuré—. Me gusta mucho.
Apreté la mano de Hugo, que acariciaba mi pierna, y apoyé las manos en los muslos de Álex. Él seguía acariciando mis pechos con parsimonia y mucha sutileza.
—Están duritas, Mireia. Son geniales.
Las apretó entre sus manos, haciéndome estremecer. Al parecer, se había terminado la suavidad. Siguió tocándome, pero ahora era más un magreo: las apretaba entre sus dedos y me pellizcaba los pezones.
—Aaaahhh —gemí bajito ante el placer que me producía la habilidad de mi amigo.
—¿Sigo así? —me preguntó.
—Sí, sigue —no era momento de hablar, aunque me gustó que me lo preguntara, que se preocupara por mí.
Amasaba mis tetas tan perfectamente y me hacía sentir tan bien que no reaccioné cuando deslizó una mano por mi cuerpo hasta llegar bajo mi tanga. Sus dedos jugueteaban con el poco vello que tenía y luego se adentraron en mi intimidad. Separé las piernas todo lo que pude, ansiosa por sus caricias.
—Estás mojada, amiga —se rió entre dientes.
—Llevas un rato tocándome las tetas, ¿cómo quieres que esté? —Aaaaaahhhhh —gemí al recibir un fuerte apretón en uno de mis pezones.
Sus dedos exploraron mis labios vaginales e intentaron adentrarse en mi agujerito, pero nuestra posición no era la más adecuada. A cambio, me compensó frotando mi clítoris en círculos.
—Aaahhhhh —Arqueé el cuerpo al sentir la exquisita estimulación.
—Creo que te iba haciendo falta, cariño. Dame un beso.
Levanté la cara para encontrarme con sus labios.
Me sentía tan bien que le habría dado cualquier cosa.
El beso fue feroz. Me comió la boca con intensidad y pasión.
Su lengua exploró el interior de mi boca y se enredó con la mía.
Cuando terminamos, siguió besando mi cuello y mi hombro.
Sus dedos atacaban mis zonas erógenas sin piedad y, poco a poco, me llevó al borde del orgasmo.
Álex demostró la experiencia que tenía porque lo supo llevar a la perfección.
—Córrete, amiga —me ordenó.
Pellizcó mi clítoris, me estrujó un pecho y me mordió el hombro. Estallé.
—¡Me corro! ¡Álex! ¡Ahhhhh!
Sujetó mi cuerpo arqueado sin dejar de estimular mi clítoris. El placer que sentí fue inconmensurable y me estremecí una y otra vez, gimiendo como una gatita. Adivinando mi estado, mi amigo me siguió acariciando, prolongando mi clímax hasta que se detuvo.
—Me parece que lo necesitabas, amor —dijo con una risita mientras sacaba la mano de mi tanga.
—Cállate, idiota —jadeé.
—A ver a qué sabías.
Me quedé pasmada cuando se metió los dedos en la boca y degustó mis fluidos. Tengo que reconocer que fue muy erótico.
—Me encanta —dijo con una sonrisa, inclinándose para ver mi cara—. Sabes muy bien. Prueba.
Me llevó los dedos a la boca y me vi impelida a abrirla. Probé el sabor de mi placer lamiendo sus dedos. Nunca lo había hecho, pero quería complacer a mi amigo.
—Buena chica. Te iba a preguntar si habías disfrutado, pero creo que no hace falta.
Su risita engreída no me molestó. Sin embargo, sí que sentí vergüenza cuando terminó y bajé la mirada. Si mi rostro no estaba ya encendido, desde luego ahora estaría como un tomate. Por fortuna, Álex me bajó la camiseta y me abrazó dándome un fuerte beso en la mejilla.
—Descansa un rato, Mireia.
No dijimos nada más. Nos fuimos adormilando mientras pensaba en lo contradictorio que era mi amigo. Fanfarrón y presumido, me había tratado con una sensibilidad insospechada.