Sin escapatoria #3
Estaba de espaldas, no es que lo hubiera hecho a propósito, cuando salió Hugo.
Aguanté unos momentos y luego me giré. Un prominente bulto destacaba en sus calzoncillos.
Contuve una sonrisa y correspondí a su beso de buenos días.
Me dedicó una sonrisa enorme y me dio una caricia en el lateral del culo.
—Son muy buenos días, Mireia.
—Más calor que ayer —respondí tontamente. Aunque su caricia no me había molestado en absoluto, pensé que quizá no había sido buena idea lo del tanga.
—Vaya, Mireia —dijo Álex al salir también—. Hoy te veo radiante.
Ignoré su sonrisita de suficiencia y decidí definitivamente que había sido una pésima idea.
Tras desayunar, acordamos dar un paseo por los alrededores.
Comencé a caminar con los chicos ligeramente detrás.
No se me escapaba el motivo de su retraso.
Al rato de andar sola, me llamó la atención un ruidito.
Tuve que escucharlo varias veces para reconocerlo, quizá porque resultaba incongruente en medio de la naturaleza.
Me di la vuelta rápidamente. Al verme, Álex escondió algo en la espalda.
—¿Me estás haciendo fotos, caradura? —le acusé indignada.
—¿Yo? —respondió levantando la otra mano. Era muy poco habitual, pero parecía avergonzado.
—Pues claro que tú.
—Bueno, es posible.
—¿Cómo se te ocurre? ¿No te da vergüenza? —Estaba que echaba chispas, con los brazos en jarras.
—Quería un recuerdo de ese culo tan bonito que tienes, Mireia. —No es tan grave.
—¿Sin pedir permiso?
—Pensé que así saldría más natural —dijo Álex, que empezaba a recuperarse del bochorno—. Además, Hugo quería que se las mandara y no quería defraudarle.
—¿Es verdad, Hugo? —su amigo bajó la mirada, pero asintió—. Sois de lo que no hay. ¡Oye!
Álex me acababa de sacar otra foto. —Esta de frente.
—Es que estás muy graciosa y, como tenía el móvil en cámara...
—Venid conmigo, trastos. ¿O es que vais a estar todo el día mirándome el culo?
—Yo elijo el culo —dijo Álex, aunque rectificó al recibir mi mirada asesina—. Está bien, voy, voy.
Me pareció mucho mejor que camináramos juntos, aunque tuvo su parte negativa. Aparté una mano una vez y luego otra. Los chicos parecieron pillar la indirecta y dejaron de intentar meterme mano. Seguí el camino más tranquila, aunque a algo dentro de mí le gustó su atrevimiento.
—Oye, Mireia —me dijo Álex—, si pusiera en Internet fotos detallando esta ruta, se llenaría de senderistas.
Me detuve de golpe, mirando su cara sonriente. Puse los ojos en blanco, me llevé las manos a la cara y le lancé una colleja. Le lancé una colleja inútilmente y seguí andando.
—Déjame ver las fotos, Álex —le dije, mientras extendía una mano.
—No, que las borras.
—No las borro, pero quiero verlas —exigí.
—Toma —dijo Álex, y me entregó el móvil. —Recuerda que has dicho que no las borras.
Recorrí la galería y vi las siete u ocho fotos de mi espalda. Sonreí, encontrándole la gracia. Con botas y calcetines, el tanga resultaba incongruente, pero ciertamente se me veía un culo estupendo.
—Esta la borro, hay una sombra o algo y se me ve el culo gordo —le dije a Álex.
—Solo esa, por favor.
—Que sí, pesado.
—Ya que estamos, vamos a hacernos una foto los tres.
Borré la foto y puse la cámara. Nos juntamos e hice varios selfis de los tres. En el último, algún descarado me pellizcó el culo y salí con la boca abierta.
—¿Quién ha sido?
Mis dos amigos demostraron un interés inusitado en examinar el entorno y tuve que reírme. Antes de devolverle el móvil a Álex, envié las fotos a mi móvil y al de Hugo, incluidas las de mi trasero.
Seguimos la ruta y descubrimos a lo lejos una vieja casa deshabitada con medio tejado hundido y los restos de varios muretes de piedra que debieron de ser corrales. Emprendimos el camino de vuelta al campamento, cansados pero alegres.
—Me voy a dar un baño en cuanto lleguemos, tenías razón, Mireia. Sí que hace más calor —dijo Hugo.
—Yo mañana también me pongo tanga —bromeó Álex.
—Estarías muy atractivo —le dije bromeando.
—Lo sé, cariño, con cualquier cosa que me ponga.
Bromeando, llegamos al campamento y nos metimos en el agua. Ellos iban en calzoncillos y yo solo me quité las botas. Había asumido bañarme en camiseta y empezaban a gustarme las miradas pícaras que me dedicaban. No hice amago de ocultarme bajo el agua ni de taparme con las manos.
—Este sitio es fabuloso. —Si te casas conmigo —estábamos en el centro de la charca y Álex tenía un brazo pasado por mi cintura—, te haré una cabañita aquí mismo, en la orilla, para que no tengas que dormir en el suelo.
—¿En serio? ¿Con tus manos? —le respondí, fingiendo pensarlo.
—Con mis propias manos y te compraré muchas camisetas para que te bañes —dijo, mientras estiraba la tela de mi pecho y la soltaba.
—¿Y no sería mejor un bañador?
—Seguro, pero sé que te gusta bañarte con camiseta y tenerme cachondo todo el día.
Me dio la risa, a pesar de que su mano bajó de mi cintura a mi trasero.
—Es tentador, amigo.
—Solo tienes que decir que sí. Estoy dispuesto a empezar a recoger madera de los alrededores enseguida —seguía aparentando seriedad, aunque el brillo en sus ojos le delataba.
—¿Me lo puedo pensar? —continué la broma.
—Claro, pero no tardes mucho.
—¿Y mientras me lo pienso, vas a seguir tocándome el trasero? —Su mano no se cortaba en palpar mi culo.
—Tengo que probar la mercancía. Imagínate que luego no somos compatibles o algo.
—Ya. —Compatible con mi culo, ¿no?
—Efectivamente —dijo Hugo, que nos miraba alucinado—. Tengo que examinar tu culo, y tú también tienes derecho a examinar mi polla.
Cogió una de mis manos y la llevó a su paquete. Cuando me soltó, lo tenía agarrado, apreciando su dureza. No quise apartarme y le recorrí sobre la tela de sus calzoncillos.
—Creo que es un poco pequeña para mí —dije, intentando evitarlo, pero mis labios se curvaron hacia arriba.
—¡Qué avariciosa! Pero, en fin, si insistes, le invitamos a unirse a nuestras noches de sexo y placer, de morbo y lujuria desatada.
Me dio un fuerte apretón en el culo que me hizo estremecer.
Me reí a carcajadas y me aparté de mi amigo para refugiarme en Hugo. ¡Inocente de mí! Lo primero que hizo fue ponerme la mano en el culo.
—¿Tú también? —le pregunté poniendo los ojos en blanco.
—Es que estás irresistible con el tanga, amiga —se encogió de hombros, como si con esas palabras justificara el magreo.
—Desde luego, no tenéis remedio —suspiré—. ¿Qué tenemos hoy de comer?
Cambié de tema sin rechazar los avances de Hugo.
En el fondo, me estaba gustando mucho. En mis años trabajando en el gimnasio no solo apoyaba a la gente con mis sesiones de fitness, también me cuidaba yo y en lo que más me había centrado era en mi trasero.
Sabía que lo tenía muy bien y no me importaba que les gustara a mis amigos; de hecho, me encantaba.
Si con la nueva confianza que habíamos adquirido estos días se les ocurría meterme mano, en fin, no podía decir que no me gustara.
—Me parece, Mireia, que también le pones cachondo a Hugo —dijo Álex acercándose.
—Es que sois unos salidos, de verdad que parecéis críos.
—Ya, pero lo de Hugo no me parece de críos.
Me sentí tentada y extendí la mano. Si ellos podían tocarme, supuse que yo también podía tocarles. Abrí la boca al alcanzarlo. Lo había visto enorme bajo el calzoncillo, pero en mi mano se sentía gigantesco. Lo recorrí estupefacta.
—¿Qué? ¿Qué opinas? —insistió Álex.
Miré a Hugo, que me devolvió la mirada con preocupación. Intuí que tenía algún complejo por el tamaño. Le acaricié un poco más.
—Me parece genial, cariño —le dije—. Seguro que vas a hacer muy feliz a alguien.
El alivio que se reflejó en su cara confirmó mis sospechas. Le di un apretón cariñoso en el miembro y fui a salir, pero Álex se interpuso.
—¿Hoy no te sientas en mi regazo?
—Me parece que no —le dije al ver su expresión pícara.
—Bueno, pero después de comer te sientas conmigo.
—De acuerdo —el día anterior lo hice con Hugo—, pero nada de toquetearme.
—¿Yo? ¡Qué cosas tienes! —dijo levantando las manos.
Me reí de su desfachatez y salí del agua. Fui a ponerme ropa seca, pero me detuvo la voz de los chicos.
—No te cambies, estás preciosa así —me pidió Álex.
—Con el calor que hace, te viene bien estar mojada un rato —le apoyó Hugo.
Ya tenía otra camiseta en la mano y la volví a guardar. Me apeteció complacerlos.
Estaba sentada entre las piernas de Álex, recostada en su pecho, después de comer. Me rodeaba con los brazos y, de vez en cuando, me besaba el hombro o la mejilla. Hugo, pegado a nuestro lado, me acariciaba la pierna con suavidad. Era genial.
—Oye, Mireia, ¿tú no necesitas masturbarte? Desde que empezamos la excursión no te he visto hacer nada. —No es que te controle, ¿eh?
—Puedo aguantar unos días sin problema —me reí—. No como otros, que son como adolescentes.
—Eso es verdad. Yo necesito acción a menudo, no lo puedo evitar —se rió Álex conmigo—.
—No es que seas un viejo, pero a tu edad ya deberías controlarte un poco.
—¿Para qué? Con Claudia no tenía problemas: follábamos todos los días una o dos veces, y si no le apetecía, me la chupaba o me masturbaba.
—¿Dos veces al día? —le pregunté. No estaba escandalizada, más bien asombrada.
—Claro, aunque recuerdo un día que fueron tres. ¿Te lo cuento? —Me achuchó.
—No, gracias.
—¿Y tú con Dani?
—Igual. Una o dos veces. Al mes —confesé.
—¿No jodas? —Se inclinó para verme la cara.
—Precisamente es lo que no hacíamos. Me daba apuro contar esas cosas, pero estaba entre amigos.
—Pobrecita —dijo, y se volvió a recostar.