Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) Sin escapatoria #2
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Sin escapatoria #2

Me pareció tan poco típico de él que le miré con la boca abierta.

—¡Hugo!

—¿Qué? —Ponía cara de inocente.

Me giré para mirar a Álex, que se reía a carcajadas. El tema no era para reírse, pero le di un manotazo en el pecho, aunque en realidad no estaba enfadada.

—Hugo —consiguió decir entre risas—, tenemos un músculo que no tiene rabo.

No me parecía gracioso, pero el regocijo de Álex se le pegó a Hugo y después a mí.

Estuvimos riéndonos flojamente unos minutos, en los que los chicos me besaron con cariño.

Entonces creí averiguar el motivo real de mi tristeza.

Me di cuenta de que mi relación con mi novio adolecía de lo que me sobraba cuando estaba con Hugo y con Álex.

Con ellos, al contrario que con Dani, me sentía muy querida.

Reflexioné sobre ello y se me escapó otra lágrima que les oculté a los chicos.

No solo me sentía querida, sino que nuestra relación era mucho más profunda que la que tenía con mi novio.

Teníamos más confianza y nos apreciábamos incluso por nuestros defectos.

Éramos cómplices de una forma que ni siquiera me planteaba con otras personas.

Antes de irnos a la tienda, les di un enorme abrazo a cada uno.

Esa noche tampoco me dejó dormir Álex.

—¿Otra vez? —le susurré.

—Ya ves.

—Pues ponte, cuanto antes empieces, antes podremos dormir.

Mientras se quitaba los calzoncillos, me di cuenta de la naturalidad con la que lo aceptaba.

No era muy normal que un amigo se masturbara a mi lado, pero él no se sentía incómodo.

Quizá por el enorme cariño que nos teníamos.

En cuanto escuché el movimiento rítmico, me puse de lado y le besé en el hombro.

Mi mano disfrutó de la suavidad y calidez de su pecho.

—Eres muy buena, Mireia —me dijo bajito.

Seguí acariciándolo y besándolo en el brazo derecho, notando cómo se contraía con el movimiento. Me pareció que lo hacía más despacio que ayer.

—¿No vas un poco lento? —le pregunté.

—No tengas prisa —me respondió con una risita—. Es una gozada hacerlo contigo a mi lado. Déjame que disfrute.

—De acuerdo —asentí sonriendo. Recordé que se sentiría triste por lo de Claudia y que mi presencia le reconfortaría. Cada uno encontrábamos alivio a nuestra manera.

Seguí deslizando mi mano por su piel hasta llegar a su estómago. Noté cómo contraía los músculos al reaccionar a mi toque. De algún modo, me hizo sentir bien.

—Sigue bajando, cariño —me dijo. No le veía en la oscuridad, pero se notaba la sonrisa en su voz.

—Voy —bajé más la mano, pero me salté la parte delicada y acaricié su pierna. Ahora sonreí yo.

—Bruja.

—Cerdo.

Nos reímos bajito los dos. Me asombré de lo natural que se sentía todo, a pesar de que tocar a mi amigo mientras se masturbaba no era muy razonable, desde luego.

—Quítate la camiseta —me pidió.

—Estás loco, si además no se ve nada —respondí escandalizada.

—Da igual, me lo imagino.

Una terrible sospecha creció en mi mente.

—¿Te estás masturbando pensando en mí, cerdo?

—Claro —respondió con desparpajo—. Me imagino tus tetas húmedas en la charca y tu precioso culito con el tanga.

—Eres un idiota.

A pesar del insulto, un calor intenso brotó en mi interior.

Sin decir nada, me incorporé y me senté a su lado.

Tardé poco en complacerlo quitándome la camiseta.

Se la pasé por la cara para que supiera que lo había hecho.

Me volví a tumbar a su lado y esta vez me pegué a él, de modo que mis pechos tocaron su brazo.

—¿Contento? —le dije, agradeciendo que no pudiera ver mi rostro, que estaba furiosamente sonrojado.

—Mucho. Eres genial.

Seguí acariciando su pierna mientras escuchaba su rítmico trajín. Fue por accidente que rozara sin querer sus testículos. Aparté la mano como si me hubiera quemado. ¡Le había tocado las pelotas! Sin pretenderlo, mi respiración se aceleró y froté mis muslos entre sí. El cerdo me estaba excitando.

La segunda vez que rocé accidentalmente sus testículos no fue por accidente, ni la tercera. Me dejé llevar por la atracción y, casi sin querer, me encontré acunándolos con la mano, apreciando su suavidad y tamaño.

—¿Te gustan, amiga? —me preguntó con la voz ronca.

—Calla, idiota, o lo dejo.

Sonreí cuando se calló. Cambié un poco de postura para poder besarle la cara. Como no se veía nada, primero le di un beso en la barbilla, luego en la mejilla y le di un beso largo y húmedo. Mi mano amasaba con cuidado sus pelotas.

—Están calientes —le dije.

—Y peor que se van a poner —me contestó con una risita.

Seguí dándole besitos. Me había puesto cachonda y no podía estarme quieta.

Sonreí de nuevo cuando movió la cabeza buscando mis labios con los suyos.

Eludí varios de sus intentos hasta que cedí y le dejé darme un piquito.

Estábamos en una situación muy excitante.

Alterné los besos en su cara y en sus labios.

—Estás tardando mucho más que ayer —le dije.

En realidad, no me importaba; lo estaba disfrutando un montón. Me gustaba darle besos a oscuras, estar casi desnuda a su lado sin que pudiera verme y, de vez en cuando, mi mano subía más de la cuenta y me permitía sentir su durísimo y caliente miembro. Me resultaba todo muy morboso.

—Es que esto es mucho mejor, Mireia, aunque no me queda mucho. Dame un beso.

—Le di un beso en la mejilla.

—No, uno de verdad.

Me quedé unos instantes pensando si debía hacerlo o no.

Luego bajé la cabeza y atiné con sus labios.

Nos besamos varias veces hasta que sentí la punta de su lengua; separé mis labios y me dejé llevar.

Nuestras lenguas se exploraron y jugaron entre sí.

Se me escapó un ronroneo que hizo que Álex acelerara el movimiento de su mano.

La mía apretó con ternura sus testículos y sentí que su cuerpo se contraía.

Atrapé sus jadeos en mi boca mientras mi amigo por fin se corría. Yo también gemí en su boca al sentir su cálida semilla escurrir por mi mano; me resultó muy excitante. Esperé a que terminara de vaciarse.

—Ya era hora —le dije, porque la verdad es que no sabía qué decir. Lo que habíamos hecho me había dejado en una situación inédita con Álex y estaba descolocada.

—Dame otro beso.

Resoplé, pero me acerqué y estuvimos otro ratito besándonos.

—Voy a la charca a lavarme —le susurré.

—Espera, que te acompaño. Me has puesto perdido.

Me reí por su descaro. Además, me hacía responsable de que se hubiera manchado.

La esperé fuera y nos dirigimos juntos hacia el agua.

Las estrellas iluminaban lo suficiente como para ver por dónde íbamos.

Me arrodillé en la orilla y me lavé las manos y la cara; necesitaba enfriarme.

Álex se metió directamente para lavarse el miembro, el pecho y la tripa.

—Gracias, Mireia, eres una amiga cojonuda —me dijo, todavía hablando bajo.

—No hay de qué, pervertido —le respondí divertida, aunque ahora, más en frío, también un poco avergonzada.

—¿Yo pervertido? Lo dices como si no te hubiera gustado —me dijo picado.

—Yo solo lo he hecho por ti y para que me dejes dormir.

—Y te lo agradezco un montón, la verdad es que ha sido genial, pero no me digas que a ti no te ha gustado.

—Sí, cabezón, sí que me ha gustado.

—¿Ves? No te preocupes, ya me devolverás el favor —dijo mientras salía del agua.

—¿Pero tú eres idiota o qué?

Con una risita por la desfachatez de Álex, iba a punzarle el pecho con el dedo y a decirle todo tipo de improperios, pero se me adelantó y me atrapó en un abrazo de oso.

—Reconócelo, Mireia. Me quieres. Venga, dilo.

—Déjame, aprovechado —me retorcí sin éxito.

—Dilo, di que me quieres.

—Que no.

—Dilo.

—Vale, sí. Te quiero, te quiero mucho, Quasimodo —dije riéndome.

—Ahora dame un abrazo y un beso y te perdono lo que me debes.

Me partí de risa, pero lo abracé y besé.

—Oye, Mireia, quizá deberíamos casarnos. Lo digo porque estar aquí besándonos a la luz de las estrellas es muy romántico, como una pareja enamorada.

—¡Ja! —Me pondrías los cuernos.

—¿Tú? ¡No! Bueno, quizá. —Entonces podríamos ser novios.

—A ver, tonto del bote —le miré a los ojos sin aflojar el abrazo—, somos amigos, los mejores amigos, y encima te ayudo con las pajas. ¿Qué más quieres?

—Bueno —me dio un rápido beso—, viéndolo así, parece que tienes razón.

—Siempre tengo razón, a ver si te enteras.

—¡Mujeres! —dijo exasperado.

—Justo. Ahí le has dado. —Por cierto, amigo, ¿me vais a devolver los pantalones?

—Claro, cuando nos vayamos, pero, para que veas que soy bueno, te dejo que me abraces esta noche, aunque solo si no te pones la camiseta.

En ese momento caí en la cuenta de que seguía solo con las braguitas, pero en lugar de alterarme, me reí resignada entre dientes.

—Vale. Pero tú ponte los calzoncillos.

Ahora se rió él.

Entramos sin hacer ruido en la tienda y nos tumbamos juntos. Apoyé la cabeza en el hombro de Álex, que me rodeó con un brazo.

—Buenas noches, Mireia.

—Buenas noches, capullito.

—Buenas noches, chicos. A ver si te estás quietecito, Álex —se oyó decir a Hugo.

Nos quedamos de piedra. Tuve que ser yo la que reaccionara.

—Buenas noches, Hugo. Mi cara ardía.

—Oye, Mireia —me susurró Álex directamente al oído—, ponte el tanga mañana.

—De eso nada, cerdo.

En algún momento de la noche, algo me despertó. Sentí que Hugo tiraba de mí. Me acurruqué con él y me dormí de nuevo con una sonrisa.

Me levanté la primera, como siempre. No me apetecía bañarme, así que me lavé desde la orilla.

Luego me vestí. Me puse una de las camisetas que había lavado y dudé a la hora de ponerme las braguitas.

La petición de Álex estaba fresca en mi memoria.

¿Le hacía caso? Sujeté unas bragas en una mano y el tanga en la otra y los comparé como si fueran una báscula.

«Hagámoslo divertido», pensé justo antes de ponerme el tanga.