Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) Sin escapatoria
40%

Sin escapatoria

Salí de la tienda y dejé a mis amigos dormidos.

Había dormido mal y estaba de mal humor.

Saqué un zumo de la mochila y lo bebí mientras buscaba los pantalones.

Refunfuñé al no encontrarlos, pero tenía otros.

Vacié la mochila sin éxito. «Serán capullos», pensé.

Se van a enterar cuando se levanten. Estaba terminando el segundo zumo cuando se me curvaron los labios en una sonrisa y me reí bajito.

Cuando volví a pensar que mis amigos eran unos capullos, ya no sentía inquina, sino una sensación entrañable de diversión.

Hugo y Álex salieron juntos de la tienda con un aspecto demasiado inocente para ser creíble. Ignoré la situación y actué como si no pasara nada.

—¿Qué tal habéis dormido?

—Genial —dijo Hugo, evitando mirarme.

—A mí me costó un poco, pero luego dormí profundamente, ¿Y tú? —contestó Álex con naturalidad.

—Igual — respondí con un gesto de la mano—. ¿Os parece si esta mañana exploramos los alrededores?

A los tres nos pareció bien, así que, después de terminar el desayuno, nos pusimos en marcha y dejamos las mochilas dentro de la tienda.

Sería un recorrido corto y no las necesitaríamos.

No me corté por ir en braguitas y los chicos no hicieron mención del tema.

Al poco rato, empecé a disfrutar de la naturaleza y de la compañía.

Subimos un par de lomas y nos recreamos con el paisaje. Recorrimos varias densas agrupaciones de pinos y encinas. Cuando regresamos al campamento a la hora de comer, estábamos agradablemente cansados. Me hice la remolona hasta que los chicos prepararon la comida y luego me senté a comer con ellos.

—¿De qué te ríes? —me preguntó Hugo.

—De nada —dije, aunque en realidad me reía de mí misma. Solo al sentarme recordé que llevaba toda la mañana sin pantalones. Había estado tan a gusto que lo había olvidado.

Después de comer, nos sentamos a la sombra, como de costumbre.

Esta vez fue Hugo quien me reclamó y me senté entre sus piernas.

La mañana había sido estupenda: la temperatura era perfecta y me sentía relajada y satisfecha.

Cuando mi amigo me lo pidió, giré la cara y recibí con una sonrisa un beso en la mejilla.

Me recosté en su pecho y suspiré de felicidad.

Cerré los ojos y acepté los besos que me dio en la cara.

—Qué bien —murmuré.

Mi amigo debió de animarse ante mi agrado, porque siguió marcando un camino de besos por mi piel, bajando por mi cuello.

Apartó con delicadeza uno de los tirantes de mi camiseta y siguió bajando por mi hombro.

La sensación era tan buena que ignoré lo inapropiados que se estaban volviendo los besos.

Esto era típico de la actitud atrevida de Álex, no de la timidez de Hugo, y eso me sorprendió tanto que, junto con lo bien que se sentían sus labios, le permití que me bajara el otro tirante y siguiera besando mi otro hombro.

No veía acoso ni nada raro en su comportamiento, y por eso suspiré de deleite cuando acarició mis brazos con suavidad.

Entre los besos y las caricias, me sentía muy querida y mimada.

Suspiré de nuevo cuando metió las manos bajo mi camiseta y comenzó a acariciarme la tripa en círculos, sin dejar de darme besos en el cuello y los hombros.

Como hoy solo llevaba bragas, me había puesto una camiseta para ir un poco más tapada.

Lo malo es que no me puse sujetador y noté cómo las manos de mi amigo rozaban la parte baja de mis pechos, lo que me hizo estremecer.

Abrí los ojos y me sorprendí al ver mi camiseta.

Al bajarse los tirantes, la camiseta había caído hasta la altura justa para cubrirme los pezones, y mi amigo, que estaba detrás de mí, tenía una vista privilegiada de mis pechos.

Por un momento no supe cómo reaccionar; tuvo que rozarme las tetas de nuevo, esta vez más intensamente, para que me decidiera a pararle.

Estaba disfrutando mucho de sus atenciones, pero no me parecía correcto, así que sujeté sus manos y las aparté.

Luego, me subí la camiseta y volví a coger sus manos para que me rodearan la cintura.

Hugo comprendió mi intención y me dio un último beso en el cuello antes de abrazarme.

Disfruté tanto de sus besos y caricias como de su abrazo mientras nos adormilábamos.

—Bueno, chicos, ¿un bañito? —La voz de Álex me sacó de la modorra. Estaba tan a gusto que gruñí en respuesta.

—Venga, venga, no vamos a tirarnos toda la tarde durmiendo.

—Por mí bien —me traicionó Hugo.

—Sois malvados —protesté desperezándome.

Al menos, Álex me tendió la mano para ayudarme a levantar.

Los chicos se desnudaron tranquilamente y se metieron en calzoncillos. Yo solo me quité las botas. Como el sujetador no estaría seco para mañana, me metí en el agua con la camiseta puesta. Intenté agacharme en el agua para no dar un espectáculo.

Entré quejándome de las piedras que se me clavaban en los pies hasta reunirme con ellos. ¡Cómo no! Me salpicaron hasta que la camiseta se me transparentó y se me pegó al cuerpo como una segunda piel.

—No me había dado cuenta, Mireia, pero me gusta mucho tu camiseta —me dijo Álex, salpicándome de nuevo.

—Calla, idiota —dije, mientras me sumergía hasta el cuello.

Me avergonzaba de exhibirme delante de mis amigos, pero sentí un pequeño ramalazo de orgullo al percibir las miradas que me habían echado.

Ambos estaban fascinados por mis pechos y no me perdían de vista por si podían ver más.

Insisto en que no quería enseñar más de la cuenta, pero era muy halagador.

Todavía estuvimos un rato jugueteando y, quizá, en alguna ocasión me incorporé sin necesidad. Me gustaba cada vez más ese brillo ávido en sus ojos. Hugo finalmente se sentó descansando en nuestra piedra y Álex se sentó a su lado.

—Ven, Mireia. Hoy te cojo yo —me dijo haciéndome señas con la mano.

Inocentemente, me senté en sus piernas. Y digo inocentemente porque, cuando le apetecía, las levantaba de forma que mis pechos quedaban a la altura del agua. Yo le había rodeado el cuello con un brazo e ignoré lo que pasaba.

—Cariño, tenías razón —me dijo en un momento en que me tenía arriba.

—¿En qué?

—Sí que te han crecido. De hecho, están bastante bien.

Para avergonzarme aún más, me agarró de la camiseta y, al soltarla, volvió a pegarse a mi piel.

—Preciosas —añadió Hugo tímidamente.

—Gracias, chicos, pero dejad de mirarme. Creo que no ha sido buena idea bañarme con la camiseta.

—¡Qué dices! —exclamó Álex haciendo aspavientos—. Ha sido una idea magnífica.

Me reí sin poder evitarlo. Toda la situación era un poco contradictoria. Por un lado, sentía que estaba haciendo algo incorrecto, pero por otro, disfrutaba siendo admirada por mis amigos. Me gustaba ser la receptora de sus miradas ardientes.

—Calla, tonto —le dije a Álex, achuchándole, sin saber muy bien cómo reaccionar.

—No, Mireia, es verdad —me dijo con seriedad, mirándome a los ojos—. Creo que Hugo y yo estamos de acuerdo en que tienes un cuerpazo increíble. Deberías estar orgullosa.

—Me cuesta un esfuerzo en el gimnasio —repliqué cohibida.

—Lo que sea. El caso es que estás buenísima —prosiguió—. Mira que yo, sin ser modesto, he estado con bastantes mujeres. Ninguna se puede comparar contigo.

—Basta ya, me estás avergonzando —dije, ocultando la cara en su hombro.

—Lo dejo, amiga, pero que conste que todo lo que he dicho es en serio. ¿Tú qué piensas, Hugo?

—Yo... eh... estoy de acuerdo. Aunque tampoco es que haya tenido muchas chicas para comparar —se rió, contagiándonos a los demás—.

La conversación y la admiración de mis amigos me habían dejado un poso de calidez que eliminó todos mis reparos.

Cuando Álex levantaba las piernas y mis tetas aparecían sobre la superficie del agua, inspiraba profundamente para resaltarlas.

Hasta me agradó cuando bajó la mano de mi cintura para acariciarme el trasero.

En lugar de regañarle, le di un beso en la mejilla.

Él me dedicó una gran sonrisa y un apretón de culo.

No dejó de hacerlo hasta que salimos del agua.

Fuera del agua, mientras me ponía la ropa seca, no les dije que se fueran. Les di la espalda y me cambié la camiseta y las bragas. Al volverme, ellos hicieron lo mismo y pude ver sus culos blancos. Me reí entre dientes.

Cenamos y nos tumbamos a mirar las estrellas. Era uno de los mejores momentos del día.

—Creo que no quiero irme de aquí —dije.

—Tendremos que empezar a cazar —dijo Álex.

—O pescar — añadió Hugo.

—Qué bien me tratáis —dije, y se me humedecieron los ojos sin motivo. No había amigos mejores.

—Solo lo que te mereces —me dijo Hugo, mientras cogía mi mano. Me la llevé a los labios y le di un beso. Luego la dejé descansar en mi regazo. Álex me cogió la otra mano y repetí el gesto. Eché de menos esta felicidad en otras facetas de mi vida.

—Lo digo en serio —insistí—. Sois los mejores amigos.

—Mireia, ¿estás bien? —Hugo me había visto y me miraba preocupado.

—Sí, es que os quiero mucho.

—¿Hay algo más? —Álex me conocía muy bien y siempre había sido muy perceptivo.

—No. Bueno, quizá sí hay algo. La verdad es que no estoy muy bien con Dani.

—¿Con el musculitos?

—Sí. Desde hace un tiempo no lo llevamos demasiado bien.

Me ha hecho falta alejarme de él estos días para darme cuenta.

Está todo el día en el gimnasio, con una rutina nueva, con tal grupo muscular, con aportes de proteínas...

Parece que cada vez más cada uno va a lo suyo.

Y, encima... —me callé, sin estar segura de si debía seguir hablando.

—Y encima, ¿qué? —me preguntó Hugo, apretándome la mano.

—Toma esteroides para aumentar y definir la musculatura, y eso hace que a veces esté violento y otras se deprime. —dije, decidida a contárselo todo.

—¿Te ha hecho algo? —Álex se incorporó y me miró enfadado.

—No, cariño —le acaricié la cara.

—Eso no es un problema —dijo, más tranquilo.

—También le causa impotencia — dije deprisa y más bajito.

Tardaron unos segundos en reaccionar.

—¿Al musculitos le falta un músculo? —preguntó Hugo.